06 February 2013

EL SINDICALISMO ESPAÑOL, HOY


EL SINDICALISMO CONFEDERAL ESPAÑOL CONTRA EL NEOLIBERALISMO

Para la Revista Alternative per il socialismo, Enero – febrero 2013



José Luis López Bulla*


Hasta donde la memoria me alcanza no recuerdo un periodo de movilizaciones tan sostenido como el que se está produciendo en España. Este periodo ha tenido su momento culminante en la realización de la gran huelga general, con el apoyo explícito de importantes sectores ciudadanos, del 25 de Noviembre pasado. 

Uno de los protagonistas más relevantes de esta presión sostenida es el sindicalismo confederal (Comisiones Obreras y UGT). Grosso modo, los rasgos que lo presiden son: 1) la dilatación en el tiempo, prácticamente desde el principio de la crisis de todos los colectivos asalariados, del trabajo autónomo y hasta de los sectores de la Judicatura, jueces y magistrados incluidos, que han ejercido su propio conflicto y apoyado reiteradamente las huelgas generales de los dos últimos años; y 2) un proceso unitario que va más allá de la tradicional unidad de acción. Se diría que mi país vive una situación de emergencia social contra las políticas neoliberales gestionadas políticamente, hoy, de una manera termidoriana criminalizando el conflicto social con una dureza desconocida en la España democrática.  Esta situación de efervescencia social tiene, sin embargo, una limitación: la ausencia, hoy por hoy, de una alternativa política; de ello se hablará más adelante.

¿A qué se enfrenta este gigantesco proceso de protestas obreras y populares? A la crisis económica que también en España está alcanzado una situación devastadora; a la política de recortes generalizados e indiscriminados (especialmente a los menos protegidos) en sectores tan sensibles como la sanidad y la enseñanza; a la desforestación de derechos sociales, cuyo paradigma es la sedicente reforma laboral; a los intentos de privatizaciones generalizadas en sanidad y enseñanza; a los escándalos y estafas financieras de las instituciones bancarias, que han significado una ingente cantidad de recursos malgastados o desviados de lo público a lo privado; a los centenares de miles de desahucios en los últimos años por la crisis de las hipotecas de las viviendas; a la política represiva contra todo lo que protesta y disiente en las calles de mi país. 

1.— Esta protesta, por otra parte, ya no está circunscrita a los grandes núcleos urbanos. Se ha ido extendiendo, como una mancha de aceite, por toda la geografía hispana: de hecho, no quedan ciudades pequeñas y alejadas de las capitales de provincia sin haber participado en esa oleada de movilizaciones con manifestaciones populares y encierros (por ejemplo, de ancianos setentones y ochentones) en defensa de los centros primarios de sanidad o contra las estafas financieras. Novedad también en las vestimentas de los manifestantes: los mineros con su blusas azul marino, la “marea verde” de los enseñantes y la “marea blanca” de los profesionales de la salud; la “marea negra” de los funcionarios públicos, la “marea naranja” de los empleados de los servicios sociales y la “marea roja” de los trabajadores industriales, y así sucesivamente. Con lo que cada manifestación es la apariencia de ser un gigantesco arco iris.    

El itinerario de esta presión sostenida ha conocido una evolución muy novedosa. Hasta hace dos años las luchas sectoriales no tenían relación las unas con las otras, ni todas en su conjunto con un objetivo general.
Cada cual, por así decirlo, se enfrentaba a las decisiones gubernamentales que les concernían. Pero gradualmente el sindicalismo confederal ha sabido reconducir esa dispersión y, unificando los objetivos y los conflictos, ha conseguido que todos los afluentes hayan desembocado en el caudaloso gran río de la protesta popular. Fausto Bertinotti hubiera dicho de todo ello que se trata de un movimiento de movimientos;  un panorama absolutamente inédito en la España contemporánea. Como igualmente han sido inéditas las nuevas formas de solidaridad que se vienen desarrollando en los últimos tiempos: recibimientos masivos en todas las ciudades donde pasaban las marchas de los mineros hacia Madrid; las de los enfermos con los sanitarios (médicos, enfermeras y celadores) en defensa de la sanidad pública en Madrid; las familias apoyando al profesorado; los vecinos impidiendo no pocos desahucios. Un movimiento solidario de movimientos solidarios.  Vale decir que el sindicalismo confederal se está comportando como un auténtico sujeto extrovertido creando un nuevo relato común,  a través de la acción colectiva, del movimiento de los trabajadores y de una amplísima mayoría de la sociedad.   

No obstante, es del todo evidente que toda esa formidable movilización, sostenida en el tiempo y en el espacio, tiene un marcado carácter de autodefensa. 

Especial mención en todo ese gran movimiento de protesta es el de los Indignados, cuyo lema central es ¡Democracia real, ya! con acampadas y manifestaciones de masas en todas las capitales de provincia españolas. Es un movimiento de jóvenes trabajadores en paro o del mundo del precariado, de universitarios, de capas medias empobrecidas o con dificultades económicas que todavía está alejado y desconfiando del sindicalismo confederal y al que éste mira con una cierta perplejidad.  Entiendo que no es buena cosa esta separación de tan importantes sujetos, y pienso que corresponde al sindicalismo seguir esforzándose en crear un foro de debate permanente con los Indignados. Téngase en cuenta que este movimiento (que, en buena medida ha hecho aflorar a la superficie una considerable parte de la izquierda submergida) tiene en su programa un elenco de planteamientos idénticos a los del movimiento sindical, y que en cierta medida recuerda los primeros andares del movimiento de Comisiones Obreras.

Confío que el buen hacer de los sindicalistas vaya eliminando las zonas de desconfianza mutua que todavía existen, generando síntesis sucesivas de proyecto y acción común. Lo sorprendente es que la desconfianza sindical hacia este nuevo universo proviene no tanto de los veteranos como de los cuadros sindicales más jóvenes.   

2.--  En gran medida la unidad de acción entre CC.OO. y Ugt es la responsable de esta presión sostenida en el tiempo y en el espacio. De hecho podemos decir que es algo más que la tradicional unidad de acción y menos que la unidad sindical orgánica. Se diría que es el resultado de la siembra de unas excelentes relaciones que vienen desde hace más de veinte años. No quisiera pecar de petulante, pero creo que esta situación es envidiable en el sindicalismo confederal europeo, y si me es permitido el descaro diría que especialmente en   Italia, donde parece haberse instalado una barroca teorización de la división sindical. 

Tal vez la explicación más clara de este largo proceso unitario español es que sus argumentos no han surgido de consideraciones abstractas ni de la bondad teórica del hecho de la unidad sino de la continuidad de la ´rentabilidad´ del estar juntos entre sí. Lo que ha permitido su permeabilidad en el amplio tejido de las estructuras sindicales. También en el terreno de las relaciones unitarias entre CC.OO. y UGT han aparecido novedades de especial significación: el sindicalismo confederal catalán ha establecido un protocolo por el que se crea un Comité de enlace entre los dos sindicatos, ya ratificado en el reciente congreso de las Comisiones Obreras catalanas y pendiente de aprobación por el próximo congreso de UGT. Esta experiencia catalana debería extenderse a lo largo y ancho de España y,  muy especialmente, en los más altos niveles de las direcciones confederales, indicando de esta manera que se quiere poner en marcha una nueva narrativa unitaria.   

No estamos, así las cosas, ante un proceso de fusión de las dos organizaciones sindicales sino ante un nuevo cemento que consolida la unidad de acción. En todo caso, me atrevo a decir –con toda la prudencia del mundo— que en España existen las bases objetivas para la construcción, desde abajo, de un sindicato confederal unitario.  Esta es, a mi juicio, la narrativa en la que debería empeñarse el sindicalismo español.

3.--  La importante movilización del sindicalismo confederal contra la política neoliberal del gobierno tiene, sin embargo, una laguna: la negociación colectiva, salvo raras excepciones, está casi paralizada desde hace un año. Diríase que el sindicalismo, en ese terreno, se encuentra atenazado entre, de un  lado, las medidas de la sedicente reforma laboral que es una agresión en toda la regla a derechos e instrumentos; y, de otro lado, la actitud intransigente de la patronal a negociar los convenios porque sabe que el gobierno le está haciendo el trabajo sucio.

Todo ello se está traduciendo en una pérdida de poder adquisitivo de los salarios (continuamente recortados en la Administración pública) por la vía de la inflación y de una serie de subidas arbitrarias de los impuestos, por ejemplo el impuesto del valor añadido (iva), y en una pérdida del control de la organización del trabajo. A lo que debe añadirse la salvaje reestructuración (sin innovación de los aparatos productivos) de centenares de miles de empresas: unas se aprovechan de las facilidades que les ofrece la llamada reforma laboral que incrementa la violencia del poder privado del poder empresarial; otras son, con mayor o menor aproximación, la expresión de la crisis del tosco sistema productivo español (1). Lo que se está concretando en un incremento espectacular de los expedientes de regulación de empleo que  expedientes de regulación de empleo (ERE) autorizados o comunicados entre enero y agosto de este año que han ascendido a 22.007, el 69,7 % más que en el mismo período de 2011, mientras que el número de afectados por ellos ha crecido un 53,3 % (hasta los 299.021 asalariados). En realidad lo que está en marcha es una operación que, parodiando a James Bond, tiene “licencia para despedir”.

Todo ello indica hasta qué punto están cayendo sobre los sindicatos españoles una serie de tormentas de complicado manejo. Pero que, en todo caso, tienen el desafío de conjugar la acción colectiva en el centro de trabajo, recuperando la iniciativa en el terreno contractual, general y descentralizado, con la presión sostenida contra el conjunto de las políticas neoliberales.

4.--  Buena parte de los problemas de la parte de la crisis, que es específicamente española, vienen de la gestión errática del gobierno anterior del Presidente Zapatero. Ahora bien, las actuales políticas de la derecha política y económica española están agravando hasta límites paroxísticos “la herencia recibida”.

¿Cuál es el cuadro político español? Una derecha cavernaria que tiene la mayoría absoluta; una crisis de los socialistas que es de identidad, proyecto, liderazgo y organización con una espectacular pérdida de poder en las instituciones autonómicas y municipales; y una izquierda alternativa que incrementa su representación, pero que no cubre, ni de lejos, lo que ha perdido la izquierda moderada del socialismo español. Esto es, por un lado, la izquierda paliativa del PSOE --la expresión referida a la socialdemocracia europea es de Alain Supiot (2)--  y, de otro lado, la izquierda alternativa, IU, que, ganando representación y representatividad, no aparece como sujeto realmente intimidante. Una izquierda que “acompaña” los cambios dictados por el capitalismo financiero intentando ablandar los efectos sociales más devastadores y otra izquierda que no parece ubicada suficientemente en el actual proceso de reestructuración profunda de toda la economía en el cuadro sin retorno de la globalización.   

Así las cosas, el sindicalismo confederal reaparece como sujeto político de una manera un tanto contradictoria: por una parte, movilizando a millones de personas en las calles y, de otra, con una insuficiente acción colectiva en los centros de trabajo. En todo caso, no pocas de las funciones a las que se auto obliga el sindicalismo español representan una especie de substitución de aquello que las izquierdas o no quieren o no saben poner en marcha, esto es, darle cuerpo político al conflicto social. Lo que, a fin de cuentas, representa una sobrecarga enorme en las espaldas de los sindicatos.

5.--  CC.OO. y UGT están en puertas de sus respectivos congresos confederales. Comisiones lo hará a mediados de febrero y UGT en la primavera. Es de suponer (y esperar) que acertarán en el diseño de un proyecto orientado a resituar el poder contractual en el centro de trabajo, recuperando gradualmente los destrozos de la mal llamada reforma laboral. Y, desde ese anclaje en el centro de trabajo, diseñar la autodefensa y alternativa de un welfare más inclusivo que recupere, a su vez, los derechos y conquistas anteriores. Un proyecto sindical, en suma, que ponga las bases de un diálogo con aquellos sectores con los que nunca ha dialogado. Y que diseñe un itinerario que, desde abajo, proponga a los trabajadores un sindicalismo confederal unitario.


 

(1)    “A pesar de la insistente retórica sobre la necesidad de impulsar, apoyar y extender la innovación, la realidad es que la mayoría de nuestras empresas siguen padeciendo bajos niveles de innovación, donde la mayoría no va más allá de concentrar sus esfuerzos en reducir costes -por la vía de reducir plantillas o contratar servicios externos- que naturalmente pueden mejorar los resultados económicos, pero al mismo tiempo, cuando el mercado está estancado y la competencia es solo por precios, en no pocas ocasiones se acaba creando un verdadero círculo vicioso que obliga a una espiral de constante deterioro de las condiciones de trabajo y a la vez de destrucción de empleo y, con ello, de debilitamiento del proyecto mismo de la empresa”. Joaquim González Muntadas en: POLÍTICA INDUSTRIAL: ¿DONDE ESTÁ LA INNOVACIÓN?, http://lopezbulla.blogspot.com.es/2012/12/politica-industrial-donde-esta-la.html

 

(2)    Alain Supiot. Introducción a la edición francesa de La città del lavoro (Bruno Trentin), editada por Fayard, Poids et Mesures du Monde (2012). Ver en   http://lopezbulla.blogspot.com.es/2012/12/alain-supiot-diserta-sobre-trentin.html Por otra parte, dicha obra ya ha aparecido en su versión castellana en formato papel en la Fundación Primero de Mayo (con introducciones de Nicolás Sartorius y Antonio Baylos) y en formato digital, ambas en traducción de José Luis López Bulla en  http://metiendobulla.blogspot.com.es/

 

 

 

 


* José Luis López Bulla fue secretario general de CC.OO. de Cataluña desde 1976 a 1995. 

02 June 2012

BRUNO TRENTIN, EL SENTIDO DE UN COMPROMISO Y SU VIGENCIA EN ESTOS TIEMPOS QUE CORREN


José Luis López Bulla
Intervención en la Fundación de Investigaciones Marxistas, 1 de Junio de 2012




Estoy doblemente agradecido a la Fundación de Investigaciones Marxistas. Primero porque ha organizado este seminario sobre Bruno Trentin; segundo porque me ha invitado a participar en este encuentro. Vamos a conversar, como nos ha pedido Eddy Sánchez, sobre el compromiso de Bruno Trentin: sindicalista, político, intelectual y en sus años mozos jefe partisano a los dieciséis años; de su etapa de partisano nos ha dejado él mismo un Diario de Guerra, que publicó en 2008 la Editorial Donzelli. Se ha dicho esta mañana que Trentin abre tiene una visión teórica muy importante para mañana. No lo dudo. Pero me gustaría dejar claro una cosa: Trentin no escribe en el vacío. Es más, toda su obra es el resultado de su obra como dirigente sindical y, en parte, la reflexión de lo que está impulsando a diario en la práctica del conflicto social.   


Entrando en lo concreto, intentaré resumir los ejes centrales del compromiso trentiniano cuya idea fuerza era la humanización del trabajo --una formulación que hunde sus raíces en una serie de planteamientos de Engels-- y la transformación de la sociedad. Para ello parece inevitablemente necesario entrar de lleno en la idea que nuestro hombre tenía del sindicalismo y la política  y de las originales aportaciones que hizo a lo largo de más de cincuenta años en Italia y Europa. Es sobre las ideas y las prácticas que las acompañan sobre lo que versaré mi intervención porque son las que conforman el compromiso militante de nuestro hombre. 

Trentin se propone acompañar a los trabajadores y a sus movimientos organizados a través de investigaciones sucesivas de las transformaciones que se van operando en los aparatos productivos y en la economía, en la sociedad y en la cultura, en la política y en la estructura de clases sociales. Investigaciones propias y de otros autores, incluso las de aquellos que no se reconocían en la tradición marxista. Lo que siempre le valió la fama de intelectual heterodoxo y fue visto siempre con suspicacia por dirigentes de su propio partido con los que tuvo frecuentes y famosos encontronazos como, por ejemplo, aquellos leones del comunismo que fueron Palmiro Togliatti y Giorgio Amendola. Y no en cuestiones secundarias sino de enorme importancia: el carácter del desarrollo capitalista en Italia y Europa a mediados de los años cincuenta, la invasión soviética de Hungría en 1956,  la naturaleza del sindicalismo y el sentido del conflicto social.  


Primer tranco. Trentin entiende que la subordinación histórica del sindicalismo al partido no tiene sus raíces en Marx sino en Ferdinand Lassalle (1). En la práctica fue el partido lassalleano el que se impuso y determinó las relaciones entre el partido y el sindicato en las concepciones y prácticas de Bebel y Kaustky, Guesde y Pablo Iglesias, Togliatti y Thorez, y los que vinieron después. Es decir, la famosa correa de transmisión recorrió las conductas de socialistas, socialdemócratas y comunistas a lo largo de la historia de ambos sujetos. Como cosa chocante vale la pena traer a colación que fueron los sindicalistas comunistas como Giuseppe Di Vittorio, Luciano Lama, Bruno Trentin, Camacho, entre otros, quienes abrieron el camino para romper la subordinación del sindicato al partido. En ese sentido es Trentin quien propone los argumentos más potentes que, en parte, estaban presentes en los planteamientos de Di Vittorio.

El partido lassalleano se atribuye una gratuita preeminencia sobre el sindicalismo y, a la vez, le concede paternalmente un estatuto donde implícitamente estaría sometido a una acción meramente tradeunionista. De ahí el primer chispazo entre Togliatti y Di Vittorio con relación al Piano del Lavoro, (1949) un conjunto de propuestas en la posguerra que redactaron un veterano Vittorio Foa y un jovencísimo Trentin, responsables del Gabinete de Estudios de la CGIL.  Togliatti consideraba que un planteamiento de esa envergadura se escapaba de las competencias y atribuciones que históricamente el partido había “concedido” al sindicato y, por lo tanto, hizo lo posible por ningunearlo.  El sindicato tenía una misión y no podía salirse de ese libreto: los salarios y la reducción de la jornada laboral. Vale la pena traer a colación lo que dijo Togliatti en polémica con Trentin en febrero de 1957: “no corresponde a los trabajadores tomar iniciativas para promover y dirigir el progreso técnico, que es función del partido; a los sindicatos les corresponde sólo la lucha por el aumento de los salarios” (2). Por lo tanto, el sindicato debe ejercer el conflicto sólo en el terreno de lo distributivo.

Esta preeminencia que se autoconcede el partido lassalleano comporta, además, que el ejercicio del conflicto social esté subordinado a la contingencia de los intereses políticos del partido. Así las cosas, el sindicato es una prótesis funcional en cualquier circunstancia. De ahí las enormes reticencias que tuvo el partido --y su doblez-- ante los continuados proyectos de renovación que pusieron en marcha Trentin y sus compañeros de cara a crear vínculos unitarios en el sindicalismo confederal italiano y las nuevas experiencias de representación en los centros de trabajo, substituyendo las viejas comisiones internas por los famosos consejos de fábrica nacidos en las grandes movilizaciones de los otoños calientes a finales de los sesenta y principios de los setenta en Italia.

Segundo tranco.  Trentin fue un sindicalista que analizaba, ya se ha dicho, los constantes cambios que se iban operando en las estructuras productivas y en toda la economía europea e italiana. Su célebre informe en el Seminario del Instituto Gramsci [Le dottrine neocapitalistiche e l´ideologia delle forze dominanti nella política economica italiana] en 1962, donde se produce el enésimo  encontronazo con Giorgio Amendola (3). Es no sólo una rigurosa investigación sobre las nuevas expresiones del capitalismo (lo que entonces se dio en llamar neocapitalismo), sino también el inicio de un nuevo itinerario del sindicalismo confederal italiano que tiene como protagonistas a jóvenes dirigentes como Lama y Trentin, Carniti y Gabaglio, entre otros. Digamos que son los primeros andares de la búsqueda de una representación unitaria de los trabajadores en una fábrica que había cambiado profundamente.

Si su informe en el famoso seminario antes referido es un ejemplo de su capacidad investigadora, no lo es menos el gigantesco trabajo que realiza en su libro La città del lavoro, sinistra e crisis del fordismo  [Feltinelli, 1997]. Pietro Ingrao dijo de él lo siguiente: “Ha aparecido durante el otoño en Italia un hermoso libro de Bruno sobre el cual sería fecundo, a mi juicio, abrir una larga discusión, casi de masas”. Lamentablemente, me atrevo a señalar, no está traducido al castellano; por eso me he metido en la insensata aventura de verter ese libro al castellano, ustedes perdonen mis ínfulas. Es una tarea que va apareciendo con regularidad en esta dirección:   http://metiendobulla.blogspot.com.es/  

Tiene interés señalar que el proyecto sindical de nuestro amigo supone un serio intento de vincular las aspiraciones de los trabajadores con la forma de la representación. Para decirlo en términos más concretos: la organización no es algo escindido del proyecto; la organización es algo así como la fisicidad del proyecto. Es, para decirlo en términos gramscianos, la praxeología del sindicalismo confederal. Y, en ese sentido, las formas de representación están en concordancia con las transformaciones del trabajo que cambia y de las aspiraciones del conjunto asalariado.

El compromiso de Trentin fue la apuesta por un sindicalismo unitario, un sujeto político de nueva planta. Ahora bien, no basta con plantear la necesidad de una organización unitaria si no se introducen las adecuadas variables en ese polinomio.  En primer lugar la independencia del sindicalismo: en la elaboración de su proyecto y en sus recursos con un conjunto de reglas propias en su funcionamiento doméstico y en su relación extrovertida con otros sujetos políticos, sociales e institucionales. En este sentido, el establecimiento de las incompatibilidades entre determinados cargos de dirección del sindicato y del partido –también en la esfera parlamentaria— es una regla de gran importancia. Lo que, no hace falta decirlo, no sentó nada bien en el Partido comunista italiano ni en la casa socialista.    

Es el inicio del recorrido que le llevará a escaparse definitivamente de la subordinación tradicional de papá-partido: una caminata, no siempre fácil, pues en ocasiones tiene el riesgo de devenir esa práctica en pansindicalismo,  que le irá consolidando como sujeto político. Que siendo independiente, de las elaboraciones de Trentin se desprende que no es indiferente al cuadro político e institucional. 

Tercer tranco. Uno de los grandes compromisos de nuestro hombre es situar al sindicalismo confederal y a la izquierda en una lógica que escape de la hegemonía del fordismo-taylorismo que ha establecido “una relación de opresión y subalternidad no sólo jerárquica sino también cultural, fundado en el monopolio de los saberes y decisiones de los mánagers” (4). De ahí que afirme insistentemente que uno de los grandes problemas de la izquierda social y política del siglo XX haya sido no estar atento a los temas de la producción y haberse ocupado exclusivamente de la distribución. Por eso se le han escapado las grandes transformaciones que se han dado a lo largo del pasado siglo. Dice Trentin: La crisis ya manifiesta de lo que se acostumbra a definir el sistema “taylorista-fordista” durará mucho tiempo entre avances y derrotas redefiniendo modelos de organización del trabajo humano que cada vez tienen un carácter menos definitivo (5). Pero, a partir de ahora, esta crisis parece destinada a abrir nuevas heridas y nuevas divisiones entre las organizaciones sociales y políticas que se inspiran en los diversos ideales de emancipación de las clases trabajadoras y en el interior de cada una de ellas.

Sobre todo, esta crisis coge una vez más con el pie cambiado a un gran parte de las fuerzas de izquierda en Italia y en Europa, encontrándola frecuentemente desarmadas dada la consciencia tardía (cuando la hubo) del inicio de dicha crisis  y de sus implicaciones sociales y políticas. Estas fuerzas no han ajustado las cuentas con la herencia de la cultura taylorista-fordista que llevan en sí mismas. Ni tampoco han tomado plenamente consciencia de la influencia que esta cultura ha tenido sobre las ideologías productivistas y redistributivas que, a lo largo de un siglo (incluso mediante la fuerte legitimación de los grandes ideólogos de la revolución socialista y del socialismo real) han dominado el pensamiento democrático y socialista en todo el mundo (6).

La propuesta trentiniana de salir del fordismo-taylorismo tendrá su base experimental en las plataformas reivindicativas de los grandes convenios colectivos con el tratamiento novedoso de cuestiones como el control de la organización del trabajo en todas sus componentes como, por ejemplo, los tiempos y horarios de trabajo, la profesionalidad y la contratación, estrechamente ligados a la nueva representación de los trabajadores, esto es, los consejos de fábrica, como expresión unitaria del sindicalismo confederal y del conjunto de los obreros, técnicos y empleados en el centro de trabajo.  No se trata de un planteamiento abstracto sino al calor de las grandes movilizaciones de los sucesivos otoños calientes. Toda una concepción que es el resultado de una seria observación y, también, como fruto del diálogo entre marxistas y católicos frente al historicismo marxista y las expresiones populistas de no pocos exponentes de militancia cristiana.

Cuarto tranco.  El compromiso de Bruno Trentin nos trae a colación un buen plantel de experiencias. De un lado, la fascinación de la actividad sindical y, de otro lado, sus luces y sus claroscuros.

Entiendo por fascinación de la actividad sindical ese quehacer cotidiano que tiene que medirse diariamente con las decisiones que se toman. Trentin y los sindicalistas verifican constantemente sus propuestas. Hay que elaborar la plataforma reivindicativa y, a continuación, debe verificarse todo su itinerario: o se firma o no se firma; o se convoca al conflicto o no se convoca. Diríamos que es un permanente observatorio del estado de las relaciones de fuerza en tiempo real.  Es, para decirlo en términos coloquiales, un constante trajín. Que, con cierta frecuencia corre el riesgo de caer en la ramplonería del practicismo. No es este el ejemplo que nos ofrece Trentin.

Sorprende que un sindicalista como él, que ejerció altas responsabilidades federativas y confederales, dirigiendo la FIOM y la CGIL, tuviera tiempo para tan altas tareas de dirección cotidianas, leer, estudiar y escribir importantes libros y ensayos sobre economía y sindicalismo (7). Me gustaría que alguien me indicara si conoce algún dirigente político o sindical que, al calor de tantas batallas, haya escrito una obra tan vasta. Por otra parte, la lectura de la rica obra de nuestro hombre se caracteriza por un potente aparato crítico con abundantes referencias a científicos sociales de diferentes escuelas, no pocos de ellos alejados de la tradición marxista, y no es infrecuente que en sus ensayos haga acopio de un acervo de lo que él llama la sinistra non vincente, especialmente a la tradición libertaria. Lo que, a buen seguro, provocaría más de una urticaria a sus amigos, conocidos y saludados.

Quinto tranco.  Todo el proyecto sindical de Trentin está cuajado de insistentes reivindicaciones de derechos, entendidos éstos en la acepción de Gerardo Pisarello, como bienes democráticos. Podríamos desvelar su tesis de la siguiente manera: si el fordismo (no el taylorismo) es ya mera chatarra, es ineludible crear un universo de nuevos derechos de ciudadanía social, dentro y fuera de los centros de trabajo acordes con el nuevo paradigma postfordista. De ahí su recurrencia a los nuevos derechos en esta fase que podríamos calificar de reestructuración-innovación de los aparatos productivos y de servicios. Lo que, con dudosa propiedad, podríamos señalar como derechos tecnológicos.

Reflexionando sobre este mundo de los derechos Trentin establece, de un lado, la relación entre trabajo y libertad; y, de otro lado, entre trabajo y conocimiento. En ambas cuestiones, inseparables entre sí, resuena su insatisfacción por cómo percibe (más bien, cómo no lo hace) la izquierda.  Ahora bien, nuestro hombre lo aclara con una condición: que la cultura de la izquierda sepa ocupar los espacios que ha abierto la crisis del fordismo, forzando las contradicciones que lo acompañan ya que la izquierda tiene un enorme retraso en comprender la vertiente de estos problemas.

Uno de los buques insignia de los nuevos derechos que plantea Trentin es la codeterminación. Léase bien, no se dice co-gestión que es cosa bien distinta. Trentin entiende por codeterminación lo siguiente: el método de fijación negociada, como punto de encuentro, entre el sujeto social y el empresario, anterior a decisiones "definitivas" en relación, por ejemplo, a la innovación tecnológica, al diseño de los sistemas de organización del trabajo y de las condiciones que se desprenden de ella.  Se trata, así las cosas, de un derecho que es esencial para la flexibilidad negociada. Lo que supondría una nueva acumulación de conocimientos y saberes por parte de los trabajadores y los sindicalistas a lo largo de todo el arco de la vida de las personas. Se trata de los últimos esfuerzos de nuestro hombre: ultrapasar los derechos de la tercera generación para proponer los derechos culturales  Es como si dijera que la disputa de saberes es parte fundamental del conflicto social. Pero también como una de las condiciones para el crecimiento económico, la participación democrática y  cívica y la construcción del futuro. De ahí que, desde hace tiempo, vengo reclamando la constitución de un Estatuto de los Saberes, un compendio de nuevos derechos de ciudadanía: una estrategia global de redistribución del acceso a los saberes y a la información, democratizando la revolución digital y tecnológica. Lo que tiene su máxima importancia en estos tiempos que necesitan que el sindicalismo (y la política) valoren el capital cognitivo en todas sus intervenciones; una batalla a la que, lógicamente, hay que implicar a los poderes públicos. Y comoquiera que no hay batalla sin su correspondiente grito mediático, propongo el siguiente: Más saberes para todos. Doctores tiene la Iglesia para elaborar dicho Estatuto. No quiero rehuir la responsabilidad de indiciar algunos, todavía insuficientes, apuntes. A grandes rasgos podrían ser: a) la formación a lo largo de todo el arco de la vida laboral, b) enseñanza digital obligatoria y gratuita, c) acceso gratuito a un elenco de saberes por determinar, d) años sabáticos en unas condiciones claramente estipuladas. 

He dicho que el conflicto por los saberes es parte consubstancial del conflicto social. De ahí que sea necesaria una amplia discusión, sin tabús, acerca de lo siguiente: ¿cuál es el nivel y grado de intimidación que hoy tiene el conflicto social? ¿Hasta qué punto intimidan las reivindicaciones sindicales que siguen estando en el cuadro fordista cuando este paradigma ha desaparecido prácticamente? ¿De qué manera establecer un nuevo ejercicio del conflicto en el cuadro de las mutaciones tecnológicas, que se caracteriza porque estando de brazos caídos, las máquinas siguen funcionando? ¿de qué manera ejercer el conflicto sin provocar bolsas de hostilidad por parte de la ciudad del trabajo y sus amigos, conocidos y saludados o, mejor dicho, concitando amplios apoyos por parte de la ciudad del trabajo? Sobre estas dos cuestiones el sindicalismo debe recuperar su retraso teórico y, sobre todo, práctico.


Tranco final


De un lado, tengo para mí –sin involucrar ahora a Bruno Trentin-  que el sindicalismo europeo debe tomar buena nota de los planteamientos de nuestro amigo especialmente en el vasto escenario del cambio de paradigma. Centrar su estrategia en la tutela de los trabajadores, como si estuviéramos todavía en el viejo contexto fordista, representa una desubicación de los tiempos que corren. Pero esta es una opinión subjetiva que dejo de pasada como quien no quiere la cosa. De otro lado, estimo que el apasionante anhelo de Bruno Trentin por la unidad del sindicalismo encuentra nuevas bases en España con esta estable y sostenida unidad de acción. Entiendo que este largo periodo unitario debería  ser un motivo necesario para que los dos grandes sindicatos españoles sean todavía más ambiciosos. 

Pienso que se necesita más audacia en este terreno. De hecho, ¿qué diferencias teóricas existen hoy en el sindicalismo español que puedan impedir empezar a debatir la unidad sindical orgánica? He dicho empezar a debatir, no lanzarse a tumba abierta. Es un tanto chocante que ambos sindicatos estén en la misma casa sindical europea y mundial y, en cambio, no dispongan de un mismo albergue en casa. ¿Tiene esto sentido? No lo tiene. Es más, sostengo la idea de que un sindicato unitario en España es una condición necesaria –no digo suficiente--  para seguir encarando los desafíos presentes de esta crisis tan devastadora que padecemos, también para afrontar los retos de este contexto de innovación-reestructuración de los aparatos productivos y de servicios de toda la economía. Es más, un sindicato unitario estaría en mejores condiciones para encuadrar de manera estable a centenares de miles de asalariados, de todas las tipologías, que todavía no están lo suficientemente cerca del sindicalismo confederal. Y tal vez, una serie de colectivos sectoriales tendrían mejor las cosas para encuadrarse en esa casa unitaria. Se mire por donde se mire no hay riesgo alguno para empezar a hablar de la unidad orgánica; se mire por donde se mire tampoco hay riesgos para construir un sindicato unitario.

En los años del tardofranquismo los grupos dirigentes de Comisiones Obreras teníamos una noble obsesión por la unidad sindical orgánica y su congreso constituyente. Que no fue posible, como es sabido. Lo impedían factores domésticos, la falta de experiencias unitarias de tipo sindical, poderosas razones del contexto internacional y otras consideraciones. Hace tiempo que la cosa ha cambiado radicalmente, siendo lo más destacable la acumulación sostenida de experiencias unitarias y de hechos participativos conjuntos. Lo único que falta es acomodar las condiciones subjetivas de los grupos dirigentes  a las condiciones objetivas. Esto es, las necesidades, esperanzas y anhelos del conjunto asalariado, de los pensionistas, de los que buscan trabajo y de los que no lo tienen. Por eso, reflexionar sobre Trentin podría ser un acicate para empezar a hablar. De momento, empezar a hablar.


NOTAS

(1) Habla Marx: “En ningún caso los sindicatos deben estar supeditados a los partidos políticos o puestos bajo su dependencia; hacerlo sería darle un golpe mortal al socialismo”. Tal cual. Se trata de la respuesta de nuestro barbudo al tesorero de los sindicatos metalúrgicos de Alemania en la revista Volkstaat, número 17 (1869) en clara respuesta a lo afirmado por Lassalle: “el sindicato, en tanto que hecho necesario, debe subordinarse estrecha y absolutamente al partido” (Der sozial-democrat”, 1869).

(2) Del epistolario privado Togliatti–Trentin. Iiginio Mariemma Attualità del pensiero de Bruno Trentin en Il futuro del sindacato dei diritti (Ediesse, 2009) 

(3) Tendenze del capitalismo italiano, en Bruno Trentin Lavoro e libertà [Ediesse, 2008]. Existe una traducción castellana, La ideología del neocapitalismo, publicada por la editorial Jorge Álvarez (Buenos Aires, 1965)  

(4) Il coraggio dell´utopia [Rizzoli, 1994]
  
(5) No me resisto a incluir la definición que Trentin ofrece del taylorismo en La città del Lavoro [Feltrinelli, 1997] 

Con este sumario término [fordismo-taylorismo] no intentamos agrupar en un solo aparato conceptual el trabajo de Frederick W. Taylor, de sus continuadores y apologistas la ideología que Henry Ford supo dibujar en el curso de su gran aventura como capitán de industria.

Que se trate de modelos de organización de la producción ampliamente complementarios (el fordismo nace del taylorismo, por así decirlo), pero está demostrado que son distintos, ya que en la fase actual de crisis (irreversible) del modelo fordista emerge una singular capacidad de “resistencia” de las formas de organización jerárquica del trabajo heredadas de los principios de la “organización científica del management”, elaborados por Taylor. A grandes rasgos se pueden sintetizar como sigue:

a) Estudio de los movimientos del trabajador mediante su descomposición para seleccionar aquellos que son “útiles”, suprimiendo los “inútiles” aunque sean instintivos para reconstruir la “la cantidad de trabajo veloz que se le puede exigir a un obrero para que siga manteniendo su ritmo durante muchos años sin ser molestado” (Este análisis de los movimientos y su cronometraje fueron incluso más eficaces en el método cinematográfico de Frank G. Gilbreth);

b) Concentración de todos los elementos del conocimiento (del saber hacer), que en el pasado estaban en manos de los obreros, en el management que “deberá clasificar estas informaciones, sintetizarlas y sacar de estos conocimientos las reglas, las leyes y las fórmulas”;

c) Apropiación de todo el trabajo intelectual al departamento de producción para concentrarlo en los despachos de planificación y organización; con la separación  radical (“funcional”) entre la concepción, el proyecto y la ejecución; entre el thinking departament y la tarea ejecutiva e individual del trabajador que está aislado de todo el grupo o bien está en un colectivo. (Taylor repetía a sus obreros de la Midvale en 1980: “No se os pide que penséis, para ello pagamos a otras personas);

d)  Predisposición minuciosa, por parte del manegement, del trabajo a desarrollar y de sus reglas para facilitar su ejecución. Las instituciones predispuestas del management deben sustituir totalmente el “saber hacer” del trabajador y especificar no solamente qué es lo que debe hacerse sino “de qué manera hay que hacerlo en un tiempo precisado para hacerlo”. Véase entre tantas fuentes, además de los escritos de Taylor (La organización científica del trabajo), Georges Friedmann (La crisis del progresso, Guarini e Associati, Milano 1994) e Problemi umani del macchinismo industriale, Einaudi, Torino 1971) y Harry Braverman (Travail et capitalismo monopoliste, Maspero, París 1976). 

(6) Este es el incipit de La città del lavoro.

(7) Una breve bibliografía de Bruno Trentin:  
·        Da sfruttati a produttori, De Donato, Bari, 1977
·        Il sindacato dei consigli. Intervista di Bruno Ugolini, Editori Riuniti, Roma, 1980
·        Lavoro e libertà nell’Italia che cambia, Donzelli, Roma, 1994
·        Il coraggio dell’utopia. La Sinistra e il sindacato dopo il taylorismo. Un’intervista di Bruno Ugolini, Rizzoli, Milano, 1994
·        (con Luis Anderson) Nord sud. Lavoro, diritti e sindacato nel mondo, Ediesse, Roma, 1996
·        (con Carlo Callieri) Il lavoro possibile, Rosenberg & Sellier, Torino, 1997
·        La città del lavoro. Sinistra e crisi del fordismo, Feltrinelli, Milano, 1997 en http://metiendobulla.blogspot.com.es/
·        (con Adriano Guerra) Di Vittorio e l’ombra di Stalin, Ediesse, Roma, 1997
·        Autunno caldo. Il secondo biennio rosso (1968-1969). Intervista di Guido Liguori, Editori Riuniti, Roma, 1999
·        (con Carla Ravaioli) Processo alla crescita. Ambiente, occupazione, giustizia sociale nel mondo neoliberista, Editori Riuniti, Roma, 2000
·        La libertà viene prima, Editori Riuniti, Roma, 2005
·        Lavoro e libertà. Scritti scelti e un dialogo inedito con Vittorio Foa e Andrea Ranieri, Ediesse, Roma, 2008
·        Diario di guerra (Settembre-novembre 1943), Donzelli, Roma, 2008

 

 

 

 

 

SINDICATO Y SOCIEDAD  (1991) http://baticola.blogspot.com.es/2007/02/sindicato-y-sociedad.html

 

TRENTIN, DOCTOR HONORIS CAUSA EN LA UNIVERSIDAD DE VENECIA 

 

http://baticola.blogspot.com.es/2006/07/trentin-doctor-honoris-causa-en-la.html

LA FRONTERA DE LOS NUEVOS DERECHOS  (2 de abril de 2003) en

http://baticola.blogspot.com.es/2007/01/la-frontera-de-los-nuevos-derechos.html

 

TRABAJAR, ¿PARA QUÉ? OTRO COLOQUIO DE BRUNO TRENTIN CON ESTUDIANTES     Marzo de 1998 TRENTIN, DOCTOR HONORIS CAUSA EN LA UNIVERSIDAD DE VENECIA  (3 de setiembre de 2002)

 

http://baticola.blogspot.com.es/2007/01/trabajar-para-qu-otro-coloquio-de.html

 

LAS TRANSFORMACIONES POSIBLES DE LOS SISTEMAS DE RELACIONES INDUSTRIALES

 

http://baticola.blogspot.com.es/2006/06/las-transformaciones-posibles-de-los.html

 

TRENTIN: LA DEMOCRACIA ECONOMICA     (Julio 2004)

 

http://baticola.blogspot.com.es/2006/06/trentin-la-democracia-economica.html

 

TRENTIN: NUEVOS TRABAJOS Y NUEVOS DERECHOS      

 

(1997) http://baticola.blogspot.com.es/2006/06/trentin-nuevos-trabajos-y-nuevos.html


LA LIBERTAD. LA APUESTA DEL CONFLICTO SOCIAL        

 

(2003) http://baticola.blogspot.com.es/2006/06/la-libertad-la-apuesta-del-conflicto.html


ELOGIO DE BRUNO TRENTIN

 

http://baticola.blogspot.com.es/2006/12/elogio-de-bruno-trentin.html




20 September 2011

200 AÑOS DE COMPROMISO DEL SINDICALISMO EUROPEO




Primeras aclaraciones.


Antes de entrar en materia quiero aclarar algo que me parece de interés. No voy a hacer un desarrollo histórico del sindicalismo porque no tengo las herramientas académicas y porque, en realidad, tampoco es mi papel. Lo que me propongo en esta conversación es plantearos una serie de reflexiones sobre los momentos más llamativos que, a mi entender, se han dado en todo ese largo proceso del movimiento de los trabajadores y del sindicalismo, como sujeto organizado. Los momentos más llamativos serían esas situaciones de corrimientos tectónicos que, eso sí, han tenido una importancia considerable. Por poner, de momento, un ejemplo: la gran autorreforma que
Joan Peiró, el gran dirigente anarcosindicalista catalán, se propuso y llevó a cabo trasladando la organización por oficios a las Federaciones de Industria. Este es un momento que, por su trascendencia, podríamos denominar tectónico.


Me propongo dividir esta conversación en dos grandes apartados. El primero trataría del siglo XIX, concretamente del sindicalismo europeo que prácticamente era el único realmente existente. La segunda parte versaría sobre la continuación de aquellos andares decimonónicos hasta nuestros días. Lo que no quiere decir que, en nuestra posterior conversación y debate, dediquemos –si os parece bien— un tiempo especial a las preocupaciones de hoy, de nuestros días, vale decir, al papel del sindicalismo en esta fase de innovación-reestructuración de toda la economía en el contexto de la globalización.


Una última aclaración previa: creo que los historiadores deberían revisar sus categorías de investigación sobre el movimiento obrero. Hasta la presente, salvo muy honrosas (aunque escasas) excepciones esta historiografía se ha caracterizado por analizar la vida y milagros de ese movimiento como si fuera una vida paralela a la de sus contrapartes; incluso las biografías de los grandes padres del movimiento de los trabajadores se han presentado, por lo general, escindidas de la biografía de sus oponentes, los patronos. Es como si el relato de la vida de Kasparov, el gran campeón del ajedrez, obviara la de sus contrincantes o no aludiera pormenorizadamente al desarrollo de tal o cual partida. Pues bien, a lo largo de mi intervención procuraré no caer en esa limitación. Pero el resultado no será todo lo bueno que sería menester. Mis limitaciones aparecerán en toda su crudeza, y ya de entrada pido benevolencia.



Primer tranco.



Lord Mansfield, presidente del Tribunal Supremo del Reino Unido, declaró en el último tercio del siglo XVIII que los sindicatos “son conspiraciones criminales inherentemente y sin necesidad de que sus miembros lleven a cabo ninguna acción ilegal”. La acusación de este magistrado, que será recurrente en toda la literatura liberal de la época, es que tales asociaciones intentan alterar el precio de las cosas, es decir, mejorar los salarios. Es el constructo jurídico que recorre el siglo XVIII, quedando sancionado por la Ley General de 1799, que prohibía taxativamente cualquier tipo de asociación, y que bajo diversas situaciones (de durísima represión) estuvo vigente en aquellas tierras hasta la década de 1870. Más allá de esta brutalidad, podemos sacar dos conclusiones. 1) Durante el siglo XVIII existen ya movimientos societarios en Inglaterra, asociaciones protosindicales de autodefensa, considerados como enemigos por parte de los poderes económicos y la coalescencia de éstos con la Magistratura. 2) La brutalidad de Lord Mansfield es el resultado de la derrota del Derecho de las corporaciones artesanas por el Derecho de las corporaciones mercantiles que, tras adquirir sólidamente el dominio de las relaciones económicas, desemboca en el territorio de las relaciones de producción, apoyadas con la fuerza coercitiva de los poderes públicos. De ahí que un lúcido
Karl Polanyi afirmara: “en lugar de que la economía se incorpore a las relaciones sociales, éstas se incorporan al sistema económico” [La gran transformación, en Fondo de Cultura Económica, 2003]


Estamos hablando de una gigantesca mutación de época, especialmente referida a los procesos de innovación tecnológica, que es el baricentro del desarrollo industrial a gran escala. Sus hitos más significativos son: en el año 1764 se crea la primera máquina de hilar; en 1769 la hiladora impulsada por fuerza hidráulica; 1776 Máquina de vapor como propulsor del fuelle de altos hornos que fue definida posteriormente por Marx como el agente principal de la gran industria pues en un abrir y cerrar de ojos se aplica a todo tipo de industrias; en 1785 el primer telar mecánico. La aparición del ferrocarril mejora las comunicaciones y, perdón por el esquematismo, es a aquellas épocas lo que Internet es a la nuestra. Las consecuencias de todo ello fueron, grosso modo: un aumento espectacular de la producción y la productividad, mediante la aplicación de las constantes innovaciones al proceso productivo; el crecimiento incesante y auto sostenido de la economía que provocará el modelo capitalista basado en la plusvalía. Lo que se ve favorecido por la ausencia de controles y de organizaciones que hagan de contrapeso. La consecuencia en las clases trabajadoras es dramática: condiciones infrahumanas de trabajo y vida, amplias masas en desempleo. Un epifenómeno que se dio en llamar el pauperismo. De todo ello Engels dejó escrito, a sus veintidós años, uno de los textos más emblemáticos del siglo XIX: La situación de la clase obrera en Inglaterra. De todo ello dará cuenta, en el terreno de la novela, Charles Dickens.


En la segunda década del siglo XIX, tras el final de las guerras napoleónicas –una época de hambrunas y desempleo crónico— se produce un acontecimiento dramático en Saint Peter´s Field, Manchester, concretamente el 16 de julio de 1819: unas ochenta mil personas se manifiestan pacíficamente en exigencia de mejores condiciones de vida y una reforma de la ley electoral y del Parlamento. La caballería cargó, sables desnudos en mano, contra la multitud: murieron 15 trabajadores y fueron heridos gravemente varios centenares. El historiador Robert Pool lo llamó la Masacre de Peterloo en negra alusión a la batalla de Waterloo. Retengamos el vínculo que establecieron aquellas organizaciones convocantes entre, de un lado, mejoras económicas y condiciones de vida y, de otro, la reforma política. Digamos, pues, que es un punto de referencia a las grandes movilizaciones, más tarde hablaremos de ello, de los Cartistas.


Existe información abundante, muy en particular la que recopilaron Sindey y
Beatrice Webb, que nos habla minuciosamente de los primeros andares de aquellas coaliciones de oficio y categoría a lo largo y ancho del Reino Unido. Y de las argucias de nuestros abuelos de aquellos tiempos: se reunían en la taberna (hous of call, que fue toda una institución del protosindicalismo británico) “para tomarse juntos una pinta de cerveza negra en una fiesta” y terminar hablando de sus problemas de todo tipo, según nos relata el mismísimo Adam Smith. Estas hous of call eran no sólo centros de organización sino también el lugar donde acudían los patronos para establecer las negociaciones, contratar a los trabajadores e incluso fundaciones benéficas y asistenciales.


Una gran parte de la historiografía insiste en el carácter localista de este asociacionismo. Ahora bien, vale la pena estar al tanto de todos los datos: si bien es cierto que el carácter local era lo que primaba, también es verdad que habían construido un sofisticado mecanismo de fondos de asistencia que atravesaba una considerable parte del Reino Unido. Este fondo común era un instrumento de solidaridad y socorro tanto a los miembros locales como a quienes de desplazaban a otros lugares en busca de trabajo, los “trabajadores errantes” (tramps): era la tramping society, estructurada por oficios, o –como diríamos en nuestros tiempos-- federaciones.


Junto a esos primeras sedes, las hous of call, donde nuestros abuelos estaban, por así decirlo, de prestado habían otras sedes –éstas de carácter estable— como la chapel (capilla) donde se reunían los tipógrafos. Era una organización informal presidida por un “padre”; sus miembros eran los brothers (hermanos) –nombre que todavía se utiliza para llamarse entre sí, de la misma manera que nosotros nos decimos “compañeros”. Se habrá notado el sentido religioso –no equivalente a clerical— de toda esa nomenclatura británica. Pero, a mi entender, ese sentido religioso, incluida la simbología de los estandartes y pendones por oficios era más bien una herencia de los gremios. Me permito un paréntesis y un salto en el tiempo: la historiadora norteamericana Temma Kaplan en su libro “Ciudad roja, periodo azul” (Península, 2003), referido a la Barcelona desde finales del siglo XIX hasta la guerra civil, dice notar una influencia religiosa en el itinerario de las manifestaciones obreras porque seguían el mismo recorrido que las procesiones de la Iglesia. Me permito ver las cosas de otra manera: si es lógico que el culto religioso hiciera sus liturgias públicas en el corazón de la city, no veo la razón de que el movimiento obrero se desplazara a la periferia, es de cajón que lo hacía en el centro de la ciudad como una exhibición de poder. Cierro el paréntesis.


De lo que hemos dicho hasta ahora se desprende ya el primer movimiento tectónico: el asociacionismo como elemento fundante de ese compromiso sindical desde hace doscientos años. Es un movimiento radicalmente nuevo que afilia a quienes voluntariamente se inscriben en él. Ya no se trata de movimientos compulsivos de composición genéricamente popular: es un corpus con vocación de estabilidad, trascendencia y sentido. Más todavía, el conflicto social que se origina es una disputa –de momento, tal vez, no suficientemente consciente-- de poderes para determinar los salarios y las condiciones de trabajo. Digamos, pues, que ese hecho societario nada tiene que ver con los viejos gremios, estructurados vertical y obligatoriamente, cuyos miembros son los dueños de los talleres. Es, por lo tanto, el primer hecho moderno del movimiento de los desposeídos. En resumidas cuentas, el asociacionismo y el ejercicio del conflicto social (no sólo ilegal sino perseguido sanguinariamente) es la expresión de la alteridad de aquellos primeros movimientos del que el sindicalismo confederal de nuestros días es su heredero.


Interesa traer a colación el carácter extrovertido de aquellos movimientos societarios de los trabajadores. Esto es, su relación con la cultura en sus más variadas expresiones: el teatro y los deportes, por ejemplo. Fundaron centenares de grupos teatrales de gran calidad, organizaron los primeros equipos de fútbol (algunos como el Arsenal, por ejemplo) y un sin fin de actividades. Vale la pena recordar la potente influencia manchesteriana en la ciudad de Terrassa como fruto de la presencia de los oficiales tejedores ingleses en esa ciudad catalana, que venían –digámoslo así— como monitores a nuestras fábricas textiles. Explica Tristam Hunt en su notable biografía de Friedrich Engels, El gentleman comunista (Anagrama, 2011), que me permito recomendar muy de veras, los actos culturales semanales en diversos clubs obreros de Manchester, llamada Algodonópolis en las crónicas de la época, con la presencia de importantes científicos de todas las disciplinas del saber. La expresión más sofisticadamente grandiosa fueron las Halls of Science, fundadas por los seguidores de Robert Owen, el socialista utópico. En una de ellas se reunían tres mil personas, tal como lo estáis oyendo, para escuchar a los oradores y, cada cual con su pinta de cerveza (siempre dicen los comentaristas que era negra) y, de paso, comentar las obras de los grandes poetas. Relata Engels que “a Byron y Shelley los leen exclusivamente las clases bajas; ninguna persona “respetable” podría, sin caer en el más tremendo descrédito tener en su escritorio las obras de Shelley”.


Es, por supuesto, un anticipo de lo que tendremos en España con la amplia red de ateneos obreros y masas corales, que organizaron nuestros abuelos catalanes anarcosindicalistas. Y de aquí podríamos sacar esta consideración: el buen uso social del tiempo libre, precisamente en aquellas épocas de extremada duración de los tiempos de trabajo. Dejo para otra ocasión algo que me inquieta: la colonización del tiempo libre, ahora entre nosotros, por la banalidad y la escasa relación colectiva de los trabajadores con la cultura.


No me detendré en la experiencia del ludismo. Fue, aunque muy estridente y contagiosa, de vida efímera, también en España que contó con dos sucesos: los incendios en Alcoi 1821 y en la fábrica Bonaplata de Barcelona, agosto de 1835. Hubo, también, otras acciones ludistas en Francia, Bélgica y Alemania pero, ya ha quedado dicho, tuvieron una vida fugaz. Se trató de una experiencia que no dejó huella en la acción del movimiento obrero y sindical. Cuestión diferente fue el cartismo.


La Asociación de Trabajadores de Londres, creada en 1836, fue la clave de bóveda de la gestación del movimiento cartista que, desde sus inicios, se procuró una eficaz política de alianzas, concitando el apoyo de algunos parlamentarios radicales. Creó el reputado periódico The Northern Star, que con una gran tirada, se convierte en la primera publicación del movimiento obrero organizado europeo y mundial. Les chansons de geste cuentan que quienes sabían leer se los leían a quienes no sabían. Lo que nos recuerda las posteriores andanzas de nuestro Anselmo Lorenzo por los cortijos andaluces. El movimiento cartista recupera, como hemos dicho antes, la experiencia que convocó a los manifestantes de Peterloo: el vínculo entre las reformas políticas y la mejora de las condiciones de trabajo y de vida. Fue un potente movimiento de masas en el sentido más lato de la palabra. Las reivindicaciones de signo político fueron, grosso modo, éstas:


Sufragio universal (a los hombres mayores de 21 años, cuerdos y sin antecedentes penales).
Voto secreto.
Sueldo anual para los diputados que posibilitase a los trabajadores el ejercicio de la política.
Reunión anual del parlamento, que aunque pudiera generar inestabilidad, evitaría el soborno.
La participación de los obreros en el Parlamento mediante la abolición del requisito de propiedad para asistir al mismo.
Establecimiento de circunscripciones iguales, que aseguren la misma representación al mismo número de votantes.


Estamos, como puede verse, ante unas exigencias maduras que indican que aquel movimiento heterogéneo del cartismo no sólo no es indiferente al cuadro político-institucional sino activo y beligerante. La influencia de esas gigantescas movilizaciones durante los diez años de efervescencia cartista: huelgas generales, gigantescas manifestaciones portando enormes cofres con las firmas de los trabajadores. Estamos hablando de una influencia de largo recorrido, a pesar de su derrota formal, no sólo en el Reino Unido y el resto de los países de su imperio sino también en el Continente. Derrota formal, digo. Porque acaba con el movimiento y con una parte de sus dirigentes encarcelados y deportados a Australia. Pero ello no impide que las secuelas de esa acción colectiva propicien en breve tiempo la promulgación de algunas leyes sociales (la jornada de diez horas, sobre el trabajo infantil, salud e higiene y la Ley inglesa de 1875, bajo el gobierno conservador (thory) de Disraelí que se consideró en su día como la afirmación de los valores democráticos frente a la opinión de los jueces tipo Mansfield. Esa ley sanciona que ni el sindicato ni el conflicto social eran ya “conspiraciones criminales”. La importancia de las disposiciones legales, en la década de los setenta, ha quedado expuesta por el historiador inglés G.F.H. Cole cuando afirma que “con todo fue el periodo más activo de todo el siglo XIX en lo referente a la legislación social” en su obra magna “Historia del pensamiento socialista”.


Segundo tranco


De lo referido se puede desprender que el movimiento cartista indicia la aparición de una nueva placa tectónica en el movimiento de los trabajadores en general y el movimiento sindical particularmente. 1848 es el año de la derrota formal del cartismo y lo es también de la aparición del Manifiesto Comunista de Marx-Engels. Nuestros dos amigos barbudos (alemanes ambos) toman carrerilla y ponen las condiciones de una nueva metodología. Es el declive del socialismo utópico (tal vez el adjetivo es una exageración) y la aparición del socialismo científico otra, me parece a mi, hipérbole que habrá que entender en clave mediática, de la que era un maestro el barbudo de Tréveris. Me permito una aclaración, tal vez innecesaria: cuando hablamos de la relación del cartismo con la política no nos referimos a vínculo alguno de tipo partidario (eso vendrá después en Inglaterra y el Continente) sino con la política en general. Posteriormente, cuando llegue el momento, hablaremos del partido lassalleano (de
Ferdinand Lassalle) y su relación con el sindicalismo europeo. En todo caso, el cartismo sugiere y propicia una nueva fase en el movimiento de los trabajadores del que sólo se apartará el anarquismo.

Entre 1873 y 1890 tiene lugar una crisis económica que en la época se conoce como la gran depresión. En esta época se quiebra el monopolio industrial inglés al aparecer otros países industrializados que compiten en el mercado internacional. Estas grandes mutaciones son analizadas por Engels, especialmente de manera brillante, en el “Complemento y apéndice al tomo III de El Capital” (1895), en la traducción de don Wenceslao Roces: la bolsa que, en 1865, era un elemento secundario, ahora se ha convertido en algo catedralicio; gradual transformación de la industrial en empresas por acciones; añádase a lo anterior las inversiones extranjeras…


Podríamos decir que, en el último tercio del siglo XIX se inicia un nuevo movimiento tectónico en la acción colectiva del movimiento obrero: 1) el sindicalismo deja de ser un fenómeno exclusivamente del Reino Unido y, gradualmente, se va estructurando de manera desigual en Europa, Estados Unidos, la Rusia zarista y algunos países asiáticos. Vale la pena relatar que en los Estados Unidos surgieron dos potentes organizaciones sindicales: la American Federation of Labor y otra llamada pomposamente Noble Orden de los Caballeros del Trabajo (King of Labor), una asociación realmente de masas y siempre confusa, que perdió parte de su predicamento cuando se negaron a convocar a la huelga el Primero de Mayo. En todo caso intentaron recuperar la imagen negociando con el presidente de los Estados Unidos la celebración del Labor day para contrarrestar la influencia del Primero de Mayo. De paso me permito una recomendación. Considero de interés el estudio del movimiento sindical norteamericano, a él le debemos los orígenes de las ásperas batallas por la reducción de la jornada laboral (las ocho horas) y la reanudación de aquellas movilizaciones en 1888 por parte de la AFL, dirigida por Samuel Gompers, que ensayaron una táctica muy interesante: cada año deberían producirse huelgas en una sola rama industrial, sostenida financieramente por el resto de los centros de trabajo que no iban a la huelga. También debemos a los norteamericanos el día Internacional de la Mujer trabajadora; de importancia no menor es el sindicalismo de la
Industrial Workers of the World, conocidos popular y afectuosamente como los woobly, (en las primeras décadas del siglo XX) por sus indiciaciones a algunos códigos de conducta de las primeras Comisiones Obreras. 2) El sindicalismo es un fenómeno muy ligado a la realidad de cada Estado nacional: recuérdese que estábamos hablando de los movimientos tectónicos. Y, finalmente, 3) La relación genérica del sindicalismo con el cuadro institucional se va convirtiendo en un vínculo muy estrecho con el partido socialista o laborista, donde –como el en caso español y otros— el nacimiento del sindicato es posterior y, casi siempre, creado por la organización política a la que se subordina. En pura lógica, un cambio de esta envergadura requiere una nueva mutación del sujeto social, que es el sindicalismo.

Hemos de decir las cosas por su nombre: las concepciones de Marx sobre el sindicalismo (es el primero que habla de independencia de los sindicatos) son derrotadas por los partidarios de Lassalle, el dirigente socialdemócrata alemán. No me resisto, por su importancia, a documentar esta afirmación. Habla Marx: “En ningún caso los sindicatos deben estar supeditados a los partidos políticos o puestos bajo su dependencia; hacerlo sería darle un golpe mortal al socialismo”. Tal cual. Se trata de la respuesta de nuestro barbudo al tesorero de los sindicatos metalúrgicos de Alemania en la revista Volkstaat, número 17 (1869) en clara respuesta a lo afirmado por Lassalle: “el sindicato, en tanto que hecho necesario, debe subordinarse estrecha y absolutamente al partido” (Der social-democrat”, 1869).


Y siguiendo sin pelos en la lengua, habrá que decir que también en la muy posterior cultura comunista se silencia (más bien, se meten las tijeras en) la formulación marxiana de la independencia del sujeto sindical. Convenía más la técnica del viejo socialdemócrata Lassalle. Que resumiendo se caracteriza por: 1) el partido es quien guía, ordena y manda; 2) de ahí se desprende la separación radical de funciones: el partido se dedica a todo, al sindicato sólo y solamente le incumbe la cuestión salarial y la reducción de la jornada de trabajo. Este es el esquema de la llamada correa de transmisión, el sindicalismo reducido a una prótesis del partido. El conflicto social es algo contingente que está al albur de las necesidades e intereses del partido llassalleano. Por decirlo con las sabias palabras de
BRUNO TRENTIN (el dirigente sindical italiano más fascinante de la segunda mitad del siglo XX): Esta separación de la política con relación a las vicisitudes del trabajo asalariado madura en esos años muy lejanos y configura un partido guía e intérprete de la “clase” con todos los nuevos dogmas que consiguientemente se derivan: la división de tareas entre partido y sindicato, la naturaleza fatalmente corporativa y sin salida política posible del conflicto social, el deseo de la aportación prometéica y liberadora que vienen “del exterior”, de la élite política. Allí se inició un camino que ha conducido, de un lado, a una concepción del partido político como entidad autorreferencial y, de otro lado, en definitiva, a un progresivo desinterés de la cultura de la izquierda en los debates sobre la morfología del conflicto social y sus evoluciones.


Una descripción que describe cómo debe ser la relación entre el partido y el sindicato que comparten in toto Lassalle, Guesde, Lenin, Pablo Iglesias, Palmiro Togliatti y todo el arco socialista y comunista. Lo sorprendente, y ya tendremos ocasión de comentarlo, es que la ruptura de la correa de transmisión, muchísimo más tarde, no vendrá de la mano los sindicalistas de matriz socialdemócrata sino de los comunistas: ahí están los nombres de Giuseppe Di Vittorio, Bruno Trentin y nuestro Marcelino Camacho. Pero todavía queda mucho trecho por recorrer.


La extendida idea de que el anarco-sindicalismo y el sindicalismo cristiano se libraron de esa supeditación al partido es equívoca. Los primeros estarán casi siempre o supeditados o interferidos por grupos externos; los segundos –por ejemplo, los casos belga e italiano en la componente cristiana— tendrán algo más que el manto protector de la Iglesia o de las diversas grupos de la Iglesia católica. Tal vez el caso que puede aparecer como una anomalía sea el inglés; en realidad son los sindicatos quienes crean el partido laborista y, una vez creado, pactan una especie de estatuto vinculante: el sindicato aporta una cantidad financiera suficiente y a cambio tienen garantizado un concreto cupo de miembros en el grupo parlamentario. No obstante, se mantiene la rígida separación de funciones: el partido lo cubre todo y al sindicato sólo le incumben los salarios y el tiempo de trabajo.



Tercer tranco



A finales del siglo XIX y muy principios del XX se puede constatar que el movimiento sindical es ya un fenómeno mundial, aunque desigualmente estructurado. Y ya empiezan a celebrarse los congresos sindicales internacionales. Lo más relevante sigue siendo el sindicalismo inglés que ahora está acompañado por el alemán, los norteamericanos y canadienses. Podemos hablar, con todas las cautelas de rigor, que ya han pasado los tiempos del protosindicalismo y del asociacionismo con tintes gremialistas. Se fundan las Camere del Lavoro italianas y la UGT española con las Casas del Pueblo, se fundan bibliotecas populares, masas corales, y toda una gigantesca panoplia que relató Bertolucci en su célebre película Novecento. Más todavía, empiezan a surgir especialmente en Inglaterra mecanismos institucionales de mediación del conflicto sociales, una experiencia que, tomada por los italianos, tendrá su más colorida expresión en la institución de los probiviri: los hombres buenos que mediaban para la solución de cada conflicto. Ahora bien, lo más significativo fueron las conquistas sociales que el sindicalismo alemán conquista en ese periodo finisecular: son las leyes del seguro público de salud, de accidentes de trabajo, de pensiones por discapacidad y las jubilaciones. Que promulgara Bismarck con la idea de separar a los trabajadores de la influencia del Partido socialdemócrata.


El sindicalismo se encuentra ahora ante nuevos desafíos: la aparición de la gran industria --que en el caso alemán, por ejemplo— se desarrolla en un tiempo veloz, surgen los grandes trusts monopolistas y una, cada vez mayor, relación de las industrias con los capitales financieros. Inglaterra, en esas condiciones, aunque sigue siendo (por así decirlo) la reina de los mares, observa cómo los Estados Unidos empiezan a disputarle muy seriamente esa primacía, y determinados sectores industriales (por ejemplo, la Química) interfieren el poderío británico. Está cantada una feroz lucha por los mercados de marcado carácter imperialista que va poniendo en un brete el carácter internacionalista de las organizaciones sindicales del Estado nacional.


Es un periodo convulso para el movimiento sindical y el pensamiento socialista europeo. De un lado, la primera década del siglo XX se caracteriza por una explosión de huelgas generales en Europa, también en España (concretamente en Barcelona); de otro lado, se abre una áspera disputa en el socialismo europeo sobre el desarrollo económico a cargo de dos grandes personalidades alemanas: Kaustky, todavía como jefe indiscutido de los marxistas ortodoxos, y Eduard Berstein, cabeza de filas de los, por decirlo esquemáticamente pero sin connotación ideológica, revisionistas. El sindicalismo alemán, como Jano bifronte, opta por una síntesis acomodaticia: oficialmente, en la literatura, son marxistas ortodoxos; en la práctica, se orientan con desparpajo hacia el revisionismo, insisto que no le doy a este término la tradicional connotación leninista.

Mientras tanto, un capitán de industria Frederic W. Taylor, ingeniero y economista norteamericano, va experimentando una nueva organización del trabajo que expuso ampliamente en su obra “Principles of Scientific Management” (1912), que será esencial a lo largo y ancho del pasado siglo. En menos que canta un gallo este libro se dio a conocer en todo el mundo, ya que el ingeniero estableció unas potentes redes de información con las universidades, facultades y centros de estudio de todo el planeta. Me permito un inciso: en realidad lo que el ingeniero americano plantea es una reactualización, eliminando el paternalismo y, en cierta medida, el humanismo, de las propuestas del científico francés Charles Dupont (1784 - 1873) que un estudioso como Taylor conocía sin lugar a dudas, pero al que nunca citó: son las cosas de algunos académicos. El taylorismo y posteriormente su maridaje con el fordismo abre un nuevo movimiento tectónico en la cultura del movimiento sindical e incluso de la política.


Los principios que caracterizan el taylorismo --en la industria, en los servicios y en las administraciones públicas-- son los siguientes: 1) Estudio de los movimientos del trabajador mediante su descomposición para seleccionar los "movimientos útiles", incluso los de tipo instintivo; todo ello con el fin de reconstruir la cantidad de trabajo veloz, exigible a cada trabajador, de manera que pueda mantener su ritmo durante muchos años sin estar fatigado. 2) Concentración de todos los elementos del conocimiento, del "saber hacer" --que en el pasado estuvieron en manos de los obreros-- en el management. Este deberá clasificar las informaciones y sintetizarlas; de todo ello sacará los elementos del conocimiento, las leyes, reglas y normas. 3) La substracción de todo el trabajo intelectual en el reparto de la producción, situándolo en los centros de planificación, con la separación "funcional" --entre concepción, proyecto y ejecución-- entre el centro del saber y la prestación ejecutiva e individual de cada trabajador que está aislado de todo grupo o colectivo. 4) Una minuciosa preparación, por parte del manager, del trabajo que hay que hacer y las reglas para facilitar su ejecución. Se elimina el "saber hacer" del trabajador que está substituido por las órdenes del manager; al trabajador se le especifica no sólo lo que hay que hacer sino cómo es necesario hacerlo y el tiempo fijado para ello. En definitiva, por lo que acabamos de ver, nos encontramos con un sistema organizacional que vincula estrechamente los fines y las formas. Parece claro que el ingeniero Taylor consolida determinadas tendencias ya observadas por Marx en sus aproximaciones a la relación hombre-máquina y organización del trabajo.

Así pues el taylorismo concreta el refinamiento más apabullante en la historia del trabajo humano de la interdependencia entre máquina, funcionamiento de la máquina y conducta humana, no concebido a la medida de la persona. Se trata, pues, de un sistema compacto que une en un todo la economía, la técnica y la ciencia aplicada y que guía en gran medida los comportamientos humanos.

Lo anteriormente dicho conforma el carácter orgánico del taylorismo, que fue elevado a la categoría de organización científica del trabajo no sólo por sus padres fundadores sino indistintamente por gentes tan contrapuestas como Lenin, Louis-Ferdinand Céline, Hitler, Henri Ford e, incluso, Antonio Gramsci; más todavía, como la única organización científica del trabajo por los siglos de los siglos y sin ningún tipo de alternativa contrapuesta al núcleo duro de su carácter orgánico. Dicho eterno "carácter científico" explicaba, según sus apologetas más extremistas, que la existencia de sujetos de control democrático de dicha organización de la producción era innecesaria y distorsionadora. Es suficientemente conocida la formulación de Taylor: "Los problemas relativos al estudio de los tiempos y la organización del trabajo se refieren a cuestiones científicas que no pueden estar sujetas a la actividad sindical". Un constructo que es elevado a categoría de teorema.


En los primeros andares del taylorismo los trabajadores y los sindicatos se opusieron a él. Incluso la poderosa CGT francesa le puso la proa … hasta que Lenin sacó el incienso. Nuestro abuelo Rabaté, un conspicuo dirigente de los metalúrgicos franceses, puso al taylorismo de vuelta y media. Cuando habló Vladimir Illich, ante la sorpresa general del público, lo bendijo con el mayor desparpajo de la subalternidad lassalleana. De aquellos polvos vinieron los lodos posteriores. El movimiento sindical mayoritario no criticaría nunca el “uso” del taylorismo sino su “abuso”. Lo que marcó profundamente toda una serie de sucesivas impotencias del sindicalismo y la izquierda política que –a lo largo del siglo XX— han coexistido con el carácter emancipatorio de tales sujetos sociales y políticos. Digamos, pues, que la historia de los movimientos sindicales en el pasado siglo se ha caracterizado, en mi opinión, por la coexistencia con el uso del taylorismo y su confrontación radical contra el abuso de dicho sistema de organización. Tan sólo encontraremos voces contrarias en los sindicalistas woobly y el movimiento consejista europeo; también Rosa Luxemburgo y Simone Weil, dos mujeres que representan la (diversa) “izquierda vencida” y en el mundo del cine la siempre obra maestra “Tiempos modernos” de Chaplin.


Pero el taylorismo no fue sólo un sistema de trabajo industrial. Mary Pattison escribió un libro, precisamente prologado por el mismo Taylor, “Los principios de la ingeniería doméstica” en el que las ideas de eficacia son aplicadas, incluso, a la forma de decorar, amueblar y organizar la propia vivienda. También el arquitecto Le Corbusier quería construir sus casas siguiendo los principios de la llamada racionalización científica


Decíamos que el movimiento sindical ha sido un formidable instrumento de tutela, pero no de transformación del trabajo asalariado. Cuestión ésta que retomaremos al final de nuestra conversación.


La gran pareja de hecho en la gran industria ha sido el taylorismo-fordismo, esto es, la alianza entre Taylor y el primer Ford. La cadena de producción pasa a ser (nos permitimos la licencia) el agente principal de la gran industria tomando el relevo a la máquina de vapor de Watt.
Me permito describir, grosso modo, los rasgos del fordismo:
Aumento de la división del trabajo y producción en serie e indiferenciada cuyo ejemplo más conspicuo es el coche Modelo T.
Profundización del control de los tiempos productivos del obrero (vinculación tiempo/ejecución).
Reducción de costos y aumento de la circulación de la mercancía (expansión interclasista de mercado) e interés en el aumento del poder adquisitivo de los asalariados.


Como no podía se de otra manera, así las cosas, se va consolidando la hegemonía norteamericana en lo atinente al gobierno de la fábrica así en los sistemas de organización del trabajo como en las técnicas manageriales con la importante ayuda de la sociología industrial y la psicología: los nombres de Elton Mayo y posteriormente Daniel Bell y Peter Drucker son representantivos de esas disciplinas.


Y en ese estado se va conformando una transformación tanto del trabajo asalariado como del productor que generarán nuevas chansons de geste: empieza a tomar forma una nueva vertebración orgánica del sindicalismo, esto es, su radicación física en el centro de trabajo como elemento central de su función tutelar en las condiciones de trabajo y de vida. Por ejemplo, la reducción de la jornada laboral se convierte en un banderín de enganche en el centro de trabajo; va tomando cuerpo la necesidad de la nueva vertebración orgánica en la fábrica; se van concretando, además, las obligadas auto reformas organizativas que, en España, se concretan con las propuestas de Joan Peiró en el famoso Congreso de Sans de la CNT: el traslado de los sindicatos de oficio a las federaciones industriales.


Digamos, pues, que el sindicalismo empieza a construir –de manera desigual y con no pocos titubeos— su presencia orgánicamente estructurada en la fábrica. Ya no quiere ser un movimiento de lo que Marx definiera como trabajo abstracto, sino de productores en el centro de trabajo, en la esfera de la producción.



En ese paradigma que provoca el taylorismo-fordismo surge una nueva disciplina jurídica, el Derecho del Trabajo que, desde sus inicios, provoca una discontinuidad en la relación entre el Derecho y las recientemente llamadas industrials relations, un término acuñado por el matrimonio Webb (que nosotros hemos dado en llamar relaciones laborales). A mi entender, los sindicalistas somos poco conscientes del gran papel que ha jugado el iuslaboralismo y del que, ahora con nuevas dificultades, sigue teniendo. Ahora bien, conviene precisas algunas cosas, siguiendo la palabra de los grandes maestros de dicha disciplina, Umberto Romagnoli. “El Derecho del Trabajo no nace para cambiar el mundo, sino para volverlo más aceptable”. Más todavía, se caracteriza por “dar y, simultáneamente, quitar la palabra a los trabajadores”, lo que le confiere una naturaleza anfibia. Lo que, todo hay que decirlo, no resta importancia a los padres (en sus orígenes tampoco tuvo madres, ni se preocupó de la mujer en tanto que tal) que, desde la República de Weimar organizaron los primeros andares del Derecho del Trabajo. También al final de nuestra conversación hablaremos de estos asuntos.


Estamos, ya en las primeras décadas del siglo pasado, en unos momentos de plomo para el sindicalismo. Luchas heroicas de los trabajadores que los sindicatos no saben o no pueden encauzar en Europa; los movimientos consejistas en Italia que desembocan en derrotas estridentes; el pistolerismo en Catalunya. Las luchas más emblemáticas de aquellos tiempos fueron: las huelgas generales en el Reino Unido, las ocupaciones de fábrica en Torino y, entre nosotros, la famosa huelga de La Canadiense, todo un símbolo por la jornada de los Tres Ochos: ocho horas de trabajo, ocho de ocio y ocho de descanso.


Como se ha dicho es un periodo convulso. La Gran guerra provoca una enorme conmoción en el movimiento socialista europeo que, mayoritariamente, vota los créditos de guerra y, ante el conflicto, se posiciona en función de los intereses belicistas de los gobiernos de turno; posterior escisión en los partidos socialistas que provocan la irrupción de los comunistas en la arena política que comporta ásperas divisiones en el seno de los sindicatos, mayoritariamente controlados por los socialistas. Periodo tremendo para el movimiento de los trabajadores y los sindicalismo de los Estados nacionales. Aparición del fascismo italiano y posteriormente el nazismo en Alemania que se concreta en una durísima represión contra todos los sujetos políticos y sociales que son ilegalizados. Sin olvidarnos del gran crack del 29 en Norteamérica cuyas consecuencias afectaron a medio mundo.


La única excepción en todo ese páramo es el sindicalismo de los países nórdicos y muy en especial el sueco. Que, desgraciadamente, no ha concitado apenas estudio entre los sindicalistas españoles de ayer y hoy. De hecho son ellos, junto al partido socialdemócrata, quienes ponen los cimientos de lo que más tarde conoceríamos como Estado de bienestar. Es más, antes de la Gran guerra consiguieron la jornada laboral de ocho horas. Ya en 1932 el sindicato y la patronal firman el famoso acuerdo de Saltsjöbaden, que establece un código práctico para regular la negociación colectiva y la regulación de las relaciones laborales y paulatinamente van consiguiendo una clara intervención en materias como el mercado laboral y las políticas sociales. Una de las personalidades de mayor relieve fue Ernst Wigfors con propuestas y realizaciones que más tarde popularizaría Keynes y otros en el Reino Unido. Más adelante también hablaremos de otras aportaciones del sindicalismo sueco.




Cuarto tranco


Tras la Segunda Guerra Mundial se construye un nuevo paradigma. De un lado, se recuperan las libertades democráticas y sindicales en Alemania, Francia e Italia; de otra, se ponen en marcha toda una serie de planes económicos y sociales: nacionalizaciones de importantes sectores estratégicos en el Reino Unido, Francia, Italia entre los más importantes, establecimiento de los salarios mínimos garantizados… Por lo general, el sector público va adquiriendo en cada país un considerable grosor. Ahora bien, tengo para mí que lo más significativo es que todo un elenco de importantes derechos, que antes habían sido ferozmente perseguidos, entran en las Cartas Magnas y los ordenamientos jurídicos: el asociacionismo sindical, la huelga, el derecho al trabajo y la salud, … El informe de Lord Beveridge pone los cimientos, con Keynes como fuente de inspiración, del Estado de bienestar que tiene como indicios lo que antes hemos explicado de los suecos. Llamativa es, en ese sentido, la propuesta del gran dirigente sindical italiano Giuseppe Di Vittorio con su planteamiento del Piano del Lavoro que se inspira tangencialmente en las políticas de lucha contra la crisis del presidente Roosvelt, concretamente lo que dio en llamarse el New Deal.


Esta nueva situación tiene importantes repercusiones en las condiciones de vida del conjunto asalariado. Se abre el periodo de los Treinta gloriosos (
1945-1973) es un expresión de Jean Fourastié que designa a un periodo de tiempo de una treintena de años en el que algunos países experimentaron una notable expansión económica y que, gracias al dirigismo alcanzaron su apogeo y se aproximaron al pleno empleo permanente. Muchos países vivieron lo que se llamó localmente el milagro económico. Son los años en que se inician los primeros síntomas de lo que posteriormente llamamos el neocapitalismo. No hace falta recordar que en España (también en Portugal) existe una feroz Dictadura que ha descabezado (incluso con la muerte) en la guerra y en años posteriores a los dirigentes sindicales y políticos: dos ejemplos, Joan Peiró, el tantas veces citado dirigente de la CNT y Lluis Companys, ambos fusilados.


Lo más novedosos de esta larga etapa son las grandes movilizaciones italianas de los sucesivos otoños calientes de finales de los sesenta y principios de los setenta con la aparición de nuevas formas de representación unitarias en los centros de trabajo, el resurgir de un nuevo movimiento de trabajadores en España en torno a Comisiones Obreras a mediados de los sesenta y las acciones de los sindicatos franceses, en el contexto del Mayo del 68, que concretan una importante victoria con la creación de las secciones sindicales en el centro de trabajo. Vale la pena recordar que, durante este proceso largo, surgen movimientos pansindicales de resistencia en los países del Este, por ejemplo en Polonia con Solidarnösc.



Si me detengo un poco en los avatares de Comisiones Obreras no es por orgullo de pertenencia. La razón es ésta: la discontinuidad que provoca en el sindicalismo español y la poco referida aportación de un sujeto sociopolítico que va practicando, no sin altibajos, su deseo de independencia y autonomía; más todavía, a su intervención propia en toda una serie de terrenos que, hasta aquellos momentos, estaban dejados en las manos de los partidos políticos. De ello hablaremos más adelante.

El movimiento de Comisiones tiene un `origen´ indirecto: las posibilidades legales que permite la Ley de Convenios colectivos de 1958. Dicho texto, aprobado por las Cortes franquistas de la Dictadura, abre la posibilidad de que, en los centros de trabajo de una determinada dimensión, los representantes de los trabajadores, elegidos en las elecciones sindicales, puedan negociar el convenio colectivo de centro de trabajo y, con más restricciones todavía, los acuerdos colectivos de ramo profesional. Naturalmente se trata de una legislación restrictiva en un contexto de ausencia de libertades democráticas; más todavía de dura represión de las mismas: una represión amplia que va desde los despidos patronales a las detenciones y encarcelamientos. Esta ley del 58 da voz (también la quita) a los jurados de empresa (la representación de los trabajadores) para poder negociar directamente con la patronal, substituyendo las reglamentaciones salariales que se decidían unidireccionalmente desde el Ministerio de Trabajo. Como es natural, la ley era una medida que necesitaba la peculiar forma de capitalismo de entonces que, a la chita callando, iba dejando de ser autárquico en España; por tanto, la medida convenía a las formas de desarrollo económico que, aunque muy retrasadas con relación a Europa, empezaban a disfrazarse de neocapitalismo a la española.De manera que, en la gran empresa, con sus particulares características prototayloristas, empiezan a crearse ciertas condiciones para la reivindicación, cuyo objetivo es el intento de negociación, y para ello es necesaria la auto-organización de los trabajadores. Los sindicatos democráticos clandestinos no ven –no pueden o no saben ver-- las novedades que se abren. Aunque no estoy en condiciones de aclarar el orden de prelación de estas dificultades, diré que los motivos de esta dificultad son los siguientes: 1) la represión política que sistemáticamente descabezaba todo intento de organización que, por lo demás, era clandestina; 2) la natural desconfianza con relación a las medidas de la Ley de convenios y la de las elecciones sindicales, y habrá que recordar que el planteamiento de los sindicatos clandestinos, en relación con ambas leyes, era de boicot. Ahora bien, apunto –desde luego, con los ojos de hoy-- a otra explicación que, hasta la presente, no ha sido ni siquiera insinuada.Pero, a mi juicio, lo más determinante era que el sindicalismo democrático tradicional –me permito esta absurda expresión, `sindicalismo´ y `democrático´ porque el sindicalismo sólo puede ser democrático— era, dicho de forma contundente, un sujeto externo al centro de trabajo. O, si se prefiere de una manera bondadosa, un sujeto parcialmente externo al centro de trabajo. Así pues, las centrales sindicales, anteriores a la guerra civil, eran unas organizaciones externas al centro de trabajo. Porque no consiguieron capacidad contractual en el interior de la fábrica. Así pues, las organizaciones clandestinas (UGT y CNT, perseguidas implacablemente por la dictadura, al igual que las fuerzas democráticas), además de ser lógicamente recelosas de los tímidos cambios que se iban operando, eran por situación (la clandestinidad) y por inercia (sujetos externos al centro de trabajo) organizaciones que no podían ver lo que estaba apareciendo en la realidad.

Mientras tanto, iba apareciendo un movimiento natural: ante cada problema surgían unas comisiones de obreros –unas comisiones obreras, que debemos escribir en minúsculas— que tomaban nota de las aspiraciones del personal, hablaban con la dirección e intentaban, negociando, sacar algo en claro para los trabajadores y sus familias. Conseguido el petitorio o agotado éste, de una u otra forma, el conflicto desaparecía la comisión obrera. Era pues un movimiento fugaz y pasajero. La novedad de estas comisiones de obreros (o comisiones obreras) es que eran un sujeto que estaba en el interior del centro de trabajo y, por lo tanto –ya fuera por necesidad, intuición o sentido común--, el análisis de aquel microcosmos y la reivindicación estaban en aproximada consonancia con los cambios que se iban operando. Comoquiera que no estamos aquí para establecer una cronología de los hechos, diré que se van incrementando las situaciones fugaces y pasajeras y, unas y otras, van adquiriendo una moderada estabilidad. Esto es, lo fugaz se va transformando en permanente. Las comisiones obreras acaban sacando unas mínimas ventajas de constituirse, en los centros de trabajo, en organismos que no se disuelven una vez acabado el conflicto, es decir, se mantienen en grupos estables y permanentes. Empiezan a ser Comisiones Obreras (así en mayúsculas).


El camino que se abre es: si somos un sujeto interno en la fábrica ¿qué orientación central se da a ese movimiento? ¿debe ser clandestino, semiclandestino, abierto? Un movimiento clandestino tiene, en teoría, la ventaja de ser menos vulnerable a la represión; en cambio si es abierto y público, la evidente ventaja es que la conexión directa con los trabajadores es, como hipótesis, mayor, aunque más vulnerable a los diversos tipos de represión. La solución a esta incógnita viene con una primera maduración de nuestras experiencias: el aprovechamiento de los resquicios legales que (parcialmente) posibilita la Dictadura y su combinación con formas ilegales o paralegales de acción colectiva. Por así decir, esta opción era más fiable que organizarse clandestinamente y, desde ahí, convocar por ejemplo un acto ilegal, como lo era la huelga, considerada como delito de rebelión. Por ahí fuimos, especialmente porque, en ese sentido, el comunismo español y catalán se esforzaron en que esa vereda era la más apropiada, y tenían razón. Entre paréntesis, diré que esta fue la orientación que Giuseppe Di Vittorio, a mediados de los años veinte, impuso al sindicalismo italiano en su lucha contra Mussolini, de un lado, y –según supimos posteriormente-- este camino fue el que intentó poner en marcha Joan Peiró, el gran dirigente de la CNT, en la lucha contra la dictadura de Primo de Rivera. Cierro paréntesis. Aclaro, hasta donde yo me sé, nosotros no conocíamos los planteamientos de Giuseppe Di Vittorio ni nadie citó las orientaciones de Joan Peiró.Bien, se trataba de optar por consolidar la línea fuerza que, tendencialmente, era la expresión autónoma de aquel movimiento original que teníamos en las manos. Nuestro movimiento debía ser abierto y no clandestino, capaz de combinar las posibilidades de la legislación franquista con las formas paralegales e, incluso, ilegales. Naturalmente esta opción también estaba expuesta a la represión. Pero la solidaridad con los represaliados era mayor si el movimiento tenía esas características públicas.Soy de la opinión que la discontinuidad histórica que representa aquel movimiento es, precisamente, ser un sujeto interno del centro de trabajo. Lo demuestra la preocupación fundamental: la elaboración de la plataforma reivindicativa, basada (como se ha indicado anteriormente) en las condiciones de trabajo. Es, a partir de esta consideración, de donde se desprenden las originales características de aquella acción colectiva. Tal vez la primera sea la relación entre representatividad y representación de las ya Comisiones Obreras. Llamo `representatividad´ a la capacidad de asumir las anhelos de los trabajadores; y defino la `representación´ como el nivel de apoyo que tales trabajadores ofrecen, de manera fugaz o estable, a los grupos coordinadores de CC.OO., que es de lo que estamos hablando ahora. Ya que esos grupos son un sujeto interno en el centro de trabajo y, comoquiera, que hay un vínculo estrecho entre representatividad y representación, la conclusión evidente es la naturalidad del quehacer democrático y participativo de los trabajadores en aquella acción colectiva, en aquel movimiento. Es lo que he llamado, en otras ocasiones, la democracia próxima, vecina. La representatividad y la representación se concretan en la asamblea en torno a un bidón, un andamio, una mesa de despacho o un pupitre: la democracia próxima, vecina, que construye la plataforma reivindicativa y diseña el (hipotético) ejercicio del conflicto social. Ahí se dibuja la independencia de esa asamblea y el establecimiento de su propia autonomía. La independencia no como elemento en negativo, sino como expresión positiva de depender sólo y sólamente de la representatividad y representación que se ostentan cotidianamente. La auto-nomía como catálogo implícito de unas normas rudimentarias, aunque sólidas que consuetudinariamente se entienden con naturalidad como obligatorias y obligantes, no como mandato estatutario. Es decir, la independencia sindical no es el resultado de un constructo abstracto sino la consecuencia (y, a la vez, el origen) de la elaboración de la plataforma reivindicativa, decidida y apoyada en la asamblea de todos los trabajadores. Es, desde ahí, como se va edificando el andamio de la independencia frente a todos y todo lo que no sea el interés concreto de ese conjunto asalariado.Una prueba de la sofisticación de nuestro análisis aparece por escrito en la Asamblea de Orcasitas (Abril de 1967). Allí se dejó escrito que propugnábamos un sindicalismo de clase, independiente de la patronal y de todos los partidos políticos (incluidos los partidos obreros); que apostábamos decididamente por las libertades sindicales y el derecho de huelga en todos los países, con independencia de su carácter social e institucional. Estábamos afirmando que, incluso en el socialismo, el sindicalismo y el movimiento de los trabajadores debían ser plenamente independientes, autónomos y contar con el ejercicio de los derechos (incluida la huelga) de todo tipo.



Quinto tranco



Durante todo el proceso anterior, esto es, los “treinta gloriosos” el movimiento sindical está, por lo general, a la ofensiva. Tras la crisis del 73, la crisis del petróleo, surgen dos situaciones de cesura que se irán consolidando con el andar de los tiempos. De un lado, se va gestando una potente innovación-reestructuración de los aparatos productivos que es la madre de la globalización acelerada y, de otra, un equilibrio inestable en la relación de los sindicalismos europeos con sus contrapartes tanto institucionales como patronales. Frente a la cada vez más acusada interdependencia se estructuran la Confederación Europea de Sindicatos (a la que Comisiones Obreras nos incorporamos tardíamente) y más tarde la Central Sindical Internacional, de la que nosotros somos miembros fundadores; de otra parte ese equilibrio inestable, todavía de ofensiva, es capaz de construir un nuevo paradigma todavía insuficientemente estudiado: es la capacidad de intervención del sindicalismo con una extensión de su poder contractual en esferas que tradicionalmente se había autorresevado para sí papá-partido en la famosa y contraproducente división de funciones entre el partido lassalleano y el sindicalismo.



El sindicalismo (especialmente en Italia y, tras la legalización, nosotros españoles) interviene en amplios escenarios del Estado de bienestar: Seguridad Social, enseñanza, sanidad, etc. Que nos convierte en lo que podríamos denominar “legisladores implícitos”, que va redimensionando el papel de los partidos políticos, especialmente los considerados amigos del sindicalismo. La conclusión es que, tras esa nueva capacidad, el sindicalismo va adquiriendo un nuevo metabolismo que, desde su propio quehacer, va adquiriendo importantes zonas de propuesta: se va gestando la independencia y autonomía del sindicalismo así en Europa como en nuestro país. El ejercicio del conflicto social ya no está supeditado a las contigencias de la lucha política partidaria. Como botón de muestra está en España la nueva placa tectócnica que se consolida tras la famosa huelga general del 14 de diciembre de 1988. UGT, por ejemplo, ya no será como antes. Comisiones Obreras tampoco.




Ultimo tranco


El nuevo paradigma.Entiendo que hemos dejado atrás el fordismo tanto en su personalidad en el centro de trabajo como en la influencia social y de vida. La situación actual es radicalmente nueva. Algunos la calificamos –por pura rutina expositiva—“posfordista”; otros la denominan “sociedad informacional” (Manuel Castells); y, comoquiera que todo el mundo tiene un cierto deseo de ser puntilloso a la hora de las definiciones, hay quien la llama, también con fundamento, “capitalismo molecular” (Riccardo Terzi). Sea como fuere, el caso es que, definitivamente, el fordismo ha pasado a ser, en sus rasgos fundamentales, pura quincallería. No ocurre exactamente lo mismo con el sistema taylorista que parece disfrazarse de noviembre para no infundir sospechas. Es decir, el taylorismo sigue vigente, aunque sobre él han caído varias manos de pintura con la intención de hacerle la manicura y aparentar un cierto rostro humano.Ahora bien, tengo para mí que lo más visible es la potente innovación-reestructuración de los aparatos de producción y de servicios que, de manera acelerada y profunda, está laminando el mundo tal como lo hemos vivido a lo largo del siglo XX. Es más, soy del parecer que ahí está la madre del cordero del gigantesco proceso de globalización. Todo ello tiene sus vastas repercusiones en el universo del trabajo, en la condición asalariada y en cómo los trabajadores se perciben a sí mismos. Digamos que el sindicalismo es hijo putativo de una forma de capitalismo que hoy ya no existe. Acordemos que el sindicalismo se desarrolló esencialmente en el Estado nacional, que hoy ya no cuenta con los poderes de antaño. Convengamos en que el sindicalismo creció y se generalizó con el dedo índice apuntando al crecimiento ilimitado, que hoy se ve interferido por las muy serias amenazas medioambientales. Recordemos, además, que las grandes conquistas de civilización que consiguió el sindicalismo –junto a toda una serie de actores políticos, más o menos cercanos-- se dieron en el marco del Estado nacional como, por ejemplo, las protecciones públicas del welfare state, que hoy se ven interferidas por la innovación-reestructuración y el desvanecimiento de los grandes poderes de los estados nacionales.En realidad la impresión que tengo es que parecen subsistir, quizá de manera inconsciente, una vieja idea y una antigua resignación. La vieja idea: los cambios que están en curso son algo así como una conspiración contra los trabajadores y los sindicatos. La antigua resignación: la organización del trabajo es cosa de los poderes unilaterales del empresario; en esa tesitura, el sindicalismo contesta el abuso de la organización del trabajo que le viene dada, pero no el uso de la misma: tres cuartos de lo mismo que hacíamos en mis tiempos cuando contestábamos el abuso del fordismo-taylorismo, pero no su uso que también nos venía impuesto.Lo diré enfáticamente: el sindicalismo, al menos en las primeras décadas del siglo XXI, debe ajustar las cuentas con el paradigma tecnológico realmente existente. Ello quiere decir que debe intervenir en todo el escenario de la organización del trabajo. Ahí se mide, en primer lugar, la independencia y la alternatividad del sujeto social con relación a su contraparte. Medirse en el terreno de la organización del trabajo significaría abordar en la práctica real de la contractualidad el gran problema de la flexibilidad. Precisamente para conseguir que deje de ser una patología y se convierta en instrumento de autonomía personal. Me permito una observación que va más allá del carácter de letraherido que uno pueda tener: no debe confundirse la flexibilidad con la flexibilización.Estoy con Bruno Trentin cuando afirma: “El uso flexible de las nuevas tecnologías, el cambio que provocan en las relaciones entre producción y mercado, la frecuencia de la tasa de innovación y el rápido envejecimiento de las tecnologías y las destrezas, la necesidad de compensarlas con la innovación y el conocimiento, la responsabilización del trabajo ejecutante como garante de la calidad de los resultados… harán efectivamente del trabajo (al menos en las actividades más innovadas) el primer factor de competitividad de la empresa. Son unos elementos que confirman el ocaso del concepto mismo de `trabajo abstracto´, sin calidad, --como denunciaba Marx, pero que fue el parámetro del fordismo-- y hacen del trabajo concreto (el trabajo pensado), que es el de la persona que trabaja, el punto de referencia de una nueva división del trabajo y de una nueva organización de la propia empresa. Esta es la tendencia cada vez más influyente que, de alguna manera, unifica dadas las nuevas necesidades de seguridad que reclaman las transformaciones en curso) un mundo del trabajo que está cada vez más desarticulado en sus formas contractuales e incluso en sus culturas; un mundo del trabajo que, cada vez más, vive un proceso de contagio entre los vínculos de un trabajo subordinado y los espacios de libertad de un trabajo con autonomía”.
Ahora bien, abordar la flexibilidad (que ya no es un instrumento de contingencia sino de muy largo recorrido) quiere decir situar como elemento central de la organización del trabajo el instrumento de la co-determinación de las condiciones de trabajo. Alerto, no estoy hablando del instituto de la cogestión; estoy planteando la codeterminación. Debe entenderse por codeterminación el permanente instrumento negocial de todo el universo de la organización del trabajo que queremos que vaya saliendo gradualmente de la actual lógica taylorista. Es decir, la codeterminación como método de fijación negociada, como punto de aproximado encuentro, entre el sujeto social y el empresario, anterior a decisiones "definitivas" en relación, por ejemplo, a la innovación tecnológica, al diseño de los sistemas de organización del trabajo y de las condiciones que se desprenden de ella. Esa actividad permanente (esto es, cotidiana) le ofrece otra dimensión, itinerante, al convenio colectivo. Claro que sí, se está hablando de un nuevo derecho de ciudadanía social en el centro de trabajo, de un imprescindible acompañante de la flexibilidad que, por tanto, es plenamente negociada.Pero hay más, la codeterminación de las condiciones de trabajo (que no implica, por supuesto, confusión de los roles del sujeto social y del dador de trabajo) podría ser el instrumento que abordara globalmente –y no de manera parcializada— las condiciones de trabajo, que hasta la presente dan la impresión de ser abordadas como variables independientes las unas de las otras. Por ejemplo, la necesaria reordenación de los tiempos de trabajo, a través de la codeterminación, podría abordarse de mejor manera, no –como es costumbre inveterada— en tanto que variable desvinculada del resto de las condiciones de trabajo.En definitiva, lo substancial es que la acción colectiva del sindicalismo confederal se incardine gradual y plenamente en el nuevo paradigma postfordista o como quiera llamársele. Lo que, dicho a la pata la llana, expresaría que toda la acción contractual debe tener esa característica: estar insita en el nuevo paradigma de esta época axial. Una manera para ello sería el establecimiento de un compromiso de largo respiro: el Pacto social por la innovación tecnológica. Justamente para intervenir en toda la marea de la reestructuración in progress de los sectores de la economía toda. Imprescindible, por lo demás, para abordar los desafíos que nos presenta el welfare. ¿Por qué? Porque no es posible entrar de lleno en tan notables materias si no es a través de un nuevo enfoque. Un pacto social que, naturalmente, también comportaría un cuadro de derechos de nueva generación en lo que, a partir de ahora, llamaremos el ecocentro de trabajo. En suma, se trataría, en mi opinión, de un gran acuerdo con la misma voluntad estratégica que el sustentado, tiempo ha, que dio paso a los avances del Estado de bienestar.Diré que las políticas de welfare tradicionales han entrado en crisis, tal vez definitiva. Primero por los embates que recibe de los gigantescos procesos de innovación-reestructuración. Segundo porque la globalización le provoca enorme desajustes. Tercero porque las bases keynesianas y fordistas que le sustentaron durante tantos años ya no existen. Cuarto porque el aluvión (a veces desordenado) de peticiones que recibe no le permite sostenibilidad. No proceder a darle una nueva dimensión al welfare –esto es, mantener el edificio como si nada hubiera cambiado a lo largo del tiempo— hace que los ataques ideologicistas contra el welfare encuentren un caldo de cultivo. Porque, no se olvide, el claro interés del ataque neoliberal no es otro que procurar que los grandes capitales públicos se orienten hacia el bussines privado.En esas condiciones es imprescindible reordenar nuestro Estado de bienestar con la idea de que sea más fuerte y tuitivo. Primero, en una dirección que supere el carácter de resarcimiento que le caracteriza para darle una orientación de promoción. Segundo, vinculado –lo que quiere decir situar las compatibilidades de todas sus tutelas y promociones-- al hecho tecnológico. O, dicho con criterios negativos: no se puede mantener un welfare de naturaleza fordista, cuando este sistema ha pasado a mejor vida. Y, en parecida orientación: el mencionado Pacto social por la innovación tecnológica podría suponer una hipótesis plausible de más adecuada relación, estableciendo vínculos y compatibilidades, con el paradigma medioambiental. Lo que quiero enfatizar es: no habrá posibilidad de reconstruir el Estado de bienestar si no es a través de la puesta en marcha de un nuevo compromiso sociopolítico: el Pacto social por la innovación tecnológica.



Vamos a dejar las cosas aquí. La situación difícil que existe con este cúmulo de crisis superpuestas que arranca de la del 2008 no es motivo de esta ponencia.