30 March 2014

CONVERSANDO EN ALBACETE: EL REPENSAMIENTO DEL SINDICATO

Posiblemente alguien pueda creer que, con la que está cayendo, es un lujo innecesario o una pérdida de tiempo reflexionar sobre el futuro del sindicalismo. Yo no lo veo así.  Entiendo que es imprescindible esa investigación porque, dada la velocidad de los cambios en todos los órdenes, hacen que cada día estemos “en el futuro”.  O, en otras palabras, averiguar como debería ser el sindicalismo futuro es darle utilidad a nuestra acción colectiva cotidiana, a la eficacia del  ahora mismo. O, si se prefiere: qué elementos “de futuro” podemos ir incluyendo en nuestra práctica de hoy.

Dos cosas me impulsan a meterme en ese estado de la averiguación de la cuestión sindical: de un lado, el llamamiento de Toxo a «repensar el sindicato»; de otro lado, lo que recientemente ha dejado dicho Antonio Baylos, esto es, «el sindicalismo se encuentra ante un situación complicada en el que se pretende por otra parte reducir al mínimo su influencia. Su poder contractual y de conflicto debe asimismo confrontarse con su práctica y sus experiencias e impulsar una transformación de las mismas en su acción colectiva» (1). En base a ello he preparado para nuestra conversación de hoy unos apuntes sobre: el nuevo estadio donde debería insertarse la acción colectiva del sindicalismo confederal y el proyecto del sujeto social.  Que desde hace tiempo considero imprescindibles y, especialmente, desde la última  reforma laboral  que tantos estragos está cometiendo. 


1.--  El nuevo paradigma


«Nuestro planeta cabe en una cáscara de nuez», podríamos decir parafraseando a Hamlet. Una lectura de la metáfora shakesperiana podría referirse al gigantesco proceso de la globalización. Que se ha acelerado gracias a los procesos de la innovación de la tecnología que está transformando radicalmente el trabajo tal como lo conocimos y percibimos a lo largo del pasado siglo. Se trata de una mutación de época tras el derrumbe el sistema fordista que ha dejado atrás la fábrica e, influenciado, poderosamente la cultura y las formas de vida del siglo XX. De momento, apuntaremos que el fordismo ha colonizado la política, incluyendo a la izquierda y al propio sindicalismo. Este es un dato que recuperaremos más adelante.

No hace falta decir que esta fase está siendo hegemonizada políticamente por el neoliberalismo; y económicamente por la financiarización de la economía como lo demuestra el siguiente ejemplo: a finales del año pasado, el patrimonio bajo gestión de los fondos de inversión en todo el mundo se situó en 22,1 billones de euros y el de los fondos de pensiones en 18,1 billones; entre ambos manejan el 75,5 por ciento del PIB mundial.  Es la financiarización que ha cambiado la composición orgánica global del capital. Es –por decirlo de alguna manera--  la muerte del capitalismo industrial, con el que nos habíamos confrontado históricamente, y la victoria de los capitales especulativos que corren, desbocados, a lo largo y ancho del planeta.  Y simultáneamente el instrumento que persigue una nueva acumulación de capital, sin ningún tipo de controles democráticos, en esta fase de largo recorrido de la innovación-restructuración global de los aparatos productivos y de servicios. Por ello, y más adelante nos referiremos a esta cuestión, las políticas de campanario (también las de tipo sindical) no sólo son ineficaces sino contraproducentes. 

Ahora bien, si bien el neoliberalismo al que regularmente nos referimos es de naturaleza económica y política, precisamente por su potencia ha neoliberalizado la sociedad y distorsionado la histórica relación, siempre defectuosa, entre capitalismo y democracia.  Lo que se concreta visiblemente en que «las decisiones están emigrando del espacio tradicional de la democracia», como dejó dicho Ralf Dahrendorf en Después de la democracia (Crítica, 2001).  Y, como primera derivada, se acentúa el «autoritarismo progresivo» que el mismo Dahrendorf relata en dicha obra.

Sabemos las consecuencias de las políticas neoliberales:   un ejército de reserva de millones de parados, a la mayoría de los cuales se les han privado de mecanismos de protección; un ataque en toda la regla a los salarios que no tiene precedentes en la reciente historia de nuestro país; el elevadísimo índice de impagos de las hipotecas que, en los dos últimos años, se ha incrementado en un 42 por ciento; la desarboladura de importantes tutelas y protecciones sociales (con la reforma laboral), también en los terrenos de la sanidad y la enseñanza, la vivienda, las pensiones  y el derecho a una justicia gratuita, trasladando gran parte de sus competencias y de los recursos públicos a los negocios privados; el endurecimiento de las políticas mal llamadas de orden público; la ampliación de la pobreza y la ampliación de la distancia entre ricos y pobres; la desnaturalización del sistema democrático a través de políticas autoritarias (eliminando derechos a mansalva) y el retorno a toda una serie de valores de tiempos que creíamos superados mediante una alianza entre la economía,  la política y los altos funcionarios de la Iglesia, avalado todo ello por la ocupación del partido gobernante en los aparatos más sensibles del Estado.

Es verdad, estamos en esa situación. Pero también es cierto que frente a ella hay un proceso de movilización sostenida de millones de personas en los centros de trabajo, en las plazas y calles de España.  Es más, ciertas luchas que se están desarrollando han conseguido importantes victorias que a mi juicio no están convenientemente valoradas por nosotros mismos. Digamos que nuestro discurso se limita a denuncia como se merece la política de agresiones, pero no acaba de  señalar las victorias, que aunque pocas, están ahí indicándonos el camino: la huelga de las limpiezas, de la sanidad en Madrid y en pueblos de Castilla – La Mancha, el emblemático caso de Gamonal en Burgos. Luchas defensivas, ciertamente, pero simultáneamente muy representativas de una sociedad activa que no se resigna. Quisiera, además, señalar algo que no me parece irrelevante: toda esa acción colectiva (y parcialmente victoriosa) se está desarrollando allá donde el sindicalismo no está distraído en otras cuestiones y según me parece se desliza hacia posiciones de campanario. 

Recapitulemos sintéticamente lo dicho hasta ahora: el largo proceso de hegemonía del sistema fordista ha dado paso a un nuevo estadio que, por pura comodidad expositiva, llamaré postfordista con una sostenida reestructuración-innovación global e interdependiente, lo que conlleva la crisis de los Estados nacionales, con la hegemonía política y cultural del neoliberalismo con el objetivo de eliminar controles democráticos y, a partir de ahí, derribar el Estado de bienestar con la idea de hacerse con sus recursos financieros. Así las cosas, el llamamiento de Toxo a «repensar el sindicato» y las advertencias de Baylos me animan a presentaros una somera reflexión del estado de la cuestión del sujeto social al que se nos invita a repensar. Y posteriormente a proponer algunos ejes de esa posible y necesaria gran reforma o repensamiento.


2.--  El estado de la cuestión     


Vamos a señalar dos grandes cuestiones: de un lado, el carácter y los contenidos de la negociación colectiva del sindicalismo y, de otro lado, el tipo de representación y el proyecto organizativo del sindicalismo.

Leamos atentamente la radiografía que algunos han hecho sobre los contenidos reales de la negociación colectiva. Las diferentes auditorías descriptivas de la negociación colectiva en Cataluña, que ha hecho Miquel Falguera, referidas a los últimos años, muestran a las claras que la inmensa mayoría de las cláusulas contractuales relativas a la organización del trabajo son burdos copia-y-pega (ahora con ordenador, eso sí) de las muy ancianas Ordenanzas Laborales de aquellos viejos tiempos de la Dictadura franquista. Compruébese si se está exagerando. Y estimo que, sobre chispa más o menos, ese porcentaje se repite por doquier. Por así decirlo, se va reproduciendo una asimetría entre los cambios tecnológicos en el centro de trabajo y los contenidos de la negociación colectiva. La asimetría es entre la fase actual postfordista y el mantenimiento de unos contenidos negociales que siguen estando en clave fordista. Y, más adelante, hablaré de una segunda asimetría: de un lado la morfología del centro de trabajo cambia espectacularmente en función de esas mutaciones mientras que la representación del sindicato y su realidad organizativa se mantiene estática desde 1977. De momento insinúo lo que me parece fácilmente pronosticable: mientras se sigan dando tales asimetrías, la distancia entre el sindicalismo confederal y la utilidad de su acción colectiva corre el peligro de ampliarse a lo largo del siglo XXI. tradicional. De ahí que el llamamiento de Toxo no se refiera a darle una mano de pintura al sindicalismo sino a un auténtico repensamiento. Que pasa ineludiblemente por una gradual eliminación de las dos asimetrías que ya he mencionado.


3.— Apuntes para un proyecto sindical fundamentado


3.1. Lo diré enfáticamente: el sindicalismo, al menos en las primeras décadas del siglo XXI, debe ajustar las cuentas con el paradigma tecnológico realmente existente. Ello quiere decir que debe intervenir en todo el escenario de la organización del trabajo. Ahí se mide, en primer lugar, la independencia y la alternatividad del sujeto social con relación a su contraparte. Medirse en el terreno de la organización del trabajo significaría abordar en la práctica real de la contractualidad el gran problema de la flexibilidad. Precisamente para conseguir que deje de ser una patología y se convierta en instrumento de autonomía personal. Me permito una observación: no debe confundirse la flexibilidad con la flexibilización.

Ahora bien, abordar la flexibilidad (que ya no es un instrumento de contingencia sino de muy largo recorrido) quiere decir situar como elemento central de la organización del trabajo el instrumento de la co-determinación de las condiciones de trabajo. Alerto, no estoy hablando del instituto de la cogestión; estoy planteando la codeterminación. Debe entenderse por codeterminación el permanente instrumento negocial de todo el universo de la organización del trabajo que queremos que vaya saliendo gradualmente de la actual lógica taylorista. Es decir, la codeterminación como método de fijación negociada, como punto de aproximado encuentro, entre el sujeto social y el empresario, anterior a decisiones "definitivas" en relación, por ejemplo, a la innovación tecnológica, al diseño de los sistemas de organización del trabajo y de las condiciones que se desprenden de ella. Esa actividad permanente (esto es, cotidiana) le ofrece otra dimensión, itinerante, al convenio colectivo. Claro que sí, se está hablando de un nuevo derecho de ciudadanía social en el centro de trabajo, de un imprescindible acompañante de la flexibilidad que, por tanto, es plenamente negociada.

Pero hay más, la codeterminación de las condiciones de trabajo (que no implica, por supuesto, confusión de los roles del sujeto social y del dador de trabajo) podría ser el instrumento que abordara globalmente –y no de manera parcializada— las condiciones de trabajo, que hasta la presente dan la impresión de ser abordadas como variables independientes las unas de las otras. Por ejemplo, la necesaria reordenación de los tiempos de trabajo, a través de la codeterminación, podría abordarse de mejor manera, no –como es costumbre inveterada— en tanto que variable desvinculada del resto de las condiciones de trabajo.

En definitiva, lo substancial es que la acción colectiva del sindicalismo confederal se incardine gradual y plenamente en el nuevo paradigma postfordista o como quiera llamársele. Lo que, dicho a la pata la llana, expresaría que toda la acción contractual debe tener esa característica: estar insita en el nuevo paradigma de esta época axial. Una manera para ello sería el establecimiento de un compromiso de largo respiro: el Pacto social por la innovación tecnológica Justamente para intervenir en toda la marea de la reestructuración in progress de los sectores de la economía toda. Imprescindible, por lo demás, para abordar los desafíos que nos presenta el welfare. ¿Por qué? Porque no es posible entrar de lleno en tan notables materias si no es a través de un nuevo enfoque. Un pacto social que, naturalmente, también comportaría un cuadro de derechos de nueva generación en lo que, a partir de ahora, llamaremos el ecocentro de trabajo. En suma, se trataría, en mi opinión, de un gran acuerdo con la misma voluntad estratégica que el sustentado, tiempo ha, que dio paso a los avances del Estado de bienestar.

3.2. Indisolublemente vinculado a lo anterior están dos grandes cuestiones: la democracia expansiva en el sindicato (o, si se prefiere, la participación) y la representación.
Planteo la necesidad de un sindicato-de-los-trabajadores, no un sindicato para los trabajadores. No se trata de una picardía de léxico sino de profunda convicción del origen de la personalidad del sujeto social. Para concretar más las cosas planteo no sólo un esbozo teórico sino las mínimas reglas de funcionamiento de esa democracia próxima, participativa que debe ser, en el repensamiento que estamos esbozando. En primer lugar, es preciso que el sindicato incorpore a su acervo la necesidad de la «soberanía sindical», esto es, que la soberanía reside en el afiliado. Sería, por así decirlo, un transplante de la soberanía popular (de la que hablan las Constituciones) al terreno sindical. Su concreción estaría en una serie de normas de obligado cumplimiento como, por ejemplo, en los momentos de elaboración de la plataforma del convenio colectivo y en el acto final de su recorrido. La ´soberanía sindical´ y sus normas deberían establecerse en los estatutos.
3.3. Me pregunto: ¿cómo es posible que, después de tantas transformaciones en los centros de trabajo, la representación y las estructuras internas del sindicalismo sean idénticas a las que concebimos y pusimos en marcha en los primeros andares de la legalización del sindicato? Hablo del comité de empresa y de la sección sindical.
El comité de empresa es un sujeto que ha dado infinidad de utilidades al sindicalismo. Pero hoy es un mecanismo de freno. Lo es porque su biografía está impregnada por un paradigma que ya no existe y por la vieja morfología del centro de trabajo que tampoco existe. Más todavía, es un sujeto que impide una afiliación exponencial. Por eso, sus poderes deben trasladarse al sindicato en la empresa en una operación de búsqueda y construcción de la unidad sindical orgánica (2).
En definitiva, esta democracia próxima (soberanía sindical, reglas para concretarla y una nueva representación) son una buena hipótesis para gestionar la difícil ecuación de la acción colectiva: democracia expansiva, debate y decisión. Y, más todavía, una aportación inestimable a la necesidad de un rejuvenecimiento de la democracia política, cada vez más demediada y orientada a convertir el liderazgo político en celebridad mediática. 
   
4.--  Apostilla
Precisamente este año se cumplen 150 años de la fundación de la Asociación Internacional de Trabajadores, conocida popularmente como la Primera Internacional. La fundaron mis taratabuelos Marx, Engels y Bakunin en Londres. Lo digo para provocar una reflexión sobre aquel acontecimiento, y también para que las organizaciones sindicales y la izquierda se acerquen a las grandes cuestiones del internacionalismo, precisamente en estos tiempos de la globalización que ya no tiene vuelta atrás. Lo digo, además, interesadamente: para que dichos sujetos no se dejen atrapar por las políticas de aldea y campanario. A menos que quieran seguir camino de una muerte a la veneciana.


(2) http://theparapanda.blogspot.com/2007/02/una-conversacion-particular.html. Una conversación entre Antonio Baylos y López Bulla.




* Universidad de Castilla – La Mancha, 8 de Abril de 2014

03 November 2013

LA AUTORREFORMA DEL SINDICALISMO ESPAÑOL

Nota. Agradezco al compañero Álvaro Orsatti que me haya pedido este artículo para la revista de la Confederación sindical americana.



José Luis López Bulla*


Hay palabras que de tanto ser manoseadas, no pocas veces en vano, pierden no sólo su sentido originario sino que, incluso con frecuencia, acaban siendo un monumento a la banalidad.  Ese es, a mi juicio, el riesgo que amenaza –en algunos medios del sindicalismo europeo-- a la palabra «auto reforma».  Digamos que el destino de esta palabra, como otras, podría terminar atrapada por la sintaxis vacía y redundante de la retórica. Y puede ocurrirle lo que refiere el viejo dicho castellano: entre todos la mataron y ella misma se murió.  Por otra parte, «el reformador encuentra enemigos en todos aquéllos que se benefician del viejo orden, y sólo tibios  partidarios en aquéllos que podrían beneficiarse del orden nuevo”», según dejó sentado Maquiavelo.

Precisamente por ello cobra especial importancia la obra y el testimonio personal de Bruno Trentin, tal vez el sindicalista europeo más fascinante de la segunda mitad del siglo pasado. Efectivamente, Trentin es el hombre de la reforma permanente del sindicalismo italiano: unas veces lo consigue y otras se lo impiden  los que se benefician del viejo orden. Sin duda lo más exitoso de su contribución a la reforma sindical fue, a principios de los setenta, su contribución (junto a otros dirigentes) a la gestación de la nueva representación que significaron los consejos de fábrica (consigli di fabbrica) y una amplia gama de reivindicaciones cualitativas en la negociación colectiva. 

El presente trabajo intenta reflexionar sobre la necesidad de la auto reforma del sindicalismo español y en ello entramos sin mayor dilación. Cuatro razones exigen, en mi opinión, esta operación que, aunque urgente, debe ser abordada con tino y de manera gradual. Estas razones son: el cambio de paradigma de los aparatos de producción y servicios en el contexto de la globalización, la pérdida del poder económico de Europa, el envejecimiento de la forma-sindicato y los efectos de esta profunda crisis en la que todavía nos encontramos. 

Primero. A pesar del cambio de paradigma (tránsito del fordismo a un nuevo estadio en la producción y los servicios), el sindicalismo confederal español sigue teniendo una morfología y unos comportamientos como si no se hubiera producido dicho tránsito. Cariñosamente podríamos decir que el sindicalismo español (y pienso tres cuartos de lo mismo del europeo) es un sujeto que está desubicado de dichas mutaciones de época. Esto podrá ser considerado como una impertinencia pero no cambia la cuestión. O nos hablamos con seriedad o nos arriesgamos a formar parte del batallón de los «últimos mohicanos».

Segundo. Afirma atinadamente Isidor Boix  que [los sindicalismos] «están siendo afectados desde hace unos años, pero lo están siendo cada vez más en la medida que la globalización supone un desplazamiento hacia el Este de la actividad industrial, nuevas vías y contenidos de la comercial, así como un emplazamiento a las organizaciones nacionales y supranacionales, las sindicales entre ellas, para afrontar las problemas que de ello derivan» (1). En otras palabras, ¿debe el sindicalismo confederal mantener el corsé “nacionalista” cuando todo ha cambiado tan espectacularmente?

Tercero. La forma-sindicato en España ha envejecido mientras todo se mueve. Por eso, la manera de relacionarse el sindicalismo con el conjunto asalariado, que ya es una pluralidad compleja y no simple, ha envejecido también.

Las estructuras de representación interna siguen siendo las mismas que pusimos en marcha tras la recuperación de las libertades democráticas en España; y lo mismo podríamos decir de las de representación externa. Mucha agua ha corrido bajo los puentes desde aquellos entonces –hace cerca de cuarenta años— y, sin embargo, la casa sindical mantiene la misma arquitectura. Incluso a pesar de las gigantescas mutaciones que se han dado en los centros de trabajo, en la estructura de la clase trabajadora y en el salto de la pluralidad simple a la pluralidad compleja, esto es: la actual miríada de tipologías contractuales y, ahora, con la deconstrucción del contrato de trabajo. De ahí que la sugerencia que habría que dirigir al sindicalismo es la que dejó escrita el famoso Pereira (de Antonio Tabucchi): «deje de frecuentar el pasado, frecuente el futuro».

Cuarto. No quiero ser cenizo, pero debo partir de la siguiente hipótesis: la presente generación de dirigentes sindicales estará sometida a la presión de defender lo conseguido y no exactamente a ampliar las conquistas recibidas de sus mayores. De manera que en esta acción colectiva de auto defensa y recuperación de fuerzas no es beneficioso para los trabajadores (y para el mismo sujeto social) el mantenimiento de unas estructuras que ya son pura arqueología organizativa y de representación externa de la pluralidad compleja.

Pues bien, una vez situadas estas cuatro razones del por qué de la auto reforma sindical en España, vale la pena añadir otros pespuntes, a saber: las líneas generales que deberían presidir la tan mencionada auto reforma.

Primero. Si el centro de trabajo es el microcosmos de la acción colectiva del sindicato, es de cajón que ese sujeto autárquico que es el comité de empresa sea substituido por la sección sindical –esto es, el sindicato en tanto que tal— con todos los poderes que sigue ostentando el comité. Naturalmente, se trataría de encontrar las formas unitarias a través de un pacto, con normas obligatorias y obligantes, entre Comisiones Obreras y UGT, avanzando gradualmente desde la unidad de acción a la unidad sindical orgánica.

Segundo. Si hemos dado por hecho que estamos en el post fordismo, el tipo de reivindicaciones deben ser las que se desprenden de esa mutación de época. No puede ser que el grosor de las plataformas reivindicativas --no sólo en los convenios colectivos, también en el conjunto de las prácticas contractuales--
siga siendo el que se correspondía a la época del fordismo puro y duro. Lo que comporta una pérdida sensible de poder contractual real. Es imprescindible, pues, un giro de ciento ochenta grados en el carácter de las reivindicaciones, acordes sobre todo con el nuevo estadio postfordista, y especialmente vinculadas a la pluralidad compleja en la que tanto estamos insistiendo.

Tercero. Y, a partir de ahí, el gran desafío es dar el salto del actual sindicalismo para los trabajadores al sindicalismo de los trabajadores. Ahora mucho más necesario que nunca para seguir encarando con nuevos instrumentos y puntos de vista fundamentados los embates durísimos de esta crisis. En ese sentido, resuenan con fuerza las palabras del maestro Vittorio Foa: «para que los trabajadores tengan confianza en el sindicato, éste debe tenerla en los trabajadores».

Por ello, planteo una carga de profundidad. Programática y estatutariamente, el sindicalismo confederal debe declarar solemnemente que “la soberanía para decidir está en el conjunto de los trabajadores del ámbito donde se decide”. O sea, la soberanía para decidir lo que sea pertinente (un convenio, una acción colectiva, etcétera) está en el conjunto asalariado de ese ámbito concreto.

En efecto, se trata –«no tengamos miedo de lo nuevo», exigía Luciano Lama--  de una refundación sindical en toda la regla. A la misma altura de la que hicieron nuestros compañeros ingleses a mediados del siglo XIX, transformando las viejas Unions en nuevos sujetos; con el mismo coraje que nuestro  Joan Peiró transformó los ya arcaizantes sindicatos de oficio en federaciones de industria y sector. Ambos cambios significaron en su día dos cosas: la consolidación del sindicato como sujeto activo, «de clase», y generador de importantes conquistas de civilización.

Más todavía, tenemos dos ejemplos más recientes: uno, el resurgir del nuevo movimiento que representó Comisiones Obreras, a mediados de los sesenta del siglo pasado, y la reforma cultural (incluida) la organizativa del sindicalismo italiano que promovieron Bruno Trentin y sus compañeros (de la CGIL, CSIL y UIL: Pierre Carniti, Emilio Gabaglio y otros) a raíz de las luchas de los otoños calientes de principios de los setenta.

Finalmente, una pregunta parece obligada: ¿hay mimbres en el sindicalismo español para proceder a esta vasta auto reforma? Mi respuesta –en este caso intuitiva--  es afirmativa. Es una generación de dirigentes que se han fogueado en los últimos cinco años en un proceso de movilización sostenida, tal vez el de mayor diapasón de toda la reciente historia del sindicalismo español. Posiblemente a ello puede ayudar la lectura y el estudio sosegado de la obra canónica de Bruno Trentin, La ciudad del trabajo: izquierda y crisis del fordismo (2).


José Luis López Bulla fue secretario general de CC.OO. de Cataluña entre 1975 y 1995.

 

 

 

(1)            Isidor Boix en Sindicalismo europeo y sindicalismo asiático: una primera respuesta a José Luis López Bulla (http://lopezbulla.blogspot.com.es/2013/10/sindicalismo-europeo-y-sindicalismo_27.html)

 


(2)        El lector puede disponer de ella en castellano en la edición digital en http://metiendobulla.blogspot.com.es/, y en formato tradicional editado por la Fundación 1º de Mayo.  

06 February 2013

EL SINDICALISMO ESPAÑOL, HOY


EL SINDICALISMO CONFEDERAL ESPAÑOL CONTRA EL NEOLIBERALISMO

Para la Revista Alternative per il socialismo, Enero – febrero 2013



José Luis López Bulla*


Hasta donde la memoria me alcanza no recuerdo un periodo de movilizaciones tan sostenido como el que se está produciendo en España. Este periodo ha tenido su momento culminante en la realización de la gran huelga general, con el apoyo explícito de importantes sectores ciudadanos, del 25 de Noviembre pasado. 

Uno de los protagonistas más relevantes de esta presión sostenida es el sindicalismo confederal (Comisiones Obreras y UGT). Grosso modo, los rasgos que lo presiden son: 1) la dilatación en el tiempo, prácticamente desde el principio de la crisis de todos los colectivos asalariados, del trabajo autónomo y hasta de los sectores de la Judicatura, jueces y magistrados incluidos, que han ejercido su propio conflicto y apoyado reiteradamente las huelgas generales de los dos últimos años; y 2) un proceso unitario que va más allá de la tradicional unidad de acción. Se diría que mi país vive una situación de emergencia social contra las políticas neoliberales gestionadas políticamente, hoy, de una manera termidoriana criminalizando el conflicto social con una dureza desconocida en la España democrática.  Esta situación de efervescencia social tiene, sin embargo, una limitación: la ausencia, hoy por hoy, de una alternativa política; de ello se hablará más adelante.

¿A qué se enfrenta este gigantesco proceso de protestas obreras y populares? A la crisis económica que también en España está alcanzado una situación devastadora; a la política de recortes generalizados e indiscriminados (especialmente a los menos protegidos) en sectores tan sensibles como la sanidad y la enseñanza; a la desforestación de derechos sociales, cuyo paradigma es la sedicente reforma laboral; a los intentos de privatizaciones generalizadas en sanidad y enseñanza; a los escándalos y estafas financieras de las instituciones bancarias, que han significado una ingente cantidad de recursos malgastados o desviados de lo público a lo privado; a los centenares de miles de desahucios en los últimos años por la crisis de las hipotecas de las viviendas; a la política represiva contra todo lo que protesta y disiente en las calles de mi país. 

1.— Esta protesta, por otra parte, ya no está circunscrita a los grandes núcleos urbanos. Se ha ido extendiendo, como una mancha de aceite, por toda la geografía hispana: de hecho, no quedan ciudades pequeñas y alejadas de las capitales de provincia sin haber participado en esa oleada de movilizaciones con manifestaciones populares y encierros (por ejemplo, de ancianos setentones y ochentones) en defensa de los centros primarios de sanidad o contra las estafas financieras. Novedad también en las vestimentas de los manifestantes: los mineros con su blusas azul marino, la “marea verde” de los enseñantes y la “marea blanca” de los profesionales de la salud; la “marea negra” de los funcionarios públicos, la “marea naranja” de los empleados de los servicios sociales y la “marea roja” de los trabajadores industriales, y así sucesivamente. Con lo que cada manifestación es la apariencia de ser un gigantesco arco iris.    

El itinerario de esta presión sostenida ha conocido una evolución muy novedosa. Hasta hace dos años las luchas sectoriales no tenían relación las unas con las otras, ni todas en su conjunto con un objetivo general.
Cada cual, por así decirlo, se enfrentaba a las decisiones gubernamentales que les concernían. Pero gradualmente el sindicalismo confederal ha sabido reconducir esa dispersión y, unificando los objetivos y los conflictos, ha conseguido que todos los afluentes hayan desembocado en el caudaloso gran río de la protesta popular. Fausto Bertinotti hubiera dicho de todo ello que se trata de un movimiento de movimientos;  un panorama absolutamente inédito en la España contemporánea. Como igualmente han sido inéditas las nuevas formas de solidaridad que se vienen desarrollando en los últimos tiempos: recibimientos masivos en todas las ciudades donde pasaban las marchas de los mineros hacia Madrid; las de los enfermos con los sanitarios (médicos, enfermeras y celadores) en defensa de la sanidad pública en Madrid; las familias apoyando al profesorado; los vecinos impidiendo no pocos desahucios. Un movimiento solidario de movimientos solidarios.  Vale decir que el sindicalismo confederal se está comportando como un auténtico sujeto extrovertido creando un nuevo relato común,  a través de la acción colectiva, del movimiento de los trabajadores y de una amplísima mayoría de la sociedad.   

No obstante, es del todo evidente que toda esa formidable movilización, sostenida en el tiempo y en el espacio, tiene un marcado carácter de autodefensa. 

Especial mención en todo ese gran movimiento de protesta es el de los Indignados, cuyo lema central es ¡Democracia real, ya! con acampadas y manifestaciones de masas en todas las capitales de provincia españolas. Es un movimiento de jóvenes trabajadores en paro o del mundo del precariado, de universitarios, de capas medias empobrecidas o con dificultades económicas que todavía está alejado y desconfiando del sindicalismo confederal y al que éste mira con una cierta perplejidad.  Entiendo que no es buena cosa esta separación de tan importantes sujetos, y pienso que corresponde al sindicalismo seguir esforzándose en crear un foro de debate permanente con los Indignados. Téngase en cuenta que este movimiento (que, en buena medida ha hecho aflorar a la superficie una considerable parte de la izquierda submergida) tiene en su programa un elenco de planteamientos idénticos a los del movimiento sindical, y que en cierta medida recuerda los primeros andares del movimiento de Comisiones Obreras.

Confío que el buen hacer de los sindicalistas vaya eliminando las zonas de desconfianza mutua que todavía existen, generando síntesis sucesivas de proyecto y acción común. Lo sorprendente es que la desconfianza sindical hacia este nuevo universo proviene no tanto de los veteranos como de los cuadros sindicales más jóvenes.   

2.--  En gran medida la unidad de acción entre CC.OO. y Ugt es la responsable de esta presión sostenida en el tiempo y en el espacio. De hecho podemos decir que es algo más que la tradicional unidad de acción y menos que la unidad sindical orgánica. Se diría que es el resultado de la siembra de unas excelentes relaciones que vienen desde hace más de veinte años. No quisiera pecar de petulante, pero creo que esta situación es envidiable en el sindicalismo confederal europeo, y si me es permitido el descaro diría que especialmente en   Italia, donde parece haberse instalado una barroca teorización de la división sindical. 

Tal vez la explicación más clara de este largo proceso unitario español es que sus argumentos no han surgido de consideraciones abstractas ni de la bondad teórica del hecho de la unidad sino de la continuidad de la ´rentabilidad´ del estar juntos entre sí. Lo que ha permitido su permeabilidad en el amplio tejido de las estructuras sindicales. También en el terreno de las relaciones unitarias entre CC.OO. y UGT han aparecido novedades de especial significación: el sindicalismo confederal catalán ha establecido un protocolo por el que se crea un Comité de enlace entre los dos sindicatos, ya ratificado en el reciente congreso de las Comisiones Obreras catalanas y pendiente de aprobación por el próximo congreso de UGT. Esta experiencia catalana debería extenderse a lo largo y ancho de España y,  muy especialmente, en los más altos niveles de las direcciones confederales, indicando de esta manera que se quiere poner en marcha una nueva narrativa unitaria.   

No estamos, así las cosas, ante un proceso de fusión de las dos organizaciones sindicales sino ante un nuevo cemento que consolida la unidad de acción. En todo caso, me atrevo a decir –con toda la prudencia del mundo— que en España existen las bases objetivas para la construcción, desde abajo, de un sindicato confederal unitario.  Esta es, a mi juicio, la narrativa en la que debería empeñarse el sindicalismo español.

3.--  La importante movilización del sindicalismo confederal contra la política neoliberal del gobierno tiene, sin embargo, una laguna: la negociación colectiva, salvo raras excepciones, está casi paralizada desde hace un año. Diríase que el sindicalismo, en ese terreno, se encuentra atenazado entre, de un  lado, las medidas de la sedicente reforma laboral que es una agresión en toda la regla a derechos e instrumentos; y, de otro lado, la actitud intransigente de la patronal a negociar los convenios porque sabe que el gobierno le está haciendo el trabajo sucio.

Todo ello se está traduciendo en una pérdida de poder adquisitivo de los salarios (continuamente recortados en la Administración pública) por la vía de la inflación y de una serie de subidas arbitrarias de los impuestos, por ejemplo el impuesto del valor añadido (iva), y en una pérdida del control de la organización del trabajo. A lo que debe añadirse la salvaje reestructuración (sin innovación de los aparatos productivos) de centenares de miles de empresas: unas se aprovechan de las facilidades que les ofrece la llamada reforma laboral que incrementa la violencia del poder privado del poder empresarial; otras son, con mayor o menor aproximación, la expresión de la crisis del tosco sistema productivo español (1). Lo que se está concretando en un incremento espectacular de los expedientes de regulación de empleo que  expedientes de regulación de empleo (ERE) autorizados o comunicados entre enero y agosto de este año que han ascendido a 22.007, el 69,7 % más que en el mismo período de 2011, mientras que el número de afectados por ellos ha crecido un 53,3 % (hasta los 299.021 asalariados). En realidad lo que está en marcha es una operación que, parodiando a James Bond, tiene “licencia para despedir”.

Todo ello indica hasta qué punto están cayendo sobre los sindicatos españoles una serie de tormentas de complicado manejo. Pero que, en todo caso, tienen el desafío de conjugar la acción colectiva en el centro de trabajo, recuperando la iniciativa en el terreno contractual, general y descentralizado, con la presión sostenida contra el conjunto de las políticas neoliberales.

4.--  Buena parte de los problemas de la parte de la crisis, que es específicamente española, vienen de la gestión errática del gobierno anterior del Presidente Zapatero. Ahora bien, las actuales políticas de la derecha política y económica española están agravando hasta límites paroxísticos “la herencia recibida”.

¿Cuál es el cuadro político español? Una derecha cavernaria que tiene la mayoría absoluta; una crisis de los socialistas que es de identidad, proyecto, liderazgo y organización con una espectacular pérdida de poder en las instituciones autonómicas y municipales; y una izquierda alternativa que incrementa su representación, pero que no cubre, ni de lejos, lo que ha perdido la izquierda moderada del socialismo español. Esto es, por un lado, la izquierda paliativa del PSOE --la expresión referida a la socialdemocracia europea es de Alain Supiot (2)--  y, de otro lado, la izquierda alternativa, IU, que, ganando representación y representatividad, no aparece como sujeto realmente intimidante. Una izquierda que “acompaña” los cambios dictados por el capitalismo financiero intentando ablandar los efectos sociales más devastadores y otra izquierda que no parece ubicada suficientemente en el actual proceso de reestructuración profunda de toda la economía en el cuadro sin retorno de la globalización.   

Así las cosas, el sindicalismo confederal reaparece como sujeto político de una manera un tanto contradictoria: por una parte, movilizando a millones de personas en las calles y, de otra, con una insuficiente acción colectiva en los centros de trabajo. En todo caso, no pocas de las funciones a las que se auto obliga el sindicalismo español representan una especie de substitución de aquello que las izquierdas o no quieren o no saben poner en marcha, esto es, darle cuerpo político al conflicto social. Lo que, a fin de cuentas, representa una sobrecarga enorme en las espaldas de los sindicatos.

5.--  CC.OO. y UGT están en puertas de sus respectivos congresos confederales. Comisiones lo hará a mediados de febrero y UGT en la primavera. Es de suponer (y esperar) que acertarán en el diseño de un proyecto orientado a resituar el poder contractual en el centro de trabajo, recuperando gradualmente los destrozos de la mal llamada reforma laboral. Y, desde ese anclaje en el centro de trabajo, diseñar la autodefensa y alternativa de un welfare más inclusivo que recupere, a su vez, los derechos y conquistas anteriores. Un proyecto sindical, en suma, que ponga las bases de un diálogo con aquellos sectores con los que nunca ha dialogado. Y que diseñe un itinerario que, desde abajo, proponga a los trabajadores un sindicalismo confederal unitario.


 

(1)    “A pesar de la insistente retórica sobre la necesidad de impulsar, apoyar y extender la innovación, la realidad es que la mayoría de nuestras empresas siguen padeciendo bajos niveles de innovación, donde la mayoría no va más allá de concentrar sus esfuerzos en reducir costes -por la vía de reducir plantillas o contratar servicios externos- que naturalmente pueden mejorar los resultados económicos, pero al mismo tiempo, cuando el mercado está estancado y la competencia es solo por precios, en no pocas ocasiones se acaba creando un verdadero círculo vicioso que obliga a una espiral de constante deterioro de las condiciones de trabajo y a la vez de destrucción de empleo y, con ello, de debilitamiento del proyecto mismo de la empresa”. Joaquim González Muntadas en: POLÍTICA INDUSTRIAL: ¿DONDE ESTÁ LA INNOVACIÓN?, http://lopezbulla.blogspot.com.es/2012/12/politica-industrial-donde-esta-la.html

 

(2)    Alain Supiot. Introducción a la edición francesa de La città del lavoro (Bruno Trentin), editada por Fayard, Poids et Mesures du Monde (2012). Ver en   http://lopezbulla.blogspot.com.es/2012/12/alain-supiot-diserta-sobre-trentin.html Por otra parte, dicha obra ya ha aparecido en su versión castellana en formato papel en la Fundación Primero de Mayo (con introducciones de Nicolás Sartorius y Antonio Baylos) y en formato digital, ambas en traducción de José Luis López Bulla en  http://metiendobulla.blogspot.com.es/

 

 

 

 


* José Luis López Bulla fue secretario general de CC.OO. de Cataluña desde 1976 a 1995. 

02 June 2012

BRUNO TRENTIN, EL SENTIDO DE UN COMPROMISO Y SU VIGENCIA EN ESTOS TIEMPOS QUE CORREN


José Luis López Bulla
Intervención en la Fundación de Investigaciones Marxistas, 1 de Junio de 2012




Estoy doblemente agradecido a la Fundación de Investigaciones Marxistas. Primero porque ha organizado este seminario sobre Bruno Trentin; segundo porque me ha invitado a participar en este encuentro. Vamos a conversar, como nos ha pedido Eddy Sánchez, sobre el compromiso de Bruno Trentin: sindicalista, político, intelectual y en sus años mozos jefe partisano a los dieciséis años; de su etapa de partisano nos ha dejado él mismo un Diario de Guerra, que publicó en 2008 la Editorial Donzelli. Se ha dicho esta mañana que Trentin abre tiene una visión teórica muy importante para mañana. No lo dudo. Pero me gustaría dejar claro una cosa: Trentin no escribe en el vacío. Es más, toda su obra es el resultado de su obra como dirigente sindical y, en parte, la reflexión de lo que está impulsando a diario en la práctica del conflicto social.   


Entrando en lo concreto, intentaré resumir los ejes centrales del compromiso trentiniano cuya idea fuerza era la humanización del trabajo --una formulación que hunde sus raíces en una serie de planteamientos de Engels-- y la transformación de la sociedad. Para ello parece inevitablemente necesario entrar de lleno en la idea que nuestro hombre tenía del sindicalismo y la política  y de las originales aportaciones que hizo a lo largo de más de cincuenta años en Italia y Europa. Es sobre las ideas y las prácticas que las acompañan sobre lo que versaré mi intervención porque son las que conforman el compromiso militante de nuestro hombre. 

Trentin se propone acompañar a los trabajadores y a sus movimientos organizados a través de investigaciones sucesivas de las transformaciones que se van operando en los aparatos productivos y en la economía, en la sociedad y en la cultura, en la política y en la estructura de clases sociales. Investigaciones propias y de otros autores, incluso las de aquellos que no se reconocían en la tradición marxista. Lo que siempre le valió la fama de intelectual heterodoxo y fue visto siempre con suspicacia por dirigentes de su propio partido con los que tuvo frecuentes y famosos encontronazos como, por ejemplo, aquellos leones del comunismo que fueron Palmiro Togliatti y Giorgio Amendola. Y no en cuestiones secundarias sino de enorme importancia: el carácter del desarrollo capitalista en Italia y Europa a mediados de los años cincuenta, la invasión soviética de Hungría en 1956,  la naturaleza del sindicalismo y el sentido del conflicto social.  


Primer tranco. Trentin entiende que la subordinación histórica del sindicalismo al partido no tiene sus raíces en Marx sino en Ferdinand Lassalle (1). En la práctica fue el partido lassalleano el que se impuso y determinó las relaciones entre el partido y el sindicato en las concepciones y prácticas de Bebel y Kaustky, Guesde y Pablo Iglesias, Togliatti y Thorez, y los que vinieron después. Es decir, la famosa correa de transmisión recorrió las conductas de socialistas, socialdemócratas y comunistas a lo largo de la historia de ambos sujetos. Como cosa chocante vale la pena traer a colación que fueron los sindicalistas comunistas como Giuseppe Di Vittorio, Luciano Lama, Bruno Trentin, Camacho, entre otros, quienes abrieron el camino para romper la subordinación del sindicato al partido. En ese sentido es Trentin quien propone los argumentos más potentes que, en parte, estaban presentes en los planteamientos de Di Vittorio.

El partido lassalleano se atribuye una gratuita preeminencia sobre el sindicalismo y, a la vez, le concede paternalmente un estatuto donde implícitamente estaría sometido a una acción meramente tradeunionista. De ahí el primer chispazo entre Togliatti y Di Vittorio con relación al Piano del Lavoro, (1949) un conjunto de propuestas en la posguerra que redactaron un veterano Vittorio Foa y un jovencísimo Trentin, responsables del Gabinete de Estudios de la CGIL.  Togliatti consideraba que un planteamiento de esa envergadura se escapaba de las competencias y atribuciones que históricamente el partido había “concedido” al sindicato y, por lo tanto, hizo lo posible por ningunearlo.  El sindicato tenía una misión y no podía salirse de ese libreto: los salarios y la reducción de la jornada laboral. Vale la pena traer a colación lo que dijo Togliatti en polémica con Trentin en febrero de 1957: “no corresponde a los trabajadores tomar iniciativas para promover y dirigir el progreso técnico, que es función del partido; a los sindicatos les corresponde sólo la lucha por el aumento de los salarios” (2). Por lo tanto, el sindicato debe ejercer el conflicto sólo en el terreno de lo distributivo.

Esta preeminencia que se autoconcede el partido lassalleano comporta, además, que el ejercicio del conflicto social esté subordinado a la contingencia de los intereses políticos del partido. Así las cosas, el sindicato es una prótesis funcional en cualquier circunstancia. De ahí las enormes reticencias que tuvo el partido --y su doblez-- ante los continuados proyectos de renovación que pusieron en marcha Trentin y sus compañeros de cara a crear vínculos unitarios en el sindicalismo confederal italiano y las nuevas experiencias de representación en los centros de trabajo, substituyendo las viejas comisiones internas por los famosos consejos de fábrica nacidos en las grandes movilizaciones de los otoños calientes a finales de los sesenta y principios de los setenta en Italia.

Segundo tranco.  Trentin fue un sindicalista que analizaba, ya se ha dicho, los constantes cambios que se iban operando en las estructuras productivas y en toda la economía europea e italiana. Su célebre informe en el Seminario del Instituto Gramsci [Le dottrine neocapitalistiche e l´ideologia delle forze dominanti nella política economica italiana] en 1962, donde se produce el enésimo  encontronazo con Giorgio Amendola (3). Es no sólo una rigurosa investigación sobre las nuevas expresiones del capitalismo (lo que entonces se dio en llamar neocapitalismo), sino también el inicio de un nuevo itinerario del sindicalismo confederal italiano que tiene como protagonistas a jóvenes dirigentes como Lama y Trentin, Carniti y Gabaglio, entre otros. Digamos que son los primeros andares de la búsqueda de una representación unitaria de los trabajadores en una fábrica que había cambiado profundamente.

Si su informe en el famoso seminario antes referido es un ejemplo de su capacidad investigadora, no lo es menos el gigantesco trabajo que realiza en su libro La città del lavoro, sinistra e crisis del fordismo  [Feltinelli, 1997]. Pietro Ingrao dijo de él lo siguiente: “Ha aparecido durante el otoño en Italia un hermoso libro de Bruno sobre el cual sería fecundo, a mi juicio, abrir una larga discusión, casi de masas”. Lamentablemente, me atrevo a señalar, no está traducido al castellano; por eso me he metido en la insensata aventura de verter ese libro al castellano, ustedes perdonen mis ínfulas. Es una tarea que va apareciendo con regularidad en esta dirección:   http://metiendobulla.blogspot.com.es/  

Tiene interés señalar que el proyecto sindical de nuestro amigo supone un serio intento de vincular las aspiraciones de los trabajadores con la forma de la representación. Para decirlo en términos más concretos: la organización no es algo escindido del proyecto; la organización es algo así como la fisicidad del proyecto. Es, para decirlo en términos gramscianos, la praxeología del sindicalismo confederal. Y, en ese sentido, las formas de representación están en concordancia con las transformaciones del trabajo que cambia y de las aspiraciones del conjunto asalariado.

El compromiso de Trentin fue la apuesta por un sindicalismo unitario, un sujeto político de nueva planta. Ahora bien, no basta con plantear la necesidad de una organización unitaria si no se introducen las adecuadas variables en ese polinomio.  En primer lugar la independencia del sindicalismo: en la elaboración de su proyecto y en sus recursos con un conjunto de reglas propias en su funcionamiento doméstico y en su relación extrovertida con otros sujetos políticos, sociales e institucionales. En este sentido, el establecimiento de las incompatibilidades entre determinados cargos de dirección del sindicato y del partido –también en la esfera parlamentaria— es una regla de gran importancia. Lo que, no hace falta decirlo, no sentó nada bien en el Partido comunista italiano ni en la casa socialista.    

Es el inicio del recorrido que le llevará a escaparse definitivamente de la subordinación tradicional de papá-partido: una caminata, no siempre fácil, pues en ocasiones tiene el riesgo de devenir esa práctica en pansindicalismo,  que le irá consolidando como sujeto político. Que siendo independiente, de las elaboraciones de Trentin se desprende que no es indiferente al cuadro político e institucional. 

Tercer tranco. Uno de los grandes compromisos de nuestro hombre es situar al sindicalismo confederal y a la izquierda en una lógica que escape de la hegemonía del fordismo-taylorismo que ha establecido “una relación de opresión y subalternidad no sólo jerárquica sino también cultural, fundado en el monopolio de los saberes y decisiones de los mánagers” (4). De ahí que afirme insistentemente que uno de los grandes problemas de la izquierda social y política del siglo XX haya sido no estar atento a los temas de la producción y haberse ocupado exclusivamente de la distribución. Por eso se le han escapado las grandes transformaciones que se han dado a lo largo del pasado siglo. Dice Trentin: La crisis ya manifiesta de lo que se acostumbra a definir el sistema “taylorista-fordista” durará mucho tiempo entre avances y derrotas redefiniendo modelos de organización del trabajo humano que cada vez tienen un carácter menos definitivo (5). Pero, a partir de ahora, esta crisis parece destinada a abrir nuevas heridas y nuevas divisiones entre las organizaciones sociales y políticas que se inspiran en los diversos ideales de emancipación de las clases trabajadoras y en el interior de cada una de ellas.

Sobre todo, esta crisis coge una vez más con el pie cambiado a un gran parte de las fuerzas de izquierda en Italia y en Europa, encontrándola frecuentemente desarmadas dada la consciencia tardía (cuando la hubo) del inicio de dicha crisis  y de sus implicaciones sociales y políticas. Estas fuerzas no han ajustado las cuentas con la herencia de la cultura taylorista-fordista que llevan en sí mismas. Ni tampoco han tomado plenamente consciencia de la influencia que esta cultura ha tenido sobre las ideologías productivistas y redistributivas que, a lo largo de un siglo (incluso mediante la fuerte legitimación de los grandes ideólogos de la revolución socialista y del socialismo real) han dominado el pensamiento democrático y socialista en todo el mundo (6).

La propuesta trentiniana de salir del fordismo-taylorismo tendrá su base experimental en las plataformas reivindicativas de los grandes convenios colectivos con el tratamiento novedoso de cuestiones como el control de la organización del trabajo en todas sus componentes como, por ejemplo, los tiempos y horarios de trabajo, la profesionalidad y la contratación, estrechamente ligados a la nueva representación de los trabajadores, esto es, los consejos de fábrica, como expresión unitaria del sindicalismo confederal y del conjunto de los obreros, técnicos y empleados en el centro de trabajo.  No se trata de un planteamiento abstracto sino al calor de las grandes movilizaciones de los sucesivos otoños calientes. Toda una concepción que es el resultado de una seria observación y, también, como fruto del diálogo entre marxistas y católicos frente al historicismo marxista y las expresiones populistas de no pocos exponentes de militancia cristiana.

Cuarto tranco.  El compromiso de Bruno Trentin nos trae a colación un buen plantel de experiencias. De un lado, la fascinación de la actividad sindical y, de otro lado, sus luces y sus claroscuros.

Entiendo por fascinación de la actividad sindical ese quehacer cotidiano que tiene que medirse diariamente con las decisiones que se toman. Trentin y los sindicalistas verifican constantemente sus propuestas. Hay que elaborar la plataforma reivindicativa y, a continuación, debe verificarse todo su itinerario: o se firma o no se firma; o se convoca al conflicto o no se convoca. Diríamos que es un permanente observatorio del estado de las relaciones de fuerza en tiempo real.  Es, para decirlo en términos coloquiales, un constante trajín. Que, con cierta frecuencia corre el riesgo de caer en la ramplonería del practicismo. No es este el ejemplo que nos ofrece Trentin.

Sorprende que un sindicalista como él, que ejerció altas responsabilidades federativas y confederales, dirigiendo la FIOM y la CGIL, tuviera tiempo para tan altas tareas de dirección cotidianas, leer, estudiar y escribir importantes libros y ensayos sobre economía y sindicalismo (7). Me gustaría que alguien me indicara si conoce algún dirigente político o sindical que, al calor de tantas batallas, haya escrito una obra tan vasta. Por otra parte, la lectura de la rica obra de nuestro hombre se caracteriza por un potente aparato crítico con abundantes referencias a científicos sociales de diferentes escuelas, no pocos de ellos alejados de la tradición marxista, y no es infrecuente que en sus ensayos haga acopio de un acervo de lo que él llama la sinistra non vincente, especialmente a la tradición libertaria. Lo que, a buen seguro, provocaría más de una urticaria a sus amigos, conocidos y saludados.

Quinto tranco.  Todo el proyecto sindical de Trentin está cuajado de insistentes reivindicaciones de derechos, entendidos éstos en la acepción de Gerardo Pisarello, como bienes democráticos. Podríamos desvelar su tesis de la siguiente manera: si el fordismo (no el taylorismo) es ya mera chatarra, es ineludible crear un universo de nuevos derechos de ciudadanía social, dentro y fuera de los centros de trabajo acordes con el nuevo paradigma postfordista. De ahí su recurrencia a los nuevos derechos en esta fase que podríamos calificar de reestructuración-innovación de los aparatos productivos y de servicios. Lo que, con dudosa propiedad, podríamos señalar como derechos tecnológicos.

Reflexionando sobre este mundo de los derechos Trentin establece, de un lado, la relación entre trabajo y libertad; y, de otro lado, entre trabajo y conocimiento. En ambas cuestiones, inseparables entre sí, resuena su insatisfacción por cómo percibe (más bien, cómo no lo hace) la izquierda.  Ahora bien, nuestro hombre lo aclara con una condición: que la cultura de la izquierda sepa ocupar los espacios que ha abierto la crisis del fordismo, forzando las contradicciones que lo acompañan ya que la izquierda tiene un enorme retraso en comprender la vertiente de estos problemas.

Uno de los buques insignia de los nuevos derechos que plantea Trentin es la codeterminación. Léase bien, no se dice co-gestión que es cosa bien distinta. Trentin entiende por codeterminación lo siguiente: el método de fijación negociada, como punto de encuentro, entre el sujeto social y el empresario, anterior a decisiones "definitivas" en relación, por ejemplo, a la innovación tecnológica, al diseño de los sistemas de organización del trabajo y de las condiciones que se desprenden de ella.  Se trata, así las cosas, de un derecho que es esencial para la flexibilidad negociada. Lo que supondría una nueva acumulación de conocimientos y saberes por parte de los trabajadores y los sindicalistas a lo largo de todo el arco de la vida de las personas. Se trata de los últimos esfuerzos de nuestro hombre: ultrapasar los derechos de la tercera generación para proponer los derechos culturales  Es como si dijera que la disputa de saberes es parte fundamental del conflicto social. Pero también como una de las condiciones para el crecimiento económico, la participación democrática y  cívica y la construcción del futuro. De ahí que, desde hace tiempo, vengo reclamando la constitución de un Estatuto de los Saberes, un compendio de nuevos derechos de ciudadanía: una estrategia global de redistribución del acceso a los saberes y a la información, democratizando la revolución digital y tecnológica. Lo que tiene su máxima importancia en estos tiempos que necesitan que el sindicalismo (y la política) valoren el capital cognitivo en todas sus intervenciones; una batalla a la que, lógicamente, hay que implicar a los poderes públicos. Y comoquiera que no hay batalla sin su correspondiente grito mediático, propongo el siguiente: Más saberes para todos. Doctores tiene la Iglesia para elaborar dicho Estatuto. No quiero rehuir la responsabilidad de indiciar algunos, todavía insuficientes, apuntes. A grandes rasgos podrían ser: a) la formación a lo largo de todo el arco de la vida laboral, b) enseñanza digital obligatoria y gratuita, c) acceso gratuito a un elenco de saberes por determinar, d) años sabáticos en unas condiciones claramente estipuladas. 

He dicho que el conflicto por los saberes es parte consubstancial del conflicto social. De ahí que sea necesaria una amplia discusión, sin tabús, acerca de lo siguiente: ¿cuál es el nivel y grado de intimidación que hoy tiene el conflicto social? ¿Hasta qué punto intimidan las reivindicaciones sindicales que siguen estando en el cuadro fordista cuando este paradigma ha desaparecido prácticamente? ¿De qué manera establecer un nuevo ejercicio del conflicto en el cuadro de las mutaciones tecnológicas, que se caracteriza porque estando de brazos caídos, las máquinas siguen funcionando? ¿de qué manera ejercer el conflicto sin provocar bolsas de hostilidad por parte de la ciudad del trabajo y sus amigos, conocidos y saludados o, mejor dicho, concitando amplios apoyos por parte de la ciudad del trabajo? Sobre estas dos cuestiones el sindicalismo debe recuperar su retraso teórico y, sobre todo, práctico.


Tranco final


De un lado, tengo para mí –sin involucrar ahora a Bruno Trentin-  que el sindicalismo europeo debe tomar buena nota de los planteamientos de nuestro amigo especialmente en el vasto escenario del cambio de paradigma. Centrar su estrategia en la tutela de los trabajadores, como si estuviéramos todavía en el viejo contexto fordista, representa una desubicación de los tiempos que corren. Pero esta es una opinión subjetiva que dejo de pasada como quien no quiere la cosa. De otro lado, estimo que el apasionante anhelo de Bruno Trentin por la unidad del sindicalismo encuentra nuevas bases en España con esta estable y sostenida unidad de acción. Entiendo que este largo periodo unitario debería  ser un motivo necesario para que los dos grandes sindicatos españoles sean todavía más ambiciosos. 

Pienso que se necesita más audacia en este terreno. De hecho, ¿qué diferencias teóricas existen hoy en el sindicalismo español que puedan impedir empezar a debatir la unidad sindical orgánica? He dicho empezar a debatir, no lanzarse a tumba abierta. Es un tanto chocante que ambos sindicatos estén en la misma casa sindical europea y mundial y, en cambio, no dispongan de un mismo albergue en casa. ¿Tiene esto sentido? No lo tiene. Es más, sostengo la idea de que un sindicato unitario en España es una condición necesaria –no digo suficiente--  para seguir encarando los desafíos presentes de esta crisis tan devastadora que padecemos, también para afrontar los retos de este contexto de innovación-reestructuración de los aparatos productivos y de servicios de toda la economía. Es más, un sindicato unitario estaría en mejores condiciones para encuadrar de manera estable a centenares de miles de asalariados, de todas las tipologías, que todavía no están lo suficientemente cerca del sindicalismo confederal. Y tal vez, una serie de colectivos sectoriales tendrían mejor las cosas para encuadrarse en esa casa unitaria. Se mire por donde se mire no hay riesgo alguno para empezar a hablar de la unidad orgánica; se mire por donde se mire tampoco hay riesgos para construir un sindicato unitario.

En los años del tardofranquismo los grupos dirigentes de Comisiones Obreras teníamos una noble obsesión por la unidad sindical orgánica y su congreso constituyente. Que no fue posible, como es sabido. Lo impedían factores domésticos, la falta de experiencias unitarias de tipo sindical, poderosas razones del contexto internacional y otras consideraciones. Hace tiempo que la cosa ha cambiado radicalmente, siendo lo más destacable la acumulación sostenida de experiencias unitarias y de hechos participativos conjuntos. Lo único que falta es acomodar las condiciones subjetivas de los grupos dirigentes  a las condiciones objetivas. Esto es, las necesidades, esperanzas y anhelos del conjunto asalariado, de los pensionistas, de los que buscan trabajo y de los que no lo tienen. Por eso, reflexionar sobre Trentin podría ser un acicate para empezar a hablar. De momento, empezar a hablar.


NOTAS

(1) Habla Marx: “En ningún caso los sindicatos deben estar supeditados a los partidos políticos o puestos bajo su dependencia; hacerlo sería darle un golpe mortal al socialismo”. Tal cual. Se trata de la respuesta de nuestro barbudo al tesorero de los sindicatos metalúrgicos de Alemania en la revista Volkstaat, número 17 (1869) en clara respuesta a lo afirmado por Lassalle: “el sindicato, en tanto que hecho necesario, debe subordinarse estrecha y absolutamente al partido” (Der sozial-democrat”, 1869).

(2) Del epistolario privado Togliatti–Trentin. Iiginio Mariemma Attualità del pensiero de Bruno Trentin en Il futuro del sindacato dei diritti (Ediesse, 2009) 

(3) Tendenze del capitalismo italiano, en Bruno Trentin Lavoro e libertà [Ediesse, 2008]. Existe una traducción castellana, La ideología del neocapitalismo, publicada por la editorial Jorge Álvarez (Buenos Aires, 1965)  

(4) Il coraggio dell´utopia [Rizzoli, 1994]
  
(5) No me resisto a incluir la definición que Trentin ofrece del taylorismo en La città del Lavoro [Feltrinelli, 1997] 

Con este sumario término [fordismo-taylorismo] no intentamos agrupar en un solo aparato conceptual el trabajo de Frederick W. Taylor, de sus continuadores y apologistas la ideología que Henry Ford supo dibujar en el curso de su gran aventura como capitán de industria.

Que se trate de modelos de organización de la producción ampliamente complementarios (el fordismo nace del taylorismo, por así decirlo), pero está demostrado que son distintos, ya que en la fase actual de crisis (irreversible) del modelo fordista emerge una singular capacidad de “resistencia” de las formas de organización jerárquica del trabajo heredadas de los principios de la “organización científica del management”, elaborados por Taylor. A grandes rasgos se pueden sintetizar como sigue:

a) Estudio de los movimientos del trabajador mediante su descomposición para seleccionar aquellos que son “útiles”, suprimiendo los “inútiles” aunque sean instintivos para reconstruir la “la cantidad de trabajo veloz que se le puede exigir a un obrero para que siga manteniendo su ritmo durante muchos años sin ser molestado” (Este análisis de los movimientos y su cronometraje fueron incluso más eficaces en el método cinematográfico de Frank G. Gilbreth);

b) Concentración de todos los elementos del conocimiento (del saber hacer), que en el pasado estaban en manos de los obreros, en el management que “deberá clasificar estas informaciones, sintetizarlas y sacar de estos conocimientos las reglas, las leyes y las fórmulas”;

c) Apropiación de todo el trabajo intelectual al departamento de producción para concentrarlo en los despachos de planificación y organización; con la separación  radical (“funcional”) entre la concepción, el proyecto y la ejecución; entre el thinking departament y la tarea ejecutiva e individual del trabajador que está aislado de todo el grupo o bien está en un colectivo. (Taylor repetía a sus obreros de la Midvale en 1980: “No se os pide que penséis, para ello pagamos a otras personas);

d)  Predisposición minuciosa, por parte del manegement, del trabajo a desarrollar y de sus reglas para facilitar su ejecución. Las instituciones predispuestas del management deben sustituir totalmente el “saber hacer” del trabajador y especificar no solamente qué es lo que debe hacerse sino “de qué manera hay que hacerlo en un tiempo precisado para hacerlo”. Véase entre tantas fuentes, además de los escritos de Taylor (La organización científica del trabajo), Georges Friedmann (La crisis del progresso, Guarini e Associati, Milano 1994) e Problemi umani del macchinismo industriale, Einaudi, Torino 1971) y Harry Braverman (Travail et capitalismo monopoliste, Maspero, París 1976). 

(6) Este es el incipit de La città del lavoro.

(7) Una breve bibliografía de Bruno Trentin:  
·        Da sfruttati a produttori, De Donato, Bari, 1977
·        Il sindacato dei consigli. Intervista di Bruno Ugolini, Editori Riuniti, Roma, 1980
·        Lavoro e libertà nell’Italia che cambia, Donzelli, Roma, 1994
·        Il coraggio dell’utopia. La Sinistra e il sindacato dopo il taylorismo. Un’intervista di Bruno Ugolini, Rizzoli, Milano, 1994
·        (con Luis Anderson) Nord sud. Lavoro, diritti e sindacato nel mondo, Ediesse, Roma, 1996
·        (con Carlo Callieri) Il lavoro possibile, Rosenberg & Sellier, Torino, 1997
·        La città del lavoro. Sinistra e crisi del fordismo, Feltrinelli, Milano, 1997 en http://metiendobulla.blogspot.com.es/
·        (con Adriano Guerra) Di Vittorio e l’ombra di Stalin, Ediesse, Roma, 1997
·        Autunno caldo. Il secondo biennio rosso (1968-1969). Intervista di Guido Liguori, Editori Riuniti, Roma, 1999
·        (con Carla Ravaioli) Processo alla crescita. Ambiente, occupazione, giustizia sociale nel mondo neoliberista, Editori Riuniti, Roma, 2000
·        La libertà viene prima, Editori Riuniti, Roma, 2005
·        Lavoro e libertà. Scritti scelti e un dialogo inedito con Vittorio Foa e Andrea Ranieri, Ediesse, Roma, 2008
·        Diario di guerra (Settembre-novembre 1943), Donzelli, Roma, 2008

 

 

 

 

 

SINDICATO Y SOCIEDAD  (1991) http://baticola.blogspot.com.es/2007/02/sindicato-y-sociedad.html

 

TRENTIN, DOCTOR HONORIS CAUSA EN LA UNIVERSIDAD DE VENECIA 

 

http://baticola.blogspot.com.es/2006/07/trentin-doctor-honoris-causa-en-la.html

LA FRONTERA DE LOS NUEVOS DERECHOS  (2 de abril de 2003) en

http://baticola.blogspot.com.es/2007/01/la-frontera-de-los-nuevos-derechos.html

 

TRABAJAR, ¿PARA QUÉ? OTRO COLOQUIO DE BRUNO TRENTIN CON ESTUDIANTES     Marzo de 1998 TRENTIN, DOCTOR HONORIS CAUSA EN LA UNIVERSIDAD DE VENECIA  (3 de setiembre de 2002)

 

http://baticola.blogspot.com.es/2007/01/trabajar-para-qu-otro-coloquio-de.html

 

LAS TRANSFORMACIONES POSIBLES DE LOS SISTEMAS DE RELACIONES INDUSTRIALES

 

http://baticola.blogspot.com.es/2006/06/las-transformaciones-posibles-de-los.html

 

TRENTIN: LA DEMOCRACIA ECONOMICA     (Julio 2004)

 

http://baticola.blogspot.com.es/2006/06/trentin-la-democracia-economica.html

 

TRENTIN: NUEVOS TRABAJOS Y NUEVOS DERECHOS      

 

(1997) http://baticola.blogspot.com.es/2006/06/trentin-nuevos-trabajos-y-nuevos.html


LA LIBERTAD. LA APUESTA DEL CONFLICTO SOCIAL        

 

(2003) http://baticola.blogspot.com.es/2006/06/la-libertad-la-apuesta-del-conflicto.html


ELOGIO DE BRUNO TRENTIN

 

http://baticola.blogspot.com.es/2006/12/elogio-de-bruno-trentin.html