14 June 2006

REPENSANDO EL CONVENIO COLECTIVO

Tengo el encargo, según indica el programa de este Seminario, de explicar cómo se negocia un convenio colectivo. Con mucho gusto me pondré manos a la obra, pero creo que también sería adecuado introducir algunas ideas-fuerza sobre de qué modo se debería negociar en la actual fase de innovación-reestructuración de los aparatos productivos y de servicios. Así pues, hablaré de lo que se está haciendo y, a continuación, voy a exponer qué nueva metodología debería ponerse en marcha con la intención de hacer del convenio colectivo (y, por extensión, de la práctica contractual) un instrumento útil para la defensa de la condición de vida de los asalariados, su relación con el welfare state, la eficiencia de la empresa y el avance social, económico y democrático del país, entendido todo esto como elementos vinculantes entre sí y no como variables independientes los unas de los otros[1]. Esta es una característica que no sólo la entiendo para el convenio de las empresas de servicios públicos sino, también, para todo el universo contractual, por ejemplo, la industria.
Séame permitido un breve inciso: la negociación colectiva es un importante derecho de ciudadanía (hoy con rango constitucional) y uno de los pilares del iuslaboralismo. Hasta tal punto que es fuente de derecho; de ahí que admitamos pacíficamente que el sindicalismo (o la representación que estipula la firma de lo convenido) pueda ser definida como sujeto legislador implícito[2]. Ello tiene, lógicamente, unas importantísimas repercusiones y, aunque no es motivo de este estudio, indica hasta qué punto las relaciones entre el partido y el sindicato han cambiado de metabolismo, pero esto lo dejaremos para otra ocasión.
Entrando de lleno en la materia que nos ocupa, diré que el convenio colectivo (y, como se ha dicho antes, de las conductas contractuales del sindicalismo confederal) expresaría la condición del sujeto social: la alteridad, inmanente (más allá de cualquier contingencia) del movimiento organizado de los trabajadores. Esto es, la independencia que se organiza con reglas propias para el ejercicio del conflicto social[3]. Denomino conflicto social a la práctica del sindicalismo, esto es, a la elaboración de la plataforma reivindicativa, a los momentos negociales y al eventual ejercicio de presión, incluida la huelga y, también, los momentos de participación de la gente en todo ese itinerario. Así pues, el conflicto social no es sólo la huelga sino todo ese ´recorrido´; otra cosa, bien distinta, es que en aras a una semántica edulcorada, no poca gente (incluso desde posiciones inequívocamente de izquierdas) denomina conflicto social a la huelga: es parte del contagio que estribor exporta a babor.
La coreografía de la negociación del convenio es como sigue: la representación social de los trabajadores (el comité de empresa en el centro de trabajo, el sindicato en el ámbito sectorial) se reúne, elabora el cuaderno reivindicativo, negocia con la contraparte patronal y, depende de qué posturas toma ésta, convoca una determinada forma de presión colectiva hasta llegar a un acuerdo asumido con mejor o peor agrado por unos y otros. Se diría que la conclusión de todo el iter negocial es el resultado de una vieja conocida nuestra, doña Correlación de Fuerzas, una dama contradictoria que suele despejar el asunto en una dirección determinada de un modo no caprichoso. De manera que el elemento de mayor consideración es el contenido, el petitorio que el conjunto asalariado asume para ser tratado con la otra parte de la mesa de negociaciones. Sin embargo, el problema de fondo es: ¿lo que demanda la representación social son peticiones que se refieren a la realidad de nuestros días? ¿son elementos que guardan una estrecha relación con el cambiante carácter del trabajo, con las mutaciones de la empresa, con las nuevas demandas de los trabajadores? He aquí el problema de más envergadura en los procesos contractuales tanto en el centro de trabajo como en el sector.
Aclaración obligada: la plataforma reivindicativa debe estar inmersa en el paradigma realmente existente. Que ya no es fordista, como lo era en tiempos no lejanos. Hoy el fordismo industrial es tendencialmente pura herrumbre, y va camino del cementerio; la innovación tecnológica tiene una amplitud y rapidez enormes; los cambios en los sistemas organizacionales de las empresas son evidentes; la globalización e interdependencia de la economía son bien visibles; las mutaciones en la estructura del conjunto asalariado no han hecho más que empezar; el trabajo, tal como lo hemos conocido hasta hace poco, está deconstruyéndose... En suma, existe un conjunto de novedades que interfieren a marchas forzadas la personalidad, todavía tradicional, del sindicalismo y la representación social de los trabajadores. Denomino esta fase innovación-reestructuración. Y se refiere a los aparatos productivos y de servicios, ya sean privados o públicos. En ese cuadro general se consolida un método que ya no es esporádico sino inmanente: la flexibilidad[4]. Todo lo anterior tiene, como mínimo, amplias repercusiones en dos venerables asuntos, estrechamente relacionados, el welfare state y el iuslaboralismo. Se diría que la sombra alargada de Weimar se parece un tanto a la magnífica copla de antaño: cuando la tarde languidece, renacen las sombras. Todo ello en un ajetreo constante que lleva de cabeza al sindicalismo y a la izquierda política: un espectacular enjambre de deslocalizaciones empresariales y una cortísima ´esperanza de vida´ de los centros de trabajo.
Sin embargo, la acción contractual del movimiento organizado de los trabajadores en todo su universo contractual se caracteriza por unos contenidos reivindicativos y un ejercicio del conflicto social que, en mi opinión, siguen anclados en el sistema de producción fordista. Es como si los marinos mercantes se empeñaran en seguir utilizando el noble astrolabio para navegar por esos mares océanos. Para prueba, un botón clarificador: un estudio del Centre d’Estudis i Recerca sindicals de Comisiones Obreras de Cataluña, con quinientos convenios en mano, demostró taxativamente que los contenidos negociales de tan vasta contractualidad se refieren sólo y sólamente a demandas propias de la fase del fordismo, amén de plantear casi en exclusiva dos temas: salarios y reducción de la jornada, estando en ayunas los grandes asuntos de la organización del trabajo[5]. Así las cosas, no cuesta esfuerzo alguno convenir en que existe una afasia descomunal entre la acción colectiva del sindicalismo, realmente existente, y el actual paradigma de innovación-reestructuración. Porque, si el centro de trabajo ha cambiado tan radicalmente, no es admisible el mantenimiento de una praxis reivindicativa que ya no se refiere al paradigma en el que nos encontramos. Es más, así las cosas, se produce una ristra de perversas consecuencias: pérdida de poder contractual del sujeto social, una clamorosa asimetría de poderes y ausencia de fuente de derecho. Por el contrario, en aquello que el sindicalismo no interviene lo rellena la contraparte con el unilateralismo empresarial del ius variandi. La negociación ya no es, por tanto, café sino pura achicoria. Lo que explicaría por qué la contraparte empresarial no está interesada en una reforma de los contenidos de la negociación colectiva: de esa manera gobierna, ella solita, los procesos de cambio en el centro de trabajo y en el conjunto de la economía. Una visión alicorta, es cierto, pero que se ve favorecida por la astenia cultural de los sujetos sociales.
El desafío de primer orden que tiene el sindicalismo confederal no es otro que el diseño de una práctica reivindicativa (y del ejercicio de todo el recorrido del conflicto social) acorde con las grandes mutaciones que están en el orden del día de esta fase de innovación-reestructuración, liquidando gradualmente (aunque todo lo rápido que pueda) los vestigios de sus propios últimos mohicanos fordistas. En caso contrario, perderá sucesivamente capacidad de representación y representatividad[6]. Es más, es en esta fase, tal como es realmente, (y no en el mantenimiento de la autorepresentación de la época de las ´nieves de antaño´) donde el sindicalismo debe establecer el hilo conductor, capaz de tejer la solidaridad, si es que quiere seguir siendo un sujeto inclusivo de los sectores menos representados y peor protegidos: los asalariados del conocimiento y el mundo del precariado. Porque, tengo pensado que no se puede enhebrar una práctica de estructurar solidaridades, ahora, de la misma manera que en la época de la (siempre relativa) uniformidad del fordismo-taylorismo. En otras palabras, la plataforma reivindicativa que se reclama debe ser, también y sobre todo, expresión real de las diversidades del pluriverso del trabajo en cada centro y sector.
Razón de más para que lo que he denominado el itinerario del conflicto social sea, igualmente, hijo de estos tiempos. Y aquí tiene sentido redimensionar los hechos participativos. Esto es, el consenso activo e inteligente, formado e informado, que debe presidir la relación entre representantes y representados (en amable referencia al santo laico Antonio Gramsci). En la época fordista, la participación del conjunto asalariado (no siempre fácil) venía propiciada por la uniformidad de condiciones y por el inmenso apelotonamiento por metro cuadrado del personal. Hoy las cosas han cambiado, y muchas de ellas lo han sido gracias a la fuerza organizada del movimiento de los trabajadores. Quiero decir que ya es poco probable que la asamblea convencional, ecuménica, la de todos los trabajadores a la misma hora y en el mismo sitio escuchando al dirigente sindical subido a un bidón, un andamio o un pupitre, es poco probable por la diversidad de horarios y por el cambio morfológico del centro de trabajo. De ninguna de las maneras impugno la asamblea presencial de antaño, pero cada vez es menos determinante, porque cada vez está más interferida por cambios de turnos y otros asuntos de gran importancia. Hablando en plata: el sindicalismo debe proceder a un redefinición de las formas de participación (hoy más necesarias que nunca) para que los hechos participativos construyan un consenso itinerante entre representantes y representados.
Tengo para mí que el sindicalismo tiene pendiente una reflexión por analogía con los textos constitucionales. Veamos, en las Cartas Magnas europeas se afirma con la más alta solemnidad que ´la soberanía radica en el pueblo´, es decir, no la sitúa en el Parlamento. Bien, por analogía, ¿existe ´soberanía´ en la familia sindical? Y, si la respuesta es afirmativa, ¿dónde se encuentra? Soy consciente de que este vocablo sólo tiene una acepción en las constituciones[7]. De manera que podemos utilizarlo como metáfora, pero hay que retener el concepto. Es claro que dicha expresión no ha figurado nunca en la sintaxis del movimiento sindical. Lo que ha llevado a que el poder decisorio esté únicamente en determinados órganos de dirección. Una aclaración: no vale el recurso de afirmar que el Congreso sindical es el órgano máximo. Porque ello equivaldría a manifestar que en la sede parlamentaria está la soberanía popular, entrando así en un anacoluto analógico. La pregunta un tanto intempestiva es, pues, ¿por qué, en este caso (no irrelevante) la democracia política es más cuidadosa que las prácticas de un sujeto democrático como lo es el sindicalismo confederal? Esta no es una cuestión formal sino de fondo, máxime cuando no existen reglas escritas en la vida sindical que regulen la participación de los inscritos. No la hay para decidir cómo y quiénes elaboran los contenidos reivindicativos, el ejercicio del conflicto, la decisión de firmar o no el convenio colectivo. Me gustaría que los profesionales del derecho del trabajo entraran al trapo de tan provocadora proposición.
Y no menor relevancia tiene el hecho de cómo se ejerce la movilización sindical, esto es, la parte más visible y convencional del conflicto social. Hasta hace poco tiempo, las cosas estaban así: cuando se estaba ´de brazos caídos´, las máquinas no funcionaban: había huelga. Pero la innovación tecnológica ha introducido una novedad: con inusitada frecuencia, las máquinas siguen funcionando cuando se está en huelga. Uno de los ejemplos más espectaculares de lo que se pretende decir ocurrió cuando la huelga de los trabajadores de la televisión catalana, tv3. La digresión que viene es de lo más oportuna: estábamos en puertas del partido Barça-Atlético de Madrid, en tiempos de aquel legendario gentleman Robson, entrenador de los azulgranas. El partido fue de infarto, pero gracias a ese jabalí de élite que era Stoikoff se remontó y por fin, después de un inenarrable testarazo de Pizzi (digno de haber sido retransmitido por don Matías Prats) la cosa quedó 4 a 3: tot el camp era un clam... Pero volvamos a lo nuestro. El partido se televisó gracias a la puesta en marcha de unos ordenadores que habían milimetrado los tiempos con tal precisión que nadie notó que no había personas detrás de las cámaras, salvo que no hubo comentarios de los analistas deportivos, también en huelga. Ya no era posible el golletazo famoso que se dio en TVE en la antesala de la huelga del legendario 14 de diciembre que nos dejó a todos en ascuas porque no se supo si el disparo del sheriff había dado en el blanco y porque intuimos que al día siguiente aquello recordaría la batalla de Lepanto, la ocasión más alta que vieron los siglos presentes... Algo de esto dije en el seminario El conflicto social en el hecho tecnológico que organizó el CERES en 1998 en Barcelona. O lo que es lo mismo: la innovación tecnológica interfiere la forma tradicional de ejercer el derecho de huelga; de donde llego a la conclusión de que el sindicalismo no puede ser indiferente a tan importantes novedades. En resumidas cuentas, el sindicalismo confederal debe ajustar las cuentas, de una vez por todas, con el actual paradigma de innovación-reestructuración, un auténtico sepulturero del fordismo industrial, si es que quiere ser un sujeto contractual fuerte, útil para el conjunto asalariado, incluyente de los sectores menos representados y más desfavorecidos.


Hablando de una manera excesivamente seca, diré que los contenidos de las grandes concertaciones están ya agotados. Hoy, en mi opinión, es inaplazable abrir el camino de un pacto social por la innovación tecnológica. Hay dos razones para ello: a) el sentido de muy largo recorrido que tiene la cuestión tecnológica, b) el importantísimo déficit de ello en España. Y otro argumento de no menor consideración: en el actual paradigma tecnológico se está operando lo que Antonio Baylos llama el proceso de ´relegitimación de la empresa´[8] porque, como ha quedado escrito anteriormente, gobierna los cambios unilateralmente, de manera que es ahí, en ese ´sistema´ donde debe meter el cazo el sindicalismo confederal con su propia alteridad. De esta manera se iría conformando un elenco de nuevos derechos de ciudadanía social en el centro de trabajo propios y simétricos con la innovación tecnológica. También porque es urgente salir de esa situación: los derechos laborales siguen siendo de naturaleza fordista, cuando este ´aparato´ se está convirtiendo aceleradamente en una cadaverina. Por eso, hace tiempo que vengo reclamando una rediscusión a fondo del Estatuto de los Trabajadores que, en este momento, se ha convertido en un anciano venerable que, alla chetichella, amenaza con defender sólo a un número reducidísimo de trabajadores. Creo, por tanto, que se necesita almacenar un buen número de derechos acordes con el actual paradigma que, convenio a convenio, negociación a negociación, sitúen un embrión de Estatuto de los Saberes como nuevo compendio iuslaboralista. En mi opinión, el Pacto social por la innovación tecnológica y el Estatuto de los Saberes serían importantes instrumentos para que el sindicalismo confederal pudiera ejercer un buen control de la flexibilidad, entendida ésta como un mecanismo co-determinado en el centro de trabajo por el dador de trabajo y el sujeto social. Esta es una cuestión importante para que la flexibilidad (que se ha convertido en lo que Alberto Moravia denominaba una de esas ´parole malate´) no se traduzca en flexibilización, es decir, el poder unilateral de la empresa en la fijación de las condiciones de trabajo. De ahí que, en repetidas ocasiones, para evitar malentendidos haya definido la flexibilidad como un mecanismo negociado, mientras que la flexibilización es lo que he dado en llamar unilateralismo empresarial.

La acción contractual del sindicalismo confederal en los servicios públicos merece una serie de reflexiones propias de este territorio. Todo lo dicho anteriormente es válido para el convenio o la contractualidad en los servicios públicos, cierto. Pero vale la pena hacer la siguiente consideración: así como en la industria existen dos mundos (el movimiento de los trabajadores y la contraparte), en los servicios públicos hay un tercero en discordia: los usuarios. El ejercicio del conflicto social en este universo no deja de ser un mero calco de lo que ocurre en los sectores industriales. Por lo general se deja a la intemperie a los usuarios (la mayoría de los cuales son asalariados) y, con frecuencia, son rehenes de los desacuerdos de los que negocian el convenio. Es decir, no existe la más mínima complicidad entre los trabajadores en movilización y el resto de la ciudadanía, lo que imposibilita, de un lado, el movimiento solidario y, de otra parte, en los usuarios aparecen bolsas de enemistad (cuando no de hostilidad) hacia los que ejercen el conflicto. Cuando en la primavera de aquel lejano 1979 propuse la necesidad de un Código de autorregulación de la huelga pensé que el sindicalismo confederal podía dar un salto adelante en la acción reivindicativa y contractual en los sectores públicos[9]. Lo cierto es que muy pocos (se podrían contar con los dedos de una mano) me acompañaron en aquella propuesta. Que no obstante aparece en los congresos sindicales de CC.OO., seguramente para dar lustre a la literatura oficial, pero que a continuación queda archivada en las estanterías de los (ya abultados) archivos. No es el momento de abordar la manera de ejercer el conflicto social en ese universo de los servicios públicos, aunque sí me importa indicar que la reciente huelga de los magistrados italianos apunta en una dirección oportuna. En caso contrario apunta la convocatoria de huelga de los sindicatos británicos de la función pública, fijada precisamente para los días de cobro de los subsidios de los parados y de las pensiones para los jubilados, todo un ejemplo de la más rancia tosquedad sindical.
Casi por último parece oportuno (en este asunto de cómo se negocia un convenio) pasar revista a la conveniencia de mantener la actual morfología de las prácticas contractuales. Como es bien sabido, un convenio o pacto de empresa tiene una vigencia estipulada: vale para equis años. Pero aquí nos encontramos, ya en los tiempos presentes, con la siguiente curiosidad: lo que el sujeto social firma para dicho período (tantas horas de trabajo a remunerar por un salario determinado) va cambiando ante cada innovación tecnológica. El cuadro horario se mantiene fijo, pero el cambio tecnológico hace que los tiempos de trabajo se incrementen; el salario se mantiene, pero la plusvalía relativa se incrementa porque el tiempo de trabajo y la productividad han variado considerablemente[10]. Así las cosas, el dador de trabajo va haciendo variar el convenio pactado, mientras que el sujeto social se ve constreñido, en la actual morfología contractual, a cumplir sus obligaciones estipuladas. Perdón por el casticismo, este es el negocio de Roberto el de las Cabras.
¿Qué hacer? O bien cambiar la forma-convenio o bien plantear la periódica revisión del convenio por la vía de una negociación itinerante. Algo de ello dejamos escrito en A contracorriente, un documento elaborado por el Ceres en el otoño de 1998. En todo caso, en una u otra hipótesis, el convenio en su nueva forma debería ser gestionado por el instrumento de la codeterminación al que antes se ha aludido, de un lado; y, de otra parte, instituyendo en el centro de trabajo el correspondiente mecanismo autocompositivo para la solución de los conflictos, como primer escalón del Tribunal Laboral o de la propia Magistratura de Trabajo[11].
Finalmente, me parece que tiene interés apuntar (sólo apuntar) algo sobre la representación social, esto es, el sujeto contractual que negocia en nombre de los trabajadores. Los juristas hablan de la curiosidad del sistema de representación español: de tipo dual, esto es, el comité de empresa en el centro de trabajo y el sindicato en el sector. Yo impugno de cuajo ese modelo. La razón es bien sencilla: si la economía es global e interdependiente, si la empresa es global e interdependiente ¿por qué se mantiene contra viento y marea el comité, que es un sujeto autárquico? No cuadra el asunto. Quien esté interesado en un mayor desarrollo de esta relevantísima cuestión puede consultar el debate que, entre buenos cofrades, mantenemos el profesor Baylos y un servidor, una discusión que encontrará en el número 22 de la Revista de Derecho Social .

En resumidas cuentas, el sindicalismo confederal necesita repensar urgentemente su práctica contractual. Porque, en caso contrario, se quedará en la defensa de cada vez más un exiguo número de asalariados. Sin embargo, no parece que los documentos de las citas congresuales, que están a la vuelta de la esquina, aborden la cuestión de manera audaz, al menos por ahora. De momento parece estar aparcada la necesidad de un gran esfuerzo de debate colectivo de elaboración de propuestas (no digo ya estratégicas, sino de ahora para hoy mismo), apoyado en una ristra de hechos participativos, formados e informados. Paciencia y con una buena caña, es posible que todo cambie a mejor. Hoc est in votis.


NOTAS SEGURAMENTE INNECESARIAS, PERO ES LA MODA_



[1] Concebir de esta manera toda la política contractual del sindicalismo confederal significaría que el sujeto social jugaría un papel general no sólo en el centro de trabajo sino en el conjunto de la sociedad como pleno sujeto reformador. De este modo se conjuga el papel del sindicato como defensor de los intereses materiales del conjunto asalariado con las garantías consecuentes de la eficiencia de la empresa y la calidad del sistema democrático.
[2] Sobre el sujeto legislador implícito dije algo en las Jornadas que organizó la Facultad de Derecho de la Universidad de Castilla-La Mancha el día de San Isidro de 2003, celebrando los XXV años de la Constitución Española y el papel de CC.OO.
[3] Riccardo Terzi, en Quaderni de Rassegna Sindacale, num.4 de 2003, plantea nuevas reflexiones sobre la autonomía sindical.
[4] José Luis López Bulla: ´El Control de la flexibilidad´ en Izquierda y Futuro núm 2, Granada 2002) y ´Diálogos con Javier Terriente´ en La factoría, núm. 20, Colomers 2003.
[5] Miquel Falguera, José Luis López Bulla: Auditoría de la negociación colectiva en Catalunya, Ceres, septiembre de 1998. No ha habido más auditorías posteriormente, pues el Emperador, al verse desnudo, cayó en la cuenta de que lo mejor era no darle cuatro cuartos al pregonero.
[6] Para el caso que nos ocupa, entiendo por representación la fuerza que establemente quiere organizar; y defino la representatividad como la cantidad y, sobre todo, la cualidad de las demandas y reivindicaciones de sus representados.
[7] José Luis López Bulla: ´La cuestión tecnológica´ en El País-Cataluña, 25 abril de 2003 y ´El pacto social por la innovación tecnológica y el Estatuto de los Saberes´ en la web de la Fundación sindical de Estudios de la Unión de Madrid de CC.OO.
[8] Antonio Baylos: ´Derecho del trabajo, un modelo para armar´ (Trotta, 1991)
[9] José Luis López Bulla: ´ Sobre la acció sindical als serveis públics´ en Nous Horitzons, núm 53, abril de 1979
[10] Note el lector la diferencia entre horario de trabajo y tiempo de trabajo porque es de la mayor importancia. Un horario de trabajo puede ser de ocho horas diarias que se concreta en unas determinadas horas reales de trabajo. Pero, con la innovación tecnológica que van eliminando las porosidades (o momentos muertos) el tiempo de trabajo se incrementa, también porque se eliminan determinadas operaciones. Por ejemplo, el tiempo de trabajo productivo de una máquina de escribir (con sus operaciones muertas, que en paz descansen) y el ordenador que elimina el papel carbón, los gestos de los espacios de final de línea, el engorroso tipex y no sé cuántas cosas más. En todo caso, no creo que sea posible una práctica sindical adecuada mientras se mantenga la confusión que equipara el horario de trabajo al tiempo de trabajo, lo que recuerda otra famosa confusión: la que existe entre salarios y poderes adquisitivos. Quede claro que todo esto son gangas que los dirigentes sindicales de mi generación dejamos a las mesnadas que nos siguieron... Pero todo tiene un límite.

[11] Miquel Falguera y José Luis López Bulla en ´El sindicalismo en la encrucijada´ (Columna, 1997) Otra referencia es: Roberto Mania y Gaetano Sateriale en Relazioni pricolose (Il mulino, 2002)

20 January 2006

LAS FIESTAS MUSULMANAS Y EL CALENDARIO LABORAL


JOSÉ LUIS LÓPEZ BULLA

“El País-Cataluña” 18/01/2006

La fiesta musulmana del Cordero, celebrada hace poco en Manlleu, ha sido un acontecimiento de gran relevancia, tanto por su carácter público como por la cantidad de personas que participaron (más de 1.200), que se dieron cita en un día laborable. No hace falta ser muy perspicaz para establecer una primera hipótesis: el próximo año será mucho más numerosa. Un destacado representante de ese colectivo, Mohamed Azuzi, declaró posteriormente: "Los musulmanes sólo tenemos dos grandes celebraciones en el calendario islámico: el día del Sacrificio y el fin del Ramadán. Por tanto, no sería difícil incluirlas en el calendario laboral". No tardó en tomar la palabra un dirigente empresarial de la comarca de Osona quien, grosso modo, afirmó que a quienes no les guste el calendario laboral español deben hacer las maletas e irse a su país o bien buscarse una empresa que no trabaje esos días: una tosca propuesta, aunque desgraciadamente puede tener un amplio apoyo.

Cierto, no son fáciles las salidas, pero es necesario pensar a fondo las cosas, pues con toda probabilidad dichos aspectos del culto musulmán se repetirán, probablemente con mayor seguimiento, en tiempos venideros. Y no es fácil porque, entre otras cosas, no es posible que cada subjetividad religiosa o cultural disponga de su particular calendario laboral. Sin embargo, hay salidas a este reto. Siempre y cuando se produzcan, como mínimo, dos elementos: a) una generalización de los horarios flexibles y b) una concepción laica del calendario laboral. Pero antes de entrar a fondo en el asunto, considero necesario recordar que las relaciones laborales españolas, aunque con ciertas interferencias, han avanzado no poco en su caracterización laica. Dos ejemplos: ya no queda vestigio alguno del descanso-oración de la hora del Ángelus, ni de las fiestas del patrón del gremio, y la puesta en funcionamiento de los terceros turnos en la industria acabó con no trabajar el día sagrado del domingo; no obstante, se mantienen las interferencias del Concordato entre el Estado español y el Estado Vaticano en determinadas fiestas religiosas españolas; de ello se hablará más adelante.

Volviendo al fondo de la cuestión: un calendario laboral unitario -es decir, en el que las diversas subjetividades religiosas y culturales encuentren un razonable acomodo- es posible hoy, dado que la lógica del trabajo ya no es fordista y también porque la innovación tecnológica permite una gestión flexible del tiempo. Más todavía, desde dicha flexibilidad pactada, se pueden establecer reglas compositivas de los distintos intereses de unas y otras subjetividades: piénsese, por ejemplo, en la cuestión relativa a las discriminaciones indirectas por razón de sexo en la negociación colectiva. En resumidas cuentas, desde esa nueva manera de razonar se garantiza: a) el menor conflicto posible entre unos y otros colectivos de trabajadores entre sí, y b) entre ellos y el dador de trabajo. La lógica es, pues, laica. Lo que no impide que cada cual dé a su tiempo libre el significado religioso o cultural que estime pertinente.

Ahora bien, como se decía anteriormente, nuestro sistema de relaciones laborales tiene algunas interferencias religiosas cuyo origen se encuentra en el Concordato con el Vaticano: se trata de una anomalía en los países de la Unión Europea. Dicho protocolo debe ser archivado a la mayor brevedad posible pues, en los tiempos que corren, no tiene el menor sentido. Por otra parte, tales festividades podrían ser celebradas por quienes lo quisieran en el marco de la flexibilidad horaria que se ha indicado más arriba

13 July 2003

DEBATE ANTONIO BAYLOS Y JOSÉ LUIS LÓPEZ BULLA

¿TIENEN SENTIDO YA LOS COMITÉS DE EMPRESA?

SOBRE EL ACTUAL MODELO DE REPRESENTACION(Una conversación particular, publicada en Revista Derecho Social*).I. PRIMERA PARTE DE LA CONVERSACION.

Jose Luis López Bulla.

Querido Antonio:

Te lo diré sin protocolo: el actual modelo de representación en el centro de trabajo (o lo que es lo mismo, el comité de empresa) es francamente inútil y contraproducente; sólo las rutinas y los idiotismos de oficio mantienen esta venerable institución que, además, es un mecanismo de freno para que sindicalismo confederal sea un sujeto global, con una fuerte capacidad inclusiva del trabajo heterodirecto y adquiera mayores cotas de fuerza establemente organizada. Tan expeditiva tesis se explica por los razonamientos que vienen a continuación. Los comités de empresa son, ex officio, un sujeto que sólo y sólamente tienen como horizonte su intervención en el centro de trabajo: un lugar que tendencialmente acelerado está dejando de ser fordista. Sin embargo, la empresa está inmersa en el mundo de la globalización interdependiente. Así pues, no cuadran las cosas. Porque ¿se puede continuar siendo autárquico mientras la empresa está en la clave de los nuevos horizontes globalizadores? Mi respuesta es negativa, Antonio. Si por otra parte el sindicalismo confederal debería plantearse la modernización de las estructuras productivas (y de servicios) ¿son los comités el modelo de adecuada representación para poner en marcha tan importante labor? Francamente no lo creo. Si, en definitiva, una de las tareas más urgentes del sindicalismo confederal es la profunda reforma del welfare state, ¿tienen capacidad los comités de empresa de enhebrar una práctica que se oriente en esa dirección? Me refiero no sólo a las (necesarias) políticas tradicionales de Estado de bienestar sino, también, a la redistribución del acceso al saber y su intervención en el hecho tecnológico. Pido disculpas si afirmo que no lo veo ni en pintura. Más todavía, comoquiera que, de cuando en vez, hay que recordar que los niveles de afiliación sindical siguen siendo bajos, ¿no son acaso los comités unos tapones que obliteran la necesidad del fortalecimiento del sindicalismo confederal? Claro que sí.
Vayan por delante estas curiosidades que todos conocemos. En el actual modelo, el comité de empresa ejerce de sujeto principal en el centro de trabajo, porque monopoliza la contractualidad, mientras que el sindicato es el sujeto secundario que vive realquilado en aquel. Sin embargo, fuera de la empresa el sindicato es el sujeto principal porque detenta toda la capacidad de representación: una paranoia que nunca ha sido solucionada, a pesar de los kilos de (retórica) sintaxis que se han escrito. En resumidas cuentas, el comité es un estafermo que se mantiene gracias a la nostalgia que tiene de sí mismo y a que el sindicalismo no se atreve a proponer un modelo de representación coherente con la economía global y un centro de trabajo que ya no es fordista.
Peor todavía, el comité de empresa se está convirtiendo en un sujeto contradictorio: por un lado pretende representar unitariamente a los trabajadores en la empresa; mientras que, de otro lado, la lucha por el control de tal institución está traduciéndose en una permanente, y ya alarmante, greña de los sindicatos. ¿No estamos ante un oxímoron de padre y muy señor mío? Pero, ¿acaso no es verdad que el resultado de las elecciones sindicales sólo da un poder simbólico al sindicato ganador que, finalmente, gana los comicios en España por un escuálido punto y medio, que a fin de cuentas es un empate? Pido disculpas por la banalidad del siguiente ejemplo: ¿valdría la pena, es un decir, mantener la champions league si ya de antemano supiéramos que, año tras año, el Albacete y el Mataró FC irían siempre a la final, y siempre empatarían? Me parece que no.
Tengo para mí que el sindicalismo confederal debe proponerse una gran operación: asumir toda la representación y capacidad de negociación en el centro de trabajo. Que no es otra que la de convertirse en sujeto principal. Yo parto de la siguiente constatación: es una certeza que el comité es un sujeto autárquico, no global; sin embargo, es una hipótesis que el sindicalismo puede ser un sujeto global. Y, como es sabido, hay una profunda diferencia, al menos en este caso, entre certeza e hipótesis. ¿De qué manera y con qué ritmos conviene hacer el tránsito que se propone? Doctores tiene la Iglesia. Pero sí me parece conveniente hacer las siguientes sugerencias amistosas: a) un acuerdo entre los sindicatos confederales, y b) las convenientes reformas legislativas. Es obvio que el viaje de la casa de Anás a la de Caifás necesita un tiempo prudencial y, posiblemente, un itinerario de esta envergadura merecería alguna que otra experiencia piloto para evaluar las nuevas situaciones que se vayan dando.
Ni que decir tiene que el tránsito que se propone debería estipular tres cuestiones esenciales: 1) la relación del sujeto sindical con el conjunto de los asalariados en el centro de trabajo; 2) la autocomposición de la unitaria entidad que negocia, incluída la participación de quienes no están afiliados; y 3) las normas de convivencia entre las secciones sindicales de empresa y los comportamientos entre ellas así para los procesos contractuales como para el ejercicio del conflicto. Porque la operación que se propone necesita una densidad participativa mucho mayor que la actual. Es decir, la metamorfosis no puede conducir a que el sindicato se autolegitime, sino a un planteamiento que, grosso modo, es: la soberanía radica en el conjunto de los trabajadores, afiliados o no.
Francamente no veo los inconvenientes de meterse en harina. Porque lo que ya no se aguanta es el mantenimiento de una inecuación extraña, esto es, la permanencia de un modelo de representación, el actual, que es autárquico en un mundo global; que mantiene la personalidad fordista, cuando este sistema de organización del trabajo es pura herrumbre; que es incapaz de reunificar las reivindicaciones para construir un reformado Estado de bienestar; que no cuenta con la capacidad de ser sujeto incluyente de todas las diversidades, porque su personalidad es “café con leche para todos”; y que, definitivamente, interfiere la necesaria afiliación al sindicalismo confederal. ¿Habrá que seguir argumentando que se trata de un callo molesto? Lo que realmente sorprende es que los sindicatos se regañen entre ellos (y hasta vayan a las manos) por lo que ya es viejo e inútil; pero ya que tienen ganas de zahúrda, mejor sería que se tiren los platos a la cabeza por las cosas nuevas. Por ejemplo, elaborando un proyecto de intervención en el hecho tecnológico. Y proponiendo un Estatuto de los Saberes, capaz de vincular la innovación a un welfare tecnológico. Y movilizándose por novaciones legislativas con nuevos derechos de ciudadanía, propios del actual paradigma. Por lo menos serían “peleas” que afectarían a cosas útiles. Querido Antonio, ¿sería un disparate que alguien encandilara al mundo iuslaboralista para que le diera vueltas a la cabeza a estas cosas de la innovación tecnológica, los nuevos derechos y las oportunas gramáticas contractuales?
Desde luego, así veo yo las cosas desde el mirador de mi casa de la campiña de Sant’Andrea in Percussina. Sobre todas estas cosas que apunto de manera esquemática tengo escrito largo y tendido, pero aguardo para que, de modo tranquilo, reflexionemos sobre ello aquí en Sant’Andrea. Querido Antonio, quedas invitado a venir a casa; también he convidado a nuestro cofrade Miguel Helecho, aunque corremos el gratificante riesgo de que no nos deje pegar la hebra.
II. CONTINUACION DE LA CONVERSACION
Antonio Baylos
Estimado José Luis:
Tu propuesta de debate tiene el atractivo de poner en discusión uno de los puntos clave de la “diferencia” entre los sindicatos confederales al menos tal como viene recogida en la sagrada tradición de ambos: “nosotros” y “ellos” nos diferenciamos en muchas cosas, pero si fuera preciso fijar alguna de importancia sería la del tipo de concepción del modelo sindical en la empresa, en donde históricamente se ha dado una apuesta del sindicalismo de CC.OO. por la representación unitaria en el centro de trabajo. Entablar una discusión sobre el modelo de representación de los trabajadores en la empresa tiene todos los inconvenientes de discurrir sobre una tradición cargada de resonancias históricas en la memoria de CC.OO., que hizo de estos organismos un medio para la participación de los trabajadores y para el desarrollo de su proyecto sindical. Por eso durante la transición y en torno al debate sobre el sistema democrático de relaciones laborales, CC.OO. defendió la necesaria reconducción de la acción sindical a través de los Comités con la convicción y la firmeza de quien afirma su propia identidad. Se trataba de fijar el espacio de actuación colectivo a través de un órgano unitario concebido como lugar en el que se corporeizaba formal y materialmente la representación general de los trabajadores en la empresa, en donde se expresaba dialécticamente – que era entonces palabra de moda, pero que tenía un significado bien preciso más allá de la jerga de iniciados – la unidad de la clase en los lugares de trabajo. El espacio formal de representación de los trabajadores en la empresa no era por tanto un ente sindical, sino un organismo sindicalizado.
Mucha agua ha corrido bajo los puentes desde entonces y se ha producido un largo proceso de institucionalización sindical también en los lugares de trabajo a partir de la dualidad comités / secciones sindicales. No sé si ahora podría mantenerse esa clara preferencia sindical por uno de ambos modelos, el “unitario” y el “sindical”. El caso es que esta dualidad ha generado cambios importantes en el modelo real de representación en la empresa, porque en tantas ocasiones en empresas de tamaño medio el poder contractual se desplaza a las secciones sindicales y el comité de empresa queda como una especie de vivero del crédito horario para facilitar la dedicación a las funciones representativas. Otras veces la división sindical interna o la pluralidad acentuada en el que se denomina órgano de representación unitaria aconseja dejarlo de lado, puesto que la fragmentación y polarización de posturas en su seno impide precisamente cualquier consideración unitaria. En sectores constituidos en torno a una vertebración centralizada de ámbito estatal, el comité acaba por desempeñar una función auxiliar de bricolage sindical; de las grandes obras se encarga el sindicato fuera de la empresa. Puede que en muchos sentidos estos procesos tengan que ver con la crisis de un modelo de organización empresarial concebida en torno al fordismo como sistema de disciplina social, pero de momento se presentan como prácticas organizativas del sujeto sindical sin referencia directa a las estructuras productivas. En ese mismo saco introduzco el análisis jurídico – institucional mediante el cual los comités de empresa han sufrido la postergación injusta de una jurisprudencia constitucional que les ha considerado órganos de segunda fila, parientes pobres del legítimo protagonista del sistema de relaciones laborales, esto es, el sindicato y su representación en la empresa, ciertamente que no cualquier sindicato sino el que está implantado en los lugares de trabajo, el que es representativo en la empresa.
Y aquí llegamos al nudo de la cuestión a mi juicio. Porque es a través de las elecciones a comités y delegados como se mide la representatividad del sistema sindical y por tanto las representaciones unitarias en la empresa son piezas claves en la legitimación del sistema. Lo que no es enaltecer mucho a estos organismos, entendidos solamente como - o degradados a - la posición humilde de colegios electorales para fijar las preferencias del común de los trabajadores. Quizá el problema mas difícil del actual modelo de representación sea justamente el de sustituir este criterio, o el de organizar un mecanismo de verificación electoral que no necesariamente recurra a la construcción de un organismo paralelo con funciones sindicales.
Pero mi argumento no va por ahí. Me parece que esta forma de construir el sujeto sindical y su implantación a través del voto no es algo incorrecto, porque además implica un método de implantación del sindicato en la empresa que conjura huidas hacia arriba o presencias virtuales, mas o menos mediáticas, de un sindicato que ya no conoce el lugar de trabajo mas que de oídas. Un sindicato concentrado en grandes empresas – fordistas o neofordistas, dependiendo del grado de adelgazamiento de las plantillas y de la extensión de las subcontratas – sin tensión hacia su implantación generalizada en todos los centros de trabajo salvo en lo normativo de un convenio colectivo de sector o un sindicato sin más territorio que el que ocupan las grandes secciones sindicales de las grandes empresas, con la consiguiente federalización unívoca de la estructura y su centralización acelerada, no puede servir de modelo de futuro.
Los comités desarrollan aun una expectativa unitaria de los trabajadores de la empresa. Es cierto que este reflejo unitario se manifiesta más claramente en situaciones de crisis y de resistencia y que en esas ocasiones hay muchas probabilidades de que ese reflejo se exprese conflictivamente en términos de oposición con el sindicato. Pero ello es globalmente positivo, aunque el resultado de esa tensión se escore hacia una visión cerrada del problema en el ámbito de la empresa, o hacia la banalización de la misma en el contexto de otras soluciones siempre malas o insuficientes en relación con las expectativas de empleo y de vida de los trabajadores afectados. Esa tensión está expresando el secreto violento de las relaciones de trabajo basadas en la explotación y en el dominio, por eso nunca es un juego de niños ni un problema de administración de fincas.
Sigo con este tema. No es infrecuente encontrar supuestos de exasperación y de conflictividad desbordada entre los trabajadores de la empresa agrupados en torno a un organismo que los representa unitariamente y las estructuras sindicales supraempresariales. Pero para evitar estos extremos la solución no puede ser la de hacer desaparecer la forma organizativa que expresa de forma radical el interés unitario de los trabajadores de la empresa, sino que al contrario la representación en torno al comité permite visualizar la separación o la confrontación entre éste y el sindicato concebido como estructura dentro y mas allá de la empresa, una especie de desdoblamiento que escenifica la distancia existente entre el planeta – empresa y la constelación sindical.
O sea que me parece querido José Luis que sin los comités de empresa el sindicalismo en este país se desvitalizaría. El resultado electoral final, que pese a todo sigue teniendo el sabor de un reiterado derby entre “eternos rivales” (como rotulan las gacetillas), no es sólo lo importante. Y eso a pesar de que hay otros sujetos que compiten con las siglas oficiales y sus candidatos, a veces con éxito. Lo mas decisivo en mi opinión es que sin la tensión de las elecciones en los centros de trabajo el sindicato perdería aun mas el sentido de la realidad y se refugiaría en un mundo de espejos deformados que le devolvería una imagen amable y apacible de las relaciones laborales.
Por eso defiendo la permanencia de los comités de empresa como parte de un sistema articulado y complejo de representación de los intereses de los trabajadores. No porque sea devoto de las tradiciones propias del tiempo de antaño, sino porque creo que esta institucionalización de la representación unitaria de los intereses de los trabajadores en la empresa no es un asunto que sólo tenga virtualidad en el pasado próximo. No es el resto diurno de un sueño de unidad de la clase a partir de los lugares de producción. Tiene importantes virtualidades participativas y hasta pedagógicas como inicio de lo que significa actuar para el colectivo de los que trabajan en una determinada empresa, en un determinado centro. Lo que en este esquema sería conveniente es el de fijar el espacio de actuación de este tipo de organismos en relación con la acción sindical “pura”, que se define por esa necesidad de hacerse dentro y fuera de los lugares de producción. La articulación concreta de estos planos no debería impedir esa superposición de sujetos formalmente convergentes.
Lo que no quita para afirmar la crisis de esta figura en paralelo a la crisis de la propia noción de representación sobre la base de la empresa. Me refiero al problema de la descentralización productiva como forma organizativa de la empresa que escinde, fragmenta y compartimenta al colectivo de trabajadores. Es obvio que en estos supuestos, los límites que suministra la forma jurídica de empresa sobre la que se solapan las instituciones de la representación son muy claros y que sólo la forma sindicato es capaz de agregar una cierta síntesis unitaria en esa dirección. Lo mismo sucede en paralelo con la transnacionalización de la economía y la existencia de la empresa acomodada a esa realidad. Los apoyos sobre los que nos basamos en el plano institucional se centran en una figura también unitaria, el Comité de Empresa Europeo, que en realidad se compone de una representación sindical proporcional geográfica y sectorialmente y al apoyo cada vez mas imprescindible de las Federaciones europeas de la CES en donde se encuadren éstos. En cualquier caso, en debate se desplaza a la discusión sobre el elemento organizativo empresarial y la forma de materializarse éste que pone en crisis el elemento central sobre el que se basa la representación de los trabajadores en la empresa, pero también el puro hecho sindical.
Así que donde yo trasladaría el problema es a la compleja relación entre los dos sindicatos confederales en el marco de una unidad de acción que en ocasiones está revelando un grado de incomunicación preocupante. Si no se ha sido capaz de acordar una respuesta unitaria contra la guerra sangrienta de invasión americana contra Irak, ¿cómo se va a ser capaz de mantener una acción conjunta y convergente en los lugares de trabajo?. Hay muchos problemas culturales, históricos y materiales sobre los que se asientan tantas diferencias como desconfianzas y a veces una situación de incomprensión mutua, pero jamás debería ser de tal calibre que impidiera una relación transparente y directa al menos entre las direcciones confederales.
En ese punto, en ese deseo es en el que yo coloco tu propuesta. Que en definitiva es un proyecto de construcción de un sujeto unitario que busca recomponer la subjetividad del trabajo en la empresa y en los lugares de producción de bienes y de servicios. Por tanto hablemos sobre todo de unidad sindical, veamos cómo puede hacerse realidad un proyecto ineludible si queremos recorrer el mundo posible de las utopías necesarias.
III. SEGUNDA PARTE DE LA CONVERSACION.
Jose Luis López Bulla.
Bienhallado Antonio, he leído atentamente tu respuesta a mi intento de asesinato del comité de empresa. La verdad es que, aunque pones el listón argumental muy alto, mantengo mi ánimo homicida. Y, ya que esto es un diálogo, intentaré repasar algunas cosas que dices. A cambio te pido, que --como no eres amigo de remilgos-- entres a calzón quitado en mis argumentos. Mi primera observación es: recuerdas la existencia de “un modelo dual de representación”. ¿Dual? Ciertamente existe, pero sólo en la literatura jurídica. Porque en la vida real el asunto cambia drásticamente y me apoyo en tu respuesta. Hay escenarios donde el comité aparece realquilado en la sección sindical: comité-bricolage y sección sindical-grandes obras. O lo que es lo mismo: hay sitios donde el comité es parásito de la sección sindical; hay lugares donde el comité es el enviado de Dios en la tierra, pues tiene todo el poder. Y, si lo piensas bien, la copiosa literatura jurídica lo propicia oblicuamente, aunque también lo fomenta la tensión del comité hacia la sección sindical y viceversa. ¡Extraña dualidad! ¿No son estas variaciones musicales una consecuencia de tu sinfonía? ¿No es ello una aproximada fotografía de lo que es y está pasando? Así pues, hablar de modelo dual (articulado y complejo) me parece un tanto exagerado. Lo que no quita que la jurisprudencia constitucional haya postergado injustamente al comité, como bien dices. Aunque tendrás que reconocerme (de hecho lo admites) que, con no poca frecuencia, la sección sindical también se haya pasado de rosca con relación a su primo hermano, el comité. Mi segunda observación es: también coincido contigo en que el sujeto sindical y el comité tienen una característica organizativa que no está ya referida a la morfología del centro de trabajo ni a los sistemas de organización del trabajo. Que el comité no pueda solucionar esa situación es, para mí, una certeza: los argumentos los he dado en mi primera carta. Que lo pueda resolver la sección sindical es una hipótesis, siempre y cuando ésta considere que su estructura organizativa no es una variable independiente. Me explico, pienso que la clave está en el machihembrado siguiente: fase de innovación-reestructuración, práctica contractual y modelo (eficaz) de representación. Pero nunca que ninguna parte de esta tríada vaya por su cuenta. Cierto, en tu razonada respuesta hablas de que existen todavía muchas empresas protofordistas y fordistas. Pero ¿hacia donde se prefigura tendencialmente (y a todo meter) el escenario de la producción y los servicios? De ahí que mis argumentos también se orienten a organizar el tránsito porque después las cosas nos pillan con los calzones quitados. Perdona la cacofonía argumental: sabiendo la diferencia que existe entre la certeza de lo que ya no puede hacer el comité y la hipótesis que se le puede atribuir (razonablemente) al sindicato.
Mi tercera observación a tu amable respuesta es: ¿estás seguro de que el comité sigue tejiendo la unidad de los trabajadores en su ámbito? Es verdad que esa práctica unitaria fue su genoma, y por ello nos batimos la gente de mis tiempos. Pero, también ahora, ciertas trompetas desafinan, como nos recordaba nuestro amigo, el cantor de les neiges d’antan, Brassens: el más grande. Si el comité (también el sindicato) está desubicado con relación a las mutaciones de la fábrica, a sus cambios organizacionales, ¿no es cierto que se produce una afasia entre todo ello y el actual modelo de representación? ¿no es verdad que se traduce en un considerable déficit de poder contractual? ¿no es visible, pues, que está dañada la capacidad inclusiva del actual modelo? Te pregunto con cierta picardía: así las cosas ¿se puede mantener que el comité sigue teniendo la vis activa para recrear la unidad social de los asalariados en el centro de trabajo? Porque, si no puede reagrupar las demandas, en esta fase de innovación-reestructuración, parece de cajón que la unidad social se resienta por todos sus cuatro puntos cardinales. Que el sindicato lo pueda hacer (disculpa otra vez) es una hipótesis, siempre y cuando sea capaz de entrar de lleno en el nuevo paradigma de la innovación-reestructuración y se estructure de manera consecuente. Querido Antonio, como ves he entrado en el esquema central de tus argumentos positivos de tu defensa del comité de empresa, sabiendo de antemano que tú darás un buen repaso a mis instintos homicidas en tu segunda epístola.
Y ahora saco de mi talabartería el material referido a tus argumentos negativos. Chispa más o menos, vienes a decir que el comité es necesario porque el sindicato tiene unas determinadas características que no cito en aras a ganar tiempo, por lo que te remito (y a nuestros lectores) a tu primera carta. Me refiero a lo que dices, con acierto, de “huidas hacia delante”, “presencias virtuales”, “que está sólo en las grandes empresas” y otras cosas que se parecerían a las endechas de nuestro Garcilaso a su bella napolitana: Sospecharé que me pusistes/ en tantos bienes porque deseastes/ verme morir entre memorias tristes. Claro que tienes razón. Pero, al menos una parte de tu polémica con un servidor tendría que admitir que yo no me estoy refiriendo a la actual personalidad del sindicato que es fruto esencialmente de cómo dejamos las cosas los amigos, conocidos y saludados de mi generación. Es decir, a lo que he llamado la hipótesis de la definitiva ubicación del sindicato en el nuevo paradigma, como sujeto fuerte en esta nueva geografía global, interdependiente, de innovación-reestructuración, de deconstrucción del trabajo tal como lo hemos conocido hasta ahora, de aparición de nuevas subjetividades, de tensión entre lo privado y lo público, de contrastes entre lo colectivo e individual, de ejercicio del conflicto (hoy, simultáneamente, interferido y favorecido por las innovaciones tecnológicas) Es decir, mi instinto homicida del comité no lleva aparejado una defensa del sindicato tal como sigue siendo.
Ahora, con tu permiso, vuelvo a mis cosas. Sorprende que en este mundo de la intercomuniación en redes continúe existiendo un sujeto principal en el centro de trabajo, el comité, que mantiene una sagrada incomunicación y un espectacular solipsismo. Hablo, pues, de unas redes en el espacio desterritorializado que exigirían un sujeto de esas características, mientras que el comité se refiere a la cada vez menos corpórea realidad territorial de la fábrica. El problema, para quien lo quiera ver, es que incomunicación y solipsismo no son, esencialmente, los límites de su personalidad, sino la esencia profunda de su personalidad: esta es la inmanencia del comité. Y, puestos a mantener el tono, diré lo siguiente, aunque me cueste alguna pérdida apretones de mano de algunos miembros de la cofradía: hoy existe un curioso paralelismo entre la pérdida de derechos (derivados del ataque del adversario) y la falta de derechos que no es capaz de crear la representación social: unas veces por la desubicación del sindicalismo confederal y otra por la inmanencia del comité. Pero el sindicalismo puede hipotéticamente recuperar el terreno perdido, mientras que el comité ya no es ciertamente lo que era. O sea que la principal asimetría entre dador de trabajo y conjunto asalariado se ve agravada por otra asimetría no tan principal pero sí relevante: la que existe entre la ya anciana función del comité y las necesidades del trabajo asalariado en esta fase de innovación-reestructuración. La primera es una asimetría vertical (trabajadores-empresario) y la segunda es una asimetría horizontal (representación social y trabajadores)
Todo lo anterior me lleva a las siguientes consideraciones: el actual modelo de representación es una venerable estantigua; jurídicamente es llamado dual, pero en la práctica real se caracteriza porque quien lo hegemoniza (el comité o la sección sindical) no tiene en cuenta dicha dualidad, y cada cual tira para sí de manera tan inmisericorde como irrespetuosa. Así pues, la estantigua irá tendencialmente provocando una mayor asimetría (tanto la principal como la secundaria) que repercutirá en una menor capacidad de ser un sujeto incluyente, de asumir las subjetividades emergentes y las diversidades tradicionales. Y, en las cosas de ahora mismito, la certeza de este modelo nos viene dada por la lectura que nuestro, siempre lúcido, Miguel Helecho hizo de quinientos convenios y no se cuantos pactos de empresa. De lo cual elaboró un sobrio dictamen que nos puso los pelos de punta: a estas alturas el noventa y nueve por ciento eran reivindicaciones fundamentalmente fordistas, incluso en aquellos centros de trabajo que ya no lo eran y el resto era una repetición de lo que la ley había dejado sentado (y bien sentado) Todo ello en una responsabilidad compartida por el sindicalismo confederal y el comité de empresa, porque aunque el modelo sea formalmente dual, la literatura contractual es unívoca; de donde se infiere que Anás no coloca elementos de corrección reformadora en Caifás, ni viceversa.
Cojo carrerilla para acabar. Antes te he recordado los versos de Garcilaso que conoces al dedillo. Ahora me vienen a la memoria otros que hiciera el más grande florentino de todos los tiempos: “Nessun maggior dolore che ricordarsi del tempo felice ne la miseria”... No los traigo a cuento para proponerlo como poeta alternativo a nuestro paisano ni en polémica contigo, sino como homenaje al maestro Romagnoli. Quede claro: el tiempo feliz no era el del fordismo, ni ahora estamos en la miseria. Hasta donde yo recuerdo, también combatimos, aunque periféricamente, a don Enrique Ford. Quiero decir que nos opusimos al abuso de su sistema, aunque no a su uso; lo que también vale para nuestras prácticas con relación a lo que dejó hecho don Federico Taylor. En eso mi generación se limitó a seguir acríticamente a las anteriores y, de igual modo, lo endosamos a la siguiente. Todo lo cual viene a cuento de que, en el fondo, lo que estoy planteando subterráneamente es la salida (gradual) del maridaje de ambos, cosa que se puede decir a mis años y desde la ventaja de ver los toros desde el tendido: asuntos que podríamos tratar en mi retiro de Sant’ Andrea in Percussina junto a nuestro admirado Helecho. Más los siguientes negocios ¿qué chirimbolo es hoy el agente general de la gran industria? ¿qué debe entenderse hoy, tras el despeje de la incógnita del chirimbolo, como general intellect? ¿cómo compatibilizar la flexibilidad con la seguridad? Lo que propongo por dos razones: una, son asuntos de la mayor importancia; dos, en insuficiente correspondencia con la gratificante atención, tuya y de todo el equipo académico, en tiempos isidriles en la Universidad de Castilla-La Mancha hace unas semanas. De esta forma discutiríamos también, según tus palabras, “con más detalle” los recovecos de nuestra correspondencia particular.
Un fuerte abrazo de estilo antiguo desde Sant’Andrea.
IV. FINAL (PROVISIONAL) DE ESTA CONVERSACION PARTICULAR.
Antonio Baylos.
Respondo con la pretensión de ir al grano, sin excesivos balbuceos ni circunloquios. Me parece que todo tu discurso, querido Jose Luis, gira en torno a una visión extremadamente optimista del sindicato que se confronta con un pesimismo radical respecto del comité. Ya sé que tu argumentación no es tan reduccionista como la presento ahora groseramente, pero me da la sensación de que las virtudes que colocas en el sindicato como hipótesis no las extiendes a las certezas del comité como fórmula organizativa. Es decir, que gran parte de tus muy correctas apreciaciones sobre la incomunicación del comité, su incapacidad de ser un sujeto incluyente o su desubicación en el espacio – y en el tiempo – de la globalización creo que podría aplicarse con idéntica precisión al sindicato. Desde hace tiempo nuestro admirado Romagnoli insiste en que el sindicato actúa sobre una realidad en la que cada vez resulta menos decisivo el trabajo industrial clásico, en donde nuevas y crecientes cualificaciones laborales no necesitan al sindicato en su actuación clásica de uniformización igualitaria de las condiciones de trabajo a la vez que tantos otros colectivos débiles que sí precisarían esa actuación sindical no lo encuentran, quien sabe si porque no han adquirido el hábito de buscarlo o porque el sindicato no se toma la molestia de encontrarlos e integrarlos en sus pautas de actuación. Como si en el cuento de Caperucita el lobo estuviera devorándola y el leñador descuidara su entrada decisiva en escena dormitando en la taberna junto con sus colegas deforestadores.
Sé perfectamente que en el centro de tu discurso está este problema, porque justamente defiendes que el sindicato tendría que “asumir las subjetividades emergentes y las diversidades tradicionales”, lo que no puede hacer el modelo organizativo que significa el comité de empresa. Sólo subrayo que asignas capacidad de recuperación – de proyecto – tan sólo a la forma – sindicato, y condenas a la inoperancia a la organización unitaria de representación de los trabajadores en la empresa, incapaz de enhebrar su práctica en la fase de innovación – restructuración en la que siempre presentará un importante déficit de poder contractual.
Yo sin embargo tengo mis dudas de ese reparto de papeles. Pienso que partimos de un modelo dual de representación que funciona mal y que se encuentra en una crisis profunda (no repetiré lo que se ha ido desgranando a lo largo de estas interpelaciones y respuestas de la conversación). Pero también creo honestamente que es imprescindible en la recuperación de la acción sindical de tutela de los trabajadores contar con ese elemento peculiar de nuestra tradición cultural. Como en la famosa película, por ahora dos cabalgan juntos.
Por eso creo que el modelo dual de representación en la empresa hay que reproponerlo en el contexto de un discurso mas extenso sobre la manera en la que se puede dotar de una capacidad mas incisiva al proyecto sindical transformado. Es claro que en esa dualidad se encuentra el lugar en el que se bifurcan los senderos, la verificación de la representatividad del sujeto sindical y la posibilidad de un sujeto unitario con funciones plenamente sindicales en la empresa. Ello significa posiblemente volver a escribir las relaciones entre el sindicato y el comité, encontrar un tono que evite una melodía desafinada como la que tu señalas brassenianamente. Y siempre sin olvidar que en nuestra experiencia concreta la verificación electoral de la implantación de los sindicatos funciona como un síntoma de su sentido de realidad. Lo que no es poca cosa, teniendo en cuenta la tradición intelectual de las estructuras burocráticas sindicales en cerrarse sobre si mismas sin atender a lo que realmente está sucediendo. Lo que me recuerda la necesidad de volver a agarrar en primer término el problema de la unidad sindical, que en este aspecto es decisivo, dado que el comité formaliza dentro de los límites de su acción sindical esa posibilidad de unidad de los trabajadores a partir de los lugares de producción. Por eso en la primera parte de esta conversación insistía en que abordáramos - “con más detalle” como bien dices - este tema sobre el que me parece que convendría avanzar alguna propuesta si estamos discutiendo sobre el cambio de modelo de representación en el ámbito de los lugares de trabajo. En tu primera intervención planteabas hasta un esquema de sustitución del lugar unitario, mediante una recreación de la relación del sondicato con el conjunto de los asalariados que se abriera a la presencia de los no afiliados y que estableciera asimismo ciertas normas de convivencia entre secciones sindicales de empresa, todo ello guiado por un incremento de la participación. A mí me parece que a ese esquema se puede oponer otro en paralelo en el que la operación de fortalecimiento de la representación en la empresa incluya la presencia del comité de empresa. Lo mismo respecto de la idea que te gusta repetir de que la soberanía del sindicato reside en el conjunto de los trabajadores, afiliados o no. Quizá mis argumentos corran con los tuyos com dos rius paral.lels, sin que podamos asegurar de manera completa que fem el mateix camí sota els mateixos cels, por terminar la estrofa de Llach.
Creo que es evidente que mi defensa del comité de empresa como base del modelo de representación no implica mantenerlo tal como es, ni desde luego reconstruirlo a partir de una cierta memoria de la épica del sindicalismo de tiempos gloriosos y esfuerzos titánicos, tal como éramos. Son muchísimos los aspectos relativos a la crisis de esta figura desde la propia conformación institucional hasta la noción de representación del interés colectivo de los trabajadores sobre la base de la empresa. A algunos de estos temas ya hemos aludido tanto tu como yo, y plantean en efecto numerosos interrogantes que normalmente abren nuevas preguntas que afectan directamente al sindicato y a su capacidad de incluir en su acción a la totalidad diversa de los trabajadores globalmente considerados. Otros son problemas nuevos (o algo viejos aunque transformados) que deberían replantearse desde una nueva articulación mas compleja de los ámbitos de actuación del sindicato, en donde la representación unitaria de empresa tiene que ocupar su lugar.
Por ejemplo, un tema que habría que repensar es el relativo a la empresa como lugar, como territorio, y la idoneidad de las formas de organización y de representación de los trabajadores en el mismo. No me refiero a la empresa en el territorio, que de por sí es otro tema de indudable importancia en este tiempo que vivimos, sino a que la empresa como territorio, como espacio, ha sido enormemente transformado desde hace tiempo de manera que la dimensión territorial nacional de los centros de producción está siendo progresivamente sustituida por la dimensión global o transnacional de los centros de producción. A ello te refieres cuando hablas de unas redes de empresa en un espacio desterritorializado, para afirmar el solipsismo de un sujeto principal en el centro de trabajo, el comité. Sin embargo me pregunto si el espacio – empresa, mas allá de su anclaje territorial, no contribuye a producir elementos de significado cultural y colectivo de identificación entre los trabajadores que puede expresarse mejor en torno a un organismo de representación unitario en el que se integren dialécticamente las distintas visiones sindicales en presencia. Yo creo que la empresa es un territorio que genera intensos sentimientos de pertenencia que permiten reconocerse a los trabajadores como tales en una cultura colectiva y personal que les dota de una identidad determinada. Y creo también que esa identidad de trabajadores puede permitir recomponer algunas de las fracturas mas inquietantes entre trabajadores desiguales, la que enfrenta a temporales con fijos, a jóvenes y mujeres con los parámetros antropológicos típicos del trabajador fordista. Estoy convencido además de que la empresa es un territorio abrupto en el que se deben ensayar fórmulas piadosamente llamadas de democratización que por el momento se refieren a la ampliación de las obligaciones de consulta y de información de las decisiones elementales del poder ejercido en las relaciones de trabajo. Este necesario experimento predemocrático es tarea sindical, pero para ella me parece que la existencia del comité puede ser útil y hasta pedagógico.
Creencias arriesgadas y posiblemente desenfocadas, como un personaje de Deconstructing Harry. Pero que permiten concebir un posible escenario de transformación del modelo de representación en la empresa que se fundamente en los problemas que el tiempo actual está planteando al sindicato y a sus formas de expresar su acción de tutela del interés de los trabajadores a la vez que asigna un espacio de actuación a estas fórmulas organizativas con las que ha convivido tanto tiempo. En cualquier caso, ambos estamos de acuerdo en que hay que ensayar una “salida gradual” a la situación en la que nos encontramos, y me parece que en esa gradualidad se cifra un amplio espacio de coincidencias.
Para desarrollarlas y hablar de tantas otras cosas debemos proseguir estas conversaciones e integrar en ellas a otros amigos de mirada crítica y lengua fácil. Por ahora, pongamos un punto final siempre provisorio e interino, a nuestra conversación. Además ya Luis Collado con cierta contundencia exige que se cierre el número para que pueda llegar, puntual y seguro, a los suscriptores en los tiempos señalados. Lo que en este momento realizo sin más trámite enviandote un abrazo fuerte, querido y admirado compañero.
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13 October 2002

EL CONTRATO MORAL EN COMISIONES OBRERAS

EL CONTRATO MORAL EN COMISIONES OBRERAS

José Luis López Bulla

(Barcelona, Verano de 1995, en puertas del VI Congreso de la CONC)

Una de las ideas fuertes sobre las que pretende girar el Sexto Congreso de CC.OO. de Catalunya es nuestra propuesta de un contrato moral a los trabajadores y a las trabajadores. ¿En qué nos basamos? ¿qué objetivos pretendemos alcanzar? Son interrogantes que necesitan respuestas claras para que dicha formulación --el contrato moral-- recorra toda nuestra organización. El Consell nacional
[1] ha propuesto "un contrato moral de las trabajadoras y los trabajadores de todas las tipologías entre sí y en el sindicato. A más fuerza colectiva de todas esas personas en el interior del sindicato, más capacidad de auto-defensa y de proyecto cotidiano para conquistarlo día a día"". Lógicamente necesitamos concretar qué elementos existen de continuidad, y cuál es la novedad de esta formulación, que --como se ha dicho en otra ocasión-- aspira a ser una praxis de largo alcance a partir de ahora mismo.

La continuidad vendría expresada por la lógica necesidad de ser más fuertes de manera estable; la novedad de esta idea la expresaremos en el transcurso de este documento y tiene --como después se dirá-- mucho que ver con la discontinuidad que ha provocado la llamada reforma laboral dentro y fuera de los centros de trabajo. En todo caso, para aproximarnos un poco más a los contornos del contrato moral, es conveniente hacer una incursión hacia algunas formas de ser, tanto del conjunto asalariado como del sindicalismo confederal de nuestro país y, en especial, de Comisiones Obreras; tal vez sea el momento de indicar que nuestra organización --al ser la más importante del sindicalismo-- recibe el mayor caudal de los comportamientos de los trabajadores tanto en los aspectos positivos como en sus contrarios. En otras palabras, en nosotros se refleja también toda la contradictoriedad de los códigos de comportamiento del conjunto asalariado; estas palabras expresan también la grandeza de nuestra organización y, simultáneamente, los límites (en ocasiones, clamorosos) de la misma. En cualquier caso, este razonamiento pretende invitarnos a re-descubirnos, a no acostumbrarnos acríticamente a nuestras maneras y formas de ser.

1.-- Los códigos de comportamiento de nuestro conjunto asalariado han sido aparentemente contradictorios como se ha dicho hace un momento. De un lado, los trabajadores y las trabajadoras han ejercido el conflicto social en mayor proporción que el resto de los europeos; de otro lado, casi de manera paralela han recurrido a la judicialización del conflicto también en mayor medida. Es decir, de manera repetida se ejerce el derecho de huelga --como expresión autónoma de la fuerza del conjunto asalariado-- pero (de igual modo) en otras muchas ocasiones, importantes sectores asalariados trasladan a "terceros" --en este caso los Tribunales: antes de Magistratura, ahora de lo Social-- la sanción del litigio entre las partes. Una primera explicación de las cosas podría ser la siguiente: se ejerce el derecho de huelga de manera autónoma (y directa) cuando existe una relación de fuerzas que lo permite, se externaliza la solución del conflicto cuando no se tiene la suficiente fuerza, aunque sea coyuntural, para realizar el conflicto de forma directa; esta práctica de poner en manos de terceros la solución del conflicto se ha consolidado de tal forma en algunos sectores del conjunto asalariado, que ha desnaturalizado la función autónoma incluso de algunas secciones sindicales convirtiendo la solución jurídica en substitutoria del papel del sindicato en el centro de trabajo.

En nuestro país, además, han actuado (de manera también paralela) dos vectores. Uno, el movimiento de los trabajadores; otro, el movimiento sindical
[2]. Conviene definir ambas realidades. Entiendo por movimiento de los trabajadores la acción reivindicativa que, esencialmente, dirigen los comités de empresa y las juntas de personal; el movimiento sindical es la acción de los sindicatos en tanto que organizaciones. No es mi intención contraponer un movimiento frente a otro, sino simplemente describir (aunque someramente) esas realidades. Sabemos que no son contradictorias (ni aparentemente excluyentes) porque existen notorias relaciones (directas e indirectas) entre uno y otro movimiento. Por ejemplo, el movimiento de los trabajadores tiene en su interior el peso y la influencia de las organizaciones sindicales, tanto en la composición de los comités de empresa como de las juntas de personal; de ahí la importancia de las elecciones sindicales, por ejemplo. Esta situación, anómala en Europa, conlleva situaciones también aparentemente contradictorias. De una parte ambos movimientos --el de los trabajadores y el sindical-- se benefician mutuamente; de otro lado, el sindicalismo no incrementa su fuerza afiliativa de manera suficiente porque el primero (por así decirlo) no se lo facilita, aunque aquél no se plantea facilitar, ni impedir Por qué no se lo "permite"? Porque el poder de negociación)absolutamente nada. en el centro de trabajo está en manos de los comités de empresa y las juntas de personal. De aquí se infiere que estos importantes instrumentos, al tiempo que son un estímulo para la acción movimientista del conjunto asalariado son un mecanismo que no hace crecer la acción organizada del sindicato en el centro de trabajo; de manera que es en esa situación, también contradictoria, donde nos movemos desde hace mucho tiempo. Es contradictoria porque tal "sistema" confiere al movimiento sindical un amplio nivel de representatividad, pero un bajo nivel de afiliación.

Vayamos por partes. En qué se benefician mutuamente uno y otro) movimiento? El movimiento de los trabajadores traslada el nivel de representación, llamada impropiamente institucional a las organizaciones sindicales tras los cómputos electorales; el sindicalismo, mediante ese traslado, negocia en diversos escenarios socioeconómicos. Existe, pues, una relación de mutuas utilidades. El movimiento de los trabajadores --al contar en su seno, por así decirlo, con un importante plantel de sindicalistas-- se beneficia de los conocimientos (federativos y confederales) de dichas personas; el sindicato general, a su vez, acaba capitalizando (no suficientemente) las conquistas que se derivan de la acción colectiva. También de esta forma se establece la relación de mutuas utilidades.

¿Dónde está, pues, la aparente contradictoriedad? 1) en que el sindicato no acaba de ser un sujeto plenamente tal en el centro de trabajo, porque no tiene la potestad de negociar; 2) así las cosas, la gente percibe que el sujeto que le beneficia, en el centro de trabajo, es el comité o la junta de personal, porque son los agentes que negocian en dichos escenarios; 3) entonces a santo de qué afiliarse?; 4) quien se afilia y, sobre todo,) cotiza sabe que está manteniendo una organización que, en su centro de trabajo, no tiene plenos poderes contractuales. Los resultados son evidentes: la afiliación sindical (esto es, la fuerza estable) en el centro de trabajo no es un acto plenamente útil para la gente; ello no quiere decir que perciba como inútil el hecho de estar afiliado.

Más arriba se hablaba de la contradictoriedad de un comportamiento, esto es, el movimiento de los trabajadores ejerce de manera directa el derecho de huelga, pero también la judicialización del conflicto. Es decir, en unos casos se expresa de manera autónoma y directa, mientras que en otras ocasiones (muy numerosas) "delega" en terceros la solución de problemas, que en no pocos momentos son de gran relieve; así, pues, esta cultura de la delegación --extraordinariamente impregnada en la gente-- choca abiertamente con la propuesta (histórica y renovada) de favorecer el hecho participativo. Si ambos comportamientos siguen coexistiendo --participación y ejercicio autónomo del conflicto, y prácticas de delegación-- no está escrito qué forma de ser acabará siendo determinante, si una u otra. De manera que seguirá pendiente si el comportamiento participativo acabará siendo hegemónico o su contrario. Más adelante se retomarán estas cuestiones a la hora de perfilar, con más detalle, el sentido del contrato moral, que se propone en los materiales de convocatoria del Sexto Congreso de la CONC.

2.-- Los datos nos indican que CC.OO. de Catalunya tenía en 1991, como promedio, setenta mil cotizantes; en estos momentos cuenta con ciento ocho mil personas que cotizan. A ojo de buen cubero este incremento afiliativo se ha dado de la siguiente manera: 23.OOO personas en los centros de trabajo de "hasta cincuenta personas" y el resto, 15.000 hombres y mujeres, en los centros de trabajo de más de cincuenta. Llama la atención la importancia cuantitativa del incremento afiliativo, y destaca el hecho concreto que se ha operado en los últimos cuatro años de extremada dureza contra la condición asalariada. De igual manera es conveniente recordar que el sujeto-sindicato sigue teniendo, en el centro de trabajo, el clásico vacío contractual. Una de las conclusiones que podríamos sacar es el comportamiento moral de las personas que deciden co-aligarse, juntarse en el interior del sindicato, en este caso, de Comisiones Obreras de Catalunya, a pesar de dicho vacío de negociación; otra conclusión sería que, al menos en teoría (después veremos qué nos dice la tozudez de la vida), no existen techos afiliativos; y, finalmente, otra consideración sería: está bien dicho incremento afiliativo, pero --siendo necesario-- es claramente insuficiente tanto para abordar los nuevos retos en los centros de trabajo como todo el conjunto de problemas de los sistemas de protección social, por ejemplo.

¿Qué se entiende, en este momento, por cosas de la vida? Aquéllas que con mayor dureza impiden que el hecho afiliativo se incremente exponencialmente; a saber, ausencia de poderes contractuales del sujeto-sindicato en los centros de trabajo y la existencia de los comités y juntas de personal. Son cosas de enorme relevancia, porque forman parte de la arquitectura de las relaciones laborales en nuestro país, de las que CC.OO. forma parte ya que en ellas nos hemos desarrollado; pero también son importantes, porque no se puede dar un salto en el vacío y, de manera ligera, proponer "tout court" la eliminación de los comités de empresa y las juntas de personal. En otras palabras, no se puede proponer un nuevo "modelo" que esté ausente de, al menos, una buena dosis de práctica; y ésta, desgraciadamente, no existe todavía. Es decir, no se puede plantear "todo el poder al sindicalismo en el centro de trabajo" desconociendo las repercusiones que ello tendría. (Lo lamentable de todo esto es, en principio, la ausencia de debate al respecto y los recelos que provoca iniciar a fondo este debate) En todo caso el asunto está como está, y como no es previsible el cambio de modelo debemos marcar el paso en el terreno actual.

3.-- En ese terreno actual ha aparecido una importante discontinuidad, esto es, la aprobación de la llamada reforma laboral. ¿Qué comporta esta reforma laboral? Mencionaré sólo algunas de las cosas más relevantes, no todas. 1) una caída de derechos y protecciones tanto colectivos como individuales, 2) una redimensión de la ley hacia los poderes contractuales allá donde existan. (Atención a este asunto del "allá donde existan", que nos viene a indicar la necesidad de crearlos en aquellos escenarios donde no existen)

El conjunto asalariado de nuestro país ha estado tutelado (de manera insuficiente, es claro) por un conjunto de leyes y mecanismos protectores; esta trama --con toda la limitación que sabemos-- también ha propiciado los importantes niveles de cultura delegativa del conjunto asalariado. No me estoy, quejando, al menos en esta ocasión, de la existencia de aquellos niveles de protección (sobre todo cuando han desaparecido); me estoy achacando no haber compatibilizado la existencia de aquello con más capacidad de acción autónoma y menos prácticas de delegación. Pero las cosas han ido de esa manera.

Aquí aparece la recurrente expresión del qué hacer; para ello conviene, al menos en esta ocasión, empezar con el "descarte": ni estar continuamente con el "Ay, de mi Alhama", ni reproducir en la nueva situación aquellas formas de ser, anteriores a la aprobación de la llamada reforma laboral. En otras palabras, ni apocalípticos, ni integrados. El problema estará en cuánto tiempo tardaremos, mediante nuestras inercias y perplejidades, en marcar el paso de otra manera.

No parece percibirse que, tras la llamada reforma laboral, se necesita una forma diversa del sujeto-sindicato. En esta ocasión la expresión "forma diversa" no quiere decir "contraria" a la anterior. qué se entiende por "forma diversa"?)En tal caso, 1) tomar buena nota y sacar las oportunas conclusiones de lo que significa la caída de derechos y mecanismos protectores, 2) necesidad de rellenar ese vacío, 3) entender cómo se construyen las relaciones de fuerza en el nuevo estadio.

Porque, así las cosas, ¿debemos seguir manteniendo la exacta (he dicho, la exacta) forma de ser "tal como éramos" antes de la aprobación de la reforma laboral? Nuestra acción colectiva en el) actual estadio --que hemos calificado de discontinuo-- va a seguir estando presidido por la misma forma de ser de antes de la pérdida de "mi Alhama"? Ir por ese camino indicaría que, como Y qué)dijo aquel famoso alemán, "seguiríamos traficando con palabras vacías". análisis concreto sería éste de la actual situación concreta?

A la discontinuidad de la llamada reforma laboral hay que corresponder con nuestra propia discontinuidad como sujeto-sindicato, y ya veremos en qué nueva dirección. Si "la naturaleza aborrece el vacío" nuestra conclusión interesada debe ser rellenar la vacuidad De qué manera? Creando nuevos poderes)que expresa la llamada reforma laboral. contractuales que combinen la negociación de los grandes espacios con aquélla en los diminutos (y cercanos) microcosmos. Pero --como es sabido perfectamente-- los poderes contractuales se refieren a materias reivindicativas, a anhelos (antiguos y nuevos) de la gente; no pocas de estas cosas concretas hay que recuperarlas por la vía de la negociación (en unos u otros escenarios negociales) al haberse perdido tras llamada reforma laboral, como --de igual modo-- habrá que conseguir nuevos derechos de ciudadanía social dentro y fuera de los centros de trabajo mediante los procesos contractuales que sean acordes con el hecho de la innovación tecnológica como veremos más adelante.

Ahora bien, con la actual relación de fuerzas ¿estamos en condiciones de afrontar el reto en este nuevo estadio? Yo creo que no, y muchos intuyen que tampoco. Parece evidente que debemos contar con lo que tenemos, que aunque insuficiente, al menos es necesario; pero esta cultura resignada estaría más cerca del treno que de la intervención real del sindicalismo para expresar utilidades concretas al conjunto asalariado. Lo que está afiliado es imprescindible, pero no nos basta; ni tampoco les basta a los trabajadores y trabajadoras. En efecto, los bajos niveles afiliativos son un freno para la propia autodefensa del conjunto asalariado y para conseguir nuevas conquistas. De modo que esta precariedad afiliativa es una piedra en el propio tejado de la mayoría de los trabajadores y trabajadoras que no están afiliados: aquí aparece otra aproximación a la hora de argumentar el contrato moral.

4.-- A la caída de derechos y mecanismos protectores hay que enfrentar una nueva relación de fuerzas, esto es, muchísima más fuerza estable del conjunto del sindicalismo. La vieja práctica de la delegación hacia "terceros" para la solución del conflicto ha entrado en una profunda crisis, porque --como se ha dicho de manera tan intencionadamente repetida-- hay muy pocas cosas a las que agarrarse; es esencial entender esta situación, porque ésta es la novedad. Por eso estamos proponiendo una nueva relación de fuerzas, es decir, un incremento exponencial de la densidad afiliativa, como expresión de la potencia estable de las personas organizadas; este es el sentido del contrato moral. Con esta formulación se pretende rellenar el vacío de tutelas actual mediante una contractualidad, central y alargada, en todos los recovecos de las relaciones sociolaborales. En otras palabras, las personas organizadas serán, a partir de ahora, su mejor autodefensa, tutela y capacidad de proyecto; esta es la esencia del contrato moral. Así, pues, el "sentido" del contrato moral es la potencia que expresa la fuerza organizada de manera estable; la "esencia" del contrato moral es la auto-tutela colectiva que ofrece el hecho de estar organizado.

Hay que tener en cuenta que nuestro sindicalismo ha nacido y crecido en unas relaciones anteriores a la llamada reforma laboral; que, por lo tanto, su actual forma de ser tiene mucho que ver (para lo bueno y para su contrario) con la situación anterior
[3]. A partir de ahora, de repetir nuestra todavía actual identidad podremos entrar en una crisis de personalidad y en una quiebra de las relaciones entre el sindicato y el conjunto asalariado. En efecto, no podemos seguir con "nuestras costumbres", exactamente igual que antes de la llamada reforma laboral, porque se produciría un desfase entre ausencia de ciertos mecanismos y derechos con una práctica que ya no dispone de las anteriores protecciones.

5.-- De manera que proponemos un contrato moral de los trabajadores entre sí en el interior del sindicato. Es un contrato (mutuo, claro está) de los trabajadores-entre-sí con el sindicato; moral, como expresión de generar una nueva costumbre, esto es, una relación distinta de los trabajadores-entre-sí con el sujeto sindicato. Por trabajadores-entre-sí entiendo la unidad social que expresa esa fuerza colectiva, ese valor del hecho de estar organizados; de estar organizados "entre-si" como expresión de solidaridad fuerte, con el ánimo de organizar importantes momentos de identidad colectiva.

Ahora bien, ¿qué se ofrecen mutuamente (sindicato y trabajadores-entre-si) para que este contrato les sea ventajoso y exprese utilidades comunes? Los trabajadores-entre-si organizados de forma estable generan una nueva relación de fuerzas en todos y cada uno de los centros de trabajo, de estudio y de investigación; esta nueva y masiva relación de fuerzas tiene, potencialmente, más posibilidades de auto-defensa y conquista que en la actualidad. De modo que, 1) el nuevo vector favorece especialmente a los trabajadores-entre-sí, 2) aporta nueva densidad organizativa al sindicalismo confederal y más nivel de representación, 3) esto último vuelve a repercutir, de manera ventajosa, en el conjunto asalariado. No estamos ante el cuento de la lechera; estamos esbozando una hipótesis de trabajo, que deberá ser verificada constantemente, porque no podemos estar eternamente des-ubicados en relación a las mutaciones que provoca la llamada reforma laboral, tanto en relación con el nuevo marco como en la asimetría que se daría en la forma de ser Asimetría en relación a qué?)sindicato. Ya se ha dicho: a la caída de derechos laborales y mecanismos protectores no se corresponde el mismo tipo de comportamientos que teníamos, anteriores a la aprobación de la llamada reforma laboral.

De manera que esta moral, esta costumbre de los trabajadores-entre-sí y el contrato pueden provocar un hecho sindical absolutamente nuevo y diverso en relación a cómo lo hemos conocido hasta ahora. Nuevo porque la cantidad puede provocar una calidad especial; diverso, porque iría corrigiéndose la práctica de la delegación, al menos hacia "terceros" en la solución del conflicto. Nuevo, porque en la medida que se vayan repitiendo momentos de identidad colectiva se irá adquiriendo una nueva consciencia solidaria menos fugaz y, por ello, más permanente; diverso, porque el asociacionismo (así las cosas) puede ir consolidando más momentos de participación activa e inteligente.

Otro de los problemas que, posiblemente, pueden tener algunos sectores de CC.OO. es la continuidad de ciertos comportamientos antiguos, esto es, no situar en la inteligencia del conjunto asalariado que --a partir de ahora-- para conquistar hay que ser más fuertes, porque ya no tenemos algunos instrumentos y tutelas que nos daban nuestra anterior capacidad de protección. De modo que necesitamos cambiar incluso en relación a nuestra anterior "antropología"; hasta un cierto punto en algunos sectores nuestros existía una confusión entre "caridad" y solidaridad en determinadas formas de ser sindicalistas. En efecto, nuestro sindicato tiene una gran cantidad de dirigentes sindicales --en el centro de trabajo, e incluso en "altos" organismos-- que nos muestran un importante patrimonio humano y cultural por su forma de establecer fuertes sentimientos con las trabajadoras y los trabajadores; en no pocas ocasiones las capacidades y sabidurías de este rico plantel de personas ha conseguido victorias apreciables para el conjunto qué limitación, por así decirlo, tenía aquel)asalariado. Sin embargo, maestrazgo en relación a la gente? El déficit en unos caos, o la total ausencia en otras ocasiones de situar a la gente el valor de la organización, de estar afiliadas en el sindicato. De modo que, incluso sin quererlo, se ha fomentado la práctica de la delegación hacia estas personas que, con el tiempo, ha podido consolidar situaciones de dependencia, de estar a la espera de aquella persona. Los resultados nos indican que esta forma de ser, allá donde se ha dado, ha estado comportando bajos niveles de sindicación, fuertes prácticas de atentismo y espera; en otras palabras, algunas de nuestras dificultades afiliativas tienen mucho que ver con "nosotros mismos". El tiempo dirá si nos vamos decantando por el sentido y la esencia del contrato moral o se sigue en la actual forma de ser, que es una mezcla de amplias y profundas solidaridades (que nos permiten avanzar) con actitudes de generosa caridad, que son un mecanismo de freno para la acción auto-organizada del conjunto asalariado.

6.-- Una de las preguntas que cabe Hay)hacernos es la siguiente: base material para agrupar al conjunto existen)asalariado en torno al contrato moral? emociones y sentimientos para que esa propuesta pueda materializarse en hechos concretos? He unido de manera expresa "base material" con "emociones y sentimientos"
[4] porque estamos hablando de cosas que se dirigen a las personas para que generen un nuevo patrimonio humano y cultural capaz de tejer vastas redes solidarias entre-sí; los razonamientos que siguen procurarán indicar que existen tanto las bases materiales como las emociones y sentimientos para construir el contrato moral que se propone. En este caso se está hablando de base material que esté interesada, que sea susceptible de estar interesada, y que pueda ser contagiada en ese "estar interesada".

Que nuestra organización, en estos cuatro años pasados tan difíciles para la condición asalariada, haya pasado de setenta mil personas afiliadas a ciento ocho mil expresa que ese nuevo sector organizado ha dejado de ser base material potencialmente afiliativa para ser ya base material afiliada. Conviene que insista en ese hecho tan positivo: esa nuevo encuadramiento sabía las ausencias de contractualidad del sindicato en su centro de trabajo, conocía perfectamente que es el comité y la junta de personal quien negocia, y sin embargo decide formar parte de Comisiones Obreras, que (además) le comporta la "fiscalidad" de pagar la cotización mensual
[5]. Nosotros tenemos una laguna de desconocimientos en relación al hecho afiliativo; de un lado, nos esforzamos por proponer que la gente se afilie, pero --de otro lado-- no conocemos por qué ésta decide realmente afiliarse. O, en otras palabras: nos hemos acostumbrado a que, en mayor o menor medida, se "nos afilien", sin saber con exactitud las razones reales de porqué lo hacen. Da la impresión que nosotros percibimos el hecho afiliativo como cosa natural, cuando el acto de afiliarse no es tan natural como lo demuestran los números concretos. Una primera pista podría ser la siguiente: como el comité de empresa y la junta de personal asumen todos los movimientos contractuales en el centro de trabajo parece que a la sección sindical no le queda espacio, ni siquiera para sus cosas propias. Esto es, la sección sindical y la junta de personal --al no hablar en el centro de trabajo de las cosas sindicales-- no organiza, por lo general, el hecho afiliativo; podemos convenir (con algo más que intuición) que el incremento afiliativo nuevo de estos últimos cuatro años --como el de los anteriores-- más que organizarlo nosotros, nos vino por la demanda natural del conjunto asalariado que decidió hacerlo[6]. Así, pues, existe (en mayor o menor medida) una base material que decide afiliarse sin que exista por nuestra parte una oferta o "invitación organizada" a hacerlo; más aún, no tenemos (me parece a mi) un conocimiento de las razones del porqué esa base material se afilia. Fácilmente se comprenderá que esta es una limitación objetiva para encauzar organizadamente la práctica del contrato moral; si no despejamos ese desconocimiento no podremos trasformar el índice de simpatía hacia CC.OO. de Catalunya en densidad afiliativa.

Hasta ahora se está hablando de aquellos segmentos estables, esto es, de las personas que han decidido estar en la organización. Todos percibimos, mediante nuestra experiencia de "gentes de Comisiones", que --en relación a nuestro sindicato-- los trabajadores y las trabajadoras conjugan (de manera aparentemente equívoca) los verbos estar en Comisiones y ser de Comisiones. Estoy en Comisiones quiere decir, con toda claridad, que exhibo mi condición afiliada; soy de Comisiones puede querer decir que ostento mi condición de afiliado o, simplemente, tengo una amistad por dicho sindicato (incluso sin ser afiliado) que se manifiesta en una adhesión momentánea ya sea en procesos electorales, en el ejercicio del conflicto, o en otro tipo de relaciones de dicha persona con Comisiones. Como resulta que la adhesión momentánea de tales personas se repite con cierta frecuencia se acaba "siendo" aunque no estés ¿Qué quiere decir, por ejemplo, que en no pocas manifestaciones y ejercicio de la huelga muchas personas se enganchen la "pegatina" de Comisiones --y no de otra organización-- no estando en Comisiones, aunque en ese momento "se es" de Comisiones? Aquí empiezan a vislumbrarse algunos de los sentimientos en relación a nuestro sindicato, algunas de las emociones en torno a nuestra organización; no es casual que a Comisiones Obreras --también, o especialmente por las gentes que no están afiliadas-- se le exige más que a ninguna otra organización social, esto es, el nivel de demanda (de cualquier tipo) hacia nuestro sindicato no tiene punto de comparación con otras. La vida nos enseña que a tal o cual sindicalista de CC.OO. se le exige siempre más que al de otra organización; que, en relación a dicha persona, existen más emociones, incluso las más encontradas. Pero, sorprendentemente, no pocos de nuestros sindicalistas exigen menos a la gente de lo que ésta lo hace con ellos; de ello se ha hablado anteriormente en relación a comportamientos en unos caos caritativos, por así decirlo, o de ausencia de plantear a la gente que se afilie. Pero, en esta ocasión, no estamos hablando de algunas de nuestras formas de ser, sino de los fuertes sentimientos (incluso contradictorios) que los trabajadores y trabajadoras tienen con CC.OO. de Catalunya.

Seguramente hemos sacado no pocas conclusiones de cada victoria de las elecciones sindicales; pero el hecho que sea en todas (y por sexta vez consecutiva donde en cada proceso mejoramos, además, los resultados) confiere a nuestra representación una nueva cualidad, y requiere conclusiones más avanzadas. De no hacerlo estaríamos rutinizando nuestra costumbre de ser el primer sindicato sin saber, exactamente, por qué son las cosas de esa manera; esta rutina provocaría el desconocimiento de las causas de aquellas derrotas (o pinchazos en hueso) que también hemos tenido en determinados escenarios. Sin embargo, nuestras intuiciones nos podrían llevar, tal vez, a pensar en que existe una "propiedad" de CC.OO. (al menos hasta ahora) que indica el hecho de ser, repetidamente, el primer sindicato de Catalunya; lo que somos es insuficiente --como se ha repetido machaconamente-- aunque cada organización de CC.OO. debería pensar en lo que era hace años y su realidad actual con el ánimo de valorar el avance y consolidar la propia auto-estima colectiva, aunque ello no invalide la premisa mayor, esto es, nuestras limitaciones todavía.

Sea cual fuere la "propiedad", que permite nuestra tan repetida mayoría sindical, el hecho cierto es que las bases materiales y la relación de sentimientos y emociones con CC.OO. permiten que también de los resultados electorales podamos sacar conclusiones en relación al contrato moral, que estamos proponiendo. Se está hablando, primero, de la cantidad de personas que (sin estar afiliadas a CC.OO.) figuran, destacadamente, en nuestras candidaturas, y, segundo, de la densidad de votantes que tenemos en No aparecen en estas decisiones --las unas, individuales; las)cada comicio. otras, colectivas-- también la existencia de bases materiales y la relación de sentimientos hacia (o con) Comisiones Obreras? Que, así las cosas, no seamos más fuertes en el terreno afiliativo es responsabilidad nuestra porque: 1) nos hemos acostumbrado a que el hecho afiliativo sea demandado por la gente y no ofertado por el sindicato en el centro de trabajo, 2) hemos consolidado el "ser" genéricamente de CC.OO. y no el "estar" concretamente en CC.OO., 3) el sindicato-organización en el centro de trabajo no ha cuajado todavía, porque (impropiamente) se cree que el sindicato-movimiento es aquello que dirige el comité y la junta de personal. Con seguridad algunas de estas limitaciones y contornos se deben a la ausencia de poderes contractuales en el centro de trabajo, pero ello no acabaría de explicar porqué no pocos trabajadores se afilian, incluso sin existir (por lo general) una actividad ordenada y organizada de fortalecimiento afiliativo.

El hecho cierto es que la persona que es delegada o miembro de una junta de personal es el centro de gravedad de toda la acción societaria en el lugar de trabajo, y ello acaba engulliendo la personalidad del delegado sindical, que recoge la LOLS
[7], cuyo cometido acaba siendo una especie de florero un tanto marchito. Una parte de la explicación podría ser la siguiente: como el nivel afiliativo en el centro de trabajo es escuálido, el nivel de representación real del delegado sindical (Lols) no le permite "competir" (por así decirlo) con aquella persona del comité o de la junta de personal, que representa a todas las personas. De ahí la importancia --a través del contrato moral-- de extender los niveles afiliativos, porque en la medida que éstos se acerquen más a la totalidad de la plantilla, (al menos, en teoría) la personalidad sindical, en tanto que tal, se incrementará y adquirirá más espesor y determinación. De esto se tienen algunas experiencias precisamente en aquellos centros de trabajo que cuentan con importantes niveles de afiliación; es en ellos donde la sección sindical (en pleno respeto al comité) tiene un poder real de intervención en considerables materias. Así, pues, a través de dicho contrato moral vamos redimensionando (mientras exista el actual sistema de representación) la tan repetida relación entre el comité y la sección sindical en los centros de trabajo[8]. De manera que, también por estas convenientes razones la idea del contrato moral representa una discontinuidad en nuestra forma de "querer ser". Este "querer ser" debería confrontarse con aquellas formas de ser rutinarias de CC.OO. de Catalunya; en otras palabras, se trata de la pugna permanente que tiene toda organización a su propia "auto-conservación", a verse siempre de la misma forma.

6.-- La discontinuidad que provoca la llamada reforma laboral nos ofrece razones evidentes para proponer el contrato moral. O, mejor dicho, esta es la razón de fondo que provoca el sentido y da pie a la esencia de dicho contrato moral. Ya dijimos en su día que las medidas contrarreformistas han provocado una re-legitimación de la empresa y una asunción de poderes por parte de ésta. De una u otra manera el sindicalismo confederal debe establecer una línea de comportamiento en las nuevas coordenadas; esta línea de comportamiento debe basarse, como se ha dicho más arriba, en ""ni apocalípticos, ni integrados"". Pero a esa nueva actuación en los terrenos reivindicativos y contractuales (que no es objeto de estas reflexiones) debe corresponder una nueva forma de ser sindicato en la línea de lo que se está diciendo, esto es, en el contrato moral. Sería importante retener algunas cosas que nos han sucedido hace poco. Las novedades acerca de la contratación que se han producido en algunos lugares (Pirelli y ciertas empresas financieras) han sido objetivamente reacciones, también contra la llamada reforma laboral; ocurre que en esos escenarios el papel del sindicato en el centro de trabajo es más fuerte y dinámico. En estos casos existe, pues, una mayor simetría entre reacciones a la reforma laboral y forma de ser del sindicato en tanto que tal.

La llamada reforma laboral nos ha empujado decisivamente a la propuesta del contrato moral. Sin embargo, existe algo no menos contundente que aquellas medidas laborales, esto es, el nuevo paradigma que está apareciendo en el centro de trabajo con una masiva y veloz mutación tecnológica. En estos escenarios existe una contractualidad, que --aunque insuficiente todavía-- es más extendida Por)que en otros lugares. qué? Porque no existe un cuadro legislativo protector que se aproxime a la nueva condición asalariada en el centro de trabajo innovado, aunque esa innovación sea parcial. Así, pues, el vacío legal (en este caso en relación al hecho tecnológico) tenía que ser rellenado por la via de la negociación, y en eso (con mayor o menor fortuna) han estado los comités de empresa. Pero en la medida que se va consolidando el papel contractual del comité, en el centro de trabajo innovado, así las cosas, la sección sindical queda rezagada y el hecho afiliativo (aunque mayor que en otros escenarios) no adquiere las proporciones que nos parecen necesarias por las razones que hemos dicho anteriormente.

Pero hay más cosas. El comité de empresa (y la junta de personal) han nacido y se han consolidado en un cuadro de relaciones laborales con unos mecanismos protectores determinados, que hoy existen en menor medida. Por eso el sujeto más afectado (y más debilitado en sus poderes) ha sido el comité, dado que el sindicato no tenía (ni tiene) ningún poder contractual. Por otra parte el comité de empresa también ha nacido y se ha consolidado en unas coordenadas anteriores a la importante mutación tecnológica que estamos conociendo. Por eso estas mutaciones afectan más a la forma de ser y a la personalidad del comité de empresa; y también por ello la sección sindical (esto es, el sindicato en el centro de trabajo) ha tenido más protagonismo, de iure, que no de facto, por lo general, en esa tipología de empresas.

El comité de empresa ha nacido y se ha desarrollado en un microcosmos con su conjunto asalariado con empleo fijo y con una condición asalariada más unificada. Esta no es la nueva realidad; de manera que es preciso salir del recuerdo de "cómo éramos antes". La nueva situación está presidida por un centro de trabajo con unas proporciones determinadas de empleo fijo (que va decreciendo), con empleos evetuales (con uno u otro nivel) y con empleo precario (cada vez aumentando) La realidad es que estos segmentos se están separando cada vez más entre sí, y de cada uno de ellos en relación a todos. El comité de empresa --al haber nacido y crecido en otro paradigma-- tiene algo más que dificultades (objetivas y subjetivas) para ser un sujeto que unifique esas personas en torno a un proyecto reivindicativo y contractual capaz de desbloquear esa separación. Que existan ejemplos positivos (contrarios a esa situación) no invalida la realidad general. Esto nos lleva a una pregunta (difícil de responder, pero imprescindible de abordar), esto es, están los comités de) empresa, tal como son, al borde de su agotamiento como sujetos que detentan todo el poder contractual en el centro de trabajo? Nadie debe achacar al comité de empresa la responsabilidad de haber generado o permitido esa separación entre fijos, eventuales y precarios; no es eso. Lo que se está planteando es algo más determinante: si su actual personalidad conviene a partir de ahora. Abordar estas cosas aterra a más de un dirigente del sindicato
[9], pero ese déficit de reflexión, primero, nos sigue instalando en lo de ahora, y, segundo, impide una redimensión del papel de la sección sindical en el centro de trabajo.

La propuesta del contrato moral pretende una mayor fuerza colectiva --una mayor densidad afiliativa-- de los eventuales y de los precarios, y lógicamente de los trabajadores fijos. Esta idea enlazaría con la posición tradicional, de siempre, de ser más fuertes. Dónde estaría la novedad? No importa lanzar el ex abrupto: en que más) afiliación de los eventuales y precarios obligaría a los trabajadores fijos a unas nuevas reglas de juego en relación a aquellos, llevaría a la sección sindical a unas nuevas reglas de juego en relación a precarios y fijos; se concretaría una nueva "tensión" a la hora de fijar unas reivindicaciones y una contractualidad que atendiera la condición y trasformación de eventuales y fijos. Esto es, nos iríamos deslizando de la actual separación de todos ellos para entrar en un estadio del entre-sí. Por eso el contrato moral puede favorecer de manera clara a los colectivos menos protegidos, porque: 1) situaría una nueva relación de fuerzas hacia el empresario, 2) podría crear unas nuevas reglas de juego entre el conjunto asalariado y en el interior del sindicato en el centro de trabajo.

Sin embargo, no se puede desconocer que existen problemas reales que dificultan poderosamente en unos casos y en otros impiden todavía de manera clamorosa que se produzca un hecho afiliativo amplio en esos sectores eventuales y precarios: el férreo control de la empresa hacia esas gentes en relación al hecho sindical, que en el caso de Comisiones Obreras llega a extremos de violenta intimidación hacia la persona. Esto es, "si eres afiliado a un sindicato, vete con cuidado que no te renuevo el contrato", "si eres afiliado a Comisiones Obreras o dejas el carnet en la puerta, o duras un día en la casa"; más aún, "como vienen las elecciones sindicales te acompaño a la urna y vota ésto que te digo". Alguien podrá exagerar esas cosas, quizá para exculpar unos resultados electorales no buenos para nuestro sindicato; no es mi caso, pues yo he vivido algunas de estas situaciones en determinadas empresas del sector del Comercio, especialmente de las llamadas "grandes superficies". No hace falta recordar las toneladas de dificultades que tenemos en esos escenarios y los impedimentos objetivos que tiene el contrato moral para nacer y extenderse; pero no podemos dimitir de nuestra intervención. En Makro, por ejemplo, ha existido una presión contra CC.OO. sin que nuestra sección sindical se arredre y, a pesar del descarado comportamiento de la empresa, nuestros resultados electorales han sido positivos; en Bon Preu la intervención de la sección sindical, tutelando y convirtiendo la precariedad en condición fija, merece los mejores elogios y valoraciones de toda nuestra organización. Estas secciones sindicales nos muestran que la intervención en el centro de trabajo es el método para abordar estas cuestiones no fáciles de resolver. Pero para que la relación entre coste (miedo al poder discrecional de la empresa) y beneficio (las ventajas de estar afiliado) sea favorable a las personas la acción sindical tiene que favorecer lógiamente el beneficio; si no estuviera el precedente, entre otros (pocos, ciertamente) de Bon Preu pensaríamos que estas cosas son imposibles. Más adelante se retomará este razonamiento. Pero, en todo caso, al trazar el contrato moral en estos sectores tenemos el punto de referencia de la sección sindical de Bon Preu.

Ya hemos dicho que el contrato moral se dirige a todas las diversidades, esto es, a todas las categorías profesionales del centro de trabajo. Lógicamente, también a los cada vez más numerosos sectores de técnicos y cuadros tradicionalmente menos relacionados y, por lo general, alejados de la vida societaria (tanto cuando es fugaz como cuando lo es menos) en el centro de trabajo; es una falta de relación y un no se olvide!-- ha provocado en no pocas ocasiones algunos(alejamiento que -- momentos de confrontación, y (así las cosas) un debilitamiento objetivo de la fuerza de toda la plantilla. Más allá de las razones subjetivas en relación a las categorías de técnicos y cuadros ("son diferentes", no son "de los nuestros") el hecho incontestable, objetivo, es que eran los menos; y, hablando en plata, el hecho de no ser la mayoría de la plantilla condicionaba la relación entre unos y otros. Pero, en este ahora mismo, y a partir de ahora mismo, las cosas son de otra forma: 1) ya no son tan diferentes pues sobre esas mismas categorías diversas recae la uniformización de las medidas de la llamada reforma laboral, 2) tanto ésta como otros cambios que se operan en el centro de trabajo están generando una condición asalariada distinta del técnico y del cuadro y más aproximada a la del resto de la plantilla en cuestiones como la eventualidad y la precariedad, 3) si el número de esas categorías se va incrementando sobre ellas potencialmente recae la mayor amenaza. Pero, lógicamente, la preocupación ahora de esas categorías no es esencialmente "su futuro" (en el fondo todo el mundo, individualmente, piensa que se salvará de la quema) sino lo que ocurre "ahora mismo".

Hemos dicho
[10]: ""se trata de un sindicato de nuestros días y para el futuro, que aspira a englobar todas las diversidades de la industria y de los servicios, con especial mención hacia los técnicos y cuadros, incorporando sus saberes y su influencia en el diseño y gestión de los procesos tecnológicos y organizativos de las empresas"". En este subrayado (que no aparece en el texto de referencia) está condensada una parte de la naturaleza del contrato moral en relación a dichas categorías, al tiempo que es algo más que un mensaje global y universal hacia el sindicalismo confederal y al movimiento de los trabajadores; desde luego, esencial para CC.OO. de Catalunya. La discontinuidad en relación a comportamientos tradicionales de nuestra organización parece absolutamente Qué se dice en el fondo y en la forma? Que para abordar los problemas)nítida. contradictorios del cambio tecnológico es imprescindible la incorporación al acervo sindical de saberes y de influencia de esos sectores asalariados. El contrato moral de todo el conjunto asalariado entre-si y en el sindicato adquiere con estas categorías de técnicos y cuadros una nueva dimensión para intervenir en el hecho tecnológico con nuevos saberes y una diversa relación de fuerzas.

¿Puede el comité de empresa abordar tan importantes cuestiones? Cada vez más me voy decantando a responder negativamente. Ya he dicho antes que la identidad del comité se ha ido construyendo en otro paradigma de relaciones laborales; de modo que seríamos excesivamente exigentes si pensáramos que con esa identidad se puede plantear una nueva acción reivindicativa y contractual tan universal como la que se formula. En efecto, el comité tejía solidaridades (no todas, porque dejaba en la cuneta por lo general a más de una diversidad
[11]) Puede)cuando la condición asalariada era más homogénea, o así nos lo parecía. el comité tejer las amplias solidaridades que hacen falta para todas las diversidades y pluralidades sociales entre-sí? Nadie niega que existan ejemplos (algunos de ellos de gran relevancia) que podrían demostrar que ello es posible; pero tales ejemplos son relevantes por dos razones, al menos, 1) por sus resultados concretos en tanto que tales, 2) por el escuálido número de los que así trabajan.

¿Puede el sindicato en el centro de trabajo abordar estas cuestiones? Con su déficit legal de poderes contractuales no parece probable, lo que no excluye que en determinados sitios negocie de verdad importantísimas materias, por ejemplo en Seat u otros importantes centros de trabajo. Volvemos, pues, a la recurrencia del qué hacer. Primero, ni la rutina actual, ni saltos en el vacío. Segundo, entrar ordenadamente con el resto del movimiento sindical en un debate abierto sobre estas cuestiones. Tercero, en la medida que --mediante el contrato moral-- vayamos avanzando en densidad afiliativa en cada centro de trabajo la afiliación se acercará más al total de la plantilla; de esta manera el peso de la sección sindical en relación al comité será más determinante. Cuarto, parece conveniente proponer al sindicalismo catalán un acuerdo (por modesto que nos pudiera parecer de momento) sobre estas materias; el hecho de ser, por sexta vez consecutiva, primera organización tras los resultados electorales quitaría suspicacias porque no sería igual que eso lo propusiera alguien que tiene unos menguados niveles de diez años! a desbancarnos en el Vallés(representación, a menos que esperen Occidental.

Una nota de aparente carácter antropológico: si alguien piensa que relaciono número de trabajadores --de cualquier sexo, categoría o tipología-- con el peso específico de sus reivindicaciones y el resultado final de las mismas en la mesa de negociaciones está en lo cierto; que no se haya escrito nunca en la literatura sindical expresa una limitación profunda. Lo cierto es que estas cosas están en la trastienda del subsconciente sindical; a mi me avergüenza que no lo haya sacado de mi trastero hasta ahora. Que este razonamiento quite carácter épico a nuestra leyenda es posible, pero en todo caso empezamos a re-conocernos de manera más sincera; o así me lo parece.

7.-- El contrato moral es una práctica de largo alcance. En todo caso alcanzará más resultados en la medida que, de manera clara, se empiece a organizar. Ahora bien, tendremos unos u otros resultados a partir de las actuales bases materiales y de los actuales sentimientos hacia Comisiones Obreras de Catalunya. Desde estas actualidades empezamos a organizar el contrato moral. Es lógico pensar que sobre lo anterior interviene también la actual fuerza estructurada de cada estructura sindical de nuestra organización; en otras palabras, al menos en teoría parece que tendrán unas bases materiales más amplias sobre las que intervenir aquellas estructuras más fuertes en la actualidad. Esto nos traslada hacia una reflexión sobre aquellas organizaciones nuestras que trabajan hacia unas bases materiales más dificultosas y menos emocionales hacia nosotros tal como somos hoy. La Carta de convocatoria del Congreso nos envía un mandato fuerte en esa dirección; al aprobarla contraímos algo más que un compromiso genérico. Es más, dicha formulación --antes de darle el "rango precongresual" que se desprende de la Carta ya había sido referida de manera reiterada en varias reuniones del Consell nacional desde, al menos, un año y medio
[12].

Hemos dicho en anteriores ocasiones que ciertos sectores terciarios --por ejemplo, Hostelería y Comercio-- mientras sean como lo son en la actualidad no avanzaremos en, primero, mayores niveles de protección y defensa de esos conjuntos asalariados, y, segundo, la precariedad organizativa --en el interior de dichas federaciones sindicales-- seguirá siendo la misma. Así las cosas en estos escenarios (donde el contrato moral alcanza más necesidad para las personas, con independencia de que lo perciban o no) la organización de dicho proyecto debe ser especialmente el resultado de una cooperación interesada de toda la organización. Es decir, estamos hablando de algo más que de solidaridad. Para entendernos, o se pone en marcha un mecanismo cooperante desde la confederalidad para que estas Federaciones organicen el contrato moral, o (a todas luces) les será prácticamente imposible.

¿Por qué de esta "cooperación? ¿Qué mecanismos concretos se podrían poner en marcha en esta interesada cooperación"?
Esta cooperación de nobles intereses mutuos se basa en que cada avance (de cantidad y de calidad) en cada estructura es, en sí, una directa agregación de fuerzas a toda la organización, a todas las CC.OO. de Catalunya, pero también una influencia indirecta a todas y cada una de sus estructuras, federativas y territoriales. Ser más fuertes en los sectores de Hostelería y Comercio traslada más potencia directa a CC.OO. de Catalunya, y también más potencia indirecta al resto de las Federaciones; pero, en la actualidad, las bases materiales de estas federaciones no pueden provocar ni la potencia directa hacia la Conc, ni la indirecta al resto de las estructuras. Para que la pescadilla no se muerda continuamente la cola es preciso despejar la incógnita. Esto es, los que van a fortalecerse (en unos casos de manera directa, en otros de forma indirecta) tienen que ayudar a generar y provocar como un catalizador una primera acumulación de fuerzas hacia dichos sectores terciarios; cuando se habla de fuerzas me estoy refiriendo a recursos y a personas. De modo que si bien el hecho de la "ayuda" para esa primera acumulación tiene características solidarias, la intención sobrepasa dicha noble característica.

De qué mecanismos concretos se está) hablando? Al grano: de recursos financieros y de personas; sin ello estaríamos "traficando con palabras vacías". Los recursos financieros son imprescindibles para la primera acumulación de fuerzas; por lo tanto debería estudiarse un mecanismo de trasferencia de recursos de todo el sindicato hacia ambas federaciones, de Hostelería y Comercio. Naturalmente no se está hablando de una financiación que deba durar toda la vida; habrá que estipular unos tiempos determinados y unos mecanismos de verificación de los resultados de dicha cooperación, que interesa a toda la organización. Se está hablando de una financiación que tiene un carácter finalista, esto es, esos recursos financieros sólo podrían ir a actividades de desarrollo (que deben ser concretadas) de ambas federaciones. Esto es necesario para una primera etapa, aunque todavía no es suficiente; en efecto, podría darse el caso de que, al principio, pudiera concretarse una primera acumulación de recursos financieros, pero ambas federaciones seguirían con su tradicional dificultad para hacer emerger más cuadros sindicales hacia sus propias estructuras. De ahí que CC.OO. de Catalunya entienda la importancia de la movilidad de las personas, también hacia estos sectores terciarios. Aunque el discurso de la movilidad va más allá de la cooperación interesada hacia estos escenarios terciarios y se inscribe en una morfología más general su puesta en práctica hacia Hostelería y Comercio es imprescindible para que ellas puedan de inmediato poner en marcha la organización del contrato moral.

Hay que insistir en que toda esta propuesta no se inscribe en planteamientos de solidaridad clásica, sino en términos de cooperación interesada como de manera repetida se ha insistido; sin embargo, toda la organización se impregnará de la bondad de estos planteamientos si las organizaciones sindicales de estos escenarios establecen, en su interior, medidas de mayor afloración de sindicalistas (a pesar de sus dificultades) mediante la "bolsa de horas" u otras formas de dedicación. Por unas u otras razones --en unos casos debidos a la falta de tradición más sindicalizada, en otros como fruto de unas deontologías determinadas-- en algunos de estos sectores la bolsa de horas sindicales se circunscribe a pocos centros de trabajo. En definitiva, todos los cooperantes necesitarán ver, lógicamente, que la "solidaridad" empieza, en primer lugar, en aquellos espacios, Hostelería y Comercio; de esta manera las cosas, dentro de sus dificultades, podrían ir mejor.

8.-- El contrato moral no se circunscribe al centro de trabajo, no es la tarea sólamente de la sección sindical. Es el gran reto de toda la organización, especialmente hacia aquellos amplísimos colectivos menos tutelados; es un reto, porque quiere penetrar en aquellos sectores que están más alejados del hecho sindical, esto es, la juventud, las personas en desempleo, las que están en condición de pensionistas y jubilación, cada una con sus propias formas de ser, sus específicos problemas y sus esperanzas.

La idea del contrato moral, sin embargo, choca con un poderoso inconveniente sobre el que nosotros no hemos reflexionado ni poco, ni mucho. Nosotros no nos hemos confrontado de verdad qué soluciones)contra aquellas ideas que nos vienen de la siguiente manera: "" tenéis los sindicatos para arreglar el problema del paro, qué soluciones tenéis para arreglar el problema de la juventud, qué soluciones tenéis para arreglar los problemas de los ancianos?"" En unos casos estos interrogantes nos vienen desde quienes son los responsables de tales desaguisados, que externalizan y endosan sus responsabilidades hacia nosotros; en otras ocasiones nos vienen, también, desde el interior de esos colectivos generando un perverso círculo vicioso: "como no tienes solución no me afilio" y, al no hacerlo, el sindicalismo aparece debilitado. Ciertamente, no se puede ignorar la denuncia que hemos hecho situando en quiénes y dónde están las responsabilidades, ni podemos ignorar el ejercicio del conflicto que ha puesto en marcha el sindicalismo confederal; de hecho hemos hecho tres huelgas generales --2O de junio de 1985, el famoso l4 de diciembre y aquel 28 de Mayo-- en torno a tales problemáticas. Pero siguen existiendo muchísimas personas que continúan confundiendo reivindicación y exigencia de soluciones con las soluciones propiamente dichas; algún déficit de pedagogía tendremos cuando las cosas siguen de esa manera. Esta manera de ser de no pocas personas provoca dificultades en la comprensión de nuestro proyecto estratégico del contrato moral hacia esos colectivos. Ello es así, porque nuestra idea se basa en ""venid con nosotros si queréis la búsqueda (digo la búsqueda) de la solución de vuestros problemas"". Esto es, en nosotros está la hipótesis de la solución de los problemas, siempre y cuando establezcamos para todos ellos (por separado o de manera global ya es cuestión de conveniencias) la suficiente relación de fuerzas.

Es el caso que seguimos sin organizar la rentabilidad de nuestras propias cosas buenas. Por ejemplo, hemos valorado en diveros organismos lo positivo del acuerdo alcanzado en Pirelli; qué se ha planificado en el territorio para "capitalizar" esa cosa)pues bien buena
![13] Acaso no es verdad que, con ese déficit de) explicación y de ausencia de organización de nuestras "cosas buenas", nuestro "acto solidario", de Pirelli por ejemplo, sea visto fuera del sindicato como "acto caritativo"? Si en parte las cosas son de esa manera la gente saca indirectamente sus propias conclusiones: """si no me explicas y valoras lo que haces no estás organizando la solidaridad; percibo, pues, que tienes una fuerte dosis caritativa, por lo tanto acuérdate de mi para arreglarme mi problema""". Es decir, la gente saca la conclusión, aunque sea de manera intuitiva, que la solidaridad se organiza, y la caridad (que, como tal, no se organiza) se practica. De modo que esta confusión entre la solidaridad --que no se explica de manera organizada para conseguir nuevas fuerzas-- y actos caritativos dificulta la idea del contrato moral.

Una forma de iniciar el abordaje de estos problemas complicadísimos podría ser interrogarnos acerca de la existencia de bases materiales y de sentimientos, por ejemplo, en la juventud en relación al hecho sindical a la hora de proponerle el contrato. Al menos desde el l4 de diciembre famoso hemos visto una presencia de la juventud, más destacada que en otras ocasiones, en torno al ejercicio del conflicto; no es que la juventud se identifique exactamente con el sujeto que convoca el conflicto, pero la realidad es que sí se identifica con las reivindicaciones que convocan el conflicto y con el ejercicio del conflicto mismo
[14]. De momento parece que podemos sacar algunas primeras conclusiones no apresuradas: 1) existen bases materiales en torno a aquellas reivindicaciones sentidas por la juventud, 2) que no acaban de expresarse de manera directa hacia quien convoca el conflicto. Sin embargo, tampoco hemos sido capaces de establecer una pedagogía clara hacia la juventud explicando que el ejercicio del conflicto lo han puesto en práctica los que estaban trabajando y que dicha huelga general ha expresado un profundo contenido solidario. Sinceramente, se ha puesto más énfasis en la obvia confrontación socio-política perfectamente visible que en el carácter realmente solidario de aquella acción y, por eso, esta solidaridad no apareció visible. ¿Había que atenuar, por lo tanto, el carácter de la confrontación socio-política? En absoluto; pero sí teníamos que exaltar, primero, la naturaleza solidaria de las reivindicaciones y, segundo, hacer ostentación del carácter solidario de aquella confrontación y de los sujetos solidarios que la llevaron a cabo. Estas son algunas de nuestras limitaciones y en ellas estaremos todavía, de buen seguro, algún tiempo imprevisible; pero no se trata de consolidar esas pautas de comportamiento sino de proceder a un radical correctivo. Pero, más allá de nuestras limitaciones (y de sus inercias) lo cierto es que la juventud presenta unas bases materiales en relación al contrato moral. Cada vez que ha ido al conflicto ha expresado momentos de identidad colectiva en el terreno social; el contrato moral debería convertir lo fugaz de esos momentos de identidad colectiva en una nueva consciencia de identidad colectiva en el terreno social. Se trata de proponer a nuestra juventud "la ruta de Comisiones" como elemento de esa nueva consciencia[15].

En qué consistiría esta ")ruta de Comisiones"? 1) en una forma de estar (y de ser) con los valores que la juventud-entre-si aporta a una casa, que al ser suya la siente como propia, 2) porque en ella interviene y decide, 3) no sólo para sus importantes cosas propias, sino también para las cuestiones generales de la organización, 4) ya que según sea la forma de CC.OO. de Catalunya en lo general más (o menos) útil les será a la juventud. Todo ello excluye que estén de alquiler en la casa, por así decirlo. Todo lo anterior incluye que las relaciones entre esa juventud y los añejos se den entre iguales, cosa fácil de escribir, pero absolutamente necesaria.

1"Declaración de intenciones", Informe de la CE de la Conc al Consell nacional celebrado el día 14 de junio de 1995
[2 Véase el Documento (o Informe General) al Quinto Congreso de la Conc.
[3] Téngase en cuenta que ciertos sindicalismos europeos, que se han desarrollado en unas situaciones de fuerte sector público, cuando éste se ha ido trasladando hacia la empresa convencional aquella forma de ser sindicato entró en crisis, que dura todavía ya que no se han hecho los sindicatos su propio ajuste de cuentas.
[4] No me resisto a explicar algo que es más que una anécdota. Nuestros amigos de la sección sindical de Nilstak (antes Rhòne-Poulen, vamos: la antigua Safa, de Blanes) nos dieron la impresión, dos días antes de las elecciones sindicales de estos días, que la gente nos iba a propinar un cogotazo. Joaquín Manzano, "Tarzán", Pilar y Constantino aparecían un tanto mustios (al menos en relación a otras ocasiones) porque --tras haber negociado una complicada y conflictiva valoración de puestos de trabajo-- temían un fuerte correctivo de los agraviados, por así decirlo. Me contagiaron el recelo de tal manera que yo mismo pensé que podríamos perder las elecciones. El anterior comité estaba formado de la siguiente manera: CC.OO., 13 delegados; Ugt, 8 delegados. En esta ocasión se elegían menos personas, en concreto 17. El resultado fue: CC.OO., 12; Ugt, 5. Antes el porcentaje era 62-38 favorable a CC.OO.; ahora, el 71-29 también favorable a nosotros. Nuestros amigos, posiblemente, había racionalizado el reciente itinerario, pero no habían tenido en cuenta la relación de sentimientos (de muchos años) de la gente hacia nuestros amigos, de CC.OO., desde aquellos lejanos tiempos de los años sesenta.
[5] Es una "fiscalidad" de la que, ciertamente, se aprovechan aquellas personas que no están afiliadas y que, por tanto, no cotizan. Es sabido que el sindicato negocia los convenios colectivos de los ramos de la producción y los servicios. En realidad quien financia la estructura dirigente de todos esos procesos es la persona afiliada; los resultados de aquella negociación repercuten de igual modo a unos y a otros.
[6] En el estudio que elaboró el CERES (El sindicalismo a través de sus protagonistas: Estudio sobre la afiliación de Comisiones Obreras de Catalunya) en la tabla 5.6. (página 61) se nos ofrece una aproximación a los canales de afiliación. Pues bien, un 28,1 por ciento expresa que se afilia ""dirigiéndome al sindicato por propia iniciativa).
[7] Por otra parte parece sorprendente que nunca hayamos conseguido una actividad sistemática al amparo de la Ley orgánica de libertad sindical a pesar de que uno de sus artículos aparece inscrito en el documento que acredita a cada dirigente sindical.
[8] Por esos tendría mucho sentido darle la mayor fuerza posible a una de las ideas que aparecen en el esquema de Propuestas sindicales para el Sexto Congreso, esto es, un acuerdo inter-sindical catalán capaz de impulsar la vida y las prerrogativas (incluso dentro de lo normado en el actual sistema de representación) de las secciones sindicales de centro de trabajo.
[9] Lo sorprendentemente paradójico es que el clamor para que eso se discuta es cada vez mayor; en la práctica quedan poquísimos sectores que tengan recelos a abordar tales asuntos. En el Quinto Congreso confederal hubo muchas voces que reclamaron empezar a discutir estas cosas, especialmente porque los documentos invitaban a seguir en la rutina. Las conclusiones, sin embargo, fueron anodinas: Roma locuta causa finita?
[10 Carta de convocatoria del Sexto Congreso de la CONC. Consell nacional, celebrado el 14 de junio de 1995.
[11]Por ejemplo, ¿cuándo el comité y la junta de personal se empleó a fondo en los problemas de la mujer trabajadora? Observación que, de igual manera, puede dirigirse al sindicato.
[12] Desde luego cuando adquiere rango de acuerdo es a partir de la aprobación del documento "La confederalidad de la Conc: sindicato de-clase-y-nacional"", en el verano de 1994.
[13] Mis buenas amistades, de muchos años, de la Unió comarcal del Bages saben que no existe en estas palabras ningún tipo de crítica acerva, sino un análisis de unos comportamientos, que son idénticos (en mayor o menor medida) a los de toda la organización.
[14] José Luis López Bulla: Clausura de las Jornadas ""Els joves al sindicat"".
[15 Me ha parecido más informal "ruta de Comisiones" que "ruta del sindicato", que también lo había barajado.