14 May 2010

ISIDOR BOIX Y LÓPEZ BULLA CONVERSAN SOBRE EL SINDICALISMO GLOBAL



Éste es un diálogo entre Isidor Boix y José Luís López Bulla en torno a los problemas del movimiento de los trabajadores y el sindicalismo global. Acabamos nuestra conversación el día 11 de Mayo, y –tras las oportunas correcciones y erratas— la damos a conocer ahora mismo. Hemos hablado a golpe de correo electrónico y, precisamente por haberlo escrito, hemos intentado dos cosas: una, darle la mayor precisión posible a lo que pensamos y, otra, no dejarnos (casi) nada en el tintero.


JLLB. Querido Isidor, cuando éramos más jóvenes leímos el Memorial de Yalta, escrito por
Palmiro Togliatti en puertas de su muerte. Sobre chispa más o menos Togliatti dejó escrito el enorme retraso de las fuerzas del movimiento obrero y sindical internacional con relación a las grandes trasformaciones y del capitalismo. Ha llovido muchísimo desde entonces y, según parece, las cosas siguen, más o menos, como entonces. Con una diferencia: en aquel verano de 1964 existía una fuerte división sindical mundial. Ahora contamos con internacionales sindicales regionales unitarias y con la Central Sindical Internacional. Entre paréntesis, debo decirte que este nombre CSI no me gusta porque no acaba de referirse a “lo global”, que es el dato dominante. Pero, dejando aparte este problema (que no es meramente nominalista) ¿a qué piensas que obedece que las cosas sigan casi igual que cuando Togliatti escribió su famoso “testamento”?


IB. Amigo José Luís, la referencia al Memorial de Yalta es siempre sugerente, sobre todo para los que en aquel momento nos apuntamos al “eurocomunismo”. Pero fracasado éste, por culpa nuestra (al menos en parte), y también de los partidos socialistas a los que les dio miedo (lo comprobé personalmente) la aportación que podían suponer los comunistas progres para una profunda transformación democrática de la sociedad, no me parece hoy una referencia demasiado útil para el necesario sindicalismo global. Y también por otra razón: Togliatti razona desde una concepción leninista (aunque no sé si habría que considerarla incluso estalinista por algunos de sus problemas con la dirección de la CGIL en esta etapa) de la relación partido-sindicato, concepción a la que me apunté (e intenté aplicar) durante años. A ello habría que añadir su “policentrismo” en relación con el “movimiento comunista”, por lo que su vocación unitaria tampoco me parece muy aplicable al sindicalismo “global” (muy acertada tu propuesta de dejar de lado lo de “internacional”) de hoy. Lo que sí me parece cierto, y útil referencia, es la indicación del retraso del movimiento obrero (sindical) respecto de las transformaciones del capitalismo, ahora el de este Siglo XXI. Por todo ello comparto contigo que sigue el desfase, pero distinto.

JLLB. Lo de Togliatti era sólo una referencia historicista. En todo caso, vale la pena recordar que, en aquella época (que alguien bautizó como neocapitalismo) parece claro que también las fuerzas sindicales y políticas de izquierda estuvieron muy distraídas con relación a todas aquellas novedades. Vamos, que estaban desfasadas, dicho de una manera menos piadosa. Pues bien, Isidor, para abrir boca: ¿en tu opinión cuáles son los rasgos más llamativos del actual desfase del sindicalismo, tanto los nacionales como los supranacionales? Lo digo porque no sería justo hablar del desfase del sindicalismo supranacional sin hacer mención del sindicalismo doméstico.


IB. En mi opinión el desfase del sindicalismo que se autodenomina “internacional”, pero que no se atreve a definirse como “global”, tiene sus causas y sus raíces en los sindicalismos nacionales, aunque no es idéntico al también probable desfase de éstos. Hablando de sindicalismos nacionales, considero la referencia hecha tanto a los “Norte” como a los del “Sur”, para emplear esta terminología al uso que no es exactamente de carácter geográfico. La primera responsabilidad es de los países más desarrollados (porque son los que más mandan), pero también tienen la suya los demás, porque asumen de hecho la actual situación. Esquemáticamente las causas, tal como las entiendo, son (sin que el orden suponga necesariamente prioridades):

o Los sindicatos nacionales creen poco, aún, en la importancia del sindicalismo global (al que siguen llamando “internacional”). Pero no porque sean “descreídos”, sino porque realmente no se ha asumido, ni desde el “Norte” ni desde el “Sur”, el “interés” (la necesidad seguramente) para todos los sindicalismos nacionales de uno global fuerte y coherente, capaz de plantear la movilización en torno a intereses comunes y a mediar y sintetizar en relación con los contradictorios. Esquematizando, los del Norte intentan preservar lo suyo como si no tuviera relación de interdependencia con la globalidad. Los del Sur se limitan demasiadas veces a la denuncia genérica de los males del capitalismo, del imperialismo, y de las multinacionales, como castradora justificación permanente de sus limitaciones.
o Esta falta de interés deriva de la prioridad que se da en los sindicalismos nacionales a sus intereses particulares, entendidos éstos como contradictorios con los de otros sindicalismos, a partir de problemas ciertamente reales, como las deslocalizaciones, las políticas comerciales proteccionistas (a ellas se asimilan en general desde el Sur las exigencias de cláusula social en el comercio mundial, lo que en ocasiones es cierto, pero es también suicida convertirlo en razonamiento permanente), …
o La solidaridad no resulta movilizadora porque no pasa de ser “de papel”. Y los “7 de octubre” como “jornadas mundiales” se han entendido más como retórica (disfrazada a veces de pedagogía) que como acción sindical. Con limitaciones tan serias en la comprensión de los “dirigentes”, como en la de los cuadros sindicales a todos los niveles.
o Subsiste una preocupante miopía en relación con la negociación colectiva supranacional, rechazada aún con energía desde el sindicalismo norteño (sobre todo por los más del Norte geográfico del Norte social), y no reivindicada por el del Sur.
o Las actuales estructuras sindicales “internacionales” se entienden antes como instrumentos de “lobby” (en relación con la OIT, con la Comisión Europea, con el G20, …), que como órganos de dirección y coordinación de la acción sindical colectiva supranacional.
o Una consecuencia secundaria, pero importante, de todo ello son unos órganos de dirección sindical supranacional a los que no se envía a los mejores cuadros sindicales (un desmentido evidente de mi afirmación podría ser le elección de
Emilio Gabaglio aunque quizá sea la excepción-- para la dirección de la Confederación Europea de Sindicatos –y preferiría que pudiera haber más de tales desmentidos-). Como expresión de todo ello, en estos momentos tanto la CES como la CSI atraviesan por una crisis seria en sus estructuras de dirección como consecuencia de la dejación de responsabilidades de sus principales cuadros.

JLLB. Así es, en efecto. Pero me gustaría entrar a fondo en el desajuste del sindicalismo confederal nacional, y desde ahí ver qué vinculo tiene eso con el del sindicalismo internacional, que no global, como bien dices. Yo pienso que los sindicatos nacionales están desubicados del nuevo paradigma de la producción y de los servicios. Me explico: el sistema fordista está convirtiéndose tendencialmente en pura herrumbre, al menos en Occidente. Sin embargo, la acción colectiva sigue pensada y practicada como si el fordismo estuviera todavía en sus mejores tiempos. Lo diré metafóricamente, es como si Tycho Brahe, el venerable patrón de los astrónomos, se empeñara en seguir mirando el universo sin la ayuda del telescopio. Pues bien, digamos que los sindicatos nacionales siguen en clave fordista –en toda su literatura reivindicativa, en sus planteamientos de Estado de bienestar y en su configuración organizativa, esto es, en la forma sindicato de representación del conjunto asalariado-- cuando el paradigma ha dejado de ser fordista. Naturalmente, tantos y tan grandes mutaciones han provocado una serie de profundos cambios en la estructura de la clase trabajadora y, no menos aún, en el carácter y personalidad de los trabajadores. No dejo de pensar en la responsabilidad que, en relación a este desajuste, tenemos los sindicalistas de mi generación. Porque ya, en mis tiempos, se apuntaban con claridad tales novedades, y sin embargo no estuvimos muy al tanto de tanto cambio. Quiero decir, Isidor, que –al menos parcialmente-- me siento responsable de los retrasos que describo. Esta mirada crítica hacia el pasado me está comportando algunos cogotazos de ciertos cofrades de mi quinta que –unos de manera airada, otros benévolamente-- me aconsejan que no sea tan aguafiestas con nuestra labor como dirigentes sindicales. Quiero decir que mi cofradía generacional tiene no pocas responsabilidades porque, en estos aspectos tan importantes, no dejamos un legado suficientemente claro.


En resumidas cuentas, lo que quiero decir es que el desfase (y su naturaleza) de los sindicatos nacionales condiciona y, en parte, explica el del sindicalismo internacional.


IB.- Seguro que el desfase de los sindicalismos nacionales condiciona y explica el del internacional, sobre todo porque éste, sin efectiva estructura, dirección y medios propios, depende aún demasiado de aquellos en su definición y en su financiación.

Cuáles pudieran ser los desfases de los sindicalismos nacionales, constituye pues una oportuna pregunta. Aunque resulta poco formulada desde ellos y, por tanto, con escasas respuestas. O quizás formulada en voz baja y por ello poco oída.

Coincido también contigo en la dificultad del sindicalismo para adaptar su organización y estrategia a lo que es hoy la “clase trabajadora” (expresión que considero más adecuada que “clase obrera”). Probablemente sería aún más adecuado denominarla “clase asalariada”, incluso con el riesgo, o la virtud, de no incluir a todas las personas que “trabajan”. Seguramente sería bueno asumir con claridad que el sindicalismo no es el depositario de todas las reivindicaciones ciudadanas, ni tampoco el “defensor de los pobres”. A esta delimitación del ámbito podría contribuir una planteamiento desde los intereses y reivindicaciones de “los asalariados”, que constituyen una parte, importante sin duda, pero sólo una parte de la sociedad.

Algunos apuntes sobre esta dificultad de adaptación de los sindicalismos nacionales, desfases, podrían ser:

o Las dificultades para analizar los cambios en la composición de “la clase” y para asumir los intereses de todos los diversos colectivos que la integran, partiendo de su propia heterogeneidad (de género, de edad, de formación, de país de procedencia, de modalidad contractual, de religión, …). Ello está llevando, o ha llevado ya, a que el sindicalismo elabore y formule con diferente intensidad los intereses de cada uno de estos colectivos, y tenga además dificultades para definir los intereses comunes que habrían de resultar de la síntesis de dichos intereses particulares, necesariamente diferenciados.
o El retraso en la asunción de los cambios producidos en el modo de producción, lo que nos ha llevado, por ejemplo, de demonizar la palabra “flexibilidad” a preconizar la “flexibilidad interna”, sin plantear en general con equivalente energía y suficiente claridad la exigencia de contrapoderes para los colectivos a los que afecta directa o indirectamente.
o Asumiendo el aparentemente inevitable retraso de la elaboración intelectual con respecto a los cambios producidos en la realidad, creo que en el sindicalismo (seguramente no sólo en éste) estamos pagando las consecuencias de una cultura burocrática que entiende la discrepancia como oportunidad para organizar banderías y producir cambios en los órganos de poder, y sublima la unanimidad como “tranquilidad interna”, como un bien en sí mismo, sin examinar si supone una castración de la peligrosa tentación de pensar. Un fenómeno que parece acentuarse en los momentos difíciles, cuando más necesario sería abrir las puertas a la reflexión y a la propuesta.

Deficiencia, desfase, de los sindicalismos nacionales lo constituye también en mi opinión la proyección de los anteriores tics sobre la acción sindical internacional, traducido en la escasa reflexión (más allá de los tópicos) sobre lo internacional (que debería empezar a ser entendido como “global”) desde el sindicalismo nacional, desde su acción sindical de cada día.

JLLB. De acuerdo contigo en que la expresión “clase obrera” se nos ha quedado corta y desfasada. Yo utilizo de vez en cuando la expresión conjunto asalariado que se lo copié descaradamente al compañero Daniel Lacalle, ingeniero como tú. Pero no he conseguido que nadie se contagie de ese léxico que me parece, al margen de su referencia matemática, mucho más apropiado.


Comparto contigo el elenco que señales de los desfases que señalas. En todo caso habría que añadir algo que señaló una persona tan incómoda para el sindicalismo francés y europeo como
André Gorz : “al mismo tiempo no son sólo la forma y la naturaleza del trabajo los que cambian, sino también la naturaleza del capital y la riqueza”.


Isidor, creo que das en el clavo cuando hablas de la flexibilidad. Entiendo que, por lo demás, el sindicalismo español y europeo tiene, con relación a ello, una posición subalterna, y creo que la raíz está en el descuido que se tiene sobre los temas de la organización del trabajo. En el fondo, tengo la impresión de que se piensa que el monopolio que, por ley, tiene sobre ese campo el dador de trabajo no tiene vuelta de hoja. Así las cosas, el sindicalismo interviene intentando corregir el “abuso”, pero no el “uso”. Lo que convierte la flexibilidad en una patología y no en un instrumento de corrección (la ausencia de contrapoderes de la que hablas).


Pues bien, así las cosas, no es difícil llegar a la siguiente conclusión: la negociación colectiva y el conjunto de las prácticas contractuales no están situadas en el actual paradigma; su utilidad, por tanto, es –dicho benévolamente— muy manifiestamente mejorable. Hablo con prudencia por dos razones: una, porque como decía antes, considero que una buena parte de todo ello forma parte de las gangas que, como legado, dejamos los sindicalistas de mi quinta; y otro, porque los sindicalistas con mando en plaza son muy picajosos.


IB. En relación con los cambios en la naturaleza del capital, a los que apunta la cita de Gorz, confieso que no me siento en condiciones de avanzar ideas concretas, aunque creo que tal reflexión puede ser de gran utilidad. Supongo que algo de ello es deducible de la actual función de los gestores y sus no siempre fáciles relaciones con los accionistas, expresando una no plena coincidencia de intereses. Me parecería interesante que avanzaras algunas ideas al respecto.

Creo que la actual etapa de crisis nos debería llevar a una reflexión específica, pero que incide en todos los temas planteados. Al respecto, no me gustó el planteamiento inicial que perdura sobre las “culpas”, como si se tratara de un problema esencialmente ético y no de lucha de intereses…

JLLB. … Oye, Isidor. Que yo recuerde, nunca he dicho ese disparate.


IB. … Por supuesto, no me refería a ti. En la medida que la clase trabajadora (definida mejor efectivamente como “los asalariados”) está interesada como el que más en superar la crisis, quizás convendría asumir que lograrlo va a tener, tiene, ha de tener, un coste, también para los trabajadores. Porque sólo asumiéndolo (y abordando con valentía, y también con claridad, el “coste”) creo que estaremos en condiciones de plantear reivindicaciones, de fondo, que incidan en el modelo productivo (lo que debería traducirse en abordar los modelos de crecimiento, de consumo, …). Reivindicaciones sobre la calidad del trabajo, lo que supone de calidad de vida, …, de lo que volverían a deducirse reivindicaciones de poder, de control, …, con responsabilidades concretas al intervenir en la “gobernanza” del trabajo desde una específica función del sindicalismo.

Y aquí, de nuevo, podríamos volver a poner el tema de la “flexibilidad”, una vez superados los miedos iniciales a pensar, para entender que se trata de mucho más que de un nuevo esquema de distribución del tiempo de trabajo, incluso de organización del trabajo, para abordarlo desde la nueva estructura que se configura en las formas de producción y distribución, de asignación de responsabilidades por tanto entre los agentes que intervienen. Y mira por dónde estamos hablando, hemos de hablar, del ámbito en el que esto se desarrolla, es decir el mundo. Un mundo en el que necesitamos, y no tenemos aún, órganos sindicales. Será difícil elaborar modelos y propuestas globales útiles sin efectivos instrumentos de intervención sindical también plenamente globales.

JLLB. Planteas, amigo Isidor, temas muy sugerentes. Será cuestión de entrar en esos dos que apuntas: el de la crisis y, para simplificar, lo que se ha dado en llamar los “sacrificios” de los trabajadores, de un lado, y la cuestión de la flexibilidad. Yendo por lo derecho, debo decir que comparto lo que dices. Y, desde el hilo del acuerdo, me permito hacer algunos añadidos.
Lo cierto es que también en tiempos bonancibles los trabajadores hacen sacrificios. De otra índole, naturalmente, y no tan acusados. Pero sacrificios –como las meigas— habérlos, háylos. Ahora bien, yo pienso que el problema está en que, en tiempos de crisis –por ejemplo, la actual-- el sindicalismo no es capaz de reorientar la plataforma reivindicativa, o el conjunto de las políticas contractuales, hacia otra serie de demandas. Por ejemplo, hacia instrumentos de poder, de control. En eso, por ejemplo, siempre insistieron dirigentes aparentemente moderados como
Luciano Lama. Es más, si me permites la heterodoxia (aunque no es herejía), se pone más énfasis en la cuestión salarial que en la defensa de los poderes adquisitivos. Que no es exactamente lo mismo. Aquí me parece que está uno de los problemas más llamativos del sindicalismo. Yo, por ejemplo, expliqué en cierta ocasión que el salario se conquista en sede federativa y se defiende en el territorio. Y di mis razones. Nuestro Antonio Gutiérrez me replicó con poco tino, cosa rara en él. Vino a decir que el salario se conquista y defiende en sede federativa. Lo que también es cierto, pero nuestro amigo no cazó el vínculo que yo establecía entre salarios y poderes adquisitivos. O quizá estuviera haciendo carantoñas a los dirigentes federativos.


Me parece, querido amigo, que con relación a la flexibilidad no encontramos al borde (digo al borde) de un callejón sin salida. La dirección de la empresa la aplica unilateralmente, convirtiéndola en una patología; el sindicalismo no es capaz de imponer una flexibilidad negociada. La consecuencia es clara: pérdida de control por parte de los representantes de los trabajadores y del sindicato. Me pregunto –más bien te pregunto-- cómo salir de esta aporía, y más directamente: ¿cómo has abordado en tu larga carrera contractualista eso de transformar la patología de la flexibilidad en una ocasión de oportunidades de control, autorrealización?


IB.- Estimado José Luis, me parece útil detenernos en el concepto de “sacrificios”. Que no es lo mismo en crisis que en bonanza, sobre todo porque en tiempos de vacas flacas se producen agresiones al modo de vida, al empleo, corre riesgo el empleo existente, son enormes las dificultades para encontrar nuevo empleo (porque si no fuera así, nada, o poco, habría que objetar a la “infidelidad” a la empresa). También en épocas de bonanza se producen efectivas limitaciones, más que sacrificios, a las en general legítimas (aunque no siempre sean las adecuadas) reivindicaciones.

Pero en época de crisis, con el necesario objetivo de salir de ella, creo que lo más adecuado, lo que más corresponda a los intereses colectivos, presentes y futuros de la clase trabajadora, y a los individuales de las personas que la integran, es concretar (con su precio, es decir contrapartidas frente a la patronal y a las instituciones) efectivos sacrificios en ámbitos muy sensibles: retribuciones en primer lugar, contratación, ordenación del tiempo de trabajo, …. Es probable además que tales sacrificios sean imprescindibles para encontrar una salida a la situación concreta, coyuntural y general, y a la de cada empresa en particular. Es en tal contexto cuando en la negociación deberían plantearse propuestas sindicales que partieran de la asunción de concretos sacrificios en relación con todo ello que puedan suponer lesiones de intereses satisfechos hasta aquel momento en relación con la vida personal. Sacrificios que deberían suponer contrapartidas en temas de poder y de condiciones de trabajo y de vida. Añado lo “de vida” porque creo que el contenido de las contrapartidas debe ir más allá de los concretos límites de las condiciones en el tajo. Así, en esta crisis China ha dado una muestra de sabiduría, no tanto por presión sindical de los trabajadores chinos sino por inteligencia del gobierno, cuando, ya en diciembre 2008, adoptaron decisiones concretas, con aportación de 4 billones de yuanes -586.000 millones de $ USA- que no suponían mejoras en las retribuciones salariales de su varios millones de trabajadores, sino mejoras importantes en coberturas sociales en relación con la enfermedad y las pensiones, a fin de disminuir las tendencias al ahorro y fomentar el consumo.

Creo que en la negociación colectiva puede hablarse en general de “limitaciones” tanto en las reivindicaciones de partida como en el punto asumido como de posible pacto al culminar el proceso de negociación. Y de “sacrificios” en momentos determinados, como en la crisis actual. Los acuerdos que limiten reivindicaciones deberían suponer siempre contrapartidas en el poder de intervención sindical y en las medidas para consolidar el presente y futuro en el ámbito en el que se esté negociando.

Recuerdo a este respecto una convocatoria de huelga de una empresa, hace ya algunos años, en la que la reivindicación central era la exigencia de cambios en la gerencia de la empresa que aseguraran una buena gestión de la misma. Ahora, en la crisis, ello podría suponer situar en primer plano las medidas concretas que significaran aportaciones de presente y de futuro tanto a nivel general como para contribuir a consolidar la empresa, es decir su viabilidad desde diversos puntos de vista: mercado para su producto, tecnología y formación profesional adecuadas a tal objetivo, ...

En cuanto a la “flexibilidad”, creo excesivamente cerrada tu afirmada incapacidad del sindicalismo para “imponer una flexibilidad negociada”. Creo que existen ejemplos de acuerdos de empresa y sectoriales (“federales”) en sentido contrario, como es el caso del Convenio de la industria química (con flexibilidad negociada en relación, entre otras, con la política de contratación, con la administración de la jornada y con las retribuciones variables de la empresa). También en el del textil-confección en relación con el tiempo de trabajo. En ambos convenios, cada nueva flexibilidad negociada (de más flexibilidad) ha ido significando además un retroceso en los márgenes de arbitrariedad de las empresas y un avance sindical en los espacios de intervención para el gobierno de la actividad productiva.

Por ello entiendo adecuadas tus consideraciones, sobre todo tus advertencias, no sólo, y en ocasiones no tanto, en relación con los contenidos negociales, sino en relación con la práctica diaria de la acción sindical
.


JLLB. Con relación a la flexibilidad: no creo que exagere al afirmar que el sindicalismo está de espaldas a la flexibilidad. Me pones el caso del convenio de la industria Química. Cierto, y también unos cuantos más que podríamos añadir. Pero son honrosas excepciones que el resto del sindicalismo no sabe aprehender. Es más, ignoro si los sindicalistas de otros ámbitos conocen esas cláusulas. Peor todavía, conocemos otros ejemplos --¿tengo que recordarte el convenio metalúrgico de Barcelona?— donde podríamos hablar de que el sindicato ha hecho un acto de “flexibilidad entregada” a la contraparte. Y, encima, a cambio de absolutamente nada. Bueno, dejemos las cosas aquí porque no quiero ser excesivamente impertinente.


Oye, ¿te parece que sigamos con el hilo conductor de nuestra conversación? Me refiero a los factores que, desde el sindicalismo nacional, explican (aunque sea parcialmente) que el sindicalismo global y la acción colectiva global tenga las mil y una limitaciones que tú mismo explicas. Por ejemplo, entiendo que la forma sindicato ha entrado en crisis definitiva: me refiero a la estructuración doméstica (o, si prefieres, interna) y a la representación pública, esto es, a los comités de empresa. Yo entiendo, Isidor, que el comité es, dispensa la irreverencia, un venerable anciano que ya no está para muchos trotes. Es más, es un sujeto afásico de la situación: de un lado, la empresa es global o tendencialmente global y, de otro lado, el comité sigue siendo autárquico. De ahí que entienda que el llamado “modelo dual” (comités y sección sindical de empresa) es pura herrumbre. De una manera menos desparpajada lo dijimos en un artículo conjunto que nos publicó Antonio Baylos en su Revista de Derecho Social. Por otra parte, creo que la mitificación que los sindicalistas de mi quinta hicimos acerca de los comités de empresa es otra de las gangas que hemos dejado a los actuales dirigentes.


IB.- Creo efectivamente que el tema de la flexibilidad (negociada y/o practicada) es uno de los que mejor expresa la naturaleza de la interlocución sindical-empresarial. Pero, José Luís, eres demasiado duro con el Convenio provincial de Barcelona y me parece útil recordar que en el último consiguieron superar una flexibilidad descontrolada al introducir una importante aproximación a la realidad estableciendo una nueva escala profesional y salarial.

Volviendo a nuestra apuesta por el aún inexistente sindicalismo global, considero que el problema central consiste en la dificultad para poner en pie efectivos órganos sindicales que, a todos los niveles, sean capaces de expresar los intereses sindicales en su ámbito dirigiendo la acción sindical a tal fin. Y que, para contribuir a ello, tutelen el desarrollo de los intereses y la correspondiente acción en ámbitos menores, es decir de los diversos colectivos que abarcan. Ello exigiría estructuras sindicales que enlacen organización y acción desde los ámbitos más reducidos, la empresa o centro de trabajo (incluso la sección en éste), hasta el más global, el mundial.

Pero no los tenemos. ¿Por qué? Seguramente porque los que ahora parecen desempeñar esta función, al menos como denominación, no son más que “coordinadoras”, sin capacidad ni voluntad de ser otra cosa. Coordinadoras en las que cada cual inevitablemente va a defender lo suyo, es decir los legítimos intereses de los trabajadores de su país, pero sin una perspectiva de intereses comunes y solidarios del ámbito supranacional. En estas coordinadoras se produce además un peso determinante de los países con mayor afiliación y mayor cotización (Alemania en Europa; Alemania, Japón y USA, en el mundo), sin que aparezcan órganos de dirección global, que asuman como prioritarios los intereses colectivos globales. Una función que debería corresponder esencialmente a los actuales Presidentes y Secretarios Generales, Secretariados y Comités de Dirección. Pero éstos despenden demasiado de aquellos, en su designación y en su quehacer.


Coincido con tu afirmación del carácter obsoleto hoy de los comités de empresa y, por tanto, en la necesidad de superar, tanto en la acción como en la denominación, la consideración de nuestra representación sindical “dual”. Porque ya para una correcta acción sindical diaria, en el centro de trabajo, es preciso una consciente presencia de elementos supranacionales. Y en la necesaria (aunque no conseguida aún) estructura sindical interrelacionada desde la empresa hasta el mundo mundial, muy poco o nada pueden aportar los comités, condenados al corporativismo de empresa, o peor aún, a la suma (e incluso confrontación) de los corporativismos de los diversos colectivos de la misma. Precisamente por su naturaleza, es imposible que establezcan la adecuada relación con las estructuras sindicales de ámbito superior a la empresa, lo que impide que puedan asumir la necesaria consideración de intereses sindicales que trasciendan su reducido ámbito de representación corporativa. La asunción de la acción sindical de empresa desde el sindicalismo organizado podría y debería constituir una contribución a la construcción del sindicalismo global.

JLLB. Bueno, en otra ocasión discutiremos qué tipo de flexibilidad se ha concretado en el último convenio del metal de Barcelona. Por lo demás, me parece que el quid de la cuestión de las dificultades del sindicalismo global (y muy especialmente el europeo) es la ausencia de contrapartes reales. Sin éstas, es francamente poco probable que las estructuras no pasen de ser “coordinadoras”, no sabiendo incluso qué procesos reales deben ser coordinados. El problema es cómo salir de ese callejón sin salida. Ahora bien, me parece chocante que no se generalicen aquellas experiencias que demuestran la existencia de un poder contractual de algunos sectores –por ejemplo, de químicos y textiles— que en esos escenarios globales, no sin dificultades, apuntan a una negociación, o constituyen ya un germen de negociación, apreciable. Tú las has vivido personalmente y tienes mucho que decir al respecto. Digo que es chocante esa desatención por parte de las estructuras sindicales globales a vuestras experiencias.


En definitiva, de “tales coordinadoras, sin capacidad ni voluntad de ser otra cosa”, según dices, me parece que lo más sangrante es que no tengan voluntad de ser algo más. Como igualmente me parece que, ante el problemón que tienen los trabajadores griegos, esas agencias sindicales globales hayan guardado un silencio clamoroso.


IB. Querido José Luis, volvemos a los temas del necesario, sindicalismo global, nuestro deseado sindicalismo global que espero que lo sea por alguien más que por nosotros dos (bueno, seguro que sí, el problema es que entre todos los que así opinamos tengamos peso suficiente, o a seguir sigamos con la táctica de la gota de agua …). Tienes razón en que una de sus dificultades es la ausencia de contrapartes reales, pero está por ver donde se ubica la causa y donde el efecto. El problema está en encontrar la salida a este callejón aparentemente sin tal, en saber que responsabilidad (y como ejercerla) tenemos desde el sindicalismo en la ausencia de organizaciones patronales capaces de ser la contraparte necesaria en todos los ámbitos para desarrollar una negociación que merezca tal consideración.

Porque sí existen estructuras empresariales europeas, pero la mayoría se autoprohíben la negociación colectiva y se constituyen solamente como lobbys hacia la Comisión Europea y como gabinetes técnicos de las patronales nacionales o las empresas. Además, está por ver su “conciencia europea”, pues las multinacionales que mayoritariamente las integran, también las de matriz europea, se sienten más bien compañías “mundiales, “globales”. Éstas sí asumen ese ámbito para si mismas, aunque en él no se estructuran como colectivos empresariales.

Perro no creo que se trate de echarles la “culpa”, aparte de lo inútil de tal planteamiento. Deberíamos recordar nuestra propia experiencia, es el movimiento sindical, la acción sindical, lo que obliga la patronal a organizarse cuando se plantean objetivos que les presionan como clase social, más allá de los intereses específicos de cada empresa. Algo tiene que ver con ello una curiosa carta conjunta enviada al Gobierno de Bangladesh el 11 de enero de este año por nada menos que Wallmart., Carrefour, Ikea, Levistrauss, H&M, Gap, y otras, solicitándole que aumente el Salario Mínimo de este país (ahora del orden de 17 € mensuales), no tanto por razones “humanitarias” (¿habría que esperarlo?) sino porque no pueden soportar la presión de los trabajadores bengalíes; y si ellos tienen que ceder, ¡que cedan todos! (aunque evidentemente no lo explican así). Conviene recordar que bastantes de los convenios colectivos sectoriales de ámbito estatal de nuestro país tiene su origen en una movilización sindical coordinada en el mismo ámbito.

Pero desde el sindicalismo supranacional organizado (más o menos ”coordinado”) no se plantean propuestas claras en este sentido. He vivido como algunos expresan serias reticencias cuando alguien como el que suscribe propone solamente la consideración del tema, o menciona de pasada la fórmula “negociación europea”. Dicen, los muy miopes, que a ellos no les conviene porque están mejor que la media. ¡No han aprendido ni de la historia de su propio sindicalismo!

No se ha discutido sobre qué bases, con qué plataforma, qué intereses comunes deberían defenderse en tal negociación supranacional, por lo que no es malo que digamos, sugiramos, en voz alta en torno a qué cuestiones debería impulsarse tal negociación-movilización. Considero que deberían ser los derechos básicos del trabajo: el efectivo ejercicio de la libertad sindical y el derecho de negociación colectiva en primer lugar, lo que debe suponer ir más allá de su proclamación formal para abordar las importantes limitaciones que se producen en la mayoría de países, particularmente en los en vía de desarrollo (recordemos que incluso Lula ha querido, pero no podido, modificar en este sentido la legislación laboral brasileña).

Entre tales derechos básicos hay que incluir también como esencial el “salario mínimo vital”, o “digno”, lo que vas allá de buscar una cifra, difícil ciertamente de concretar incluso en la Unión Europea (donde oscilaba en 2009 entre los 122 € de Bulgaria y los 1.641 € de Luxemburgo) [1]. Pero deberíamos discutir criterios homogéneos de cómo abordarlo y convertirlo en elemento de cohesión, partiendo de la enorme disparidad mundial en este momento, superando la consideración de las diferencias salariales en el mundo como elemento de confrontación o de excusa para apelar al “dumping social”, o peor aún, para fomentar actitudes de peligroso aislamiento o de vergonzante xenofobia.

Otro elemento de solidaridad, y por tanto de acción, debería constituirlo la intervención sindical en las proclamas y prácticas (también las hay) de Responsabilidad Social de las empresas. Tampoco en este tema se produce hoy una clara toma de posición (y de acción) de las estructuras sindicales supranacionales, encubriendo en ocasiones su inoperancia con fáciles críticas a las malévolas intenciones empresariales al respecto.

Hay ya algunas tímidas experiencias de aproximación a la negociación colectiva europea desde la CES y de las Federaciones sindicales europeas. También de intervención en la exigencia de cumplimiento de los compromisos de Responsabilidad Social en las cadenas de producción y distribución de las multinacionales de cabecera europea. Pero la elaboración de tales experiencias y su traducción en criterios sindicales por parte de la CES y de la CSI está por desgracia bastante por detrás de las mismas. El próximo Congreso de la CSI de Vancouver debería ser una buena ocasión para avanzar, y lo será en todo caso para volver sobre este tema.

Te refieres a un “silencio clamoroso” en relación al “problemón que tienen los trabajadores griegos”. Creo que tienes razón, y no por la falta de papeles y de declaraciones, pero el sindicalismo habla (e influye) esencialmente desde la acción colectiva. El sindicalismo griego merece ciertamente apoyo y solidaridad, pero no para jalear lo que en mi opinión es su planteamiento suicida, sino para intervenir (mejor sería “para estar interviniendo” ya antes) desde efectivos órganos de dirección sindical europeos en el marco de la crisis y de la necesaria propuesta y respuesta sindical europea, atentos y activos en relación con todos los problemas de ámbito europeo y de país, orientando las respuestas y fomentando la solidaridad.

JLLB. Bueno, querido amigo, vamos a dejar las cosas aquí. Pero, antes de despedirnos y decirte que ha sido, como siempre, un placer conversar contigo, permíteme una última pregunta: ¿has recibido ya respuesta de Guy Ryder? [2] La puse en facebook y ha sido muy comentada por los internautas.

IB. No, el compañero Guy Ryder, nuestro SG de la CSI, no ha respondido a mi “carta abierta”. La verdad es que no necesitaría una respuesta formal, pero me gustaría ver respondidas algunas de nuestras preocupaciones en la acción sindical de nuestra Confederación Sindical Internacional.





[1] Isidor Boix.
Sobre el "Salario Mínimo Vital" o "Salario Digno" http://iboix.blogspot.com/2010/05/sobre-el-salario-minimo-vital-o-salario.html


[2] Isidor Boix.
Carta abierta al compañero Guy Ryder, Secretario General de la CSI

13 July 2009

DESPUÉS DEL FORDISMO, ¿QUÉ?


José Luís López Bulla

Dijo Michel de Montaigne de manera precavida que “nuestra naturaleza se entretiene en anticipar las cosas como si no tuviera bastante en digerir las presentes”. Por eso siempre me he resistido a lanzar pronósticos con relación a periodos largos (por ejemplo, el sindicalismo del siglo XXI) y me haya limitado a titubeos de menor diapasón: a “digerir las cosas presentes” y, a partir de ahí, establecer unas proyecciones mediatas, como es el amable encargo que, en esta ocasión, me plantea el siempre activo Rodolfo Benito. Pos razones: primero, porque están cayendo chuzos de punta y, en buena medida, según cómo interprete Noé el parte meteorológico, podrá llevar Arca a buen puerto o no; segundo, porque el sindicalismo es, por encima de todo, un hecho cotidiano. Más todavía, depende de qué manera intervenga el sujeto social en esta cotidianeidad de la tremenda crisis que estamos sufriendo, su naturaleza a lo largo y ancho “del siglo XXI” será de una u otra manera.



Como dije en unas jornadas que celebraron los compañeros asturianos de Comisiones Obreras mediados de noviembre de 2008 me parece más que evidente que la actual recesión es algo más que una crisis sectorial del sistema económico capitalista y, menos todavía, la expresión de una crisis de confianza en el sistema financiero y que, para salir de ella, es conveniente un momentáneo recurso a la intervención del Estado. A mi juicio es la crisis del mecanismo de acumulación capitalista que se ha ido afirmando en los últimos treinta años. Por ello no debe entenderse que es el fin del capitalismo, entre otras cosas porque no sabemos qué lo substituirá ni por quién será substituido. No sin cierto humor, Giorgio Ruffolo ha publicado recientemente un libro que se titula “El capitalismo tiene los siglos contados”.


Ya se ha dicho en otros lugares con más fundados conocimientos: la crisis del año 9 es global, de ahí que no haya más remedio que preguntarse hasta qué punto el sindicalismo estaba, desde los primeros chispazos del temporal, en condiciones de poder hacerle frente. La primera consideración es que también le ha pillado por sorpresa y, todavía es la hora, de que podamos decir que hemos sido capaces de enhebrar un mínimo proyecto global (me refiero al sindicalismo global, europeo y nacional) de encarar la granizada que sigue cayendo. Pues bien, a lo largo de este trabajo intentaremos cruzar la personalidad del sindicalismo actual, la proyección de su futuro, mediato e inmediato, con algunos esquemáticos elementos de esta crisis global.



[1]
MIQUEL FALGUERA: las dobles escalas salariales en http://theparapanda.blogspot.com/2008/05/miquel-falguera-las-dobles-escalas.html

Miquel Falguera
MUJER Y TRABAJO: Entre la precariedad y la desigualdad en http://theparapanda.blogspot.com/2008/05/mujer-y-trabajo-entre-la-precariedad-y.html

MIQUEL FALGUERA: Carta abierta a los sindicatos en http://theparapanda.blogspot.com/2008/01/miquel-falguera-carta-abierta-los.html

[2]
TRENTIN, DOCTOR HONORIS CAUSA EN LA UNIVERSIDAD DE VENECIA “Lavoro e conoscenza” en http://baticola.blogspot.com/2006/07/trentin-doctor-honoris-causa-en-la.html

[3] José Luis López Bulla en
http://theparapanda.blogspot.com/2008/03/el-pacto-social-por-la-innovacion.html

[4] Zigmunt Bauman en
http://lopezbulla.blogspot.com/2008/06/zygmunt-bauman-en-metiendo-bulla_30.html « Nativos contra migrantes »

[5]
¿TIENEN SENTIDO YA LOS COMITES DE EMPRESA?. Mano a mano Antonio Baylos y José Luis López Bulla en http://lopezbulla.blogspot.com/2006/06/tienen-sentido-ya-los-comites-de.html

[6]
http://lopezbulla.blogspot.com/2007/12/texto-definitivo-sobre-la-soberania.html


[7] Luigi Ferrajoli “Democracia y galantismo” páginas 30 y 31 (Trotta, 2008)

13 October 2008

SINDICALISMO Y POLÍTICA

EL SINDICALISMO Y SU RENOVADO INTERÉS EN LA POLÍTICA

José Luis López Bulla*

Primero

Antonio Baylos revisita con punto de vista fundamentado las relaciones del sindicalismo con la política en
http://baylos.blogspot.com/2008/05/el-sindicato-debe-interesarse-por-la.html Comoquiera que el asunto tiene su miga me lanzo pastueñamente a la arena, aceptando el desafío que implícitamente plantea nuestro buen amigo blogista. Este es, como se sabe, un tema recurrente que nos viene desde los primeros tiempos del sindicalismo recorriendo todo tipo de guadianas y meandros.

En un principio fue la hipóstasis y subalternidad del sindicalismo ante el hecho político partidario; más tarde fueron los tímidos intentos de zafarse de la madre putativa, y –andando el tiempo de manera fatigosa— la tan complicada como áspera búsqueda de la autonomía e independencia sindicales. El inicial problema no era exactamente, en mi opinión, la subalternidad del sindicalismo hacia el partido sino algo de más enjundia: la supeditación del conflicto social a las contingencias de la política, interpretadas por Papá-partido; precisamente para que así fuera, se precisaba un sujeto ancilar: el sindicalismo a quien se le situaba sólo en las tareas del “almacén” (1). Pero tantas veces se rompió el cántaro cuando iba a la fuente que, en un momento dado, el sindicalismo dijo con voz aproximadamente clara: hasta aquí hemos llegado. Y el sindicalismo dejó de frecuentar su pasado subalterno y, quitándose los pantalones bombachos, se puso de largo, buscando una personalidad intransferible. Así pues, la discusión hoy no puede basarse esencialmente en aquello que, no hace tantos años, se denominaba pomposamente “las relaciones partido y sindicato”. El debate en estos nuestros tiempos de ahora mismo es “el sindicalismo y la política”. O, por mejor decir: el sindicalismo en la política. De ahí que, según entiendo, Antonio Baylos haya denominado certeramente sus reflexiones así: “El sindicalismo debe interesarse por la política”.

Cuando afirmamos que el sindicalismo es un sujeto político nos estamos refiriendo a su carácter de agente que interviene en las cosas de la vida de la polis. El avezado lector sabe que no lo equiparamos al partido político; así pues en ese sentido no hay que insistir más. Ahora bien, parece razonable traer a colación en qué escenarios políticos interviene el sindicalismo. Dicho grosso modo en dos “territorios”. Primero, en la relación que se establece entre la contractualidad (en su sentido más amplio) y la economía. Y segundo, en las cada vez más amplias esferas de intervención en las cuestiones del welfare que, hasta la presente, estaban, por así decirlo, monopolizadas por los partidos políticos. En ambos planos interviene el sindicalismo con sus propios proyectos, códigos e instrumentos. Yendo por lo derecho: desde su independencia y autonomía propias. Y, a mayor abundamiento, es desde ahí donde el conflicto social se ejerce al margen de las contingencias de la (convencional) política partidaria, la de los partidos. O, si se prefiere de manera tan conocida como castiza: la acción colectiva sindical ni es “balón de oxígeno” con relación a Zutano ni es flagelo vindicativo contra Mengano. Es el resultado de lo que conviene a una amplia agrupación de intereses, según la interpretación independiente y autónoma del sindicalismo.

Si no pocas de las importantes reformas que se han operado (tanto en Europa como en España) son, también, obra del sindicalismo, tendremos que hablar claramente que esa labor le caracteriza especialmente como agente reformador. Me ahorro, por innecesario en esta ocasión, describir el elenco de reformas que, junto a otros o él como protagonista principal, ha puesto en marcha; incluso cuando ha actuado como deuteragonista o figurante cumplió con su función de agente reformador. Pues bien, si le echamos un vistazo al almacén de las reformas y su concreción en bienes democráticos, estamos en condiciones de afirmar que se han orientado en un sentido inequívocamente progresista. Cuestión diferente –aunque esto es harina de otro costal— es el uso social de algunas conquistas [reformas], pero este asunto, un tanto descuidado, no cabe en estas líneas (2).

El almacén de reformas que autorizadamente se puede atribuir al sindicalismo europeo y español hace que el concepto vertido por algunos conspicuos dirigentes sindicales, eméritos o con mando en plaza, de que el sindicato no es “de derechas ni de izquierdas”, sea –dicho amablemente-- una chuchería del espíritu. Y, desde luego, estamos en condiciones de afirmar que tal constructo está desubicado del almacén de reformas que se ha ido construyendo --también las más recientes en torno a derechos inespecíficos-- contra el viento y la marea de los que siempre se opusieron. Así pues, soy del parecer que “no ser ni de derechas ni de izquierdas” significaría que el carácter de las reformas es de naturaleza neutra y que el significado del conflicto social para conseguir las conquistas fue técnico. Ni lo uno ni lo otro son equidistantes de Anás o Caifás, ni significaron tampoco indiferencia alguna por parte del sindicalismo en torno al cuadro institucional en el que se inscribían los derechos y poderes (los bienes democráticos, se ha dicho) que se iban conquistando en un itinerario, acompañado frecuentemente por unas u otras expresiones e conflicto social.

Lo diré sin ambigüedades: el sindicalismo está en la izquierda, pero no es de la izquierda. La vara de medir de la ubicación del sindicalismo [estar en la izquierda] no lo da su carácter ontológico, sino la naturaleza de tales conquistas. Y la vieja piedra de toque acerca de su pertenencia está en la personalidad independiente y autónoma del sindicalismo; en suma, no está en un genitivo de pertenencia a la izquierda política partidaria sino que, sin aspavientos, se coloca en la izquierda. Aviso, en ese sentido, que no se puede ser agnóstico al por mayor, aunque siempre es recomendable, para otras consideraciones, una dosis agnóstica al detall. Por ejemplo, cuando el sindicalismo da la impresión que está un tanto distraído –o quizá lo esté realmente— en determinadas situaciones. Pero ese agnosticismo al por menor no puede borrar ni minusvalorar la calidad del almacén de las reformas progresistas que, hablando en plata, connotan la relación del sindicalismo con la política, entendida en su sentido más ampliamente genérico y con el cuadro institucional in progress.

Algunos dirigentes sindicales, sean eméritos o con mando en plaza, intentaron argumentar que el sindicalismo (“ni de derechas ni de izquierdas”) debe ser “profesional”. Claro que sí, ¡voto a Bríos! Pero ¿qué vincula no ser de derechas ni de izquierdas a reclamar la profesionalidad al sindicalismo? Para mi paladar se trata de un anacoluto con todas las de la ley. De la misma manera que nadie encargaría un trabajo, pongamos por caso a un arquitecto zarrapastroso, nadie confiaría en un sindicalista-chapuza. Que los agnósticos al detall crean que hay sindicalistas chapuceros no lleva a la conclusión de que lo sean al por mayor. La solución la da la piedra de toque: el almacén de reformas muestra que se trata de sindicalistas con una gran dosis de profesionalidad, de saberes. ¿Cómo, si no, entender la fuerte recomendación del Barbudo de Tréveris que, su reputada opera magna, insiste en el general intellect del conjunto asalariado? Más todavía, si tanto se ha insistido en que el conflicto social es, sobre todo, un conflicto de saberes ¿por qué maltratar la expresión “profesional” o “profesionalidad”? ¿por qué situarla en la equidistancia entre “derechas” e “izquierdas”? Ahora bien, quizá no se trate en principio de un anacoluto sino de la siguiente consideración: la que se desprende de equiparar “profesional” y “profesionalidad” a tecnocracia, en el sentido taylorista de la expresión. Lo que nos llevaría a dejar sentado que una de las principales características de la praxis del gran capitán de la industria, don Federico Taylor, fue la separación drástica de gobernantes y gobernados en el centro de trabajo. Mira por dónde sindicalistas eméritos y con mando en plaza estarían induciendo, no sé si a sabiendas y queriendas, a una relación del movimiento de los trabajadores subalterna (la subalternidad que reclamó siempre el taylorismo) con la política empresarial y, por extensión, hipostática a la política partidaria. Lo que se daría de bruces con el largo itinerario del sindicalismo confederal en su acción colectiva por más derechos y poderes –repito: bienes democráticos—en el centro de trabajo. Hablo machaconamente de “bienes democráticos”, porque siempre me entra un cierto regomello en el cuerpo cuando hablo de “derechos sociales”. Esta inquietud me viene porque, de un lado, es preciso connotar el carácter social de las conquistas; pero, de otro lado, con esa sintaxis se establece una (indeseable) desidentificación de lo social con respecto a lo político y a los bienes democráticos. Un ejemplo concreto de lo que quiero decir es el carácter del pacto de empresa en el Matadero de Girona, que algunos denominamos el acuerdo-Córcoles, en honor a su principal arquitecto (3). Cierto, en jerga habitual hablaremos de derechos sociales. Pero esos bienes democráticos son derechos políticos de ciudadanía en toda regla. De lo recientemente dicho parecen desprenderse algunas cuestiones que abundarían en nuestra inamistosa mirada hacia los planteamientos de estos compañeros que postulan o se inclinan por un sindicalismo equidistante. Voy con la explicación.

Una buena parte de la acción colectiva del sindicalismo y del Derecho laboral ha sido, en abierta confrontación con la “libertad de los antiguos” que el centro de trabajo fuera un lugar privado. Esta es la gran conjunción del movimiento organizado de los trabajadores y el iuslaboralismo. Una lucha áspera que se enfrentaba a la contradicción entre el reconocimiento de las libertades formales en la polis moderna y su negación en el centro de trabajo: la comunidad de la polis era una, la comunidad social era otra. Esta lucha no tuvo unos contenidos `técnicos´ ni `profesionales´: tuvo una naturaleza eminentemente política. Esto es, que los derechos de la polis fueran reconocidos una vez atravesadas las cancelas de la fábrica. Los continuos avatares, así las cosas, en la dirección de la conquista de un buen almacén de bienes democráticos fue, además, el resultado de haber compartido diversamente el mismo paradigma entre el sindicalismo, la izquierda política y un buen conjunto de reformadores sociales. Que la izquierda política haya exportado no pocas gangas al sindicalismo, no impide el justo reconocimiento de su batalla por la consecución de los derechos `sociales´. Pues bien, ¿alguien piensa que la acción colectiva por la consecución de nuevos derechos y poderes se ha acabado? Estoy convencido que nadie piensa ese disparate. Pues bien, no sólo –convenimos, naturalmente— que no ha acabado sino que, en realidad, la creación de nuevos derechos y poderes no ha hecho más que empezar en el cuadro de la gran transición en esta fase de reestructuración-modernización, de globalidad interdependiente y de defensa del medioambiente. Cierto, un itinerario complicado, pero que --al igual que antaño-- ese nuevo recorrido no puede caracterizarse porque el sindicato se convierta en un sujeto solipsista, ni indiferente al cuadro institucional o a las fuerzas con las que puede compartir ese paradigma. O, expresado con cierto énfasis, debe ser beligerante como sujeto independiente --compartiendo co-aliados estables y puntuales— contra las fuerzas que se oponen a la consecución de derechos y poderes.

Pero hay algunas cosas de no menor interés que hablan de la relación entre el sindicalismo y la política. Aquí tampoco es razonable practicar el agnosticismo al por mayor. Que se considere que los niveles de participación en la vida sindical es manifiestamente mejorable, no empece afirmar que: 1) el movimiento organizado de los trabajadores se caracteriza por ser una democracia próxima, 2) que la frecuencia de los hechos participativos es cotidiana, y 3) que en el sindicalismo existen dos procesos de legitimación, a saber, el que le viene de la representación en los centros de trabajo y el mandato solemne de los momentos congresuales. Cierto, no es oro todo lo que reluce, pero hay oro reluciente. Y si esto es así, ¿cómo no relacionar esa acción colectiva con la política en su sentido más genérico?

En resumidas cuentas, la relación del sindicalismo, hoy, con la política (incluso teniendo en cuenta ciertas distracciones) no se refiere ni única ni principalmente a las viejas tradiciones de antañazo. Porque, en aquellos tiempos venerables, el conflicto social dependía de los golpes de timón de Papá-partido; y porque –para garantizar que el sindicalismo era pura prótesis de dicho caballero, Papá-partido-- el sindicalismo fue convertido en un sujeto hipostático: lo mismo, se dice, que hizo Dios-Padre con Jesucristo, que fue enviado a sufrir en este valle de lágrimas. Hasta que el sindicalismo abandonó su teodicea y dejó de justificar a su padre: la muerte en la cruz no era útil, al menos, para estos menesteres.

Ahora bien, creo que las ideas que amablemente cuestiono, tienen una explicación: podría ser que los empachos indigestos de ciertas discusiones antiguas acerca de la relación entre el partido y el sindicato hayan creado en algunos dirigentes sindicales, eméritos y con mando en plaza, la necesidad de un sonado ajuste de cuentas; o, posiblemente, la ausencia de discusión –o el insuficiente debate, como se quiera-- sobre las nuevas situaciones y el papel del sindicalismo como agente reformador hayan llevado a lo que más arriba he considerado como un anacoluto. Si es un ajuste de cuentas hay que decir que se les ha desbocado la lengua a algunos; si se trata de lo segundo, la cuestión tiene remedio: ábrase un sosegado debate al por mayor y cuádrense la cuentas.

Segundo

De abrirse ese debate que se sugiere (el sindicalismo en la política) se estaría en mejores condiciones para establecer una relación más fecunda entre el sindicalismo y la política. Especialmente tendría sentido esta pregunta: ¿cómo es posible que el sujeto reformador externo –hacia la sociedad, quiero decir— se muestra tan indolente para proceder a ciertas reformas internas? Dicen que la rosa de Alejandría es colorada de noche y blanca de día. Pues bien, el sindicalismo hace reformas por la noche hacia la sociedad y, durante el día, se muestra remolón en revisitarse a sí mismo. Lo que conllevaría que esa personalidad nicodemita –reformas externas y remolonería interna— oblitere una mayor capacidad de relacionarse con la política, entendida en su sentido más ampliamente genérico.

Sin remilgos: ¿las gigantescas mutaciones que se están dando desde hace unas tres décadas no deberían concitar un giro copernicano en la morfología de la representación en el centro de trabajo? ¿el carácter que imprime la globalización no debería llevar aparejado un instrumento de representación en el centro de trabajo que no fuera el actual, de naturaleza autárquica? ¿las innumerables tipologías asalariadas en el centro de trabajo no debieran propiciar un repensamiento de la representación social? Porque, sin pelos en la lengua, el modelo es prácticamente idéntico a cuando Marcelino Camacho estrenaba su segundo jersey de lana.

Sí, ya sé que aparecen ronchas cuando se habla de estos asuntos atinentes al carácter sagrado de los comités de empresa, cuya invariancia física se da de bruces con la física cuántica de las relaciones industriales de estos, nuestros tiempos. Pero, tengo para mí que, de seguir remoloneando, se incrementará la distancia entre el sujeto reformador externo y sus formas de representación, en detrimento de aquel y en perjuicio de seguir ampliando el almacén de las reformas progresistas. No abrir la mano por ahí haría recordar lo que John Dewey achacaba a los “académicos enclaustrados”: mantener hogaño las viejas cosas de antaño.

Y más crudo todavía: el mantenimiento de los trastos viejos se corresponde, además, con el grueso del carácter de la negociación colectiva, caracterizado –salvo algunas honorabilísimas y punteras experiencias— por un enorme caudal de instrumentos de ropavejero (4). Lo que –como guiño a la mayoría de lectores y estudiosos de esta revista— explicaría, de manera no irrelevante, que el arca de Noé del iuslaboralismo (Romagnoli, docet) no esté en buenas condiciones para seguir navegando: algo que, por ejemplo, podría debatirse en esta solemnidad del Año Bomarzo, quiero decir de su décimo aniversario. Porque, al decir del maestro Angelillo, la fuente se ha secado en el camino verde, camino verde, que va a la ermita. O sea, si las fuentes de derecho se secan, lloran de pena las margaritas del Derecho laboral.

Si se me pregunta qué hacer, la respuesta provisional debería ser la que insinuó aquel personaje de A buen juez, mejor testigo: “Hartemos... lo que sepamos”. En todo caso, habrá que evitar seguir haciendo, en estos terrenos de la autorreforma interna de la casa, lo de siempre, esto es, mantener las mismas paredes maestras –las mismas formas de representación, quiero decir— de los tiempos de las nieves de antaño. Por muchas razones, pero –para lo que nos ocupa—porque mantener los mismos planos de la casa entra en contradicción con la asignatura pendiente del sindicalismo: organizar las conquistas que, en amplios espacios, ha conseguido y continúa en ello.

Parapanda, X Año Bomarzo

* Artículo aparecido en Revista de Derecho Social, 42 (2008)

(1) [...] por ese motivo he estudiado a los ingleses de principios del siglo XX. Me gustaba que desde la fábrica incidieran en la sociedad. Pero, después, cuando se pusieron a construir algo se dieron cuenta que habían trabajado para otros. No perdieron. Simplemente habían trabajado para la socialdemocracia, que era otra cosa. (El subrayado es de un servidor, JLLB) en Vittorio Foa, “Las palabras y la política” (Sexto Tranco):
http://ferinohizla.blogspot.com/
(2) José Luis López Bulla El uso social de las conquistas sindicales en http://lopezbulla.blogspot.com/2007/07/el-uso-social-de-las-conquistas.html
(3) http://theparapanda.blogspot.com/2008/06/acuerdo-en-el-matadero-de-girona-versin.html
(4) Véase las diversas ponencias de Miquel Falguera i Baró sobre las negociaciones colectivas en:
Mujer e igualdad en
http://theparapanda.blogspot.com/2008/05/mujer-y-trabajo-entre-la-precariedad-y.html
La causalidad en la contratación temporal en http://theparapanda.blogspot.com/2008/05/la-causalidad-en-la-contratacion.htmlLas dobles escalas salariales en http://theparapanda.blogspot.com/2008/05/miquel-falguera-las-dobles-escalas.html

12 October 2008

LOS PRIMEROS ANDARES DE LA CAMINATA SINDICAL EN DEMOCRACIA

LOS PRIMEROS ANDARES DE LA CAMINATA SINDICAL EN DEMOCRACIA: desde la legalización en 1977 hasta el Primer congreso de Comisiones Obreras en 1978


Argumento central de mi intervención en la Universidad Internacional de Andalucía. Baeza 8 de Octubre de 2008.


José Luís López Bulla




Me parece conveniente iniciar estos comentarios con una observación obligada: no se trata de historiar aquellos momentos del protagonismo sindical en los primeros andares de la recién estrenada democracia española; eso es cosa de los historiadores. Aquí se trata, lisa y llanamente, de reflexionar –también con los ojos de hoy y, digamos, a toro pasado— sobre una etapa fascinante. Fascinante porque estrenábamos el traje de la democracia y sus institutos; fascinante, por otra parte, porque éramos treinta años más jóvenes. Y, porque para eso me han llamado a participar quiero agradecer a los organizadores que hayan pensado en un servidor; posiblemente la mano larga y amable de Eduardo Saborido está detrás de ello.

Llevo algunos años intentado convencer a los historiadores de que en España se dio una neta ruptura sindical. El sindicalismo putativo del franquismo, después de un tiempo de estado vaporoso, desapareció rotundamente: tampoco ningún jerarca de aquella organización jugó papel alguno en la vida sindical ya en democracia. Es más, la mayoría de las grandes líneas del diseño de cómo tenía que ser el edificio se cumplieron con muy buena aproximación. Tan sólo nos falló un gran deseo: la unidad sindical orgánica, esto es, la creación de un sindicato unitario. No es la ocasión para abundar en las razones que lo explican, a menos que se suscite en el coloquio. En todo caso, diré que, a pesar de que ese sueño nuestro no se cumplió, no es menos cierto que pusimos en marcha una potente institución unitaria de todos los trabajadores: el comité de empresa y, posteriormente, las Juntas de Personal en la Función pública.

1.-- Los primerísimos andares del sindicalismo confederal español, ya en democracia, se caracterizaron por una vorágine espectacular. Porque simultáneamente –casi en tiempo real, como diríamos hoy—teníamos que realizar toda un conjunto de tareas que no se podían dejar para el día siguiente: atender a los convenios colectivos era urgente y no esperaba demora porque era nuestra función de tutela del conjunto asalariado; estructurar la casa sindical era igualmente urgente porque era el referente de la representación de los trabajadores a quienes urgíamos para que se afiliaran; aclarar formalmente los grupos dirigentes al tiempo que dibujar un esbozo de orientación programática requería, así mismo, la (también urgente) celebración de nuestros propios congresos. Y, por si faltara poco, la urgencia de la convocatoria y desarrollo del conflicto social ante cada situación de reivindicaciones no satisfechas. Vale la pena traer al recuerdo que tantos ajetreos urgentes, con unas responsabilidades a cubrir a “tiempo real”, se desarrollaron en un clima de gran inestabilidad: de un lado, la crisis económica caballuna, y, de otro lado, el sangriento terrorismo (el de ETA y otras bandas por el estilo) que apuntaba contra las instituciones de la jovencísima democracia. También a lo uno y lo otro se enfrentó, con las escuálidas herramientas que tenía, el sindicalismo confederal. Todo ello lo hicimos de manera natural y sin ningún tipo de ostentación trascendente, ni tampoco, por lo general, como santones laicos ni monjes urbanos.

Pero, ¿quiénes eran aquellos hombres? Aclaro, no se trata de un desliz: en mi sindicato hablábamos enfáticamente de los “hombres de Comisiones” siguiendo acríticamente los constructos del histórico lenguaje machista del que, también, éramos responsables. Pues bien, aquellos dirigentes sindicales de los primeros andares del sindicalismo en democracia seguían siendo esencialmente las personas de la generación fundadora de Comisiones Obreras. Que tenían tras de sí un bagaje “de fábrica” y una probada capacidad negociadora y movilizadora. La mayoría eran cuarentones y ocupaban un lugar destacado en el proceso productivo y de administración que, dado el carácter taylorista de la gran empresa, favorecía la capacidad de representación de los trabajadores. Se trataba de algo curioso: de un lado, el puesto jerárquico del ingeniero, técnico o de gestión administrativa era una “garantía” para el resto de los trabajadores; de otro lado, esa jerarquía se democratizaba en el lugar central de la toma de decisiones: la asamblea, como instituto de participación radicalmente democrática, donde todo el mundo podía decir y decía la suya. De hecho, la mayoría de los primeros dirigentes sindicales tenía responsabilidades de mandos intermedios en los centros de trabajo. No pocos de ellos formados en la Universidad, en las Escuelas de Formación Profesional o en los centros de aprendices que tenían algunas grandes empresas.

Son paradigmáticos, en ese sentido, los casos madrileño, andaluz y catalán: Camacho y Ariza, Fernando Soto y Eduardo Saborido, Rodríguez Rovira y Gómez Acosta, entre otros. En concreto, dirigentes sindicales que, más allá de su reconocida militancia en el Partido comunista o en el PSUC eran la expresión social y cultural del conjunto asalariado emergente en nuestro país. En ellos se concretaba la naturaleza del fuerte reformismo que es el sujeto sindical.

La gran aportación que esta gente hace a la izquierda es de gran envergadura. Porque van produciendo un itinerario que es una rotunda discontinuidad con las (tan venerables como nocivas) tradiciones que presidían las relaciones entre los partidos obreros y el sindicalismo democrático. Tradicionalmente los partidos de matriz lassalleana (contra quienes polemizó el mismísimo Karl Marx) y también los leninistas consideraban imprescindible una drástica diferenciación de roles: el partido era, por así decirlo, Dios padre; el sindicato era su enviado en la Tierra, aunque severamente controlado. El partido se reservaba el proyecto de transformación, al sindicato se le encomendaba la “resistencia” que, en el fondo, era una guerra de resistencia contra la derrota. En esas condiciones, el conflicto social debía funcionar sobre la base de las contingencias políticas. Esta era la tradición del partido lassalleano (socialista, socialdemócrata y laborista) y del leninismo. O sea, el sindicalismo era, así las cosas, una mera prótesis de papá-partido.

La gran paradoja es que, en España –también en Italia con Giuseppe Di Vitrtorio, Luciano Lama y Bruno Trentin— fueron los comunistas quienes gradualmente van poniendo en entredicho estos estropicios de la izquierda. Y, a la chita callando, Comisiones Obreras entra en el juego de la democracia con una aproximada ración de independencia sindical. Es la potente herencia del documento aprobado en la Asamblea del barrio madrileño de Orcasitas en plena clandestinidad: allí se deja tajantemente claro que estamos por un sindicalismo independiente de los poderes económicos, de todos los partidos políticos (incluidos los obreros) y del Estado, con independencia de su carácter social. Así pues, un buen cacho del sindicalismo confederal se estrena en democracia con tan significativo acervo cultural.

Las consecuencias de ese cambio de metabolismo fueron, como mínimo, las siguientes: 1) la asunción de responsabilidades en torno a cuestiones sociales que tradicionalmente se reservaban para sí las organizaciones políticas, 2) el ejercicio del conflicto social era gobernado por el sindicalismo para la buena utilidad de los trabajadores y sus familias. O, lo que es lo mismo: las reformas en materias sociales de todo el universo del Estado de bienestar (empleo, enseñanza, sanidad, entre otras) también eran materias a negociar por el sindicalismo confederal. Se trataba de islas emergentes en lo que podríamos calificar como un incipiente “sindicalismo de los modernos” frente al “sindicalismo de los antiguos”, por utilizar una metáfora, referida a la democracia, de Benjamín Constant en su famosa conferencia parisina de 1819
[1].

Tal vez lo que voy a decir sea consecuencia de una “pasión de padre”, pero sostengo que, junto al sindicalismo italiano, nosotros fuimos lo más renovador de Europa. Porque incluso con nuestras imperfecciones y errores estábamos indiciando un proceso radicalmente nuevo, laminando no pocos mitos que la izquierda europea ha mantenido a lo largo y ancho del siglo XX. Lo chocante del asunto es que aquella generación de sindicalistas aprendió a capar matando gorrinos. Quiero decir que el más viejo del lugar no tenía experiencia de dirigir un sindicato en democracia. La falta de experiencia se suplió con una considerable cultura de fábrica, viendo –a veces con gafas de poca graduación— una parte de las gigantescas transformaciones que estaban en curso.

2.— De hecho el principal problema general con que nos enfrentamos fue el de la crisis económica, caracterizada por uno rápido crecimiento del desempleo, unos altísimos niveles de inflación y sucesivas devaluaciones de la peseta. Debo decir con claridad que aquellos grupos dirigentes –de una reconocida cultura de fábrica— no estábamos suficientemente preparados para intervenir adecuadamente en aquella situación. Tampoco existían las mejores relaciones entre los sindicatos: las dos grandes organizaciones no supimos entrar en el juego democrático con la suficiente y necesaria unidad de acción. Es más, de manera no infrecuente hubo algo más que asperezas y contrastes. Por lo general se entendía que estaba en juego qué modelo sindical iba a llevarse el gato al agua; esa disputa comportó una más que notable laceración en el sindicalismo, al tiempo que debilitaba la capacidad de respuesta a los problemas inéditos que apuntaba la crisis económica.

Una crisis que llevó al Presidente Adolfo Suárez a proponer un acuerdo político-económico con dos objetivos centrales: afrontar la crisis y poner en marcha una serie de reformas legislativas “de interregno” hasta la aprobación de la Constitución Española. Entre nosotros, el grupo dirigente de Comisiones Obreras, la idea era aceptable, entre otras cosas porque la idea basilar de Marcelino Camacho era la intervención de los trabajadores en los problemas generales del país y cuadraba con la distinción que, en aquellas épocas, caracterizaba a Comisiones: un sindicato sociopolítico.

Los pactos de la Moncloa fueron el primer sobresalto de, al menos, mi sindicato. Sólo habían sido llamadas a la elaboración del acuerdo las fuerzas políticas; el sindicalismo no fue tenido en cuenta a pesar que una gran parte de los contenidos anunciados eran materia de directa gestión de lo que hoy se llama los agentes sociales: política de rentas la contención de la inflación. Francamente no era sólo un torpedo simbólico al movimiento organizado de los trabajadores y sus organizaciones sindicales; era un primer aviso o una insinuación de que, en adelante, no íbamos a tener las cosas fáciles.

Tuvimos que hacer de tripas corazón. Es más, Comisiones aceptó el contenido final de los Pactos de la Moncloa porque abrían una hipótesis de lenta salida de la situación de crisis económica, como así fue. Pero hay algo más que no se ha dicho hasta la presente: nosotros no teníamos un planteamiento con cara y ojos, de carácter general, para abordar la crisis económica, salvo la “resistencia”, con más o menos acierto, en cada empresa, donde ya había empezado un proceso de innovación y reestructuración de los aparatos productivos y de servicios.

Ese déficit de proyecto sindical intentó suplirlo Marcelino Camacho con una propuesta que él mismo bautizó con el nombre de Plan de solidaridad contra el paro y la crisis. Sus confusos contenidos eran evidentes: establecer un fondo de solidaridad financiado por el trabajo (una hora) de los trabajadores y (dos horas) por las empresas. Hoy es fácil sonreír ante este ingenuo welfare cáritas. Pero era, aproximadamente, el resultado de un proyecto serio y la expresión de hasta qué punto los problemas agobiaban enormemente la concreta condición de los trabajadores y sus familias. El primer congreso de Comisiones Obreras tuvo una elegancia exquisita y no desairó a Marcelino Camacho: no aprobó ni rechazó la propuesta, se limitó con buenas palabras a pedir que se reelaborara. Cosa que nunca sucedió.

3.— Antes, al hablar de los cuadros dirigentes del sindicato, se ha insinuado de refilón las grandes líneas de la “estrategia” de aquellos primeros andares de Comisiones en libertad. Las recuerdo: a) la intervención en la negociación colectiva, b) el diseño de la estructura organizativa, c) la clarificación de la representación en el centro de trabajo y d) la marcha hacia el primer congreso del sindicato. Cosa que, como se ha dicho más arriba, se hizo en el tiempo de un año.

3.1.-- La negociación colectiva. En otras ocasiones he escrito que el modelo de negociación colectiva que adoptamos fue la mera continuidad, salvo la existencia de la representatividad institucional y democrática de los protagonistas, de la que existía en tiempos de nuestra acción colectiva en tiempos de la dictadura y contra el sindicato putativo del franquismo. Es verdad pero, pensando detenidamente en ello, me olvidé de algo singular: ello fue así –ese `continuismo´-- porque el movimiento organizado de los trabajadores aprovechó y, parcialmente, corrigió la Ley de Convenios colectivos de 1958. O lo que es lo mismo, no pocos convenios territoriales también fueron el resultado de movilizaciones democráticas en plena dictadura. Por citar tan sólo dos ejemplos llamativos: así nacieron convenios colectivos metalúrgicos como los de la comarca del Bajo Llobregat y los de Manlleu, una población cerca de Vic. O sea, quienes verdaderamente negociaban, ejerciendo el conflicto social, éramos nosotros, dado que los jerarcas del sindicato franquista eran la terminal de los intereses de la patronal y de la línea política de mando.

3.2.— El diseño de la estructura organizativa. En realidad el proceso organizativo más llamativo que desplegamos, durante los primeros andares del sindicalismo en democracia, fue la apertura de sedes en él mayor número de ciudades que pudimos. Vale la pena reseñar que llegamos a tener más casas sindicales que los que dispuso el sindicalismo putativo del franquismo. Las sedes se abrieron o bien por alquiler o de compra, bajo el aval personal de los dirigentes sindicales. Lo que indica el desprendimiento y generosidad de tales personas, algunas de las cuales tuvieron sus problemas económicas y, no hace falta decirlo, sus complicaciones familiares. En todo caso, la inauguración de las sedes fueron fiestas, auténticos acontecimientos populares de alta significación política y cultural: recuerdo la inauguración de la sede de Barcelona con la participación de las conocidas vedettes del Molino con sus plumeros y sus canciones picantes ante la perplejidad de Marcelino Camacho.

Organizamos el sindicato sobre una base dual: por un lado el territorio, llamado Unión de sindicatos; por otro lado, la agrupación de la profesión de ramo, tanto de industria como de los servicios, conocida oficialmente como Federación. Pero en realidad, el sindicato descansaba en el organismo unitario que eran los comités de empresa, dado que las secciones sindicales –esto es, la organización del sindicato, en tanto que tal, en el centro de trabajo eran prácticamente inexistentes.

3.3.-- De hecho poco se explica del sindicalismo de Comisiones sin la existencia de los organismos unitarios de los comités. Dicho sea de paso, estas instancias eran vistas por los compañeros de Ugt con mucha menor simpatía.

Vale la pena decir que nosotros pusimos todo el acento en los comités por varias razones: a) por la unidad social de masas que representaron los organismos en el centro de trabajo bajo el franquismo donde nosotros teníamos una amplia presencia; y b) porque, fracasada nuestra aspiración de compartir con Ugt y Uso la construcción de una central sindical unitaria, queríamos preservar que, al menos en la fábrica, existiera un organismo de todos los trabajadores. Ahora bien, no es menos cierto que la competencia entre los dos sindicatos mayoritarios, CC.OO. y Ugt, por la mayoría en los comités no dejó de ser una fuente de problemas.

3. 4.— La marcha hacia el primer congreso de Comisiones se hizo, también, de manera simultánea a todo lo que anteriormente se ha relatado. No hace falta que diga que el principal rasgo de todo ese proceso fue “de exaltación” y, excepto algún que otro chispazo, estuvo presidido por un elevado tenor unitario. En el fondo lo que nos proponíamos era oficializar la legitimidad social que se había alcanzado en el itinerario anterior: a ello, lógicamente, había que darle el rigor institucional, la creación de las convenientes normas internas (los Estatutos) y la elección de los dirigentes.

Más allá de las limitaciones (a decir verdad fueron muchas) de las propuestas congresuales, la novedad era evidente: un movimiento organizado de trabajadores adquiría la plena personalidad de sujeto sindical cuya aportación a la defensa y promoción de los intereses de los trabajadores ha sido decisiva a lo largo del tiempo que llevamos en vida democrática. Un acontecimiento que formula dos elementos que, aunque no aprobados en dicho congreso, indician una aportación moderna a la acción colectiva: la incompatibilidad de los dirigentes sindicales de ejercer responsabilidades de orden institucional mientras están en el ejercicio de sus cargos y la duración de los mandatos. En sucesivos congresos se aprobaron tales medidas.


[1] Benjamín Constant: “La democracia de los antiguos y la democracia de los modernos”.

TRABAJO DECENTE O LA HUMANIZACION DEL TRABAJO





José Luís López Bulla, Consejero del Consell de Treball, Econòmic i Social de Catalunya.

Ciudad Real, Seminario con Magistrados brasileños: 7 de Octubre de 2008

Haereticare potero sed haereticum non ero. [Jean Charlier, llamado Gerson, Opera I]



Para un servidor vuelve a ser un grato placer compartir nuevamente con ustedes y Rodolfo Benito este rato de conversación informada. De veras que lo agradezco y, muy especialmente, a Antonio Baylos, infatigable organizador de estas jornadas y de múltiples iniciativas en procura de una relación apropiada entre el iuslaboralismo y el sindicalismo. Por si fuera poco, nuestro encuentro transcurre simultáneamente a las movilizaciones en todo el mundo precisamente con el tema central de la exigencia del “trabajo decente”: una acción de características nuevas tanto por su globalidad como por la unidad de acción que representa el sujeto convocante, el Sindicato mundial. Por lo demás, vale la pena recordar que esta movilización es la consecuencia de una propuesta que, en ese sentido, hizo Comisiones Obreras en el congreso fundacional de la CSI en Viena.


Pero, lo más relevante, es que podemos decir sin exageración alguna que esta movilización es objetivamente la primera reacción global contra los estragos de la descomunal crisis económica que nos está cayendo encima. Una crisis que ha puesto en crisis total el tipo de economía neoliberal que derrotó en su día al capitalismo industrial, la ausencia de normas y controles y el desparpajo de los inquilinos de Monte Peregrino, que hablaron del Estado como problema y ahora predican el Estado como solución.


Antes de entrar en materia, me permito una recomendación: la lectura del libro de
Luciano Gallino “Il lavoro non è una merce”. Pienso que puede servir para refrescar la memoria acerca de algo tan elemental, que está puesto en tela de juicio por algunos exponentes del Derecho del trabajo europeo que empiezan a tener una potente influencia no sólo en su disciplina sino especialmente en los círculos concéntricos del poder o, por mejor decir, de los poderes políticos y económicos. También académicos. No me resisto a un desahogo personal: son muy pocos los iuslaboralistas que se confrontan contra las derivas de aquellos a quienes Umberto Romagnoli llama revisionistas[1]. Es más, mientras el Derecho del Trabajo no se ponga decididamente al día, tengo para mí que los revisionistas podrían ir avanzando en sus posiciones. Me disculparán si dejo tan clamoroso asunto para más otra ocasión. Permítanme una pausa: la recomendación del libro de Gallino y la referencia a Romagnoli se explican por sí solas. Aunque también vienen a cuento para recordar que todavía hay en Italia gentes consistentes que siguen estando de buen ver y mejor leer. No se olvide que, por así decirlo, la sombra de Trentin es felizmente alargada.


1.-- Cuando Juan Somavía acuñó la expresión “trabajo decente”, tal vez no fuera consciente de hasta qué punto iba a convertirse en una importante señal, capaz de vincular la acción colectiva global del conjunto asalariado mundial, de sindicalistas, juristas progresistas y de un amplio elenco de científicos sociales. Se trata de un hallazgo de gran pregnancia que relaciona la libertad, la igualdad, la seguridad y la dignidad humana, entendidas todas ellas –a mi juicio-- como inescindibles entre sí
[2]. Así pues, la inexistencia de una de tales condiciones impugnaría la definición de Somavía, y la merma de cualquiera de ellas crearía un déficit de decencia en el trabajo. La lógica tiene estas cosas; aunque la política pueda disfrazar las palabras, según ha dejado sentado Vittorio Foa en “Las palabras de la política”[3], la lógica, en su autonomía normativa, tiene felizmente esos inconvenientes a la hora de llamar la atención. Por otra parte, “trabajo decente” viene a representar un mínimo común divisor de las diversas situaciones –de latitudes, género y condiciones individuales y colectivas— realmente existentes en el mundo entero. De ahí que, en mi condición de sindicalista emérito, exprese enfáticamente mi felicitación a la Central Sindical Internacional por haber dado en la tecla tan certeramente a la hora de convocar la jornada de hoy por el trabajo decente.


Sin embargo, no parece que las cosas sean tan fáciles como a primera vista da la impresión. Relata Isidor Boix, uno de los sindicalistas más lúcidos del panorama global que, estando de viaje en China, un joven dirigente de los sindicatos oficiales, con altas responsabilidades en aquel país, le espetó lo siguiente: “el mayor enemigo de los trabajadores chinos sois los trabajadores europeos”
[4]. Al parecer el motivo de tan extraño saludo no era la historia eurocentrista del movimiento sindical sino los altos salarios que se pagan hoy en Occidente a los trabajadores y el elenco de derechos sociales como resultado de las conquistas de la acción colectiva. En otras palabras, la presión sostenida del movimiento global de los trabajadores en pos del trabajo decente puede provocar ciertas suspicacias incluso en algunos sectores, aunque en esta ocasión se trataría de un sindicalismo putativo: una herramienta subalterna del Estado.


De un lado, el movimiento sindical occidental que exige más derechos para sus trabajadores y, de otro lado, planteando la democratización irrestricta allá donde no existe o está muy limitadamente reconocida; de otro lado, las zonas, todavía numerosas en el mundo, donde campan a sus anchas sindicatos putativos que miran con recelo la acción colectiva de los sindicatos democráticos.


Recordemos las cuatro condiciones de Somavía para que se pueda hablar con fundamento de trabajo decente: la libertad, la igualdad, la seguridad y la dignidad humana. Así las cosas, me parece evidente que jamás en la historia el trabajo (principalmente la del trabajo subordinado) ha sido, somavianamente hablando, decente, ni aproximadamente decente. Lo que, por supuesto, incluye la breve historia del trabajo en los países del llamado socialismo real. A menos que se truquen los mecanismos de la lógica o se banalicen las definiciones de todas y cada una de las cuatro condiciones de Juan Somavía. Esta afirmación puede ser aceptada sin aparente inquietud; sin embargo, el panorama que sugiere es uno de los más prometéicos desafíos a los que se puede abocarse el movimiento sindical global o, según cómo, otra de las aporías en las que puede verse inmerso.

Hablando en plata: ¿es posible que, en el marco del sistema capitalista, se cumplan las cuatro condiciones de Somavía? No es una pregunta provocadora sino de pura lógica. Respondo: el sistema vigente no puede compatibilizar las cuatro condiciones que, por lo demás, hemos añadido que no son variables independientes las unas de las otras. En este sentido, hace bien el maestro Romagnoli cuando avisa de manera lapidaria que la empresa es “el lugar de la máxima refracción de las desigualdades y, al mismo tiempo, el lugar donde no es posible abolirlas”
[5]. Caeremos en la cuenta de ello si volvemos a leer despaciosamente la cita de la tesis doctoral de Nunzia Castelli, anteriormente referida, sobre la definición y relación entre la “libertad” y la “igualdad”. Y, diré más todavía: el sistema vigente se fundamenta –quedando explícitamente definido de manera indisimulada-- en la desigual libertad e igualdad en lo que se refiere al vínculo entre la una y la otra desde los cimientos del ecocentro de trabajo. Corregir ese estatuto fue, por así decirlo, el encargo histórico que recibió el Derecho del trabajo con las semillas de Weimar. De igual manera ese fue el cometido que se encomendó, un siglo antes, el movimiento organizado de los trabajadores y los sindicatos: existía la posibilidad --y lo demostró palmariamente-- que bajo el capitalismo se dieran conquistas importantes y llamativos avances, con mayor o menor sostenibilidad, de humanización del trabajo tanto por la acción colectiva del sindicalismo y de quienes han compartido ese paradigma reformador como por las propias necesidades del propio capitalismo, cuestión ésta poco reconocida públicamente por los movimientos sindicales.

Ahora bien, el trabajo decente, con las cuatro condiciones de Somavía --que pone en cuestión la naturaleza del trabajo tal como se ha dado históricamente en los cuatro puntos cardinales del planeta-- indica enfáticamente cómo debe ser desde ahora mismo. Abre, pues, una cesura de enormes proporciones con relación a la biografía del trabajo concretando formalmente las intuiciones, más o menos dispersas, que sobre el particular tuvo el movimiento sindical. Esta cesura puede conducir o bien a una nueva cosmovisión mítica o a una práctica de nuevo estilo capaz de acercarse de manera itinerante al trabajo decente. Entendámonos, las cuatro condiciones aunque principalmente interpelan las más duras situaciones del trabajo de la esclavitud moderna, de los niños de determinados países y otras durísimas situaciones, también se refieren naturaliter al concepto trabajo en las sociedades industriales avanzadas y al trabajo in progress. Resumiendo esquemáticamente lo que más me interesa subrayar: bajo el sistema capitalista no hay posibilidad de cabal cumplimiento de las cuatro condiciones de Somavía.

¿Por qué, entonces, la OIT –la sede común de estados, empresarios y sindicalistas aceptó lo expresado por su Presidente? Porque el (necesario) carácter polisémico de las cuatro condiciones que instituyen el trabajo decente puede ser leído según el gusto y la conveniencia de cada cual. También porque se ha extendido muy peligrosamente un uso banal de los conceptos y palabras, sometidas a una adulteración de sus tradicionales biografías. Más todavía, porque los dueños de los significados actuales de tales palabras son quienes más potencia publicitaria dedican a la distorsión de éstas. Algo que nos dijo en su momento Lewis Carol.

Así pues, ¿hizo mal Somavía planteando sus famosas cuatro condiciones? No lo creo. Él lanzó un gigantesco mensaje eutópico en la línea de los grandes provocadores de la historia en exigencia de un banderín de enganche con sentido. Ahora bien, el movimiento organizado de los trabajadores y, más concretamente, el sindicalismo, en su larga historia de subalternidad de sus mentores políticos, ha sido --por esa razón de dependencia— fuertemente contagiado por toda una serie de mitos teleológicos. Parodiando a Benjamín Constant en su famosa conferencia parisina de 1819, esa es en parte la historia del “sindicalismo de los antiguos”. Esta una fase en la que todavía nos encontramos, aunque esto pueda sonar a herejía, quiero decir que seguimos instalados en el sindicalismo de los antiguos.

2.-- El sindicalismo confederal no puede continuar su andadura reeditando el mito o los sucedáneos del mito. Mantener la alteridad del sindicalismo y su condición de sujeto conflicto –absolutamente indispensable para no devenir una agencia técnica-- es incompatible con el mito. Porque el áspero litigio no se orienta contra los (inexistentes) dioses menores del capitalismo sino contra la fisicidad del sistema capitalista y su constante puesta al día. Así pues el viaje sindical no es la ruta de Prometeo. No hay otra caminata posible que el indicado por la (matemática) teoría de los límites.

Tomo de mi estantería el viejo libro “Análisis Matemático” de don Julio Rey Pastor y vuelvo a recordar que nunca se llega al límite: la variable crecerá indefinidamente pero no infinitamente. O, si se prefiere la poesía a la frialdad abstracta de las matemáticas, dígase con García Lorca que “aunque yo sepa los caminos / nunca llegaré a Córdoba”. Como ustedes comprenderán, un sindicalista jubilado puede decir estas cosas, un tanto indiferente a ser acusado de fomentar la desmovilización. Que, en este caso, aceptaría gustoso porque vendría de los que, a pesar de lo que se ha llevado el viento, siguen fomentando mitos y leyendas. Que, en este caso, queda referido a aquellos que no podrían no entender prosaicamente la bella metáfora de Somavía. Porque es eso lo que exactamente planteo: entender las cuatro condiciones en clave de metáfora. Y poner sostenidamente, a través de un proyecto de fuertes reformas, los mecanismos para acercarse –indefinidamente como dice la teoría de los límites-- lo más posible a las cuatro condiciones.

Dejemos a Prometeo que continúe su camino cotidiano ascendente y descendente. Lo que nos ocupa aquí debería ser interpretado, también metafóricamente, en otra clave movilizadora: la teoría matemática de los límites. Entiendo que, así las cosas, el sindicalismo de los modernos debe acercarse indefinidamente a las cuatro condiciones de Somavía contando con un proyecto fuertemente reformador con el sentido de trabajo decente. Que esta ruta sea indefinida no quiere decir que carezca de meandros y situaciones de discontinuidad e incluso de retrocesos. Como Sísifo. A mi entender, el concepto central de la teoría de los límites no pueda ser otra que la propuesta de Bruno Trentin acerca de la “humanización del trabajo” que recorre toda la obra escrita de nuestro amigo italiano
[6]. He dicho en no pocas ocasiones que el sindicalismo actual está en mejores condiciones para proponerse tan señalado proyecto reformador que el existente hacia no tantos años, aunque ambos permanezcan en el estadio del sindicalismo de los antiguos.

3.-- Digo que el sindicalismo está en mejores condiciones para abordar el mencionado proyecto porque hace tiempo que superó la dependencia de los mentores políticos de antaño en sus diversas matrices socialista, socialdemócrata y comunista. En aquella tesitura el sindicalismo era una prótesis de los partidos. Estos habían decidido una partición –no sólo funcional sino orgánica— de los objetivos, cometidos y tareas... No creo que sea caricaturesco afirmar que el partido se auto concedió el diseño y la realización de un proyecto calificado, con mayor o menor exageración, como transformador; el mismo partido, en todo caso, impuso que el sindicato se dedicara a “la resistencia”. Y, como es sabido, resistir no es proyectar, aun cuando haya momentos en que es necesaria la resistencia contingente.

Andando el tiempo el sindicalismo entendió que sólo conquistando su propia independencia y, por extensión, su autonomía –es decir, su propia lectura de las transformaciones de todo tipo, especialmente las que maduran en la relación de trabajo-- podía convertirse en un sujeto político capaz de abordar sin subalternidad un proyecto de largo recorrido y, digamos, en primera persona. Una parte no irrelevante del sindicalismo de los antiguos había sido trascendida de un modo asaz positivo. De ahí que se pueda decir que el sindicalismo actual esté en mejores condiciones para abordar el proyecto de humanización del trabajo. Que ya no es, como en el caso del “trabajo decente”, una metáfora. Ahora bien, no existe una garantía incondicionada. Todavía el sindicalismo actual debe superar algunos fuertes contagios que, por su potencia, interfieren especialmente tanto la metáfora de las cuatro condiciones de la metáfora somaviana como el proyecto de la humanización del trabajo. Diré que tales contagios son los que principalmente le mantienen en su condición de sindicalismo de los antiguos.

El principal contagio del sindicalismo de los antiguos sigue siendo, en mi opinión, la dependencia (en esta ocasión, dependencia no equivaldría exactamente a subalternidad) que tiene con relación al fordismo: el sistema que ha generado la no decencia del trabajo a lo largo del siglo XX. Es cierto que, en todo el itinerario de la pasada centuria, el sindicalismo de los antiguos se batió duramente por el mejoramiento de las condiciones tanto en el puesto como en el centro de trabajo. Pero visto con los ojos de hoy, hemos de repetir lo que en otras ocasiones se ha dicho: combatimos el abuso del taylorismo y del fordismo, pero nunca impugnamos su uso. Es más, se dio la impresión de que era un sistema de organización definitivamente dado. Uno de los ejemplos más llamativos de ese combate contra el abuso fue nuestro combate en, al menos, las siguientes direcciones: a) los resarcimientos por la nocividad e inseguridad del puesto de trabajo, b) las externalizaciones que provocaron lo que el economista inglés Arthur Cecil Pigou denominó las “deseconomías externas”, y c) otras gangas por el estilo. Resarcimientos en forma de pluses, por ejemplo, en todo lo atinente a la salud; resarcimientos, también, en todo lo referente a las exigencias salariales de pagas extraordinarias y --dado el escalafoncillo estático y casi inmutable-- compensaciones bajo la forma de trienios, quinquenios y otras cosas similares. Más todavía, el resarcimiento ad nauseam hizo que no pocos pensaran que, a través de un resarcimiento externo al centro de trabajo era lo mejor, aunque a cambio de negar las libertades primordiales (o reducirlas lo máximo posible) como posible respuesta a las decisiones de “la empresa”.


En resumidas cuentas, el sujeto social mejoraba su condición de vida sobre la base de un trabajo que, visto con los ojos de las cuatro condiciones de Somavía, no era decente. En descargo del actual sindicalismo de los antiguos –no es la primera vez que lo expreso-- diré que la gente de mi quinta dejó ese almacén de trastos viejos como herencia. Pero –comoquiera que me han llamado la atención mis coetáneos, que piensan que soy excesivamente severo con esa (mi) generación-- añadiré que fuimos los primeros en proponer y trabajar por el proyecto de la independencia del sindicalismo.

4.-- Lo diré enfáticamente: con los contenidos de las actuales prácticas contractuales del sindicalismo de los antiguos es materialmente imposible encarar la metáfora de las cuatro condiciones del trabajo decente; es, de igual modo, materialmente imposible también afrontar el desafío de la humanización del trabajo. No se trata de escepticismo sino de la verificación de los instrumentos de la lógica. A saber, si el fordismo contraviene por antonomasia las cuatro condiciones y, dado que la muy inmensa mayoría de las cláusulas contractuales siguen en esa clave, la conclusión está cantada de antemano. Desde luego hay quien viene llamando la atención de ese dramático desfase
[7]. Digo desfase porque, para mayor inconveniencia, resulta que podemos afirmar el agotamiento del sistema organizacional que ideara don Enrique Ford en sus buenos tiempos.

Más todavía, Miquel Falguera ha reseñado, con nombres y apellidos, que una inmensa mayoría de los convenios colectivos copian descaradamente, incluso al pie de la letra, la sintaxis de las viejas Ordenanzas de Trabajo de los tiempos de la Dictadura franquista. Esta manera tan testaruda de frecuentar abusiva e inútilmente el pasado se da en los terrenos más importantes: en aquellos que se refieren, nada más y nada menos, que a los sistemas de organización del trabajo. Lo que, por decirlo en términos escasamente afectuosos, demostraría el carácter ficticio de esos acuerdos en los temas anteriormente referidos. Pero, a la vez, significaría el lastre que mantienen a la hora de avanzar en la metáfora del trabajo decente; perdón, quiero decir la humanización del trabajo.

Pues bien, la casa sindical, que tiene el coraje de aceptar el desafío del trabajo decente, no se da por aludida en el vínculo que existe entre el tipo de negociación colectiva y las cuatro condiciones de Juan Somavía. Así las cosas, una cosa es el imperfecto legado de los sindicalistas de mi quinta y otra, bien distinta, la distracción de los que ahora tienen mando en plaza. O, lo que de manera aproximada, es lo mismo: llegado un momento cada cual pasa a ser responsable directo al margen de las herencias recibidas. Algo que también nos pasó a nosotros.

5.— El sindicalismo de los modernos será realidad si ajusta las cuentas con su (todavía) contagio del fordismo, y –entendiendo que ese sistema es ya pura herrumbre— articule unos procesos contractuales cabalmente ubicados en la fase de innovación-reestructuración global de los aparatos productivos, de servicios y de toda la economía. En ese sentido, el proyecto reformador con sentido debería plantear una operación de gran calado: la reforma de la empresa. Porque estamos hablando de un proyecto sindical que nace en el espacio empresa como “lugar donde se desarrollan institucionalmente las relaciones de poder derivadas de la doble dimensión, colectiva e individual, del trabajo asalariado […] como elemento decisivo en la conformación de la identidad del sindicato
[8]. Una reforma que, como se ha dicho anteriormente, debe proponerse el más espectacular giro de época de la negociación colectiva, y más concretamente situar como elemento central la codeterminación.. Que a mi juicio es la matriz de la humanización del trabajo. Repare el lector que he dicho `codeterminación´, no de cogestión. Pues bien, la codeterminación entendida como fijación negociada de las condiciones para el trabajo y del trabajo es el instrumento central (que, aunque no único, sí es indispensable) en el fatigoso itinerario de la humanización del centro y del puesto de trabajo.

Ahora bien, sin extenderme más de la cuenta, diré que el sindicalismo de los modernos necesita, además, adecuar su forma o, si se prefiere, la representación a las gigantescas mutaciones que se han operado, muy en especial las referidas a la emergencia de tantas tipologías asalariadas de naturaleza precaria. La humanización del trabajo no puede avanzar sin cuestionar radicalmente la actual forma sindicato en el ecocentro de trabajo. Pero sobre este particular no quiero insistir en esta ocasión: no es cosa de malquistarme con mi admirado Antonio Baylos. Tan sólo lo dejo insinuado y, para mayor abundamiento, remito al lector a nuestra fraternal polémica
[9]. Debo aclarar, sin embargo, que mi discusión con Baylos en torno a la adecuación de la representación sindical se refiere sólo al modelo dual en el centro de trabajo: un servidor impugna radicalmente la utilidad del comité de empresa. Ahora bien ello no quita para que ambos estemos plenamente de acuerdo en la urgente necesidad que tiene el sindicalismo confederal de adecuarse a las emergencias ya instaladas desde hace no poco tiempo dentro y fuera del centro de trabajo: el mundo de la precarización extenuante no es la única aunque sí la más llamativa.
En resumidas cuentas, la áspera caminata por aproximarnos indefinidamente a las cuatro condiciones del trabajo decente exigirían esa “identidad segura” del sindicalismo en el centro de trabajo. Que, en mi opinión, no puede ser otra que la de un sujeto que sea la expresión de todas las diversidades del conjunto asalariado: otra de las asignaturas pendientes que tiene el (todavía) sindicato de los antiguos si se me permite la instrumental y maquillada referencia al famoso texto de Benjamín Constant.
















[1] Umberto Romagnoli: “El error de los revisionistas” en http://baylos.blogspot.com
[2] Nunzia Castelli engarza libertad e igualdad: “Una libertad que se pretende recuperar a través de las distorsiones del mercado y de la competencia generadas como efecto de anónimas asimetrías informativas: una libertad que se evalúa en un plano meramente formal y abstracto. Pero si algo nos ha enseñado la convulsa historia del Derecho del trabajo es, como alguien ya puso de manifiesto hace tiempo, que de libertad y autonomía se puede hablar sólo una vez restablecidas auténticas y materiales condiciones de igualdad sustancial porque en definitiva, también la libertad y la igualdad son conceptos relacionales que se construyen a partir de la coparticipación y la solidaridad colectiva. En “Contractualismo, autonomía individual y autodeterminación en el Derecho del trabajo”, tesis doctoral.
http://ciudadnativa.blogspot.com/2008/07/contractualismo-autonomia-individual-y.html en “Ciudad nativa” (Antonio Baylos)

[3] Vittorio Foa en http://ferinohizla.blogspot.com/

[4] Isidor Boix Por un "nuevo internacionalismo sindical" - hacia la Jornada de Acción Sindical Mundial por el "trabajo decente" del 7 de octubre en http://www.fundacionsindicaldeestudios.org/varios/00165_80509IsidorBoix.pdf
[5] Citado por Antonio Baylos en “El sindicato y la acción colectiva de los trabajadores en la empresa: la identidad segura”. Libro Homenaje a Umberto Romagnoli “Sobre el presente y futuro del sindicalismo” (Fundación Sindical de Estudios, 2006 Madrid, núm 76)
[6] Bruno Trentin. “La città del lavoro”. Feltrinelli, 1997
[7] Miquel Falguera MUJER Y TRABAJO: Entre la precariedad y la desigualdad en http://theparapanda.blogspot.com/2008/05/mujer-y-trabajo-entre-la-precariedad-y.html

MIQUEL FALGUERA: Carta abierta a los sindicatos en http://theparapanda.blogspot.com/2008/01/miquel-falguera-carta-abierta-los.html
[8] Antonio Baylos en “El sindicato y la acción colectiva de los trabajadores en la empresa: la identidad segura” en “Sobre el presente y futuro del sindicalismo. Libro de Homenaje a Umberto Romagnoli” (Fundación Sindical de Estudios” (Madrid, 2006)
[9] ¿TIENEN SENTIDO YA LOS COMITES DE EMPRESA?. Mano a mano Antonio Baylos y José Luis López Bulla en http://lopezbulla.blogspot.com/2006/06/tienen-sentido-ya-los-comites-de.html