13 July 2009

DESPUÉS DEL FORDISMO, ¿QUÉ?


José Luís López Bulla

Dijo Michel de Montaigne de manera precavida que “nuestra naturaleza se entretiene en anticipar las cosas como si no tuviera bastante en digerir las presentes”. Por eso siempre me he resistido a lanzar pronósticos con relación a periodos largos (por ejemplo, el sindicalismo del siglo XXI) y me haya limitado a titubeos de menor diapasón: a “digerir las cosas presentes” y, a partir de ahí, establecer unas proyecciones mediatas, como es el amable encargo que, en esta ocasión, me plantea el siempre activo Rodolfo Benito. Pos razones: primero, porque están cayendo chuzos de punta y, en buena medida, según cómo interprete Noé el parte meteorológico, podrá llevar Arca a buen puerto o no; segundo, porque el sindicalismo es, por encima de todo, un hecho cotidiano. Más todavía, depende de qué manera intervenga el sujeto social en esta cotidianeidad de la tremenda crisis que estamos sufriendo, su naturaleza a lo largo y ancho “del siglo XXI” será de una u otra manera.



Como dije en unas jornadas que celebraron los compañeros asturianos de Comisiones Obreras mediados de noviembre de 2008 me parece más que evidente que la actual recesión es algo más que una crisis sectorial del sistema económico capitalista y, menos todavía, la expresión de una crisis de confianza en el sistema financiero y que, para salir de ella, es conveniente un momentáneo recurso a la intervención del Estado. A mi juicio es la crisis del mecanismo de acumulación capitalista que se ha ido afirmando en los últimos treinta años. Por ello no debe entenderse que es el fin del capitalismo, entre otras cosas porque no sabemos qué lo substituirá ni por quién será substituido. No sin cierto humor, Giorgio Ruffolo ha publicado recientemente un libro que se titula “El capitalismo tiene los siglos contados”.


Ya se ha dicho en otros lugares con más fundados conocimientos: la crisis del año 9 es global, de ahí que no haya más remedio que preguntarse hasta qué punto el sindicalismo estaba, desde los primeros chispazos del temporal, en condiciones de poder hacerle frente. La primera consideración es que también le ha pillado por sorpresa y, todavía es la hora, de que podamos decir que hemos sido capaces de enhebrar un mínimo proyecto global (me refiero al sindicalismo global, europeo y nacional) de encarar la granizada que sigue cayendo. Pues bien, a lo largo de este trabajo intentaremos cruzar la personalidad del sindicalismo actual, la proyección de su futuro, mediato e inmediato, con algunos esquemáticos elementos de esta crisis global.


Con relación a esta situación de crisis me permito dar una opinión que, posiblemente, será vista con perplejidad por mis amigos, conocidos y saludados: yo no creo que sea una crisis principalmente financiera; se trata de una crisis de la economía real que ha tomado formas de crisis financiera. Me explico. El mecanismo de la crisis surgió de una desequilibrada distribución de la renta: de un fortísimo incremento de los rendimientos del capital y de una estagnación de las rentas del trabajo. Esta enorme desigualdad hizo que se pudiera pensar en una reducción de los consumos. El capitalismo reaccionó con el recurso al endeudamiento que alcanzó incluso formas desmesuradas: ya fuera en el endeudamiento interno en los USA porque de allí partió la crisis, ya fuera en el endeudamiento externo con relación al resto del mundo. Con la paradoja de que el país más rico y avanzado se ha endeudado con paises mucho más pobres y atrasados. Ante todo con China que tiene interés en exportar a los Estados Unidos productos de bajo coste, visto el bajísimo coste del trabajo, y a invertirlos en títulos americanos. Este es el mecanismo en el que se basó el equilibrio o –mejor dicho, el desequilibrio— de la economía mundial hasta ahora. Y siguiendo con las heterodoxias, diré que no me parece lúcido hacer una separación entre economía financiera y economía real. La explicación me parece elemental: los entrecruzamientos entre “ambas” son de una magnitud desconocida, conformando un único sistema. Dicho lo cual, retomamos el hilo conductor que pretende atravesar este ejercicio de redacción.



Incluso sin la presencia de este temporal, el sindicalismo tendría ante sí toda una serie de desafíos, probablemente tan gigantescos como los acontecimientos que provocaron los primeros andares de los movimientos sindicales europeos a primeros del siglo XIX y el periodo de transición que supuso la puesta en marcha del, primero, taylorismo y, después, del fordismo. Por así decirlo, el sindicalismo confederal se encuentra ante un desafío de grandes proporciones, a saber, cómo resolver las enormes asimetrías en las que está envuelto en esta época que, siguiendo metafóricamente a Karl Jaspers, no dudaría en calificarla de `civilización axial´. A mi juicio son las siguientes asimetrías:


a) el nuevo paradigma es posfordista, el sujeto social sigue en las claves del fordismo;
b) el mundo es global e interdependiente, el sujeto social cuenta tan sólo con poderes locales, lo que es algo visible, por ejemplo, en el actual contexto de crisis;
c) la forma-sindicato sigue anclada, tanto en su capacidad de representación como en su arquitectura interna, en el mismo diseño de la fase que ya ha sido superada;
d) los nuevos tiempos requieren que el sindicalismo confederal sea un sujeto extrovertido hacia el mundo de la ciencia, la técnica y las humanidades, en cambio todo parece indicar que el sujeto social todavía no ha establecido los suficientes vasos comunicantes con ese universo de la intelligentzia, muy en especial con un pariente de segundo grado: el iuslaboralismo.



Mientras se sigan dando tales asimetrías, la distancia entre el sindicalismo confederal y la utilidad de su acción colectiva, a la altura de estos nuestros tiempos, corre el peligro de ampliarse a lo largo del siglo XXI. En pocas palabras, en esta civilización axial, el sujeto social no se puede mantener una personalidad tradicional.



Primera consideración: como he insinuado al principio, más que reflexionar sobre un periodo de tan largo recorrido –el itinerario de todo un siglo, el XXI— intentaré aproximarme a qué elementos de fuerte corrección entiendo debería presidir tanto la acción colectiva del sindicalismo confederal como su forma de representación y estructura. Lo hago, ciertamente, desde la comodidad de ver los toros desde el tendido de sombra, lo que no siempre es una garantía.



1. El nuevo paradigma



Entiendo que hemos dejado atrás el fordismo tanto en su personalidad en el centro de trabajo como en la influencia social y de vida. La situación actual es radicalmente nueva. Algunos la calificamos –por pura rutina expositiva—“posfordista”; otros la denominan “sociedad informacional” (Manuel Castells); y, comoquiera que todo el mundo tiene un cierto deseo de ser puntilloso a la hora de las definiciones, hay quien la llama, también con fundamento, “capitalismo molecular” (Riccardo Terzi). Sea como fuere, el caso es que, definitivamente, el fordismo ha pasado a ser, en sus rasgos fundamentales, pura quincallería. No ocurre exactamente lo mismo con el sistema taylorista que parece, dicho lorquianamente, disfrazarse de noviembre para no infundir sospechas. Es decir, el taylorismo sigue vigente, aunque sobre él han caído varias manos de pintura con la intención de hacerle la manicura y aparentar un cierto rostro humano.



Ahora bien, tengo para mí que lo más visible es la potente innovación-reestructuración de los aparatos de producción y de servicios que, de manera acelerada y profunda, está laminando el mundo tal como lo hemos vivido a lo largo del siglo XX. Es más, soy del parecer que ahí está la madre del cordero del gigantesco proceso de globalización. Todo ello tiene sus vastas repercusiones en el universo del trabajo, en la condición asalariada y en cómo los trabajadores se perciben a sí mismos. Más todavía, todo lo anterior cuestiona el carácter de los instrumentos institucionales (y el uso de los mismos) que sigue manteniendo el sindicalismo confederal. Por ejemplo, es harto chocante que mientras avanzaba el proceso globalizador el sindicalismo español no fuera transformando en esa dirección sus instrumentos de representación.



Digamos que el sindicalismo es hijo putativo de una forma de capitalismo que hoy ya no existe. Acordemos que el sindicalismo se desarrolló esencialmente en el Estado nacional, que hoy ya no cuenta con los poderes de antaño. Convengamos en que el sindicalismo creció y se generalizó con el dedo índice apuntando al crecimiento ilimitado, que hoy se ve interferido por las muy serias amenazas medioambientales. Recordemos, además, que las grandes conquistas de civilización que consiguió el sindicalismo –junto a toda una serie de actores políticos, más o menos cercanos-- se dieron en el marco del Estado nacional como, por ejemplo, las protecciones públicas del welfare state, que hoy se ven interferidas por la innovación-reestructuración y el desvanecimiento de los grandes poderes de los estados nacionales.



Digamos, pues, que en definitiva éstas son las perplejidades del sindicalismo confederal, pero también las de algunos sindicalistas eméritos que no acabamos de ver en la acción colectiva práctica de nuestra cofradía una adecuada relación entre lo que son los tiempos actuales y cómo interviene el sindicalismo confederal. No se me caen los anillos si vuelvo a afirmar que, en una gran medida, estas limitaciones actuales son debidas a toda una serie de gangas que las generaciones anteriores de sindicalistas hemos dejado a los dirigentes de hoy. Todo lo máximo que vemos son unas positivas declaraciones de intenciones en los textos de los sindicalismos periféricos, pero que no acaban de hacerse carne.



No se trata de consideraciones abstractas. Léase atentamente la radiografía que algunos han hecho sobre los contenidos reales de la negociación colectiva [1]. A decir verdad, y sean salvadas algunas muy honrosas excepciones, todo ese elenco contractual sigue siendo heredero directo de la negociación colectiva de mis tiempos, que ya estaba bastante anticuada: mala herencia dejamos nosotros, desde luego, las gentes de mi generación. Porque lo cierto es que, en mi época, la plataforma reivindicativa y el acuerdo final del convenio se habían alejado substancialmente del proceso de innovación en el centro de trabajo. O, lo que es lo mismo: los contenidos reales de la negociación poco tenían que ver con el nuevo paradigma que teníamos delante de nuestros ojos. Les dejamos a las nuevas generaciones un legado poco positivo que, en todo caso, ellos han guardado y mantenido con un celo envidiable.



En realidad la impresión que tengo es que parecen subsistir, quizá de manera inconsciente, una vieja idea y una antigua resignación. La vieja idea: los cambios que están en curso son algo así como una conspiración contra los trabajadores y los sindicatos. La antigua resignación: la organización del trabajo es cosa de los poderes unilaterales del empresario; en esa tesitura, el sindicalismo contesta el abuso de la organización del trabajo que le viene dada, pero no el uso de la misma: tres cuartos de lo mismo que hacíamos en mis tiempos cuando contestábamos el abuso del fordismo-taylorismo, pero no su uso que también nos venía impuesto.



Estas dos situaciones podrían explicar hasta qué punto existe un descomunal descuido por parte del sindicalismo confederal en todo el polinomio de la organización del trabajo. Las diferentes auditorías descriptivas de la negociación colectiva que ha hecho Miquel Falguera muestran a las claras que la inmensa mayoría de las cláusulas contractuales relativas a la organización del trabajo son burdos copia-y-pega (ahora con ordenador, eso sí) de las muy ancianas Ordenanzas Laborales de aquellos viejos tiempos de la Dictadura franquista. Compruébese si se está exagerando.



Lo diré enfáticamente: el sindicalismo, al menos en las primeras décadas del siglo XXI, debe ajustar las cuentas con el paradigma tecnológico realmente existente. Ello quiere decir que debe intervenir en todo el escenario de la organización del trabajo. Ahí se mide, en primer lugar, la independencia y la alternatividad del sujeto social con relación a su contraparte. Medirse en el terreno de la organización del trabajo significaría abordar en la práctica real de la contractualidad el gran problema de la flexibilidad. Precisamente para conseguir que deje de ser una patología y se convierta en instrumento de autonomía personal. Me permito una observación que va más allá del carácter de letraherido que uno pueda tener: no debe confundirse la flexibilidad con la flexibilización.



Estoy con Bruno Trentin cuando afirma: “El uso flexible de las nuevas tecnologías, el cambio que provocan en las relaciones entre producción y mercado, la frecuencia de la tasa de innovación y el rápido envejecimiento de las tecnologías y las destrezas, la necesidad de compensarlas con la innovación y el conocimiento, la responsabilización del trabajo ejecutante como garante de la calidad de los resultados… harán efectivamente del trabajo (al menos en las actividades más innovadas) el primer factor de competitividad de la empresa. Son unos elementos que confirman el ocaso del concepto mismo de `trabajo abstracto´, sin calidad, --como denunciaba Marx, pero que fue el parámetro del fordismo-- y hacen del trabajo concreto (el trabajo pensado), que es el de la persona que trabaja, el punto de referencia de una nueva división del trabajo y de una nueva organización de la propia empresa. Esta es la tendencia cada vez más influyente que, de alguna manera, unifica dadas las nuevas necesidades de seguridad que reclaman las transformaciones en curso) un mundo del trabajo que está cada vez más desarticulado en sus formas contractuales e incluso en sus culturas; un mundo del trabajo que, cada vez más, vive un proceso de contagio entre los vínculos de un trabajo subordinado y los espacios de libertad de un trabajo con autonomía” [2].

Ahora bien, abordar la flexibilidad (que ya no es un instrumento de contingencia sino de muy largo recorrido) quiere decir situar como elemento central de la organización del trabajo el instrumento de la co-determinación de las condiciones de trabajo. Alerto, no estoy hablando del instituto de la cogestión; estoy planteando la codeterminación. Debe entenderse por codeterminación el permanente instrumento negocial de todo el universo de la organización del trabajo que queremos que vaya saliendo gradualmente de la actual lógica taylorista. Es decir, la codeterminación como método de fijación negociada, como punto de aproximado encuentro, entre el sujeto social y el empresario, anterior a decisiones "definitivas" en relación, por ejemplo, a la innovación tecnológica, al diseño de los sistemas de organización del trabajo y de las condiciones que se desprenden de ella. Esa actividad permanente (esto es, cotidiana) le ofrece otra dimensión, itinerante, al convenio colectivo. Claro que sí, se está hablando de un nuevo derecho de ciudadanía social en el centro de trabajo, de un imprescindible acompañante de la flexibilidad que, por tanto, es plenamente negociada.



Pero hay más, la codeterminación de las condiciones de trabajo (que no implica, por supuesto, confusión de los roles del sujeto social y del dador de trabajo) podría ser el instrumento que abordara globalmente –y no de manera parcializada— las condiciones de trabajo, que hasta la presente dan la impresión de ser abordadas como variables independientes las unas de las otras. Por ejemplo, la necesaria reordenación de los tiempos de trabajo, a través de la codeterminación, podría abordarse de mejor manera, no –como es costumbre inveterada— en tanto que variable desvinculada del resto de las condiciones de trabajo.



En definitiva, lo substancial es que la acción colectiva del sindicalismo confederal se incardine gradual y plenamente en el nuevo paradigma postfordista o como quiera llamársele. Lo que, dicho a la pata la llana, expresaría que toda la acción contractual debe tener esa característica: estar insita en el nuevo paradigma de esta época axial. Una manera para ello sería el establecimiento de un compromiso de largo respiro: el Pacto social por la innovación tecnológica [3]. Justamente para intervenir en toda la marea de la reestructuración in progress de los sectores de la economía toda. Imprescindible, por lo demás, para abordar los desafíos que nos presenta el welfare. ¿Por qué? Porque no es posible entrar de lleno en tan notables materias si no es a través de un nuevo enfoque. Un pacto social que, naturalmente, también comportaría un cuadro de derechos de nueva generación en lo que, a partir de ahora, llamaremos el ecocentro de trabajo. En suma, se trataría, en mi opinión, de un gran acuerdo con la misma voluntad estratégica que el sustentado, tiempo ha, que dio paso a los avances del Estado de bienestar.



Diré que las políticas de welfare tradicionales han entrado en crisis, tal vez definitiva. Primero por los embates que recibe de los gigantescos procesos de innovación-reestructuración. Segundo porque la globalización le provoca enorme desajustes. Tercero porque las bases keynesianas y fordistas que le sustentaron durante tantos años ya no existen. Cuarto porque el aluvión (a veces desordenado) de peticiones que recibe no le permite sostenibilidad. No proceder a darle una nueva dimensión al welfare –esto es, mantener el edificio como si nada hubiera cambiado a lo largo del tiempo— hace que los ataques ideologicistas contra el welfare encuentren un caldo de cultivo. Porque, no se olvide, el claro interés del ataque neoliberal no es otro que procurar que los grandes capitales públicos se orienten hacia el bussines privado.



En esas condiciones es imprescindible reordenar nuestro Estado de bienestar con la idea de que sea más fuerte y tuitivo. Primero, en una dirección que supere el carácter de resarcimiento que le caracteriza para darle una orientación de promoción. Segundo, vinculado –lo que quiere decir situar las compatibilidades de todas sus tutelas y promociones-- al hecho tecnológico. O, dicho con criterios negativos: no se puede mantener un welfare de naturaleza fordista, cuando este sistema ha pasado a mejor vida. Y, en parecida orientación: el mencionado Pacto social por la innovación tecnológica podría suponer una hipótesis plausible de más adecuada relación, estableciendo vínculos y compatibilidades, con el paradigma medioambiental. Lo que quiero enfatizar es: no habrá posibilidad de reconstruir el Estado de bienestar si no es a través de la puesta en marcha de un nuevo compromiso sociopolítico: el Pacto social por la innovación tecnológica. De ahí que reincida en lo manifestado en otras ocasiones: la insistencia en los contenidos de los Pactos de Toledo me parece una sonora, inútil y redundante pérdida de tiempo.



Permítaseme una breve apostilla: a mi juicio no es welfare el abusivo aluvión de medidas que han puesto en marcha los poderes públicos en los últimos tiempos, a saber, esa mendaz política de talonario (los cuatrocientos euros, los dos mil euros, etc) que, desde el gobierno Zapatero hasta las Comunidades autónomas, se ha puesto de manera tan inútil como desordenada.





2. La globalización interdependiente



El sindicalismo sigue siendo un sujeto local; sus poderes son locales. Diré entre paréntesis que la existencia de centrales sindicales supranacionales no contradice lo anterior, porque estos instrumentos no tienen poderes globales. Por supuesto, ello no quiere decir que consideremos irrelevante la existencia de la Central Sindical Internacional cuya partida de nacimiento, a nivel simbólico, fue la importante jornada global del 7 octubre de 2008 por el trabajo digno, según la atinada observación de Eduardo Saborido a quien, como a un servidor, le parece más feliz que la utilizada de “trabajo decente”. Por otra parte, la política local no tiene suficiente poder ni los recursos adecuados para encarar una serie de importantes problemas. Esta situación continuará mientras tanto siga la separación entre la escala (global) de los problemas y el alcance (local) de la acción efectiva. Iniciativas locales, siempre imprscindibles, pueden mitigar sólo temporalmente el impacto de los problemas producidos a nivel global, aunque lo máximo que pueden hacer es reorientar tales problemas a otros lugares. Sólo agencias políticas y jurídicas locales (todavía inexistentes) pueden domesticar las fuerzas globales, actualmente sin reglas y eliminar las raíces de la inseguridad global [4].



En esas condiciones, el (local) sujeto social está, a todas luces, imposibilitado para afrontar los grandes retos de esta nueva y en rápida mutación. Esto es, los grandes procesos de innovación-reestructuración, la relación entre economía y medioambiente, las tutelas del welfare y la permanente mutación de los mercados laborales, las grandes reformas todavía pendientes y el universo de los derechos. Ya no se trata de interferencias sino de nuevos elementos, de una situación radicalmente distinta en la historia del movimiento sindical.



De ahí que, mientras se mantenga esta asimetría entre problemas globales y disponer sólamente de poderes locales, el sindicalismo se verá constreñido a una acción tutelar tan limitada como escasamente eficaz. Es más, la ausencia de poderes sindicales trasnacionales (poderes, lo que se dice poderes) está comportando una especie de acción sindical, desordenada como un tropel de movimientos sin relación entre sí y sin ninguna vinculación a un proyecto común. Por ejemplo, en los últimos tiempos hemos asistido a una serie de importantes batallas con relación a las políticas de welfare de diversos países europeos. Pues bien, los italianos iban por un sitio, los franceses por otro y el resto por donde les convenía a cada cual por separado. Sin embargo, el sindicato europeo fue incapaz de establecer una mínima vinculación –esto es, un proyecto previo— que implicara a las diversas cofradías parroquiales. Cada sindicato marchaba en solitario y todos ellos no se sentían partícipes de algo común. De manera que no sólo todo ello ha entrado en crisis definitiva sino que además no conduce a ningún lugar apropiado. Es más, tengo la vaga impresión de que está apareciendo una vieja y ya inútil cultura en el sindicalismo, esto es, la renacionalización, tal vez como contagio indirecto de los vaivenes de la política europea. Mala cosa, desde luego.



3. La forma-sindicato



Aunque he escrito en numerosas ocasiones acerca del envejecido (y ya plenamente inútil) instrumento del comité de empresa [5], considero que en lo atinente a la representación del sindicato hay cosas más importantes. En todo caso, me importa valorar que Ignacio Fernández Toxo, en el discurso de clausura del reciente Congreso confederal, apuntó con claridad la necesidad de abrir un serio debate –no ya sobre la relación entre el comité de empresa y la sección sindical— acerca del papel substantivo del sindicato, en tanto que tal, en el centro de trabajo.



Por mi parte reitero mi posición que, desde hace muchos años, es inamistosa hacia el actual modelo dual de representación en nuestro país. Pero vayamos por partes. Para abordar ordenadamente las cosas, creo que es necesario hablar de los siguientes aspectos: 1) los nuevos elementos de democraticidad del sindicalismo, 2) las nuevas tipologías asalariadas que están emergiendo muy escasamente representadas en la tutela del sindicalismo y, 3) el modelo dual de representación realmente existente y sus carencias, y 4) repensar la confederalidad del sindicalismo español. Por supuesto, son temas que se entrelazan los unos con los otros. Es decir, la forma-sindicato no es una expresión administrativa o de noble intendencia del sindicalismo. Es, ante todo y por encima de todo, la manera de cómo entiende el sujeto social la representación, tutela y promoción de todas las diversidades del conjunto asalariado: desde aquellas que están en constante emergencia hasta las que van quedando, con perdón, como los últimos mohicanos. De ahí que me parezca chocante que, a estas alturas y dados los vertiginosos cambios operados en los últimos treinta años, mis cofrades mantengan las formas de representación, tanto en el centro de trabajo como en sus alrededores, de mis años mozos. Lo que, por si faltase poco, provoca un déficit de participación colectiva.



Mi reflexión apuntaría, desde luego, a proponer nuevos elementos de acumulación democrática y participativa en el sindicalismo con la siguiente orientación y sentido: poner las bases de un sindicalismo de los trabajadores que vaya abandonando gradualmente su carácter de sindicalismo para los trabajadores. Así pues, la forma-sindicato parece tener dos objetivos: representar más adecuadamente al conjunto asalariado y aprehender de los trabajadores sus saberes –su general intellect, en la acepción marxiana— a la vez que concita una red difusa de hechos participativos. Por ejemplo, tengo para mí que el sindicalismo debe proponerse dos grandes conceptos: los límites de los poderes de sus respectivas estructuras y lo que he dado en llamar la “soberanía sindical” [6]. Aclaro estas dos cuestiones.



Da la impresión que algunos conspicuos dirigentes sindicales siguen a pies juntillas la máxima jurídica de “a maiori ad minus”, quien puede al más, puede al menos. Un concepto que, por ejemplo, se ha elevado a dogmática en la confrontación entre la casa granconfederal y Comisiones Obreras de Catalunya en el debate precongresual. Pero que, en realidad, podría decirse que es el pan nuestro de cada día en las relaciones entre todos los centros y todas las periferias sindicales. Se trata de una idea descabellada que se mantiene porque todos los centros --¿habrá que recordar que también todas las periferias son, a la vez, centro de sus propias periferias?— tienen una lógica natural a la extralimitación de sus poderes. Pero también porque nadie ha querido –tampoco el sindicalismo “periférico”-- fijar los límites, basados en sus propias competencias y responsabilidades, de lo que pueden hacer y lo que no pueden hacer. En concreto, la necesidad de un adecuado pacto confederal. Me interesa dejar meridianamente claro, si es que soy capaz de ello, que no estoy hablando de cosas administrativas o de la muy noble y necesaria intendencia del sindicato. Aludo muy directamente a cuestiones atinentes a algo tan serio como la negociación colectiva.



Por ejemplo: ¿Puede el sindicalismo, en nombre del monopolio de su poder contractual (que, no se olvide, le viene dado por la ley) imponer unas determinadas pautas negociales, incluso en nombre de la mayoría, que no tengan en cuenta o --peor aún, violen— los derechos de las minorías? Desde luego que no, a mi modo de ver las cosas. Las estructuras y las mayorías no tienen un poder ilimitado sino, en determinados momentos, compartido con toda una serie de las subjetividades que están presentes dentro y fuera de los centros de trabajo. De ahí que debería empezarse por establecer una convención estatutaria que estipule qué debe decidirse en cada ámbito, acompañado por sus límites y compatibilidades. O, si se prefiere, en las palabras mucho más sabias del maestro Luigi Ferrajoli: “lo indecidible para cualquier mayoría o bien por qué ciertas cosas no pueden ser decididas, y por qué otras no pueden no ser decididas” [7]. En caso contrario, la capacidad de representación, tutela y promoción del sindicalismo confederal iría en dirección opuesta a lo retóricamente declarado en la literatura congresual de ser el “sindicalismo de las diversidades”. Seguiría siendo el sujeto social de la uniformización fordista. En realidad estoy intentando establecer una analogía con la “soberanía popular”.



La segunda cuestión es, orientada a una mayor acumulación democrática, es lo que llamaría “soberanía sindical”. (Se trata de un término confuso porque no soy capaz de dar con la tecla adecuada). En realidad estoy intentando establecer una analogía con la “soberanía popular”. Que, en el sindicato es más necesaria, si cabe, porque –como se ha recordado anteriormente-- el sujeto social detenta por ley el monopolio del poder contractual. No se trata, afirmo para despejar cualquier brote de ictericia, de que toda decisión tenga que ser sometida a referéndum. Pero sí se trata de estipular qué decisiones pueden ser motivo de una consulta debidamente reglada. Por ejemplo, los convenios colectivos. Donde, como se ha dicho más arriba, hay que reglar lo que es decidible y por quién y aquello que no lo es.



4. El sindicalismo confederal, sujeto extrovertido.




Ninguno de los grandes desafíos que tiene el mundo del trabajo heterodirecto pueden solucionarse desde la propia fortaleza sindical. De ahí la necesidad de que el sujeto social se relacione con el mundo de los saberes y conocimientos de las humanidades, la ciencia y la técnica. De la obligación de establecer puentes de diálogo con esas disciplinas académicas. Y, desde ese foro permanente, diseñar su propio proyecto organizado.



Lo que no es posible es que, por ejemplo, no exista –salvo muy honrosas excepciones— un diálogo fuerte y sostenido con los iuslaboralistas. Ese estar de espaldas no tiene nombre. Y sin embargo, salvo muy raras excepciones, apenas si existen los necesarios contactos, al margen del aprovechamiento de los abogados laboralistas para la tutela de la acción colectiva. No es criticable este aprovechamiento `instrumental´, lo censurable es la ausencia de relaciones para el conjunto de los objetivos comunes. Y tres cuartos de lo mismo podemos decir con relación al mundo de la sociología, la ingeniería y otras islas adyacentes. En todo caso, vale la pena señalar que algo se está moviendo muy significativamente. De un lado, el esfuerzo que algunos institutos sindicales –por ejemplo, las Fundaciones 1º de Mayo y el Observatorio Sociolaboral-- están llevando a cabo abriendo un serio debate con el mundo académico en disciplinas como el Derecho laboral y la economía, la sociología y la medicina; de otro lado, la compartida participación de sindicalistas y académicos en algunos Observatorios como el de la globalización. Lo idóneo es que estos instrumentos tengan una serie de “corresponsalías” (o algo por el estilo) en el resto de las estructuras sindicales.



5. Consideraciones finales



¿Está en condiciones el sindicalismo confederal de salir gradualmente de estas enormes asimetrías? La pelota, desde luego, está en su tejado. Y, en lo que atañe a su labor, habrá que recordar la famosa máxima divittoriana. Es conocido que, tras la derrota de la CGIL en Fiat a mediados de los cincuenta, todos los sindicalistas achacaban dicho desastre a las prácticas represivas de la dirección de la empresa o a la `traición´ de los otros sindicatos. Giuseppe Di Vittorio respondió tajante: “Vale, pero aunque así fuera, tendríamos que analizar cuáles son nuestras responsabilidades en esa derrota, aunque sólo tengamos un uno por ciento este es, ante nosotros, inexcusablemente nuestro cien por cien”.



Mi respuesta a las posibilidades de salir de las asimetrías es cauta. Pero añado: el sindicalismo está en mejores condiciones que nunca para enhebrar un proyecto para salir de esta situación. El sindicalismo ya no es la prótesis de ningún partido, ni tampoco está al servicio de las contingencias del conflicto político. Se diría que ha conquistado su condición de sujeto político autónomo y, en esta situación nueva, las únicas limitaciones que tienen son sus saberes y sus todavía viejas prácticas. Pero, con unos y otras, puede avanzar porque ya no es subalterno de Papá-partido y de sus intereses nobles o espurios. Dicho con no menos claridad: por primera vez en su historia, el sindicalismo puede hacer las cosas no siendo un sujeto subalterno. Cierto, es una condición necesaria, aunque no suficiente. Pero ya es un paso.



Por lo demás, desde esa condición independiente y autónoma está en mejores condiciones, además, para dialogar extrovertidamente con todos los sujetos (incluidos los partidos políticos), con el mundo del iuslaboralismo, con la intelligentzia toda para encarar los potentes desafíos. Que no han hecho más que insinuarse.



En definitiva, hay que concretar lo que abusivamente podría conocerse como el sindicalismo de los modernos, esto es, la definitiva superación del sindicalismo de los antiguos. Existen los saberes, pero parece que falta la decisión de llevar a la práctica toda una serie de grandes mudanzas. En la medida que se mantengan esos titubeos las actuales asimetrías, más arriba descritas, se agrandarán y el itinerario nos será cada vez más complicado.





[1]
MIQUEL FALGUERA: las dobles escalas salariales en http://theparapanda.blogspot.com/2008/05/miquel-falguera-las-dobles-escalas.html

Miquel Falguera
MUJER Y TRABAJO: Entre la precariedad y la desigualdad en http://theparapanda.blogspot.com/2008/05/mujer-y-trabajo-entre-la-precariedad-y.html

MIQUEL FALGUERA: Carta abierta a los sindicatos en http://theparapanda.blogspot.com/2008/01/miquel-falguera-carta-abierta-los.html

[2]
TRENTIN, DOCTOR HONORIS CAUSA EN LA UNIVERSIDAD DE VENECIA “Lavoro e conoscenza” en http://baticola.blogspot.com/2006/07/trentin-doctor-honoris-causa-en-la.html

[3] José Luis López Bulla en
http://theparapanda.blogspot.com/2008/03/el-pacto-social-por-la-innovacion.html

[4] Zigmunt Bauman en
http://lopezbulla.blogspot.com/2008/06/zygmunt-bauman-en-metiendo-bulla_30.html « Nativos contra migrantes »

[5]
¿TIENEN SENTIDO YA LOS COMITES DE EMPRESA?. Mano a mano Antonio Baylos y José Luis López Bulla en http://lopezbulla.blogspot.com/2006/06/tienen-sentido-ya-los-comites-de.html

[6]
http://lopezbulla.blogspot.com/2007/12/texto-definitivo-sobre-la-soberania.html


[7] Luigi Ferrajoli “Democracia y galantismo” páginas 30 y 31 (Trotta, 2008)

13 October 2008

SINDICALISMO Y POLÍTICA

EL SINDICALISMO Y SU RENOVADO INTERÉS EN LA POLÍTICA

José Luis López Bulla*

Primero

Antonio Baylos revisita con punto de vista fundamentado las relaciones del sindicalismo con la política en
http://baylos.blogspot.com/2008/05/el-sindicato-debe-interesarse-por-la.html Comoquiera que el asunto tiene su miga me lanzo pastueñamente a la arena, aceptando el desafío que implícitamente plantea nuestro buen amigo blogista. Este es, como se sabe, un tema recurrente que nos viene desde los primeros tiempos del sindicalismo recorriendo todo tipo de guadianas y meandros.

En un principio fue la hipóstasis y subalternidad del sindicalismo ante el hecho político partidario; más tarde fueron los tímidos intentos de zafarse de la madre putativa, y –andando el tiempo de manera fatigosa— la tan complicada como áspera búsqueda de la autonomía e independencia sindicales. El inicial problema no era exactamente, en mi opinión, la subalternidad del sindicalismo hacia el partido sino algo de más enjundia: la supeditación del conflicto social a las contingencias de la política, interpretadas por Papá-partido; precisamente para que así fuera, se precisaba un sujeto ancilar: el sindicalismo a quien se le situaba sólo en las tareas del “almacén” (1). Pero tantas veces se rompió el cántaro cuando iba a la fuente que, en un momento dado, el sindicalismo dijo con voz aproximadamente clara: hasta aquí hemos llegado. Y el sindicalismo dejó de frecuentar su pasado subalterno y, quitándose los pantalones bombachos, se puso de largo, buscando una personalidad intransferible. Así pues, la discusión hoy no puede basarse esencialmente en aquello que, no hace tantos años, se denominaba pomposamente “las relaciones partido y sindicato”. El debate en estos nuestros tiempos de ahora mismo es “el sindicalismo y la política”. O, por mejor decir: el sindicalismo en la política. De ahí que, según entiendo, Antonio Baylos haya denominado certeramente sus reflexiones así: “El sindicalismo debe interesarse por la política”.

Cuando afirmamos que el sindicalismo es un sujeto político nos estamos refiriendo a su carácter de agente que interviene en las cosas de la vida de la polis. El avezado lector sabe que no lo equiparamos al partido político; así pues en ese sentido no hay que insistir más. Ahora bien, parece razonable traer a colación en qué escenarios políticos interviene el sindicalismo. Dicho grosso modo en dos “territorios”. Primero, en la relación que se establece entre la contractualidad (en su sentido más amplio) y la economía. Y segundo, en las cada vez más amplias esferas de intervención en las cuestiones del welfare que, hasta la presente, estaban, por así decirlo, monopolizadas por los partidos políticos. En ambos planos interviene el sindicalismo con sus propios proyectos, códigos e instrumentos. Yendo por lo derecho: desde su independencia y autonomía propias. Y, a mayor abundamiento, es desde ahí donde el conflicto social se ejerce al margen de las contingencias de la (convencional) política partidaria, la de los partidos. O, si se prefiere de manera tan conocida como castiza: la acción colectiva sindical ni es “balón de oxígeno” con relación a Zutano ni es flagelo vindicativo contra Mengano. Es el resultado de lo que conviene a una amplia agrupación de intereses, según la interpretación independiente y autónoma del sindicalismo.

Si no pocas de las importantes reformas que se han operado (tanto en Europa como en España) son, también, obra del sindicalismo, tendremos que hablar claramente que esa labor le caracteriza especialmente como agente reformador. Me ahorro, por innecesario en esta ocasión, describir el elenco de reformas que, junto a otros o él como protagonista principal, ha puesto en marcha; incluso cuando ha actuado como deuteragonista o figurante cumplió con su función de agente reformador. Pues bien, si le echamos un vistazo al almacén de las reformas y su concreción en bienes democráticos, estamos en condiciones de afirmar que se han orientado en un sentido inequívocamente progresista. Cuestión diferente –aunque esto es harina de otro costal— es el uso social de algunas conquistas [reformas], pero este asunto, un tanto descuidado, no cabe en estas líneas (2).

El almacén de reformas que autorizadamente se puede atribuir al sindicalismo europeo y español hace que el concepto vertido por algunos conspicuos dirigentes sindicales, eméritos o con mando en plaza, de que el sindicato no es “de derechas ni de izquierdas”, sea –dicho amablemente-- una chuchería del espíritu. Y, desde luego, estamos en condiciones de afirmar que tal constructo está desubicado del almacén de reformas que se ha ido construyendo --también las más recientes en torno a derechos inespecíficos-- contra el viento y la marea de los que siempre se opusieron. Así pues, soy del parecer que “no ser ni de derechas ni de izquierdas” significaría que el carácter de las reformas es de naturaleza neutra y que el significado del conflicto social para conseguir las conquistas fue técnico. Ni lo uno ni lo otro son equidistantes de Anás o Caifás, ni significaron tampoco indiferencia alguna por parte del sindicalismo en torno al cuadro institucional en el que se inscribían los derechos y poderes (los bienes democráticos, se ha dicho) que se iban conquistando en un itinerario, acompañado frecuentemente por unas u otras expresiones e conflicto social.

Lo diré sin ambigüedades: el sindicalismo está en la izquierda, pero no es de la izquierda. La vara de medir de la ubicación del sindicalismo [estar en la izquierda] no lo da su carácter ontológico, sino la naturaleza de tales conquistas. Y la vieja piedra de toque acerca de su pertenencia está en la personalidad independiente y autónoma del sindicalismo; en suma, no está en un genitivo de pertenencia a la izquierda política partidaria sino que, sin aspavientos, se coloca en la izquierda. Aviso, en ese sentido, que no se puede ser agnóstico al por mayor, aunque siempre es recomendable, para otras consideraciones, una dosis agnóstica al detall. Por ejemplo, cuando el sindicalismo da la impresión que está un tanto distraído –o quizá lo esté realmente— en determinadas situaciones. Pero ese agnosticismo al por menor no puede borrar ni minusvalorar la calidad del almacén de las reformas progresistas que, hablando en plata, connotan la relación del sindicalismo con la política, entendida en su sentido más ampliamente genérico y con el cuadro institucional in progress.

Algunos dirigentes sindicales, sean eméritos o con mando en plaza, intentaron argumentar que el sindicalismo (“ni de derechas ni de izquierdas”) debe ser “profesional”. Claro que sí, ¡voto a Bríos! Pero ¿qué vincula no ser de derechas ni de izquierdas a reclamar la profesionalidad al sindicalismo? Para mi paladar se trata de un anacoluto con todas las de la ley. De la misma manera que nadie encargaría un trabajo, pongamos por caso a un arquitecto zarrapastroso, nadie confiaría en un sindicalista-chapuza. Que los agnósticos al detall crean que hay sindicalistas chapuceros no lleva a la conclusión de que lo sean al por mayor. La solución la da la piedra de toque: el almacén de reformas muestra que se trata de sindicalistas con una gran dosis de profesionalidad, de saberes. ¿Cómo, si no, entender la fuerte recomendación del Barbudo de Tréveris que, su reputada opera magna, insiste en el general intellect del conjunto asalariado? Más todavía, si tanto se ha insistido en que el conflicto social es, sobre todo, un conflicto de saberes ¿por qué maltratar la expresión “profesional” o “profesionalidad”? ¿por qué situarla en la equidistancia entre “derechas” e “izquierdas”? Ahora bien, quizá no se trate en principio de un anacoluto sino de la siguiente consideración: la que se desprende de equiparar “profesional” y “profesionalidad” a tecnocracia, en el sentido taylorista de la expresión. Lo que nos llevaría a dejar sentado que una de las principales características de la praxis del gran capitán de la industria, don Federico Taylor, fue la separación drástica de gobernantes y gobernados en el centro de trabajo. Mira por dónde sindicalistas eméritos y con mando en plaza estarían induciendo, no sé si a sabiendas y queriendas, a una relación del movimiento de los trabajadores subalterna (la subalternidad que reclamó siempre el taylorismo) con la política empresarial y, por extensión, hipostática a la política partidaria. Lo que se daría de bruces con el largo itinerario del sindicalismo confederal en su acción colectiva por más derechos y poderes –repito: bienes democráticos—en el centro de trabajo. Hablo machaconamente de “bienes democráticos”, porque siempre me entra un cierto regomello en el cuerpo cuando hablo de “derechos sociales”. Esta inquietud me viene porque, de un lado, es preciso connotar el carácter social de las conquistas; pero, de otro lado, con esa sintaxis se establece una (indeseable) desidentificación de lo social con respecto a lo político y a los bienes democráticos. Un ejemplo concreto de lo que quiero decir es el carácter del pacto de empresa en el Matadero de Girona, que algunos denominamos el acuerdo-Córcoles, en honor a su principal arquitecto (3). Cierto, en jerga habitual hablaremos de derechos sociales. Pero esos bienes democráticos son derechos políticos de ciudadanía en toda regla. De lo recientemente dicho parecen desprenderse algunas cuestiones que abundarían en nuestra inamistosa mirada hacia los planteamientos de estos compañeros que postulan o se inclinan por un sindicalismo equidistante. Voy con la explicación.

Una buena parte de la acción colectiva del sindicalismo y del Derecho laboral ha sido, en abierta confrontación con la “libertad de los antiguos” que el centro de trabajo fuera un lugar privado. Esta es la gran conjunción del movimiento organizado de los trabajadores y el iuslaboralismo. Una lucha áspera que se enfrentaba a la contradicción entre el reconocimiento de las libertades formales en la polis moderna y su negación en el centro de trabajo: la comunidad de la polis era una, la comunidad social era otra. Esta lucha no tuvo unos contenidos `técnicos´ ni `profesionales´: tuvo una naturaleza eminentemente política. Esto es, que los derechos de la polis fueran reconocidos una vez atravesadas las cancelas de la fábrica. Los continuos avatares, así las cosas, en la dirección de la conquista de un buen almacén de bienes democráticos fue, además, el resultado de haber compartido diversamente el mismo paradigma entre el sindicalismo, la izquierda política y un buen conjunto de reformadores sociales. Que la izquierda política haya exportado no pocas gangas al sindicalismo, no impide el justo reconocimiento de su batalla por la consecución de los derechos `sociales´. Pues bien, ¿alguien piensa que la acción colectiva por la consecución de nuevos derechos y poderes se ha acabado? Estoy convencido que nadie piensa ese disparate. Pues bien, no sólo –convenimos, naturalmente— que no ha acabado sino que, en realidad, la creación de nuevos derechos y poderes no ha hecho más que empezar en el cuadro de la gran transición en esta fase de reestructuración-modernización, de globalidad interdependiente y de defensa del medioambiente. Cierto, un itinerario complicado, pero que --al igual que antaño-- ese nuevo recorrido no puede caracterizarse porque el sindicato se convierta en un sujeto solipsista, ni indiferente al cuadro institucional o a las fuerzas con las que puede compartir ese paradigma. O, expresado con cierto énfasis, debe ser beligerante como sujeto independiente --compartiendo co-aliados estables y puntuales— contra las fuerzas que se oponen a la consecución de derechos y poderes.

Pero hay algunas cosas de no menor interés que hablan de la relación entre el sindicalismo y la política. Aquí tampoco es razonable practicar el agnosticismo al por mayor. Que se considere que los niveles de participación en la vida sindical es manifiestamente mejorable, no empece afirmar que: 1) el movimiento organizado de los trabajadores se caracteriza por ser una democracia próxima, 2) que la frecuencia de los hechos participativos es cotidiana, y 3) que en el sindicalismo existen dos procesos de legitimación, a saber, el que le viene de la representación en los centros de trabajo y el mandato solemne de los momentos congresuales. Cierto, no es oro todo lo que reluce, pero hay oro reluciente. Y si esto es así, ¿cómo no relacionar esa acción colectiva con la política en su sentido más genérico?

En resumidas cuentas, la relación del sindicalismo, hoy, con la política (incluso teniendo en cuenta ciertas distracciones) no se refiere ni única ni principalmente a las viejas tradiciones de antañazo. Porque, en aquellos tiempos venerables, el conflicto social dependía de los golpes de timón de Papá-partido; y porque –para garantizar que el sindicalismo era pura prótesis de dicho caballero, Papá-partido-- el sindicalismo fue convertido en un sujeto hipostático: lo mismo, se dice, que hizo Dios-Padre con Jesucristo, que fue enviado a sufrir en este valle de lágrimas. Hasta que el sindicalismo abandonó su teodicea y dejó de justificar a su padre: la muerte en la cruz no era útil, al menos, para estos menesteres.

Ahora bien, creo que las ideas que amablemente cuestiono, tienen una explicación: podría ser que los empachos indigestos de ciertas discusiones antiguas acerca de la relación entre el partido y el sindicato hayan creado en algunos dirigentes sindicales, eméritos y con mando en plaza, la necesidad de un sonado ajuste de cuentas; o, posiblemente, la ausencia de discusión –o el insuficiente debate, como se quiera-- sobre las nuevas situaciones y el papel del sindicalismo como agente reformador hayan llevado a lo que más arriba he considerado como un anacoluto. Si es un ajuste de cuentas hay que decir que se les ha desbocado la lengua a algunos; si se trata de lo segundo, la cuestión tiene remedio: ábrase un sosegado debate al por mayor y cuádrense la cuentas.

Segundo

De abrirse ese debate que se sugiere (el sindicalismo en la política) se estaría en mejores condiciones para establecer una relación más fecunda entre el sindicalismo y la política. Especialmente tendría sentido esta pregunta: ¿cómo es posible que el sujeto reformador externo –hacia la sociedad, quiero decir— se muestra tan indolente para proceder a ciertas reformas internas? Dicen que la rosa de Alejandría es colorada de noche y blanca de día. Pues bien, el sindicalismo hace reformas por la noche hacia la sociedad y, durante el día, se muestra remolón en revisitarse a sí mismo. Lo que conllevaría que esa personalidad nicodemita –reformas externas y remolonería interna— oblitere una mayor capacidad de relacionarse con la política, entendida en su sentido más ampliamente genérico.

Sin remilgos: ¿las gigantescas mutaciones que se están dando desde hace unas tres décadas no deberían concitar un giro copernicano en la morfología de la representación en el centro de trabajo? ¿el carácter que imprime la globalización no debería llevar aparejado un instrumento de representación en el centro de trabajo que no fuera el actual, de naturaleza autárquica? ¿las innumerables tipologías asalariadas en el centro de trabajo no debieran propiciar un repensamiento de la representación social? Porque, sin pelos en la lengua, el modelo es prácticamente idéntico a cuando Marcelino Camacho estrenaba su segundo jersey de lana.

Sí, ya sé que aparecen ronchas cuando se habla de estos asuntos atinentes al carácter sagrado de los comités de empresa, cuya invariancia física se da de bruces con la física cuántica de las relaciones industriales de estos, nuestros tiempos. Pero, tengo para mí que, de seguir remoloneando, se incrementará la distancia entre el sujeto reformador externo y sus formas de representación, en detrimento de aquel y en perjuicio de seguir ampliando el almacén de las reformas progresistas. No abrir la mano por ahí haría recordar lo que John Dewey achacaba a los “académicos enclaustrados”: mantener hogaño las viejas cosas de antaño.

Y más crudo todavía: el mantenimiento de los trastos viejos se corresponde, además, con el grueso del carácter de la negociación colectiva, caracterizado –salvo algunas honorabilísimas y punteras experiencias— por un enorme caudal de instrumentos de ropavejero (4). Lo que –como guiño a la mayoría de lectores y estudiosos de esta revista— explicaría, de manera no irrelevante, que el arca de Noé del iuslaboralismo (Romagnoli, docet) no esté en buenas condiciones para seguir navegando: algo que, por ejemplo, podría debatirse en esta solemnidad del Año Bomarzo, quiero decir de su décimo aniversario. Porque, al decir del maestro Angelillo, la fuente se ha secado en el camino verde, camino verde, que va a la ermita. O sea, si las fuentes de derecho se secan, lloran de pena las margaritas del Derecho laboral.

Si se me pregunta qué hacer, la respuesta provisional debería ser la que insinuó aquel personaje de A buen juez, mejor testigo: “Hartemos... lo que sepamos”. En todo caso, habrá que evitar seguir haciendo, en estos terrenos de la autorreforma interna de la casa, lo de siempre, esto es, mantener las mismas paredes maestras –las mismas formas de representación, quiero decir— de los tiempos de las nieves de antaño. Por muchas razones, pero –para lo que nos ocupa—porque mantener los mismos planos de la casa entra en contradicción con la asignatura pendiente del sindicalismo: organizar las conquistas que, en amplios espacios, ha conseguido y continúa en ello.

Parapanda, X Año Bomarzo

* Artículo aparecido en Revista de Derecho Social, 42 (2008)

(1) [...] por ese motivo he estudiado a los ingleses de principios del siglo XX. Me gustaba que desde la fábrica incidieran en la sociedad. Pero, después, cuando se pusieron a construir algo se dieron cuenta que habían trabajado para otros. No perdieron. Simplemente habían trabajado para la socialdemocracia, que era otra cosa. (El subrayado es de un servidor, JLLB) en Vittorio Foa, “Las palabras y la política” (Sexto Tranco):
http://ferinohizla.blogspot.com/
(2) José Luis López Bulla El uso social de las conquistas sindicales en http://lopezbulla.blogspot.com/2007/07/el-uso-social-de-las-conquistas.html
(3) http://theparapanda.blogspot.com/2008/06/acuerdo-en-el-matadero-de-girona-versin.html
(4) Véase las diversas ponencias de Miquel Falguera i Baró sobre las negociaciones colectivas en:
Mujer e igualdad en
http://theparapanda.blogspot.com/2008/05/mujer-y-trabajo-entre-la-precariedad-y.html
La causalidad en la contratación temporal en http://theparapanda.blogspot.com/2008/05/la-causalidad-en-la-contratacion.htmlLas dobles escalas salariales en http://theparapanda.blogspot.com/2008/05/miquel-falguera-las-dobles-escalas.html

12 October 2008

LOS PRIMEROS ANDARES DE LA CAMINATA SINDICAL EN DEMOCRACIA

LOS PRIMEROS ANDARES DE LA CAMINATA SINDICAL EN DEMOCRACIA: desde la legalización en 1977 hasta el Primer congreso de Comisiones Obreras en 1978


Argumento central de mi intervención en la Universidad Internacional de Andalucía. Baeza 8 de Octubre de 2008.


José Luís López Bulla




Me parece conveniente iniciar estos comentarios con una observación obligada: no se trata de historiar aquellos momentos del protagonismo sindical en los primeros andares de la recién estrenada democracia española; eso es cosa de los historiadores. Aquí se trata, lisa y llanamente, de reflexionar –también con los ojos de hoy y, digamos, a toro pasado— sobre una etapa fascinante. Fascinante porque estrenábamos el traje de la democracia y sus institutos; fascinante, por otra parte, porque éramos treinta años más jóvenes. Y, porque para eso me han llamado a participar quiero agradecer a los organizadores que hayan pensado en un servidor; posiblemente la mano larga y amable de Eduardo Saborido está detrás de ello.

Llevo algunos años intentado convencer a los historiadores de que en España se dio una neta ruptura sindical. El sindicalismo putativo del franquismo, después de un tiempo de estado vaporoso, desapareció rotundamente: tampoco ningún jerarca de aquella organización jugó papel alguno en la vida sindical ya en democracia. Es más, la mayoría de las grandes líneas del diseño de cómo tenía que ser el edificio se cumplieron con muy buena aproximación. Tan sólo nos falló un gran deseo: la unidad sindical orgánica, esto es, la creación de un sindicato unitario. No es la ocasión para abundar en las razones que lo explican, a menos que se suscite en el coloquio. En todo caso, diré que, a pesar de que ese sueño nuestro no se cumplió, no es menos cierto que pusimos en marcha una potente institución unitaria de todos los trabajadores: el comité de empresa y, posteriormente, las Juntas de Personal en la Función pública.

1.-- Los primerísimos andares del sindicalismo confederal español, ya en democracia, se caracterizaron por una vorágine espectacular. Porque simultáneamente –casi en tiempo real, como diríamos hoy—teníamos que realizar toda un conjunto de tareas que no se podían dejar para el día siguiente: atender a los convenios colectivos era urgente y no esperaba demora porque era nuestra función de tutela del conjunto asalariado; estructurar la casa sindical era igualmente urgente porque era el referente de la representación de los trabajadores a quienes urgíamos para que se afiliaran; aclarar formalmente los grupos dirigentes al tiempo que dibujar un esbozo de orientación programática requería, así mismo, la (también urgente) celebración de nuestros propios congresos. Y, por si faltara poco, la urgencia de la convocatoria y desarrollo del conflicto social ante cada situación de reivindicaciones no satisfechas. Vale la pena traer al recuerdo que tantos ajetreos urgentes, con unas responsabilidades a cubrir a “tiempo real”, se desarrollaron en un clima de gran inestabilidad: de un lado, la crisis económica caballuna, y, de otro lado, el sangriento terrorismo (el de ETA y otras bandas por el estilo) que apuntaba contra las instituciones de la jovencísima democracia. También a lo uno y lo otro se enfrentó, con las escuálidas herramientas que tenía, el sindicalismo confederal. Todo ello lo hicimos de manera natural y sin ningún tipo de ostentación trascendente, ni tampoco, por lo general, como santones laicos ni monjes urbanos.

Pero, ¿quiénes eran aquellos hombres? Aclaro, no se trata de un desliz: en mi sindicato hablábamos enfáticamente de los “hombres de Comisiones” siguiendo acríticamente los constructos del histórico lenguaje machista del que, también, éramos responsables. Pues bien, aquellos dirigentes sindicales de los primeros andares del sindicalismo en democracia seguían siendo esencialmente las personas de la generación fundadora de Comisiones Obreras. Que tenían tras de sí un bagaje “de fábrica” y una probada capacidad negociadora y movilizadora. La mayoría eran cuarentones y ocupaban un lugar destacado en el proceso productivo y de administración que, dado el carácter taylorista de la gran empresa, favorecía la capacidad de representación de los trabajadores. Se trataba de algo curioso: de un lado, el puesto jerárquico del ingeniero, técnico o de gestión administrativa era una “garantía” para el resto de los trabajadores; de otro lado, esa jerarquía se democratizaba en el lugar central de la toma de decisiones: la asamblea, como instituto de participación radicalmente democrática, donde todo el mundo podía decir y decía la suya. De hecho, la mayoría de los primeros dirigentes sindicales tenía responsabilidades de mandos intermedios en los centros de trabajo. No pocos de ellos formados en la Universidad, en las Escuelas de Formación Profesional o en los centros de aprendices que tenían algunas grandes empresas.

Son paradigmáticos, en ese sentido, los casos madrileño, andaluz y catalán: Camacho y Ariza, Fernando Soto y Eduardo Saborido, Rodríguez Rovira y Gómez Acosta, entre otros. En concreto, dirigentes sindicales que, más allá de su reconocida militancia en el Partido comunista o en el PSUC eran la expresión social y cultural del conjunto asalariado emergente en nuestro país. En ellos se concretaba la naturaleza del fuerte reformismo que es el sujeto sindical.

La gran aportación que esta gente hace a la izquierda es de gran envergadura. Porque van produciendo un itinerario que es una rotunda discontinuidad con las (tan venerables como nocivas) tradiciones que presidían las relaciones entre los partidos obreros y el sindicalismo democrático. Tradicionalmente los partidos de matriz lassalleana (contra quienes polemizó el mismísimo Karl Marx) y también los leninistas consideraban imprescindible una drástica diferenciación de roles: el partido era, por así decirlo, Dios padre; el sindicato era su enviado en la Tierra, aunque severamente controlado. El partido se reservaba el proyecto de transformación, al sindicato se le encomendaba la “resistencia” que, en el fondo, era una guerra de resistencia contra la derrota. En esas condiciones, el conflicto social debía funcionar sobre la base de las contingencias políticas. Esta era la tradición del partido lassalleano (socialista, socialdemócrata y laborista) y del leninismo. O sea, el sindicalismo era, así las cosas, una mera prótesis de papá-partido.

La gran paradoja es que, en España –también en Italia con Giuseppe Di Vitrtorio, Luciano Lama y Bruno Trentin— fueron los comunistas quienes gradualmente van poniendo en entredicho estos estropicios de la izquierda. Y, a la chita callando, Comisiones Obreras entra en el juego de la democracia con una aproximada ración de independencia sindical. Es la potente herencia del documento aprobado en la Asamblea del barrio madrileño de Orcasitas en plena clandestinidad: allí se deja tajantemente claro que estamos por un sindicalismo independiente de los poderes económicos, de todos los partidos políticos (incluidos los obreros) y del Estado, con independencia de su carácter social. Así pues, un buen cacho del sindicalismo confederal se estrena en democracia con tan significativo acervo cultural.

Las consecuencias de ese cambio de metabolismo fueron, como mínimo, las siguientes: 1) la asunción de responsabilidades en torno a cuestiones sociales que tradicionalmente se reservaban para sí las organizaciones políticas, 2) el ejercicio del conflicto social era gobernado por el sindicalismo para la buena utilidad de los trabajadores y sus familias. O, lo que es lo mismo: las reformas en materias sociales de todo el universo del Estado de bienestar (empleo, enseñanza, sanidad, entre otras) también eran materias a negociar por el sindicalismo confederal. Se trataba de islas emergentes en lo que podríamos calificar como un incipiente “sindicalismo de los modernos” frente al “sindicalismo de los antiguos”, por utilizar una metáfora, referida a la democracia, de Benjamín Constant en su famosa conferencia parisina de 1819
[1].

Tal vez lo que voy a decir sea consecuencia de una “pasión de padre”, pero sostengo que, junto al sindicalismo italiano, nosotros fuimos lo más renovador de Europa. Porque incluso con nuestras imperfecciones y errores estábamos indiciando un proceso radicalmente nuevo, laminando no pocos mitos que la izquierda europea ha mantenido a lo largo y ancho del siglo XX. Lo chocante del asunto es que aquella generación de sindicalistas aprendió a capar matando gorrinos. Quiero decir que el más viejo del lugar no tenía experiencia de dirigir un sindicato en democracia. La falta de experiencia se suplió con una considerable cultura de fábrica, viendo –a veces con gafas de poca graduación— una parte de las gigantescas transformaciones que estaban en curso.

2.— De hecho el principal problema general con que nos enfrentamos fue el de la crisis económica, caracterizada por uno rápido crecimiento del desempleo, unos altísimos niveles de inflación y sucesivas devaluaciones de la peseta. Debo decir con claridad que aquellos grupos dirigentes –de una reconocida cultura de fábrica— no estábamos suficientemente preparados para intervenir adecuadamente en aquella situación. Tampoco existían las mejores relaciones entre los sindicatos: las dos grandes organizaciones no supimos entrar en el juego democrático con la suficiente y necesaria unidad de acción. Es más, de manera no infrecuente hubo algo más que asperezas y contrastes. Por lo general se entendía que estaba en juego qué modelo sindical iba a llevarse el gato al agua; esa disputa comportó una más que notable laceración en el sindicalismo, al tiempo que debilitaba la capacidad de respuesta a los problemas inéditos que apuntaba la crisis económica.

Una crisis que llevó al Presidente Adolfo Suárez a proponer un acuerdo político-económico con dos objetivos centrales: afrontar la crisis y poner en marcha una serie de reformas legislativas “de interregno” hasta la aprobación de la Constitución Española. Entre nosotros, el grupo dirigente de Comisiones Obreras, la idea era aceptable, entre otras cosas porque la idea basilar de Marcelino Camacho era la intervención de los trabajadores en los problemas generales del país y cuadraba con la distinción que, en aquellas épocas, caracterizaba a Comisiones: un sindicato sociopolítico.

Los pactos de la Moncloa fueron el primer sobresalto de, al menos, mi sindicato. Sólo habían sido llamadas a la elaboración del acuerdo las fuerzas políticas; el sindicalismo no fue tenido en cuenta a pesar que una gran parte de los contenidos anunciados eran materia de directa gestión de lo que hoy se llama los agentes sociales: política de rentas la contención de la inflación. Francamente no era sólo un torpedo simbólico al movimiento organizado de los trabajadores y sus organizaciones sindicales; era un primer aviso o una insinuación de que, en adelante, no íbamos a tener las cosas fáciles.

Tuvimos que hacer de tripas corazón. Es más, Comisiones aceptó el contenido final de los Pactos de la Moncloa porque abrían una hipótesis de lenta salida de la situación de crisis económica, como así fue. Pero hay algo más que no se ha dicho hasta la presente: nosotros no teníamos un planteamiento con cara y ojos, de carácter general, para abordar la crisis económica, salvo la “resistencia”, con más o menos acierto, en cada empresa, donde ya había empezado un proceso de innovación y reestructuración de los aparatos productivos y de servicios.

Ese déficit de proyecto sindical intentó suplirlo Marcelino Camacho con una propuesta que él mismo bautizó con el nombre de Plan de solidaridad contra el paro y la crisis. Sus confusos contenidos eran evidentes: establecer un fondo de solidaridad financiado por el trabajo (una hora) de los trabajadores y (dos horas) por las empresas. Hoy es fácil sonreír ante este ingenuo welfare cáritas. Pero era, aproximadamente, el resultado de un proyecto serio y la expresión de hasta qué punto los problemas agobiaban enormemente la concreta condición de los trabajadores y sus familias. El primer congreso de Comisiones Obreras tuvo una elegancia exquisita y no desairó a Marcelino Camacho: no aprobó ni rechazó la propuesta, se limitó con buenas palabras a pedir que se reelaborara. Cosa que nunca sucedió.

3.— Antes, al hablar de los cuadros dirigentes del sindicato, se ha insinuado de refilón las grandes líneas de la “estrategia” de aquellos primeros andares de Comisiones en libertad. Las recuerdo: a) la intervención en la negociación colectiva, b) el diseño de la estructura organizativa, c) la clarificación de la representación en el centro de trabajo y d) la marcha hacia el primer congreso del sindicato. Cosa que, como se ha dicho más arriba, se hizo en el tiempo de un año.

3.1.-- La negociación colectiva. En otras ocasiones he escrito que el modelo de negociación colectiva que adoptamos fue la mera continuidad, salvo la existencia de la representatividad institucional y democrática de los protagonistas, de la que existía en tiempos de nuestra acción colectiva en tiempos de la dictadura y contra el sindicato putativo del franquismo. Es verdad pero, pensando detenidamente en ello, me olvidé de algo singular: ello fue así –ese `continuismo´-- porque el movimiento organizado de los trabajadores aprovechó y, parcialmente, corrigió la Ley de Convenios colectivos de 1958. O lo que es lo mismo, no pocos convenios territoriales también fueron el resultado de movilizaciones democráticas en plena dictadura. Por citar tan sólo dos ejemplos llamativos: así nacieron convenios colectivos metalúrgicos como los de la comarca del Bajo Llobregat y los de Manlleu, una población cerca de Vic. O sea, quienes verdaderamente negociaban, ejerciendo el conflicto social, éramos nosotros, dado que los jerarcas del sindicato franquista eran la terminal de los intereses de la patronal y de la línea política de mando.

3.2.— El diseño de la estructura organizativa. En realidad el proceso organizativo más llamativo que desplegamos, durante los primeros andares del sindicalismo en democracia, fue la apertura de sedes en él mayor número de ciudades que pudimos. Vale la pena reseñar que llegamos a tener más casas sindicales que los que dispuso el sindicalismo putativo del franquismo. Las sedes se abrieron o bien por alquiler o de compra, bajo el aval personal de los dirigentes sindicales. Lo que indica el desprendimiento y generosidad de tales personas, algunas de las cuales tuvieron sus problemas económicas y, no hace falta decirlo, sus complicaciones familiares. En todo caso, la inauguración de las sedes fueron fiestas, auténticos acontecimientos populares de alta significación política y cultural: recuerdo la inauguración de la sede de Barcelona con la participación de las conocidas vedettes del Molino con sus plumeros y sus canciones picantes ante la perplejidad de Marcelino Camacho.

Organizamos el sindicato sobre una base dual: por un lado el territorio, llamado Unión de sindicatos; por otro lado, la agrupación de la profesión de ramo, tanto de industria como de los servicios, conocida oficialmente como Federación. Pero en realidad, el sindicato descansaba en el organismo unitario que eran los comités de empresa, dado que las secciones sindicales –esto es, la organización del sindicato, en tanto que tal, en el centro de trabajo eran prácticamente inexistentes.

3.3.-- De hecho poco se explica del sindicalismo de Comisiones sin la existencia de los organismos unitarios de los comités. Dicho sea de paso, estas instancias eran vistas por los compañeros de Ugt con mucha menor simpatía.

Vale la pena decir que nosotros pusimos todo el acento en los comités por varias razones: a) por la unidad social de masas que representaron los organismos en el centro de trabajo bajo el franquismo donde nosotros teníamos una amplia presencia; y b) porque, fracasada nuestra aspiración de compartir con Ugt y Uso la construcción de una central sindical unitaria, queríamos preservar que, al menos en la fábrica, existiera un organismo de todos los trabajadores. Ahora bien, no es menos cierto que la competencia entre los dos sindicatos mayoritarios, CC.OO. y Ugt, por la mayoría en los comités no dejó de ser una fuente de problemas.

3. 4.— La marcha hacia el primer congreso de Comisiones se hizo, también, de manera simultánea a todo lo que anteriormente se ha relatado. No hace falta que diga que el principal rasgo de todo ese proceso fue “de exaltación” y, excepto algún que otro chispazo, estuvo presidido por un elevado tenor unitario. En el fondo lo que nos proponíamos era oficializar la legitimidad social que se había alcanzado en el itinerario anterior: a ello, lógicamente, había que darle el rigor institucional, la creación de las convenientes normas internas (los Estatutos) y la elección de los dirigentes.

Más allá de las limitaciones (a decir verdad fueron muchas) de las propuestas congresuales, la novedad era evidente: un movimiento organizado de trabajadores adquiría la plena personalidad de sujeto sindical cuya aportación a la defensa y promoción de los intereses de los trabajadores ha sido decisiva a lo largo del tiempo que llevamos en vida democrática. Un acontecimiento que formula dos elementos que, aunque no aprobados en dicho congreso, indician una aportación moderna a la acción colectiva: la incompatibilidad de los dirigentes sindicales de ejercer responsabilidades de orden institucional mientras están en el ejercicio de sus cargos y la duración de los mandatos. En sucesivos congresos se aprobaron tales medidas.


[1] Benjamín Constant: “La democracia de los antiguos y la democracia de los modernos”.

TRABAJO DECENTE O LA HUMANIZACION DEL TRABAJO





José Luís López Bulla, Consejero del Consell de Treball, Econòmic i Social de Catalunya.

Ciudad Real, Seminario con Magistrados brasileños: 7 de Octubre de 2008

Haereticare potero sed haereticum non ero. [Jean Charlier, llamado Gerson, Opera I]



Para un servidor vuelve a ser un grato placer compartir nuevamente con ustedes y Rodolfo Benito este rato de conversación informada. De veras que lo agradezco y, muy especialmente, a Antonio Baylos, infatigable organizador de estas jornadas y de múltiples iniciativas en procura de una relación apropiada entre el iuslaboralismo y el sindicalismo. Por si fuera poco, nuestro encuentro transcurre simultáneamente a las movilizaciones en todo el mundo precisamente con el tema central de la exigencia del “trabajo decente”: una acción de características nuevas tanto por su globalidad como por la unidad de acción que representa el sujeto convocante, el Sindicato mundial. Por lo demás, vale la pena recordar que esta movilización es la consecuencia de una propuesta que, en ese sentido, hizo Comisiones Obreras en el congreso fundacional de la CSI en Viena.


Pero, lo más relevante, es que podemos decir sin exageración alguna que esta movilización es objetivamente la primera reacción global contra los estragos de la descomunal crisis económica que nos está cayendo encima. Una crisis que ha puesto en crisis total el tipo de economía neoliberal que derrotó en su día al capitalismo industrial, la ausencia de normas y controles y el desparpajo de los inquilinos de Monte Peregrino, que hablaron del Estado como problema y ahora predican el Estado como solución.


Antes de entrar en materia, me permito una recomendación: la lectura del libro de
Luciano Gallino “Il lavoro non è una merce”. Pienso que puede servir para refrescar la memoria acerca de algo tan elemental, que está puesto en tela de juicio por algunos exponentes del Derecho del trabajo europeo que empiezan a tener una potente influencia no sólo en su disciplina sino especialmente en los círculos concéntricos del poder o, por mejor decir, de los poderes políticos y económicos. También académicos. No me resisto a un desahogo personal: son muy pocos los iuslaboralistas que se confrontan contra las derivas de aquellos a quienes Umberto Romagnoli llama revisionistas[1]. Es más, mientras el Derecho del Trabajo no se ponga decididamente al día, tengo para mí que los revisionistas podrían ir avanzando en sus posiciones. Me disculparán si dejo tan clamoroso asunto para más otra ocasión. Permítanme una pausa: la recomendación del libro de Gallino y la referencia a Romagnoli se explican por sí solas. Aunque también vienen a cuento para recordar que todavía hay en Italia gentes consistentes que siguen estando de buen ver y mejor leer. No se olvide que, por así decirlo, la sombra de Trentin es felizmente alargada.


1.-- Cuando Juan Somavía acuñó la expresión “trabajo decente”, tal vez no fuera consciente de hasta qué punto iba a convertirse en una importante señal, capaz de vincular la acción colectiva global del conjunto asalariado mundial, de sindicalistas, juristas progresistas y de un amplio elenco de científicos sociales. Se trata de un hallazgo de gran pregnancia que relaciona la libertad, la igualdad, la seguridad y la dignidad humana, entendidas todas ellas –a mi juicio-- como inescindibles entre sí
[2]. Así pues, la inexistencia de una de tales condiciones impugnaría la definición de Somavía, y la merma de cualquiera de ellas crearía un déficit de decencia en el trabajo. La lógica tiene estas cosas; aunque la política pueda disfrazar las palabras, según ha dejado sentado Vittorio Foa en “Las palabras de la política[3], la lógica, en su autonomía normativa, tiene felizmente esos inconvenientes a la hora de llamar la atención. Por otra parte, “trabajo decente” viene a representar un mínimo común divisor de las diversas situaciones –de latitudes, género y condiciones individuales y colectivas— realmente existentes en el mundo entero. De ahí que, en mi condición de sindicalista emérito, exprese enfáticamente mi felicitación a la Central Sindical Internacional por haber dado en la tecla tan certeramente a la hora de convocar la jornada de hoy por el trabajo decente.


Sin embargo, no parece que las cosas sean tan fáciles como a primera vista da la impresión. Relata Isidor Boix, uno de los sindicalistas más lúcidos del panorama global que, estando de viaje en China, un joven dirigente de los sindicatos oficiales, con altas responsabilidades en aquel país, le espetó lo siguiente: “el mayor enemigo de los trabajadores chinos sois los trabajadores europeos”
[4]. Al parecer el motivo de tan extraño saludo no era la historia eurocentrista del movimiento sindical sino los altos salarios que se pagan hoy en Occidente a los trabajadores y el elenco de derechos sociales como resultado de las conquistas de la acción colectiva. En otras palabras, la presión sostenida del movimiento global de los trabajadores en pos del trabajo decente puede provocar ciertas suspicacias incluso en algunos sectores, aunque en esta ocasión se trataría de un sindicalismo putativo: una herramienta subalterna del Estado.


De un lado, el movimiento sindical occidental que exige más derechos para sus trabajadores y, de otro lado, planteando la democratización irrestricta allá donde no existe o está muy limitadamente reconocida; de otro lado, las zonas, todavía numerosas en el mundo, donde campan a sus anchas sindicatos putativos que miran con recelo la acción colectiva de los sindicatos democráticos.


Recordemos las cuatro condiciones de Somavía para que se pueda hablar con fundamento de trabajo decente: la libertad, la igualdad, la seguridad y la dignidad humana. Así las cosas, me parece evidente que jamás en la historia el trabajo (principalmente la del trabajo subordinado) ha sido, somavianamente hablando, decente, ni aproximadamente decente. Lo que, por supuesto, incluye la breve historia del trabajo en los países del llamado socialismo real. A menos que se truquen los mecanismos de la lógica o se banalicen las definiciones de todas y cada una de las cuatro condiciones de Juan Somavía. Esta afirmación puede ser aceptada sin aparente inquietud; sin embargo, el panorama que sugiere es uno de los más prometéicos desafíos a los que se puede abocarse el movimiento sindical global o, según cómo, otra de las aporías en las que puede verse inmerso.

Hablando en plata: ¿es posible que, en el marco del sistema capitalista, se cumplan las cuatro condiciones de Somavía? No es una pregunta provocadora sino de pura lógica. Respondo: el sistema vigente no puede compatibilizar las cuatro condiciones que, por lo demás, hemos añadido que no son variables independientes las unas de las otras. En este sentido, hace bien el maestro Romagnoli cuando avisa de manera lapidaria que la empresa es “el lugar de la máxima refracción de las desigualdades y, al mismo tiempo, el lugar donde no es posible abolirlas”
[5]. Caeremos en la cuenta de ello si volvemos a leer despaciosamente la cita de la tesis doctoral de Nunzia Castelli, anteriormente referida, sobre la definición y relación entre la “libertad” y la “igualdad”. Y, diré más todavía: el sistema vigente se fundamenta –quedando explícitamente definido de manera indisimulada-- en la desigual libertad e igualdad en lo que se refiere al vínculo entre la una y la otra desde los cimientos del ecocentro de trabajo. Corregir ese estatuto fue, por así decirlo, el encargo histórico que recibió el Derecho del trabajo con las semillas de Weimar. De igual manera ese fue el cometido que se encomendó, un siglo antes, el movimiento organizado de los trabajadores y los sindicatos: existía la posibilidad --y lo demostró palmariamente-- que bajo el capitalismo se dieran conquistas importantes y llamativos avances, con mayor o menor sostenibilidad, de humanización del trabajo tanto por la acción colectiva del sindicalismo y de quienes han compartido ese paradigma reformador como por las propias necesidades del propio capitalismo, cuestión ésta poco reconocida públicamente por los movimientos sindicales.

Ahora bien, el trabajo decente, con las cuatro condiciones de Somavía --que pone en cuestión la naturaleza del trabajo tal como se ha dado históricamente en los cuatro puntos cardinales del planeta-- indica enfáticamente cómo debe ser desde ahora mismo. Abre, pues, una cesura de enormes proporciones con relación a la biografía del trabajo concretando formalmente las intuiciones, más o menos dispersas, que sobre el particular tuvo el movimiento sindical. Esta cesura puede conducir o bien a una nueva cosmovisión mítica o a una práctica de nuevo estilo capaz de acercarse de manera itinerante al trabajo decente. Entendámonos, las cuatro condiciones aunque principalmente interpelan las más duras situaciones del trabajo de la esclavitud moderna, de los niños de determinados países y otras durísimas situaciones, también se refieren naturaliter al concepto trabajo en las sociedades industriales avanzadas y al trabajo in progress. Resumiendo esquemáticamente lo que más me interesa subrayar: bajo el sistema capitalista no hay posibilidad de cabal cumplimiento de las cuatro condiciones de Somavía.

¿Por qué, entonces, la OIT –la sede común de estados, empresarios y sindicalistas aceptó lo expresado por su Presidente? Porque el (necesario) carácter polisémico de las cuatro condiciones que instituyen el trabajo decente puede ser leído según el gusto y la conveniencia de cada cual. También porque se ha extendido muy peligrosamente un uso banal de los conceptos y palabras, sometidas a una adulteración de sus tradicionales biografías. Más todavía, porque los dueños de los significados actuales de tales palabras son quienes más potencia publicitaria dedican a la distorsión de éstas. Algo que nos dijo en su momento Lewis Carol.

Así pues, ¿hizo mal Somavía planteando sus famosas cuatro condiciones? No lo creo. Él lanzó un gigantesco mensaje eutópico en la línea de los grandes provocadores de la historia en exigencia de un banderín de enganche con sentido. Ahora bien, el movimiento organizado de los trabajadores y, más concretamente, el sindicalismo, en su larga historia de subalternidad de sus mentores políticos, ha sido --por esa razón de dependencia— fuertemente contagiado por toda una serie de mitos teleológicos. Parodiando a Benjamín Constant en su famosa conferencia parisina de 1819, esa es en parte la historia del “sindicalismo de los antiguos”. Esta una fase en la que todavía nos encontramos, aunque esto pueda sonar a herejía, quiero decir que seguimos instalados en el sindicalismo de los antiguos.

2.-- El sindicalismo confederal no puede continuar su andadura reeditando el mito o los sucedáneos del mito. Mantener la alteridad del sindicalismo y su condición de sujeto conflicto –absolutamente indispensable para no devenir una agencia técnica-- es incompatible con el mito. Porque el áspero litigio no se orienta contra los (inexistentes) dioses menores del capitalismo sino contra la fisicidad del sistema capitalista y su constante puesta al día. Así pues el viaje sindical no es la ruta de Prometeo. No hay otra caminata posible que el indicado por la (matemática) teoría de los límites.

Tomo de mi estantería el viejo libro “Análisis Matemático” de don Julio Rey Pastor y vuelvo a recordar que nunca se llega al límite: la variable crecerá indefinidamente pero no infinitamente. O, si se prefiere la poesía a la frialdad abstracta de las matemáticas, dígase con García Lorca que “aunque yo sepa los caminos / nunca llegaré a Córdoba”. Como ustedes comprenderán, un sindicalista jubilado puede decir estas cosas, un tanto indiferente a ser acusado de fomentar la desmovilización. Que, en este caso, aceptaría gustoso porque vendría de los que, a pesar de lo que se ha llevado el viento, siguen fomentando mitos y leyendas. Que, en este caso, queda referido a aquellos que no podrían no entender prosaicamente la bella metáfora de Somavía. Porque es eso lo que exactamente planteo: entender las cuatro condiciones en clave de metáfora. Y poner sostenidamente, a través de un proyecto de fuertes reformas, los mecanismos para acercarse –indefinidamente como dice la teoría de los límites-- lo más posible a las cuatro condiciones.

Dejemos a Prometeo que continúe su camino cotidiano ascendente y descendente. Lo que nos ocupa aquí debería ser interpretado, también metafóricamente, en otra clave movilizadora: la teoría matemática de los límites. Entiendo que, así las cosas, el sindicalismo de los modernos debe acercarse indefinidamente a las cuatro condiciones de Somavía contando con un proyecto fuertemente reformador con el sentido de trabajo decente. Que esta ruta sea indefinida no quiere decir que carezca de meandros y situaciones de discontinuidad e incluso de retrocesos. Como Sísifo. A mi entender, el concepto central de la teoría de los límites no pueda ser otra que la propuesta de Bruno Trentin acerca de la “humanización del trabajo” que recorre toda la obra escrita de nuestro amigo italiano
[6]. He dicho en no pocas ocasiones que el sindicalismo actual está en mejores condiciones para proponerse tan señalado proyecto reformador que el existente hacia no tantos años, aunque ambos permanezcan en el estadio del sindicalismo de los antiguos.

3.-- Digo que el sindicalismo está en mejores condiciones para abordar el mencionado proyecto porque hace tiempo que superó la dependencia de los mentores políticos de antaño en sus diversas matrices socialista, socialdemócrata y comunista. En aquella tesitura el sindicalismo era una prótesis de los partidos. Estos habían decidido una partición –no sólo funcional sino orgánica— de los objetivos, cometidos y tareas... No creo que sea caricaturesco afirmar que el partido se auto concedió el diseño y la realización de un proyecto calificado, con mayor o menor exageración, como transformador; el mismo partido, en todo caso, impuso que el sindicato se dedicara a “la resistencia”. Y, como es sabido, resistir no es proyectar, aun cuando haya momentos en que es necesaria la resistencia contingente.

Andando el tiempo el sindicalismo entendió que sólo conquistando su propia independencia y, por extensión, su autonomía –es decir, su propia lectura de las transformaciones de todo tipo, especialmente las que maduran en la relación de trabajo-- podía convertirse en un sujeto político capaz de abordar sin subalternidad un proyecto de largo recorrido y, digamos, en primera persona. Una parte no irrelevante del sindicalismo de los antiguos había sido trascendida de un modo asaz positivo. De ahí que se pueda decir que el sindicalismo actual esté en mejores condiciones para abordar el proyecto de humanización del trabajo. Que ya no es, como en el caso del “trabajo decente”, una metáfora. Ahora bien, no existe una garantía incondicionada. Todavía el sindicalismo actual debe superar algunos fuertes contagios que, por su potencia, interfieren especialmente tanto la metáfora de las cuatro condiciones de la metáfora somaviana como el proyecto de la humanización del trabajo. Diré que tales contagios son los que principalmente le mantienen en su condición de sindicalismo de los antiguos.

El principal contagio del sindicalismo de los antiguos sigue siendo, en mi opinión, la dependencia (en esta ocasión, dependencia no equivaldría exactamente a subalternidad) que tiene con relación al fordismo: el sistema que ha generado la no decencia del trabajo a lo largo del siglo XX. Es cierto que, en todo el itinerario de la pasada centuria, el sindicalismo de los antiguos se batió duramente por el mejoramiento de las condiciones tanto en el puesto como en el centro de trabajo. Pero visto con los ojos de hoy, hemos de repetir lo que en otras ocasiones se ha dicho: combatimos el abuso del taylorismo y del fordismo, pero nunca impugnamos su uso. Es más, se dio la impresión de que era un sistema de organización definitivamente dado. Uno de los ejemplos más llamativos de ese combate contra el abuso fue nuestro combate en, al menos, las siguientes direcciones: a) los resarcimientos por la nocividad e inseguridad del puesto de trabajo, b) las externalizaciones que provocaron lo que el economista inglés Arthur Cecil Pigou denominó las “deseconomías externas”, y c) otras gangas por el estilo. Resarcimientos en forma de pluses, por ejemplo, en todo lo atinente a la salud; resarcimientos, también, en todo lo referente a las exigencias salariales de pagas extraordinarias y --dado el escalafoncillo estático y casi inmutable-- compensaciones bajo la forma de trienios, quinquenios y otras cosas similares. Más todavía, el resarcimiento ad nauseam hizo que no pocos pensaran que, a través de un resarcimiento externo al centro de trabajo era lo mejor, aunque a cambio de negar las libertades primordiales (o reducirlas lo máximo posible) como posible respuesta a las decisiones de “la empresa”.


En resumidas cuentas, el sujeto social mejoraba su condición de vida sobre la base de un trabajo que, visto con los ojos de las cuatro condiciones de Somavía, no era decente. En descargo del actual sindicalismo de los antiguos –no es la primera vez que lo expreso-- diré que la gente de mi quinta dejó ese almacén de trastos viejos como herencia. Pero –comoquiera que me han llamado la atención mis coetáneos, que piensan que soy excesivamente severo con esa (mi) generación-- añadiré que fuimos los primeros en proponer y trabajar por el proyecto de la independencia del sindicalismo.

4.-- Lo diré enfáticamente: con los contenidos de las actuales prácticas contractuales del sindicalismo de los antiguos es materialmente imposible encarar la metáfora de las cuatro condiciones del trabajo decente; es, de igual modo, materialmente imposible también afrontar el desafío de la humanización del trabajo. No se trata de escepticismo sino de la verificación de los instrumentos de la lógica. A saber, si el fordismo contraviene por antonomasia las cuatro condiciones y, dado que la muy inmensa mayoría de las cláusulas contractuales siguen en esa clave, la conclusión está cantada de antemano. Desde luego hay quien viene llamando la atención de ese dramático desfase
[7]. Digo desfase porque, para mayor inconveniencia, resulta que podemos afirmar el agotamiento del sistema organizacional que ideara don Enrique Ford en sus buenos tiempos.

Más todavía, Miquel Falguera ha reseñado, con nombres y apellidos, que una inmensa mayoría de los convenios colectivos copian descaradamente, incluso al pie de la letra, la sintaxis de las viejas Ordenanzas de Trabajo de los tiempos de la Dictadura franquista. Esta manera tan testaruda de frecuentar abusiva e inútilmente el pasado se da en los terrenos más importantes: en aquellos que se refieren, nada más y nada menos, que a los sistemas de organización del trabajo. Lo que, por decirlo en términos escasamente afectuosos, demostraría el carácter ficticio de esos acuerdos en los temas anteriormente referidos. Pero, a la vez, significaría el lastre que mantienen a la hora de avanzar en la metáfora del trabajo decente; perdón, quiero decir la humanización del trabajo.

Pues bien, la casa sindical, que tiene el coraje de aceptar el desafío del trabajo decente, no se da por aludida en el vínculo que existe entre el tipo de negociación colectiva y las cuatro condiciones de Juan Somavía. Así las cosas, una cosa es el imperfecto legado de los sindicalistas de mi quinta y otra, bien distinta, la distracción de los que ahora tienen mando en plaza. O, lo que de manera aproximada, es lo mismo: llegado un momento cada cual pasa a ser responsable directo al margen de las herencias recibidas. Algo que también nos pasó a nosotros.

5.— El sindicalismo de los modernos será realidad si ajusta las cuentas con su (todavía) contagio del fordismo, y –entendiendo que ese sistema es ya pura herrumbre— articule unos procesos contractuales cabalmente ubicados en la fase de innovación-reestructuración global de los aparatos productivos, de servicios y de toda la economía. En ese sentido, el proyecto reformador con sentido debería plantear una operación de gran calado: la reforma de la empresa. Porque estamos hablando de un proyecto sindical que nace en el espacio empresa como “lugar donde se desarrollan institucionalmente las relaciones de poder derivadas de la doble dimensión, colectiva e individual, del trabajo asalariado […] como elemento decisivo en la conformación de la identidad del sindicato
[8]. Una reforma que, como se ha dicho anteriormente, debe proponerse el más espectacular giro de época de la negociación colectiva, y más concretamente situar como elemento central la codeterminación.. Que a mi juicio es la matriz de la humanización del trabajo. Repare el lector que he dicho `codeterminación´, no de cogestión. Pues bien, la codeterminación entendida como fijación negociada de las condiciones para el trabajo y del trabajo es el instrumento central (que, aunque no único, sí es indispensable) en el fatigoso itinerario de la humanización del centro y del puesto de trabajo.

Ahora bien, sin extenderme más de la cuenta, diré que el sindicalismo de los modernos necesita, además, adecuar su forma o, si se prefiere, la representación a las gigantescas mutaciones que se han operado, muy en especial las referidas a la emergencia de tantas tipologías asalariadas de naturaleza precaria. La humanización del trabajo no puede avanzar sin cuestionar radicalmente la actual forma sindicato en el ecocentro de trabajo. Pero sobre este particular no quiero insistir en esta ocasión: no es cosa de malquistarme con mi admirado Antonio Baylos. Tan sólo lo dejo insinuado y, para mayor abundamiento, remito al lector a nuestra fraternal polémica
[9]. Debo aclarar, sin embargo, que mi discusión con Baylos en torno a la adecuación de la representación sindical se refiere sólo al modelo dual en el centro de trabajo: un servidor impugna radicalmente la utilidad del comité de empresa. Ahora bien ello no quita para que ambos estemos plenamente de acuerdo en la urgente necesidad que tiene el sindicalismo confederal de adecuarse a las emergencias ya instaladas desde hace no poco tiempo dentro y fuera del centro de trabajo: el mundo de la precarización extenuante no es la única aunque sí la más llamativa.
En resumidas cuentas, la áspera caminata por aproximarnos indefinidamente a las cuatro condiciones del trabajo decente exigirían esa “identidad segura” del sindicalismo en el centro de trabajo. Que, en mi opinión, no puede ser otra que la de un sujeto que sea la expresión de todas las diversidades del conjunto asalariado: otra de las asignaturas pendientes que tiene el (todavía) sindicato de los antiguos si se me permite la instrumental y maquillada referencia al famoso texto de Benjamín Constant.
















[1] Umberto Romagnoli: “El error de los revisionistas” en http://baylos.blogspot.com
[2] Nunzia Castelli engarza libertad e igualdad: “Una libertad que se pretende recuperar a través de las distorsiones del mercado y de la competencia generadas como efecto de anónimas asimetrías informativas: una libertad que se evalúa en un plano meramente formal y abstracto. Pero si algo nos ha enseñado la convulsa historia del Derecho del trabajo es, como alguien ya puso de manifiesto hace tiempo, que de libertad y autonomía se puede hablar sólo una vez restablecidas auténticas y materiales condiciones de igualdad sustancial porque en definitiva, también la libertad y la igualdad son conceptos relacionales que se construyen a partir de la coparticipación y la solidaridad colectiva. En “Contractualismo, autonomía individual y autodeterminación en el Derecho del trabajo”, tesis doctoral.
http://ciudadnativa.blogspot.com/2008/07/contractualismo-autonomia-individual-y.html en “Ciudad nativa” (Antonio Baylos)

[3] Vittorio Foa en http://ferinohizla.blogspot.com/

[4] Isidor Boix Por un "nuevo internacionalismo sindical" - hacia la Jornada de Acción Sindical Mundial por el "trabajo decente" del 7 de octubre en http://www.fundacionsindicaldeestudios.org/varios/00165_80509IsidorBoix.pdf
[5] Citado por Antonio Baylos en “El sindicato y la acción colectiva de los trabajadores en la empresa: la identidad segura”. Libro Homenaje a Umberto Romagnoli “Sobre el presente y futuro del sindicalismo” (Fundación Sindical de Estudios, 2006 Madrid, núm 76)
[6] Bruno Trentin. “La città del lavoro”. Feltrinelli, 1997
[7] Miquel Falguera MUJER Y TRABAJO: Entre la precariedad y la desigualdad en http://theparapanda.blogspot.com/2008/05/mujer-y-trabajo-entre-la-precariedad-y.html

MIQUEL FALGUERA: Carta abierta a los sindicatos en http://theparapanda.blogspot.com/2008/01/miquel-falguera-carta-abierta-los.html
[8] Antonio Baylos en “El sindicato y la acción colectiva de los trabajadores en la empresa: la identidad segura” en “Sobre el presente y futuro del sindicalismo. Libro de Homenaje a Umberto Romagnoli” (Fundación Sindical de Estudios” (Madrid, 2006)
[9] ¿TIENEN SENTIDO YA LOS COMITES DE EMPRESA?. Mano a mano Antonio Baylos y José Luis López Bulla en http://lopezbulla.blogspot.com/2006/06/tienen-sentido-ya-los-comites-de.html

02 October 2008

SINDICALISMO Y MEDIOAMBIENTE

¿SINDICALISMO DE LOS ANTIGUOS O SINDICALISMO DE LOS MODERNOS? (El sindicalismo en el paradigma medioambiental)


Granada 1, 2 y 3 de Octubre de 2008. Jornadas del Consejo General del Poder Judicial sobre Condiciones de trabajo y medio ambiente.


José Luís López Bulla, Consejero del Consell de Treball Econòmic i Social de Catalunya (CTESC)


Agradezco muy de veras a los organizadores de este encuentro que hayan pensado que un servidor --un sindicalista emérito y jubilado por mandato administrativo-- podía estar en algunas condiciones para intervenir en este importante seminario. Ciertamente, la relación entre el sindicalismo confederal y el paradigma medioambiental es una gran cuestión. Digamos, pues, que el Consejo General del Poder Judicial tomó una decisión tempestiva a la hora de promover estas jornadas; en ese sentido procuraré hacer las cosas con el mayor aseo posible y, por supuesto, con la soltura que da el hecho de no ejercer, desde hace ya algún tiempo, responsabilidad alguna en el sindicato. Gracias nuevamente.


Introducción

Cuando a mediados de los años setenta del siglo pasado Enrico Berlinguer lanzaba su propuesta sobre l’austerità, un grupo de sindicalistas de Cataluña reflexionamos sobre lo que dijo el amigo italiano; tras nuestra perplejidad, aplaudimos su coraje pero al día siguiente volvimos a nuestros idiotismos de oficio (1). Ni siquiera caímos en la cuenta de que podíamos experimentar gradual y modestamente algunas propuestas en nuestro quehacer cotidiano. En realidad hicimos tres cuartos de lo mismo que nuestras amistades sindicales europeas. Así pues, la voz berlingueriana, en nuestro caso, también clamó en el desierto sindical en paralelo al desierto político de sus mismos correligionarios más directos. Por decirlo amablemente, los sindicalistas de mi quinta estuvimos realmente distraídos. Cosa grave por dos razones: una, perdimos una buena ocasión para corregir –aunque fuera parcialmente— algunas gangas que nos venían de muy atrás; dos, trasladamos esta distracción a una herencia poco recomendable para las actuales generaciones de sindicalistas.

Primera conclusión provisional: el movimiento organizado de los trabajadores y el sindicalismo confederal no estuvieron al tanto del mensaje. De hecho esta distracción se mantiene en lo esencial. Ello no contraviene la aparición de algunas novedades de signo positivo en la acción colectiva del sindicalismo que, aunque minoritarias, expresarían la posibilidad de darles mayor difusión y ser, por así decirlo, elementos conductores de contagio. Es propósito de estas reflexiones proponer las pistas que, a mi juicio, explicarían el profundo retraso (más bien, la desubicación) de la acción colectiva del sindicalismo confederal con relación al medioambiente. Y desde ahí –desde esas pistas-- establecer como hipótesis la manera de aproximarse mejor a una práctica eficaz. Antes de entrar en materia, no obstante, desearía hacer una aclaración metodológica: aunque estimo el medio ambiente como un todo inescindible (esto es, el centro de trabajo y lo que convencionalmente se entiende por medioambiente) me es más útil, a efectos expositivos, hablar aparentemente por separado de lo uno y de lo otro. Al primer escenario le llamaré ecocentro de trabajo; al segundo, medioambiente. En todo caso procuraré dejar claro –al menos esa es mi intención-- los vínculos entre lo uno y lo otro.

1.— El sindicalismo ha sido durante muchos años (de hecho en la mayor parte de su importante biografía) un sujeto subalterno de la izquierda política y, en concreto, del partido que le apadrinó, a veces de manera autoritaria. Esto explica que el sujeto social dependiera de las grandes opciones políticas y culturales del partido político en cuestión. Así las cosas, el fetiche del desarrollo sin límites –propio del positivismo decimonónico y de sus inercias a lo largo de gran parte de la pasada centuria que indistintamente compartieron los partidos burgueses y los partidos obreros-- se trasladara in allegato a los sindicatos europeos. Por si fuera poco, la literatura más publicitada de Karl Marx (El Manifiesto del Partido Comunista y la Crítica al Programa de Gotha) daban pie no sólo a una enfática militancia en pro del crecimiento sin límites sino, especialmente, a su más exaltada sacralización. Diremos, para no dejarnos casi nada en el tintero, que las autoenmiendas del viejo Marx, el de los Grundisse, los leerían cuatro y el cabo. O lo que es lo mismo, las correcciones que Marx introdujo posteriormente no sólo no se conocieron sino que hubo fuertes intereses desde sus sedicentes parciales para echarle siete llaves al sepulcro de aquellos manuscritos.

En resumidas cuentas, el sindicalismo y, por supuesto, la izquierda no contestaron el modelo de crecimiento, sino el reparto de lo que estaba en juego. O, si se prefiere, no pusieron en tela de juicio la producción sino la distribución. Se trata de una limitación, así del sindicalismo confederal como de la izquierda política, que ha recorrido todo el itinerario del siglo XX.

En esa lógica, la subalternidad sindical vuelve a hacer acto de presencia cuando –primero el taylorismo y después el fordismo— el sujeto social contesta sólo el abuso, no el uso, de tales organizaciones del trabajo que, por lo demás, son vistas como definitivamente dadas y sin plazo de caducidad. Y para mayor abundamiento diré que las primeras contestaciones del movimiento sindical al taylorismo fueron ahogadas por el propio Lenin; hasta el mismísimo Antonio Gramsci dedicó algunas páginas, en sus Cuadernos de la Cárcel, de compresión y justificación de la bondad contigente del `americanismo´ taylofordista. En todo caso, el autor del mayor estropicio fue Lenin toda vez que fue el más leído y citado, el más influyente. Es más, a diferencia de la contingencia del italiano, Lenin planteó el taylorismo como un sistema organizacional de carácter inmanente.

El sindicalismo confederal en el ecocentro de trabajo, en esas condiciones, sólo podía contestar el abuso, no el carácter ontológico del sistema de organización del trabajo (la forma de producir) y cómo producirlo, esto es, el uso. Se contesta el abuso, como se ha dicho, especialmente sobre la base de la exigencia del resarcimiento. Es decir, no se pugna, por ejemplo, en a la raíz de la nocividad del ecocentro de trabajo sino sus consecuencias mediante la monetarización resarcida de aquel abuso y en la externalización hacia los sistemas públicos de protección social, también en clave de resarcimientos. De ello habló sin remilgos, en los años veinte del pasado siglo, un brillante, aunque desatendido economista (neoclásico) británico Arthur Cecil Pigou, El Pigou que creó el concepto de “deseconomía externa” como la diferencia entre el coste privado y el coste social de las actividades económicas.


La hipóstasis del sindicato con relación a su partido es la historia de la mayor parte de la biografía, más o menos compartida, del Dios-Padre Partido y de su Hijo, el sindicato. Una genealogía que hoy ciertamente ya no existe, al menos en los sindicatos más importantes europeos, pero que ha dejado una herencia plagada de estropicios culturales y de prácticas derrelictas que todavía campan por sus respetos.

2.-- … Hasta que llegó un momento –no es necesario para esta reflexión datar el momento histórico de ello-- en el que voces autorizadas empezaron a llamar al orden sobre la incompatibilidad entre el tipo de crecimiento sin límites y la defensa del medioambiente. Por supuesto, eran voces que ponían en entredicho potentes intereses económicos; eran ideas-fuerza que también cuestionaban los planteamientos de potente enjundia (Marx et alia) que habían sancionado el dogma desarrollista. Quienes se entrometieran en esa consideración corrían el peligro de todos los heterodoxos: extra ecclesia nulla salus. Ni que decir tiene que, en esa tesitura, los considerables intereses de los estados del llamado socialismo real hicieron suya –con no menor énfasis que en Occidente— la práctica del crecimiento sin límites, y sin controles. Eran indistintas las fábricas de los países del llamado socialismo real de las de Occidente en la externalización hacia el medio ambiente de una cuantiosa porquería. Con la sensible diferencia de que, en Occidente, existían controles y contrapoderes.

Para el sindicalismo –también para el conjunto de las izquierdas tradicionales-- los avisos de los ecologistas eran interferencias que venían a poner en entredicho la relación entre crecimiento y empleo, entre producción y mercado. Nosotros, sindicalistas, íbamos a lo nuestro: vincular el fetiche del crecimiento sin límites al mito del pleno empleo; un pleno empleo especialmente pensado para hombres y de ninguna manera atento a las cuestiones `de género´. De esta manera, además, seguíamos instalados en lo que un avisado Joaquín Nieto ha llamado “la historia de un largo desencuentro” y, con más énfasis, “el antagonismo, incluso virulento, que en algunos momentos del pasado se vivió entre sindicatos y defensores del entorno”, según Joaquín Araujo [De la economía a la ecología, Joaquín Nieto et alia, Trotta, 1995]. Unas relaciones que, también es justo decirlo, fueron entrando en un terreno menos conflictivo ante luchas de resistencia a partir de los sucesos de Río Tinto, en 1988, en protesta por las grandes cantidades de emanaciones sulfurosas, provocadas por el método empleado por la Compañía Minera para tratar el mineral.

3.-- Y casi contemporáneamente a estas voces críticas machaconamente insistentes, empezó a darse una `gran transformación´ (por usar la expresión de Karl Polanyi): el deslizamiento –primero lábil, después abrupto— del sistema fordista hacia otros derroteros. A efectos de esta reflexión es irrelevante cómo debe llamarse esta fase que tiene todas las hechuras de lo que Karl Jaspers, para otros asuntos, denominara una “civilización axial”. Podemos caracterizarla, con Manuel Castells, como la “sociedad informacional” o, por pura comodidad expositiva, el postfordismo. En todo caso, es de cajón que su característica más visible, según lo veo yo, es la profunda, vasta y acelerada innovación-reestructuración global de todos los aparatos materiales e `instrumentos´ inmateriales para la producción y los servicios. En estas nuevas condiciones, el protagonista de este seminario, el sindicalismo confederal, sigue siendo todavía –parodiando a Benjamín Constant— “el sindicalismo de los antiguos”. El sujeto social que, aunque ha roto con el cordón umbilical que le unía a sus mentores políticos, mantiene en las prácticas reales de sus políticas contractuales (con muy escasas discontinuidades) las mismas características de la fase anterior: la que relaciona directamente el crecimiento sin límites y contesta sólo la `distribución´ con la que, en el ecocentro de trabajo, disputa sólo el uso (y no el abuso) del sistema organizacional del fordismo, padre y señor del crecimiento sin límites. La literatura contractual cuando representa una cesura importante y valiosa es una cualificada minoría. Eso sí, apunta tímida y temerosamente a las posibilidades de renovación y al cambio de metabolismo hacia un “sindicalismo de los modernos”, al tiempo que recuerda hasta qué punto es oceánica la personalidad de este “sindicalismo de los antiguos”. Basta comprobar las diversas radiografías que Miquel Falguera ha ido exponiendo sobre el enorme retraso de la negociación colectiva, poniendo al desnudo el imponente calco de miles de cláusulas negociales que mantienen al pie de la letra los contenidos de las viejas y extintas Ordenanzas Laborales de Trabajo (2).

4.-- El “sindicalismo de los modernos” puede afrontar las cosas de las que hablamos de otra manera. De momento cuenta con, por así decirlo, las siguientes ventajas: a) una razonable independencia de proyecto, esto es, no es un sujeto hipostático de partido alguno; b) el fordismo es ya pura herrumbre; c) y el paradigma medioambiental está en el orden del día con mayor o menor adecuación en la retórica sindical, aunque pendiente de su adecuada difusión especialmente en el terreno de las prácticas negociales. En su contra están potentes factores de inercias centenarias y un elevado peso de rutinas, hijas o no de aquellas inercias; no pocas de las cuales son un directo legado de los sindicalistas de mi quinta, como ha anteriormente ha quedado dicho.

Vale decir, en todo caso, que unas y otras gangas están compartidas por sus contrapartes empresariales de las que, al menos en España, poco sabemos de su proyecto de época. De donde se infiere que los actores de la autocomposición de las relaciones laborales parecen desubicados de los grandes desafíos del mundo contemporáneo. En todo caso, comoquiera que el protagonista de este seminario es el sindicalismo, debemos centrarnos en la hipótesis de su propia auto renovación, de su tránsito al “sindicalismo de los modernos”.

Por supuesto, es de la mayor importancia que sea la casa sindical quien diseñe el proyecto de renovación y, en lo que ahora nos incumbe, a su capacidad (no fácil, desde luego) de establecer un vínculo aproximadamente virtuoso con el paradigma medioambiental y en el ecocentro de trabajo, y entre éste y aquel. Digo que no será fácil porque, aún corrigiendo la literatura real –vale decir, las prácticas contractuales-- deberá echar las cuentas con los humores de esa venerable anciana que es doña Correlación de Fuerzas. Una vieja dama que, si bien coquetea con las contrapartes empresariales, también puede beber los vientos por el sindicalismo de los modernos. En todo caso, si el sindicalismo confederal construye un proyecto real, de clara naturaleza compatible con el medioambiente y en el ecocentro de trabajo, compartiéndolo con quienes están dispuestos a ello, podemos establecer la hipótesis que serán menos las dificultades. Compartir el proyecto con el mundo de la intelligentsia (en primer lugar con la ciencia, la técnica y las humanidades del iuslaboralismo). Por lo demás, tampoco es exagerado afirmar que se está en mejores condiciones que hace años: la existencia del sindicato mundial (la Central Sindical Internacional) avala lo que, en principio, se enuncia como hipótesis. Hecho ciertamente novedoso porque esta organización es global, unitaria y plural. Y, desde luego, razonablemente independiente.

El instrumento esencial del sindicalismo es la contractualidad en su sentido más amplio. Una compatibilización entre las políticas contractuales de tipo macro con la negociación colectiva es, desde luego, el camino para darle un contenido difuso a los nuevas demandas de signo ambientalista. A condición, naturalmente, de que se tome buena nota de la defunción del fordismo tanto en sus características más históricamente llamativas como en la pérdida de su anterior potencia política y cultural. No tiene sentido, pues, que desde las grandes solemnidades congresuales se aprueben algunos pespuntes ambientalistas y, en el momento del tercio de varas, se presenten plataformas negociales de rancia estampa como si estuviéramos todavía en el fetiche del crecimiento sin límites; ni tampoco tiene sentido proclamar con Manuel Castells la era de la información y, en el momento de la verdad, poner encima de la mesa un petitorio estrictamente fordista. De ahí la ineludible auto renovación de los contenidos de las políticas contractuales, de la ubicación de todas ellas en el hecho tecnológico y sus vinculaciones con el medioambiente como elemento central del welfare ambiental, nueva versión obligada del Estado de bienestar. En el bien entendido de que todas ellas –políticas contractuales, cuestión medioambiental y dicho welfare— no son variables independientes las unas de las otras. Sino componentes, que aunque diversos, conforman el mismo paradigma. Esta es la prueba del algodón del sindicalismo de los modernos.

5.-- Pienso, en todo caso, que el sindicalismo de los modernos necesita poner encima de la mesa una cuestión de gran formato: la austeridad: la austeridad tal como la entendió verdaderamente Enrico Berlinguer que fue, en su día, piedra de escándalo no sólo en el resto de organizaciones políticas sino incluso en las diversas sensibilidades del propio partido comunista italiano. Unos la entendieron como un planteamiento miserabilista, otros hicieron correr el infundio de que era una utopía, por así decirlo, franciscana. Aclaremos que la austeridad no es la tendencia a la nivelación de la indigencia: es el desafío organizado, sobre todo, al gran problema del cambio climático y todos los elementos de indeterminación que provocan las agudas crisis globales, cada vez menos esporádicas, por ejemplo, de las materias primas tanto alimenticias como energéticas. Así pues, la política de austeridad pone como elementos centrales: el modo de producir, qué debe producirse, hacia dónde deben orientarse las inversiones, con qué alternativas y su relación con el mercado, esto es, con los consumos. Que debería orientarse a incentivar los consumos sociales que, por lo demás, son mucho menos costosos, considerados globalmente, que todos los consumos individuales, sobre todo los más llamativamente banales del alienante consumo farfolla. Lo que implicaría, a mi entender, una profunda reflexión sobre el uso social de las conquistas del sindicalismo. De esto hablaremos dentro de unos momentos.

En ese sentido parece que lo urgente no es reclamar la solución sino saber cómo empezar y qué sostenibilidad debe tener esa acción colectiva del sindicalismo de los modernos y del conjunto de lo que pacatamente se ha dado en llamar los `agentes sociales´ y la traslación de sus prácticas concertadas al universo de las relaciones laborales. Aclaro: prácticas concertadas que, siendo reales, tengan como sentido la defensa y promoción del paradigma medioambiental. Lo que se dice enfáticamente porque no es infrecuente la existencia de placebos en las negociaciones que, para decirlo con un famoso idiolecto granadino, acaban siendo pollas en vinagre. Se recuerda a quien desconozca el dialecto natío de estas tierras que las pollas son esas gallináceas de sabor insulso, que abundaban en los tejares, y que para enmascarar su insípido sabor se les rociaba vinagre a todo meter. Naturalmente no estoy impugnando ningún tipo de acuerdos genéricos o genericistas –al fin y al cabo es la venerable dama doña Correlación de Fuerzas quien manda. El problema es que se pone más retórica en la apariencia que en el tesón realmente negociador.

La conducta amplia y extensamente negociadora del sindicalismo confederal, expresamente referida al tema que nos concierne en estas reflexiones, debería atender a uno de los problemas que nunca han sido tomados en consideración: el uso social de las conquistas sociales. Por ejemplo, la relación entre reducción de los tiempos de trabajo y el uso social de esta conquista sindical. Cada descenso de los tiempos de trabajo ha ido acompañado, casi generalmente, por dos elementos: o bien ese descenso ha sido rellenado por tiempo extraordinario de trabajo o por un uso banal del tiempo de vida. En esta reflexión no nos importa demasiado lo primero que, en el fondo, es un problema de organización del trabajo. Es lo segundo lo que nos provoca algunas meditaciones. Que ya poco tienen que ver con los sistemas organizacionales del ecocentro de trabajo sino a lo que, enfáticamente, podríamos llamar modelos de vida o, si se prefiere, modelos de sociedad.

Hemos dicho más arriba que la política de austeridad no equivale en absoluto a una reedición de la indigencia, tampoco a lo que el maestro Umberto Romagnoli entiende por pobreza laboriosa. Aclaremos concretamente que no es equivalente a la recurrente moderación salarial que los diversos ilustrados reclaman para los demás, aunque no para ellos mismos. Se trata de un modelo de sociedad, de pautas culturales, compatibles con la defensa y promoción del (único) medioambiente de que dispones. Es un cuadro de vínculos entre, por así decirlo, los poderes adquisitivos dignos referidos a un trabajo decente en la acepción que Juan Somavía dio a esta expresión. Se trata de un hallazgo de gran pregnancia que relaciona la libertad, la igualdad, la seguridad y la dignidad humana, entendidas todas ellas como inescindibles entre sí. A retener que la esta caracterización de Somavía ha sido hecha como propia por la Organización Internacional del Trabajo.

La austeridad tiene también como elementos de acompañamiento la humanización del trabajo –de un trabajo especialmente libremente elegido-- en el cuadro de una profunda reforma de la empresa y del ecocentro de trabajo (2). Por tanto reclama un nuevo diseño de la economía que pone las bases gradualmente (tras la desaparición del sistema fordista) para producir unos bienes que den sostenibilidad a la defensa y promoción medioambiental. Se trata, en suma, de un reformismo fuerte con sentido y que, por lo tanto, nada tiene que ver con los mitos en lo que, en mayor o menor medida, ha estado enclaustrado el movimiento organizado de los trabajadores, así en el terreno ideológico como en el de la acción colectiva del “sindicalismo de los antiguos”.

6.-- ¿Está en condiciones el sindicalismo de los modernos de encarar estos rotundos desafíos? Como hipótesis mi respuesta es positiva. Pero no es incondicional. Una incondicional que no se basa esencialmente (aunque lo tiene en cuenta) en la importante biografía del “sindicalismo de los antiguos”, en sus conquistas sociales de civilización, también en los logros históricos que ha conseguido tanto en primera persona como en su papel deuteragonista o, simplemente, como figurante de la representación.

Digo que mi respuesta es positiva aunque no incondicional. Es decir, siempre que incardine su acción proyectual en la realidad del nuevo paradigma postfordista y de la gran transformación que se está operando, cuya esencia ya no es contingente sino de muy largo recorrido. Siempre que, como ha quedado dicho, establezca los vínculos y compatibilidades entre ecocentro de trabajo y medioambiente, entre esa díada y Estado de bienestar, y todo lo anterior como obra arquitectónica orientada a un diverso modelo de sociedad y pautas culturales.

Por si fueran poca la tarea, pienso además que la respuesta positiva sobre la capacidad del sindicalismo confederal para abordar los desafíos mencionados, me cabe señalar otra tanda de condicionamientos que el sujeto social debería proponerse gradualmente ordenados. Son los que siguen: la reforma de la empresa, la forma sindicato; los saberse del sindicalismo confederal; la participación activa e inteligente del conjunto asalariado; los (implícitamente) coaligados en el proyecto; las relaciones entre el sindicalismo y el iuslaboralismo

La reforma de la empresa es, en ese sentido, esencial. En las siguientes direcciones: a) la humanización del trabajo, b) el modelo de producir, y c) la nueva acumulación de derechos de ciudadanía social –los bienes democráticos en el ecocentro de trabajo. Se trata, dicho sin ambages, en procurar una nueva orientación que conduzca a una eficacia y eficiencia sostenibles en la empresa (3).

La humanización del trabajo fue una de las obsesiones del italiano Bruno Trentin, posiblemente el sindicalista más fascinante de la segunda mitad del siglo pasado (4). Él mismo remachaba tesoneramente que la principal vía para conseguirla era la intervención cotidiana en los sistemas de organización del trabajo mediante el instrumento de la codeterminación. Que, me excuso por la impertinencia, no puede ser confundido con la cogestión. La codeterminación, pues, como fijación negociada de las condiciones para el trabajo y las condiciones de trabajo. Muy en especial en todo lo atinente a la flexibilidad que ya no es un instrumento contingente sino inmanente, de muy largo recorrido. Una pieza clave, pienso yo, en el proyecto del sindicalismo de los modernos, capaz de transformar lo que en la actualidad es una patología en un instituto propulsor de autonomía y autorrealización personales. Y, acorde con nuestra reflexión central, en uno de los elementos claves –como condición necesaria, aunque no suficiente-- para la compatibilización entre ecocentro de trabajo y paradigma medioambiental. En ese sentido, me parece sorprendente el agobiante perecear del sindicalismo confederal que todavía no ha planteado (ni siquiera en la retórica congresual) tan notabilísimo planteamiento. Sostengo que la codeterminación, por las razones que he señalado, es el principal derecho de ciudadanía social que es exigible en el ecocentro de trabajo.


La forma sindicato que todavía mantiene el sindicalismo confederal choca abruptamente con las grandes transformaciones en curso, unos cambios que, aunque vienen de tiempo atrás, se diría que no han hecho más que empezar. Hace ya muchos años que vengo sosteniendo una polémica pública con sindicalistas y iuslaboralistas acerca de la inconveniencia de la forma sindicato. Una forma que alcanza su mayor inadecuación en el ecocentro de trabajo donde la representación del sindicalismo también es una proyección del sistema fordista. Así pues, sostengo que con la forma actual del sindicalismo confederal es una certeza que éste no podrá encarar los grandes desafíos de que estamos hablando; si cambia de morfología –en la dirección que nos aprestamos a sugerir— cabe la posibilidad de que el sindicalismo confederal pueda encarar los mencionados retos y desafíos.

La renovación de la representación sindical debe abordar los siguientes aspectos que, de modo esquemático, vamos a plantear: 1) el modelo dual en el ecocentro de trabajo que comporta la existencia de los comités de empresa y las secciones sindicales; 2) la representación de las diversas subjetividades en el ecocentro de trabajo; y 3) la arquitectura vertical del sindicato. Unas y otras son muy pertinentes en estas reflexiones en tanto que condiciones necesarias (tampoco suficientes) para que el sindicalismo tenga mayor fuerza representativa y estable, como vectores para que el sujeto social tenga más afiliación y, desde ahí –también como hipótesis-- jugar un papel (junto a otros agentes sociales) en la política de austeridad, en un proyecto asumido activamente capaz de compatibilizar las diversas variables y, así, intervenir en los grandes temas de la defensa y promoción medioambientales. Vayamos por partes.

El comité de empresa, un instituto nacido en el apogeo del particular fordismo español, es un instrumento obsoleto. Especialmente por su naturaleza `autárquica´ y particularista. Realmente es chocante que, cuando la empresa es principalmente global, esta representación de los trabajadores, el comité, no sólo no es global sino que ostenta su particularismo. En esas condiciones no puede establecer un itinerario que vincule su acción colectiva en el ecocentro de trabajo con la cuestión ambiental y el diseño de unas políticas welfarísticas de nuevo estilo. Digamos que la autarquía del comité y su particularismo no son límites; se trata de su propia personalidad, de su carácter en tanto que instrumento. De modo que ese carácter definidito (por ley) comporta, ciertamente, límites. Por lo demás, el comité de empresa es un instrumento que `secuestra´ la afiliación al sindicalismo confederal. Si me defiende el comité, ¿a santo de qué voy a afiliarme al sindicato?, parecen decirse millones de asalariados. De ahí que venga propugnando, desde hace mucho tiempo, que la representación social en el ecocentro de trabajo la tenga el sindicalismo. No es que éste sea naturaliter un sujeto extrovertido y capaz de internvenir de esa manera en esta época de innovación-reestructuración postfordista. Pero sí es una razonable hipótesis. Lo que no cuadra –esto es una certeza-- es el carácter de un instrumento de rancia estampa fordista cuando este sistema se ha ido con la música a la cacharrería.

Los sindicalistas de mi quinta diseñamos una morfología de sección sindical (e incluso de comité) que, ya en aquellas calendas, empezaba a estar desfasada de los cambios y transformaciones en la estratificación del conjunto asalariado en el centro de trabajo. No sabíamos más y aquellos polvos de antaño se convirtieron, por así decirlo, en estos lodos de hogaño. Éramos, además, unos sindicalistas que concebíamos, también como gangas heredades, la concepción de un sindicalismo masculinista. Tampoco, con el paso del tiempo, fuimos capaces de rediseñar un modelo de representación hospitalario con las nuevas emergencias que iban apareciendo en la gran transformación de la que empezamos a ser testigos de primer orden. Esto es, la mítica (y, con frecuencia, mitificada) unidad de la clase trabajadora era una poderosa legaña que nos dificultaba ver hasta qué punto en el centro de trabajo aparecían visibles diversidades categoriales que iban menguando el tipo de trabajador fijo: fijo en el centro de trabajo, fijo en el puesto de trabajo.

El panorama ha cambiado radicalmente. Sin embargo, la forma de representación sigue exactamente igual a la que nosotros dejamos estructurada. Visto lo cual, así las cosas, vale le pena recordar lo que se afirma en un recitativo de la mozartiana ópera “Il Rè pastore”: Olà che più si tarda? O sea, hay que ver lo que le cuesta al sindicalismo cambiar tan vejestorio y ya inútil forma de representación.

Por último, en este apartado, la verticalidad del sindicalismo es un sonado anacronismo en estos tiempos de la horizontalidad de las novísimas tecnologías. Cuando hablamos de `verticalidad´ nos estamos refiriendo a la estructura piramidal de sus estructuras, otro de los contagios que le viene, de un lado, de la forma partido, y, de otro lado, de la potente influencia que le dejó tanto el taylorismo como el fordismo.

En resumidas cuentas, la permanencia de los comités de empresa, la inadecuación representacional de los colectivos emergentes y la verticalidad del (todavía) sindicato de los antiguos hace que con la acentuación del paso del tiempo y acumularse todo un elenco de problemas comunes, las viejas estructuras sindicales están cada vez menos preparadas para gestionar e interpretar los desafíos epocales que tenemos delante de nosotros, tal como expresara en su día el maestro Trentin en “Rimettersi in discussione” Internista a Bruno Trentin a cura de Mimmo Carrieri, Quaderni rassegna sindacale, num. 4, 2001).


Los saberes del sindicalismo confederal representan ya un considerable acervo cultural. Miles de sindicalistas que han intervenido en los más variados procesos negociales y de reestructuraciones diversas nos vienen a decir que es en esa geografía social donde se acumulan los más grandes talentos de los movimientos políticos y societarios. Es más, no pocas pequeñas grandes transformaciones del y en el centro de trabajo han sido obra de propuestas y exigencias de esa gran cantidad de conocimientos empíricos. Y más, nunca como en los tiempos presentes, el sindicalismo confederal contó con tanta presencia en sus filas de personas con titulación universitaria, no pocos son sindicalistas con “mando en plaza”. De ahí que no acabe uno de explicarse las razones de tanta tardanza en abordar el signo de los tiempos. Pero, en todo caso, la existencia de conocimientos empíricos de unos y saberes académicos de otros representan una posibilidad (ciertamente, tampoco incondicional) para ir concretando un gradual cambio de metabolismo en el sindicato de los antiguos en la dirección de sindicato de los modernos.

En ese orden de cosas, este importante general intellect (por utilizar un concepto marciano), esta inteligencia colectiva que se encuentra así en las estructuras de la casa sindical como en el conjunto asalariado nos trae a colación dos cosas muy relevantes. Una, las mejores condiciones del sindicalismo confederal para elaborar autónomamente su propio proyecto; sus saberes ya no dependen de los préstamos a plazo fijo de sus viejos mentores, los partidos políticos. Otra, tales saberes pueden ser el elemento central de los hechos participativos que debe procurar el sindicalismo o, lo que es lo mismo, el general intellect expresa su utilidad en la participación activa e inteligente, formada e informada del amplio colectivo humano del sindicalismo confederal.


La participación activa e inteligente daría un nuevo impulso a lo que he dado en llamar el sindicalismo de los trabajadores, que es cosa distinta del sindicalismo para los trabajadores. El primero connota que el sujeto social viene legitimado, mediante los hechos participativos, por el conjunto asalariado; el segundo no deja de ser, visto con los ojos del sindicalismo de los modernos, una autolegitamación y, por lo tanto, una recreación itinerante de su propia autorrefencialidad.

Precisamente por la cesura que representa el sindicalismo de los modernos con relación al de los antiguos en el cuadro de una nueva acción colectiva en el terreno de las prácticas con sentido ambientalista y en el ecocentro de trabajo, la participación no es sólo un bien democrático de la comunidad social, sino el instituto útil para poner el almacén de saberes y conocimientos al servicio de las prácticas contractuales. En ese sentido podemos hablar de avances notables en, por ejemplo, el sindicalismo italiano. En el pacto interconfederal, la CGIL, CSIL y UIL han generalizado lo que, hasta hace poco, era una práctica casi exclusiva de los metalúrgicos de la CGIL: el referéndum vinculante a la hora de decidir si se firma o no el convenio en cuestión. Lo que, en el fondo, vendría a expresar metafóricamente que estamos ante algo así como el ejercicio de la soberanía sindical, entendida ésta como lo siguiente: ante temas de alto calado –y el convenio colectivo lo es-- la soberanía reside en todos los afectados, inscritos o no en la organización. En el caso italiano, por lo demás, nos encontramos con un sofisticado planteamiento, a saber, se define qué corresponde y qué no corresponde a cada organismo dirigente. De esta manera, entiendo que en el sindicalismo de los modernos no reza el famoso constructo ciceroniano: el que puede al más, puede a lo menos.

En todo caso, la participación debe contar con una normativa concreta que conceptualmente debería basarse en las siguientes consideraciones que tomo prestadas de Fernando Quesada. Este filósofo cita en su libro “Sendas de democracia, entre la violencia y la globalización” (Trotta, 2008) a I. Santa Cruz (5). Santa Cruz resume en cuatro características la idea de igualdad –que en este caso vale para establecer las condiciones igualitarias de la participación--, a saber: la autonomía, como posibilidad de elección y decisión independientes; la autoridad, en cuanto ejercicio real de poder; la equifonía, que equivale al uso libre de la palabra y su toma en consideración de los procesos argumentativos que hacen posible una decisión; y la equivalencia o, lo que es lo mismo, ser reconocido y poder actuar como quien un valor en posición de simetría respecto a los demás. En resumidas cuentas, la participación y sus normas no son un estatuto concedido desde los grupos dirigentes; es principalmente la práctica colectiva que legitima el discurso sindical, que no se agota en la administración institucional del poder sino que remite a los procesos democráticos de formación de la voluntad (6).


Los (implícitamente) coaligados en ese proyecto, cada cual desde sus diversidades o, lo que es lo mismo: comoquiera que ninguno de los desafíos que nos conciernen puede ser obra del monopolio de la acción colectiva del sindicalismo de los modernos, es preciso que éste se proponga como línea de conducta establecer una alianza –no necesariamente orgánica-- con todos aquellos que están interesados en las reformas que aquí estamos proponiendo. Se trata de que todos ellos compartan diversamente el paradigma de estas transformaciones: la reforma del ecocentro de trabajo, su vinculación con la defensa y promoción del medioambiente y los vínculos de lo anterior con el welfare ecológico. Digo `diversamente´ porque son muy distintos los mecanismos e instrumentos, las prioridades de los intereses y la metodología de cada cual. En ese cuadro de `coaligados´ está también la política, a la que el sindicalismo de los modernos debe mirar de una manera digamos laica. Cierto, no serán fáciles las relaciones del sindicalismo confederal con sus coaligados, especialmente con los movimientos ecologistas.

En ese sentido, las relaciones entre sindicalismo y movimientos ambientalistas no sólo no han sido fáciles sino que frecuentemente se han caracterizado por no pocas asperezas, con intentos de instrumentalización del uno al otro y viceversa. Pero el fondo del problema está en otro sitio: en la personalidad específica de ambos. De un lado, el sindicalismo negocia; de otro lado, los movimientos ecologistas y ambientalistas no negocian, al menos este es el caso de España. Esto conduce –por decirlo caricaturescamente— a que la acción colectiva del sindicalismo sea de naturaleza reformista y de los movimientos, en mayor o menor, medida sea antagonista. Con todo, el sindicalismo de los modernos no puede no relacionarse con dichos movimientos, confrontándose abiertamente con ellos y siendo algo más que receptivo a las propuestas factibles que le llegan desde dichos sectores. Es más, incorporando al proyecto sindical aquellos planteamientos que no contradicen su proyecto de compatibilización del ecocentro de trabajo, el paradigma medioambiental y el welfare.


El sindicalismo y iuslaboralismo han conformado, a lo largo del siglo XX, una auténtica y conflictiva pareja de hecho que, en mi opinión, parece entrar en una nueva fase de desapego de los unos con relación a los otros. Por cierto, este foro me parece una muy buena ocasión para hablar, aunque sea de refilón, de este asunto que me viene preocupando desde hace ya algunos años.

Soy de la opinión que la crisis de relaciones entre la pareja de hecho tiene su explicación en los retrasos de ambos. De un lado, el sujeto social sigue siendo el sindicalismo de los antiguos; de otra parte, el Derecho del Trabajo parece haber entrado –según el maestro Romagnoli— en el congelador: “más estrábico que miope, el Derecho del trabajo no ha comprendido a tiempo que estaba convirtiéndose nada más que el derecho de los ocupados y, por tanto, en un instrumento de privilegiados en defensa de sus empleos, mientras que –cuando al trabajo perdido se suma una cantidad de trabajo ingente no encontrado— el estado de necesidad y marginalidad social son connotaciones que cualifican fundamentalmente a los sin trabajo que, en la sociedad de los dos tercios, constituyen justamente el tercio excluido” (6). Quisiera advertir que no estamos haciendo una digresión en torno al tema que nos ocupa. Cuando Aris Accornero, profesor de Sociología industrial en La Sapienza, habla de la gran conquista de civilización que supuso el derecho del trabajo, está explicando hasta qué punto ese almacén de bienes democráticos que lo conforman ha estado acompañando al sindicalismo a lo largo del siglo XX: lo que hemos dado en llamar el sindicalismo de los antiguos. Así pues, ¿por qué no pensar que el Derecho del trabajo no puede acompañar, desde su propia autonomía y singularidad, al sindicalismo de los modernos?

En mi opinión dos son los elementos que parecen explicar la crisis del Derecho del trabajo: de un lado, el agostamiento de la negociación colectiva que no propone nuevas fuentes de derecho propias de esta fase de innovación-reestructuración; y, de otro lado, el deslizamiento de su estatuto epistemológico hacia otras disciplinas, concretamente el iusprivatismo. Razón de más, estimo, para propiciar una reaproximación de relaciones de la vieja pareja de hecho. En caso contrario, el derecho del trabajo, “el viejo trasatlántico” en expresión de Miquel Falguera, perdería el timón, el puente de mando y hasta la sala de máquinas. Ahora bien, esta reaproximación de la pareja de hecho no vendrá, a mi entender, de un modo voluntarioso. Sino de la nueva actividad del sindicalismo de los modernos, de la puesta al día de sus prácticas contractuales, en tanto que fuentes de derecho, capaces de establecer, gradualmente, los vínculos y compatibilidades (necesarios y aproximadamente suficientes) entre el ecocentro de trabajo, el medioambiente y las políticas de welfare ecológico.

7.-- Punto final. A lo largo de esta reflexión se han ido avanzando diversos retales sobre el sindicalismo de los modernos. La insistencia en esa formulación se explica porque sólo desde esa nueva personalidad podría el sujeto social abordar los grandes desafíos que han motivado la celebración de estas jornadas granadinas. Una vez situados dichos fragmentos, parece conveniente enhebrarlos (aunque fuera con ligeros pespuntes) y proceder a una primera definición `orgánica´ de lo que entiendo por sindicalismo de los modernos.

Es el sujeto social que hereda la voluntad de alteridad del sindicalismo de los antiguos, convirtiéndola en no ya en deseo sino en realidad inobjetable. Que establece su personalidad conflictual en el paradigma que ya no es el fordista, y es en la nueva fase donde propone unas prácticas contractuales acordes con la realidad tecnológica de nuestros tiempos. Que establece una metodología de vínculos y compatibilidades de las diversas variables (no independientes) del y en el ecocentro de trabajo, el medioambiente y el welfare ecológico. Que propone una política de austeridad, esto es, de lucha contra los despilfarros de todo signo. Y que, para ello, tiene el coraje de auto reformarse tanto en la forma sindicato como, desde ahí, incitar al conjunto asalariado a una generalizada participación activa e inteligente. Que no actúa como un cuerpo solipsista sino de manera extrovertida con todos aquellos que quieren compartir (diversamente) la defensa y promoción del medio ambiente. En definitiva, estamos hablando de un proyecto sindical que nace en el espacio empresa como “lugar donde se desarrollan institucionalmente las relaciones de poder derivadas de la doble dimensión, colectiva e individual, del trabajo asalariado [… ] como elemento decisivo en la conformación de la identidad del sindicato” (8). Así las cosas, el ecocentro de trabajo y el actual espacio empresa, exigirían una nueva identidad sindical. La hipótesis de que pueda conseguirse no es infundada: a condición de que el sindicalismo desaprenda una buena porción de las prácticas desubicadas de la nueva realidad, y a condición también de que se aplique en una nueva alfabetización ambientalista. Este sería un prerrequisito indispensable para todos aquellos que quieran compartir diversamente (el sindicalismo de los modernos entre ellos) la defensa y promoción del medio ambiente con una estrategia de crecimiento cualitativo.


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(1) Enrico Berlinguer. Austerità: Occasione per trasformare l’Italia. Conclusioni al Convegno degli inttelettuali. Roma, 15.1.1977 en
http://209.85.129.104/search?q=cache:bqtza-QcMTsJ:www.greenreport.it/file/docs/Berlinguer%2520%2520eliseo.pdf+Berlinguer+austerit%C3%A0&hl=it&ct=clnk&cd=2&gl=es&lr=lang_it&client=firefox-a

(2) Miquel Falguera en
MIQUEL FALGUERA: las dobles escalas salariales en http://theparapanda.blogspot.com/2008/05/miquel-falguera-las-dobles-escalas.html
Miquel Falguera MUJER Y TRABAJO: Entre la precariedad y la desigualdad en http://theparapanda.blogspot.com/2008/05/mujer-y-trabajo-entre-la-precariedad-y.html
MIQUEL FALGUERA: Carta abierta a los sindicatos en http://theparapanda.blogspot.com/2008/01/miquel-falguera-carta-abierta-los.html

(3) José Luis López Bulla “La reforma de la empresa”en La factoria, núm 8, Febrero – Mayo de 1999.

(4) Bruno Trentin es un autor de obras de imprescindible lectura. El lector tiene a su disposición una antología de sus escritos en la versión castellana de la Fundación Sindical de Estudios (Madrid, 2007). En lengua catalana hay otra antología, “Canvis i transformacions”, en la Col.lecció de Llibres de CTESC (Barcelona, 2005). Por lo demás, éstos y otros textos los encontrará el ciberlector en la bitácora “Con Bruno Trentin”:
http://baticola.blogspot.com

(5) I. Santa Cruz en “Sobre el concepto de igualdad: algunas observaciones” en Isagoría núm 6 (1992)

(6) Jürgen Habermas: Moralidad, sociedad y ética. Una entrevista de Torben Hend Nielsen.

(7) Umberto Romagnoli, “Renacimiento de una palabra” (Fundación Sindical de Estudios, Madrid 2006).

(8) Antonio Baylos: “El sindicato y la acción colectiva de los trabajadores en la empresa: la identidad segura” en Sobre el presente y el futuro del sindicalismo, a propósito del pensamiento de Umberto Romagnoli. Fundación Sindical de Estudios, Madrid 2006.

12 December 2007

REVISITANDO LOS ORÍGENES DE COMISIONES OBRERAS

O qué utilidades depara esa excursión para estos tiempos de ahora.


Andrés Querol me ha pedido que hable en la Escuela Angel Rozas “sobre los primeros pasos de Comisiones Obreras”. He aquí el texto de mi intervención. La idea es que los jóvenes sindicalistas tengan de antemano estas reflexiones. De esta manera robaré menos tiempo al hipotético coloquio y el resto de los discursos previstos.

José Luis López Bulla (1)

Primero
Son muchos los pensadores que afirman que analizar el pasado conduce a estar al tanto de las cosas presentes y venideras. Naturalmente, todo depende de cómo se enfoque la mirada. Procuraré esmerarme en esa mirada a la hora de revisitar los orígenes de Comisiones Obreras para que estas reflexiones tengan, como propósito central, las utilidades más convenientes con la idea de encarar razonablemente los retos de nuestro tiempo. En todo caso, me importa aclarar de entrada que esta intervención no tiene pretensiones de estudio histórico. Por varias razones: no soy historiador y no creo que los protagonistas de los acontecimientos sean capaces de hacer una adecuada historiografía, ni siquiera aproximadamente objetiva. Así pues, aquí estoy –cosa que agradezco a los responsables de la Escuela Angel Rozas-- para ofrecer unos pespuntes, siempre subjetivos, con la mirada de hoy, de lo que fueron los primeros andares de Comisiones Obreras.
Aunque no hay un momento fundacional concreto, sí estamos en condiciones de aclarar que, en los primerísimos años de la década de los sesenta, existe ya un movimiento de trabajadores que, de manera significativamente descentralizada, está luchando por toda una serie de reivindicaciones muy centradas todas ellas en las condiciones de trabajo. No obstante, debemos señalar que, mucho antes de ese movimiento, se han producido importantes movilizaciones obreras en Catalunya y España. El movimiento –el que motiva estas reflexiones-- tiene un `origen´ inmediato: las posibilidades legales que permite la Ley de Convenios colectivos de 1958. Dicho texto, aprobado por las Cortes franquistas de la Dictadura, abre la posibilidad de que, en los centros de trabajo de una determinada dimensión, los representantes de los trabajadores, elegidos en las elecciones sindicales, puedan negociar el convenio colectivo de centro de trabajo y, con más restricciones todavía, los acuerdos colectivos de ramo profesional. Naturalmente se trata de una legislación restrictiva en un contexto --¿hace falta recordarlo?-- de ausencia de libertades democráticas; más todavía de dura represión de las mismas: una represión amplia que va desde los despidos patronales a las detenciones y encarcelamientos. Esta ley del 58 da voz (también la quita) a los jurados de empresa (la representación de los trabajadores) para poder negociar directamente con la patronal, substituyendo las reglamentaciones salariales que se decidían unidireccionalmente desde el Ministerio de Trabajo. Como es natural, la ley era una medida que necesitaba la peculiar forma de capitalismo de entonces que, a la chita callando, iba dejando de ser autárquico en España; por tanto, la medida convenía a las formas de desarrollo económico que, aunque muy retrasadas con relación a Europa, empezaban a disfrazarse de neocapitalismo a la española.
De manera que, en la gran empresa, con sus particulares características prototayloristas, empiezan a crearse ciertas condiciones para la reivindicación, cuyo objetivo es el intento de negociación, y para ello es necesaria la auto-organización de los trabajadores. Los sindicatos democráticos clandestinos no ven –no pueden o no saben ver-- las novedades que se abren. Aunque no estoy en condiciones de aclarar el orden de prelación de estas dificultades, diré que los motivos de esta dificultad son los siguientes: 1) la represión política que sistemáticamente descabezaba todo intento de organización que, por lo demás, era clandestina; 2) la natural desconfianza con relación a las medidas de la Ley de convenios y la de las elecciones sindicales, y habrá que recordar que el planteamiento de los sindicatos clandestinos, en relación con ambas leyes, era de boicot. Ahora bien, apunto –desde luego, con los ojos de hoy-- a otra explicación que, hasta la presente, no ha sido ni siquiera insinuada.
Pero, a mi juicio, lo más determinante era que el sindicalismo democrático tradicional –me permito esta absurda expresión, `sindicalismo´ y `democrático´ porque el sindicalismo sólo puede ser democrático— era, dicho de forma contundente, un sujeto externo al centro de trabajo. O, si se prefiere de una manera bondadosa, un sujeto parcialmente externo al centro de trabajo. Así pues, las centrales sindicales, anteriores a la guerra civil, eran unas organizaciones externas al centro de trabajo. Porque no consiguieron capacidad contractual en el interior de la fábrica. Así pues, las organizaciones clandestinas (UGT y CNT, perseguidas implacablemente por la dictadura, al igual que las fuerzas democráticas), además de ser lógicamente recelosas de los tímidos cambios que se iban operando, eran por situación (la clandestinidad) y por inercia (sujetos externos al centro de trabajo) organizaciones que no podían ver lo que estaba apareciendo en la realidad. Incluso el comunismo español y catalán fluctuaba, todavía a principios de los sesenta, entre el aprovechamiento de la UGT clandestina y la creación de un grupúsculo sindical, no menos clandestino, como lo fue la Oposición Sindical Obrera (OSO) que, dicho sea con desparpajo, eran cuatro y el cabo.
Mientras tanto, iba apareciendo un movimiento natural: ante cada problema surgían unas comisiones de obreros –unas comisiones obreras, que debemos escribir en minúsculas— que tomaban nota de las aspiraciones del personal, hablaban con la dirección e intentaban, negociando, sacar algo en claro para los trabajadores y sus familias. Conseguido el petitorio o agotado éste, de una u otra forma, el conflicto desaparecía la comisión obrera. Era pues un movimiento fugaz y pasajero. La novedad de estas comisiones de obreros (o comisiones obreras) es que eran un sujeto que estaba en el interior del centro de trabajo y, por lo tanto –ya fuera por necesidad, intuición o sentido común--, el análisis de aquel microcosmos y la reivindicación estaban en aproximada consonancia con los cambios que se iban operando. Comoquiera que no estamos aquí para establecer una cronología de los hechos, diré que se van incrementando las situaciones fugaces y pasajeras y, unas y otras, van adquiriendo una moderada estabilidad. Esto es, lo fugaz se va transformando en permanente. Las comisiones obreras acaban sacando unas mínimas ventajas de constituirse, en los centros de trabajo, en organismos que no se disuelven una vez acabado el conflicto, es decir, se mantienen en grupos estables y permanentes. Empiezan a ser Comisiones Obreras (así en mayúsculas). Cierto, todavía tendrá que llover lo suyo para que ese movimiento decida darse una estructuración de ramo profesional, pero los postigos de la ventana se han abierto de par en par.
El camino que se abre es: si somos un sujeto interno en la fábrica ¿qué orientación central se da a ese movimiento? ¿debe ser clandestino, semiclandestino, abierto? Un movimiento clandestino tiene, en teoría, la ventaja de ser menos vulnerable a la represión; en cambio si es abierto y público, la evidente ventaja es que la conexión directa con los trabajadores es, como hipótesis, mayor, aunque más vulnerable a los diversos tipos de represión. La solución a esta incógnita viene con una primera maduración de nuestras experiencias: el aprovechamiento de los resquicios legales que (parcialmente) posibilita la Dictadura y su combinación con formas ilegales o paralegales de acción colectiva. Por así decir, esta opción era más fiable que organizarse clandestinamente y, desde ahí, convocar por ejemplo un acto ilegal, como lo era la huelga, considerada como delito de rebelión. Por ahí fuimos, especialmente porque, en ese sentido, el comunismo español y catalán se esforzaron en que esa vereda era la más apropiada, y tenían razón. Entre paréntesis, diré que esta fue la orientación que Giuseppe Di Vittorio, a mediados de los años veinte, impuso al sindicalismo italiano en su lucha contra Mussolini, de un lado, y –según supimos posteriormente-- este camino fue el que intentó poner en marcha Joan Peiró, el gran dirigente de la CNT, en la lucha contra la dictadura de Primo de Rivera. Por lo demás, parece probado que Stalin aconsejó muy vivamente a los comunistas españoles, a principios de los cincuenta, una orientación similar, provocando, al principio, una sorpresa mayúscula de Dolores Ibárruri y Santiago Carrillo. Cierro paréntesis. Aclaro, hasta donde yo me sé, nosotros no conocíamos los planteamientos de Giuseppe Di Vittorio ni nadie citó las orientaciones de Joan Peiró.
Bien, se trataba de optar por consolidar la línea fuerza que, tendencialmente, era la expresión autónoma de aquel movimiento original que teníamos en las manos. Nuestro movimiento debía ser abierto y no clandestino, capaz de combinar las posibilidades de la legislación franquista con las formas paralegales e, incluso, ilegales. Naturalmente esta opción también estaba expuesta a la represión. Pero la solidaridad con los represaliados era mayor si el movimiento tenía esas características públicas.
Soy de la opinión que la discontinuidad histórica que representa aquel movimiento es, precisamente, ser un sujeto interno del centro de trabajo. Lo demuestra la preocupación fundamental: la elaboración de la plataforma reivindicativa, basada (como se ha indicado anteriormente) en las condiciones de trabajo. Es, a partir de esta consideración, de donde se desprenden las originales características de aquella acción colectiva. Tal vez la primera sea la relación entre representatividad y representación de las ya Comisiones Obreras. Llamo `representatividad´ a la capacidad de asumir las anhelos de los trabajadores; y defino la `representación´ como el nivel de apoyo que tales trabajadores ofrecen, de manera fugaz o estable, a los grupos coordinadores de CC.OO., que es de lo que estamos hablando ahora. Ya que esos grupos son un sujeto interno en el centro de trabajo y, comoquiera, que hay un vínculo estrecho entre representatividad y representación, la conclusión evidente es la naturalidad del quehacer democrático y participativo de los trabajadores en aquella acción colectiva, en aquel movimiento. Es lo que he llamado, en otras ocasiones, la democracia próxima, vecina. En suma, es un movimiento de trabajadores que conformará a la larga un sindicato-de-los-trabajadores y no un sindicato-para-los-trabajadores. Que tiene su arranque en –me interesa repetir el concepto— la naturalidad del quehacer democrático y participativo. Y porque si el vínculo que atraviesa la condición asalariada (obrera, diríamos en aquellos tiempos) es de naturaleza social, es claro que quien es un sujeto interno en el centro de trabajo, de manera fácil aúna la representatividad y la representación en torno a la unidad social de masas. Es decir, construye un movimiento unitario: el que se desprende del vínculo social. Parece claro que cuando el sindicalismo era un sujeto externo al centro de trabajo, la contaminación político-partidaria (que separa, legítimamente, a los trabajadores) era una potente interferencia para la unidad del sindicalismo.
Ahora bien, este hiato entre sujeto interno y unidad precisa unas propiedades que estén en concordancia entre sí y con el proyecto unitario. Primero, la representatividad y la representación se concretan en la asamblea en torno a un bidón, un andamio, una mesa de despacho o un pupitre: la democracia próxima, vecina, que construye la plataforma reivindicativa y diseña el (hipotético) ejercicio del conflicto social. Ahí se dibuja la independencia de esa asamblea y el establecimiento de su propia autonomía. La independencia no como elemento en negativo, sino como expresión positiva de depender sólo y sólamente de la representatividad y representación que se ostentan cotidianamente. La auto-nomía como catálogo implícito de unas normas rudimentarias, aunque sólidas que consuetudinariamente se entienden con naturalidad como obligatorias y obligantes, no como mandato estatutario. Es decir, la independencia sindical, así las cosas, no es el resultado de un constructo sino la consecuencia (y, a la vez, el origen) de la elaboración de la plataforma reivindicativa, decidida y apoyada en la asamblea de todos los trabajadores. Es, desde ahí, como se va edificando el andamio de la independencia frente a todos y todo lo que no sea el interés concreto de ese conjunto asalariado.
Una prueba de la sofisticación de nuestro análisis aparece por escrito en la Asamblea de Orcasitas (Abril de 1967). Allí se dejó escrito que propugnábamos un sindicalismo de clase, independiente de la patronal y de todos los partidos políticos (incluidos los partidos obreros); que apostábamos decididamente por las libertades sindicales y el derecho de huelga en todos los países, con independencia de su carácter social e institucional. Estábamos afirmando que, incluso en el socialismo, el sindicalismo y el movimiento de los trabajadores debían ser plenamente independientes, autónomos y contar con el ejercicio de los derechos (incluida la huelga) de todo tipo. En otras palabras, nuestras formulaciones no eran intuiciones u ocurrencias improvisadas, sino la concatenación de unas premisas que venían establecidas tras el hecho incontrovertible de que `aquello´ era un sujeto en el interior del centro de trabajo.
En todo caso (y sin excluir no pocas intuiciones) parece oportuno traer a colación una prueba del razonamiento. Explica el maestro Tuñón de Lara en su Historia de España la importancia de un artículo que Marcelino publicó en el número de Junio de un lejano 1964 de la revista “Cuadernos para el diálogo” lo siguiente:
[...] A la capital administrativa ha sucedido el Madrid industrial; hoy son millares de obreras, que con sus batas blancas o azules, pasan por Atocha camino de Standard, Telefunken o Phillips hacia las máquinas-herramienta y las cadenas de montaje (2).
Aparentemente esta descripción camachiana podría ser interpretada como un relato costumbrista. Pero tiene mucha más miga. Es la percepción de un paisaje socioeconómico que ha desplazado definitivamente lo anterior: por la calle --de la fábrica hasta casa-- el mono azul de un tipo de trabajo asalariado ha emergido y de esa visibilidad antropológica Marcelino saca sus conclusiones sociopolíticas y culturales.
En estas reflexiones estoy hablando poco del papel de los enlaces sindicales y de los jurados de empresa. La razón es clara: es lo más conocido, lo más historiado. Por eso he intentado relatar lo menos sabido. No obstante, para no dejarme nada en el tintero recordaré que ese `entrismo´ (esa parte del aprovechamiento de los instrumentos legales) fue una pieza fundamental, aunque es, parcialmente, una consecuencia del elemento decisivo: ser un sujeto interno en el centro de trabajo. Porque, al fin y al cabo, los enlaces y jurados eran un eslabón imprescindible de aquella democracia próxima y vecina. Fueron la voz más pública y abierta de aquel movimiento. Que sufrimos una dura represión, es cosa sabida. Pero como queríamos peces, no tuvimos más remedio que mojarnos el culo.
Poco diré sobre una importante cuestión de la cuestión nacional de Catalunya que no se haya afirmado y escrito. Tan sólo haré unas apostillas que considero de interés: nosotros no asumimos plenamente la cuestión nacional con el objeto de impedir la existencia de un sindicato nacionalista. Nosotros lo asumimos, también con naturalidad, porque no concebíamos una separación entre lo social y las coordenadas político-culturales (culturales en el sentido gramsciano, naturalmente) del pueblo de Catalunya. Hasta tal punto que si bien en un principio hablamos de sindicato de clase y nacional, no pasó mucho tiempo en que afirmáramos que éramos un sindicatodeclaseynacional. Que pronunciado queda casi igual pero que escrito afirma la distinción.
Segundo
La generación fundadora eran personas cuarentonas. El mismo Ángel Rozas lo era, al igual que Cipriano García, y un poco mayor el compañero Marcelino Camacho. Lo digo para constatar algo elemental: ninguno de ellos tenía experiencia de dirección sindical, porque, en tiempos del sindicalismo democrático, en la República, eran unos chavalillos. Es decir, aprendieron a dirigir, dirigiendo. Y lo insólito, visto con los ojos de hoy, es que –inexpertos, como eran-- pusieron en marcha un movimiento de proporciones, no sólo de novedosa discontinuidad sino de preñez histórica. La tentación de mitificarles forma parte de la naturaleza humana. Y sobre todo del orgullo, a veces desmesurado, que tenemos las organizaciones con nuestros grandes padres. No fueron y ahora no deben verse como mitos, sino como personas de carne y hueso. Esto lo percibió mi suegro Mingu Roig, obrero de la construcción de Mataró que, cuando oyó hablar a Marcelino Camacho en el Pabellón de Deportes por primera vez, le susurró a Martí Bernasach: “Fixa´t Tonet en Marselinu; aquest company és com jo, però en sap mes” [Fíjate, Tonet en Marcelino; este compañero es como yo, pero sabe más]. En realidad la observación que hizo Mingu Roig era probablemente una parte de la potente conexión sentimental que Marcelino establecía con la gente. Y, añadiría ahora, una expresión más de esa democracia próxima y vecina, que promueve una fuerte relación sentimental con la gente. O, por mejor decir, eran la expresión de la condición asalariada concreta, no ideologizada, que conoce los entresijos del microcosmos de la fábrica. Y, ya que el centro de trabajo había cambiado, era preciso que la mirada de aquellas personas, de carne y hueso, no tuviera telarañas.
Bien, mucho han cambiado las cosas. Y, en buena medida, una explicación es que aquel movimiento de trabajadores puso en crisis muchas cosas. De entrada diré que no se explican las actuales conquistas de los trabajadores sin la aportación de aquella acción colectiva. Pero hoy vivimos otros tiempos que tienen más potencialidades que las de antaño: primero, el ejercicio de las libertades democráticas; segundo, la mayor cantidad de dirigentes sindicales; tercero, la acumulación histórica de experiencias de todo tipo. Naturalmente, hoy os encontráis con otro panorama: una profunda transformación de los aparatos productivos, una economía global y más interdependiente que pone en cuestión los viejos poderes de los Estados nacionales; las emergencias de lo que se llama el Estado de bienestar. Es, pues, a vosotros a quienes compete establecer las discontinuidades convenientes para darle mayor consistencia a la representatividad y representación del sujeto sindical. En pocas palabras, ver el deslizamiento del viejo fordismo hacia otro eje de coordenadas en la acción colectiva general de un mundo asalariado lleno de diversidades. La discontinuidad es, pues, cosa vuestra.
Pero, si nadie se escandaliza por el uso de las palabras, diré que la promoción de tales novedades será más fuerte si se retiene una parcela del sujeto conservador que, en parte, es también el sindicalismo. ¿Conservar qué? La democracia próxima, vecina que conduce a ser un sindicato-de-los-trabajadores. Que es substancialmente diverso de un sindicato-para-los-trabajadores.
Tercero.
Tomo carrerilla para ir acabando. Ya he dicho, al principio, que este relato no pretende ser histórico. Lo cierto es que, cuando los protagonistas de unos acontecimientos se ponen a escribir en términos históricos, se tiene la tentación de dorar no poco la píldora. Corresponde a los historiadores –no a la memoria histórica-- seguir historiografiando los primeros pasos de aquel movimiento. Sin trampa ni cartón, desde luego. Poniendo al descubierto las limitaciones que tuvimos en aquellos tiempos. Porque tengo para mí que, todavía, estar por hacerse una historia crítica de aquellos primeros pasos. No sólo la nuestra, también la de aquellas organizaciones sindicales que nos fueron contemporáneas.

(1) Apertura del curso de otoño 2007 de la Escola de Joves Angel Rozas, de CC.OO. de Catalunya.
(2) Marcelino Camacho: "El fetichismo y la realidad", Cuadernos para el diálogo (Junio de 1964)


13 October 2007

ELOGIO DE BRUNO TRENTIN

ELOGIO DE BRUNO TRENTIN


José Luis López Bulla*



La historia del sindicalismo europeo está repleta de personajes muy importantes que, en el caso italiano, es muy llamativo. Nombres como los de Osvaldo Gnocchi-Viani, fundador de las Camere del Lavoro, hace ya un siglo o, muy posteriormente, los de Giuseppe Di Vittorio y Luciano Lama están ya en el imaginario histórico de los trabajadores y el pueblo de Italia. En ese elenco hay que encuadrar ya a Bruno Trentin, posiblemente el sindicalista europeo más fascinante de los últimos cincuenta años. Este libro pretende ser una contribución para que el gran público catalán tenga cumplidas referencias del pensamiento de este personaje, que a lo largo de su actividad, ocupó responsabilidades muy diversas, tanto en la vida social italiana como en la europea. Para ello hemos elaborado una antología de lo que, en los últimos tiempos, ha escrito nuestro autor, ahora a punto de cumplir los ochenta años. Ciertamente, es ya una edad provecta, que en el caso de nuestro autor sigue caracterizándose por una gran actividad pública. El primer aviso a nuestros lectores es: no se fíen ustedes cuando Trentin le dice a los jóvenes, en un coloquio aquí publicado, que es un anciano o un vecchio, pues sigue estando en la brecha más directamente relacionada con los problemas de la gente de carne y hueso, muy especialmente de los jóvenes a los que alude constantemente en los trabajos que figuran en esta publicación.




Primero

Bruno Trentin nació en Pavie (Francia) en diciembre de 1926. Sus padres, miembros activos de la lucha antifascista, tuvieron que exiliarse. Volvió clandestinamente a Italia un jovencísimo Trentin a incorporarse a la actividad clandestina en 1941, concretamente a una Brigada partisana --de la que posteriormente sería su comandante-- hasta el momento de la liberación. Nuestro hombre formaba parte, en aquellos entonces, de la organización Giustizia e Libertà, un partido antifascista en el que también militaron su padre, el famoso catedrático Silvio Trentin, su amigo y maestro en las vicisitudes sindicales, Vittorio Foa, y el eminente filósofo del derecho Norberto Bobbio: todos ellos grandes personalidades de la vida política y cultural italiana. De todas formas, no estamos ante un caso único, pues uno de los aspectos más particulares del sindicalismo italiano es la vinculación de sus cuadros dirigentes, a cualquier nivel, con el mundo de la cultura y la estrecha relación de la intelectualidad con los problemas del universo del trabajo. Una de las consecuencias de todo ello es la muy abundante literatura de los sindicalistas italianos que va desde testimonios biográficos y memorialísticos hasta estudios sobre los temas del trabajo contemporáneo y, también, las constantes reflexiones sobre los temas laborales que, desde el mundo de la intelligentzia, se publican en periódicos, revistas y libros especializados. Esta es una tradición que viene, hasta donde yo conozco, de los viejos fundadores del sindicalismo a principios del siglo pasado, especialmente con la figura legendaria de Osvaldo Gnocchi-Viani, hombre de cultura y sindicalista afamado. Bruno Trentin, como se ha dicho anteriormente, sigue ese camino y, en su caso, representa la figura del sindicalista intelectual que elabora sus propuestas (las necesarias para el ahora mismo y las que perfilan un proyecto de largo recorrido) partiendo de la realidad concreta.


En 1949, Trentin es llamado por Giuseppe Di Vittorio para trabajar en el centro de Estudios Económicos de la Confederazione Generale Italiana del Lavoro (CGIL), cuyo responsable es el ya mencionado Foa. No se olvide que, en ese año, Giuseppe di Vittorio, el máximo dirigente del sindicato, propone el Piano del lavoro (Congreso sindical de Génova) en un país que seguía estando en ruinas, con unos elevados índices de desempleo y un muy considerable atraso en el Mezzogiorno. La propuesta divittoriana, a grandes rasgos, es: un proyecto de desarrollo económico y social para Italia, cuyo objetivo central es el empleo y el crecimiento del Sur, mediante la aportación de una gran masa de capitales públicos y privados y el protagonismo solidario de los trabajadores del Norte. Este proyecto sorprendió a la clase política italiana y desde diversos sectores fue criticada por su “simplismo”, también fue vapuleada por no pocos correligionarios de di Vittorio, Foa y Trentin; en el fondo algunos de ellos se echaron las manos a la cabeza porque consideraban que un sindicato no estaba para eso: un proyecto de tal calibre, afirmaban, era cosa de la política. Pero lo cierto es que el Piano del lavoro dejó una profunda huella indicando algunos de los rasgos más esenciales de la propia CGIL: el sindicalismo no puede delegar en nadie sus propias responsabilidades, ni dimitir de la solidaridad con el Mezzogiorno. Y todavía diría más, ahora de manera un tanto arriesgada: en cierta medida, una parte considerable de la pedagogía del Plan explica los comportamientos renovadores que tuvieron su máxima visibilidad en las movilizaciones del famoso otoño caliente de 1970, que se comentarán más adelante.


Adolfo Pepe uno de los más prestigiosos investigadores de los acontecimientos sindicales italianos, ha señalado que es difícil encontrar un precedente sindical del Piano del lavoro, y apunta la tesis de que tanto Foa como Trentin (los principales científicos que enhebraron el plan) se inspiraron en el New Deal roosveltiano
[1]. Diremos, pues, que la entrada de Trentin en la vida sindical fue espectacularmente fecunda. Y para mayor información, su protagonismo en el tan mencionado plan lo hace con sólo veintitrés años. Lo que se dice una joven promesa, que ya indica por dónde irá su biografía. Con toda seguridad el lector, tal vez extrañado, habrá caído en la cuenta del conocimiento pormenorizado del jovencísimo Trentin de la situación norteamericana; pues bien, esta será una constante, también, en la vida y la obra de nuestro autor; en todos sus libros siempre se encontrará una referencia a los sistemas de organización del trabajo en las empresas estadounidenses más representativas; o, por cierto, las reiteradas citas que ofrece de los movimientos sindicales norteamericanos, los Industrial Workers of the World (los muy populares woblies) y de su máximo dirigente, Daniel de Leon: un intelectual venezolano de “buena” familia que, tras estudiar en Europa, marchó a los Estados Unidos y se puso al frente de las reivindicaciones del movimiento de los trabajadores.


En 1958 Trentin pasa a ocupar un puesto en el Secretariado nacional del sindicato. Son años duros para el movimiento organizado de los trabajadores; Di Vittorio ha muerto y la división sindical conoce fuertes asperezas y durísimos desencuentros. Y a pesar de que la CGIL sigue siendo, de largo, la primera organización sindical italiana, está afectada todavía por su clamorosa derrota electoral en la primera factoría del país, la Fiat, en 1956: un desastre sin paliativos que puso de manifiesto las debilidades del sindicato a la hora de entender los cambios que se iban dando en los centros de trabajo y en la condición asalariada. Sin ningún género de dudas, de tamaña derrota electoral el joven Trentin saca toda una serie de conclusiones (unas provisionales, otras definitivas) acerca de la necesidad de que el sindicalismo preste toda la atención a las transformaciones que se están operando en la fábrica y en la economía, en las personas y en el conjunto de la sociedad. El atento conocimiento de la “condición de fábrica” y su constante evolución será su leitmotiv. Las novedades que se operan en el sindicato ayudan en esa dirección, y principalmente son: a) el mensaje del último Di Vittorio señalando que, tras la derrota en Fiat, hay que “volver” a la fábrica y b) la entrada en los órganos dirigentes del sindicato de jóvenes valores como Luciano Lama y Bruno Trentin entre otros. Que nuestro hombre fuera elegido para el grupo dirigente del sindicato tuvo una gran importancia, toda vez que tuvo una posición de gran firmeza (sosteniendo a Di Vittorio, ciertamente) contra la posición de Palmiro Togliatti y del partido comunista italiano, que apoyó sin fisuras la intervención soviética en Hungría; y también la ruptura de lo que, en su día se llamó, la correa de transmisión del partido hacia el sindicato, como enérgicamente también formulara el maestro Di Vittorio sin esperar la celebración del congreso del partido comunista. No serán éstas las únicas asperezas que nuestro autor tendrá con sus compañeros de organización política; tiempo tendremos para comentarlas a su debida hora.


Desde 1962 hasta 1977, cuando han cambiado muchas cosas, ejerce los cargos, primero, de secretario general de la Federación metalúrgica (Fiom) y, después, secretario general de la Federación de los transportes marítimos (Film). Tal vez valga la pena explicar estos “saltos” en los puestos de responsabilidad. En el sindicalismo italiano siempre hubo una preocupación orientada a que nadie se encasillara para siempre en el mismo lugar. Por ejemplo, un sindicalista podía estar durante un cierto tiempo dirigiendo una organización territorial y posteriormente ponerse al frente de una estructura sectorial o federativa. Y digo más, una persona podía estar (como fue el caso de Trentin y de muchísimos más) en tareas de la máxima dirección confederal y, al cabo del tiempo, pasar a otra de rango inferior. Es decir, el escalafón era (y es) algo que no se les pasaba por la cabeza. Hoy se está en Roma y pasado mañana en un lugar de provincias donde se necesita la experiencia de alguien que tiene la cabeza bien amueblada. Por ejemplo, mi amigo Roberto Tonini dejó la secretaría general de la Región del Véneto, en la magnífica Venecia (que era su casa) para dirigir el sindicato de la Construcción del Lazio. Las consecuencias de todo ello parecen evidentes: se trata de interferencias a los problemas de burocratización que tienen todas las organizaciones (especialmente las más importantes), una mayor acumulación de experiencias diferentes y una “cosmovisión” sindical más completa. Que más tarde se completará con la formalización estatutaria de las incompatibilidades entre cargos sindicales y políticos e institucionales en la misma persona y en la fijación de un número limitado de mandatos en los órganos dirigentes. Un servidor ha hecho lo que ha podido para que tan seria experiencia pudiera ser compartida por el sindicalismo de aquí. Lo cierto es que me salí con la mía en el asunto de las incompatibilidades y la limitación de mandatos; pero en la quiebra del escalafonato sindical coseché un fracaso estrepitoso: de un lado, los entorchados y galones no son monopolio de los antiguos brigadieres, y, de otro lado, es casi seguro que yo debí expresarme de manera inconveniente.


Trentin deja el secretariado nacional del sindicato y, como se ha dicho, toma en sus manos la dirección de la potente Fiom. Es decir, un hombre de formación intelectual al frente de los trabajadores metalúrgicos de mono azul que, en aquella época, era el movimiento federativo más amplio en Italia y Europa. Ni que decir tiene que la vicisitud más llamativa del mandato de Trentin en la Fiom está en puertas de 1970: es el muy famoso autumno caldo, del otoño caliente que quedó acuñado definitivamente con ese idiolecto. Se trató de la movilización sindical italiana más importante en muchas generaciones de trabajadores. La primera conclusión (provisional, por supuesto) es que el conjunto asalariado había madurado la orientación del “volver a la fábrica” de mediados de los cincuenta. Y la segunda conclusión es que aquello fue posible por la irrupción en el escenario sindical de una generación de jóvenes trabajadores veinteañeros que vivían de otra manera los cambios tecnológicos y los procesos productivos.


Trentin y el grupo dirigente de la Fiom, se supone, han tomado buena nota de los acontecimientos del Mayo francés del 68 y de los resultados que aquello deparó al sindicalismo de sus amistades vecinas. Tengo la impresión (en todo caso, se trata de mi propia interpretación) de que nuestro autor vio que la experiencia francesa se caracterizó, en buena medida, porque la traducción de sus reivindicaciones a sólo mero salario fue absorbida en un breve espacio de tiempo, hasta el punto que las conquistas económicas se quedaron --hablando en plata-- a la Luna de Valencia; en los cuernos de aquella luna estaba la inflación y bajo tierra se situaban los poderes adquisitivos de los trabajadores franceses. Por ahí no se podía ir. Por otra parte, Bruno Trentin debió captar, en un momento determinado, que los sindicatos franceses parecían seguir algo así como el siguiente lema: caminemos divididos y golpeemos unidos, toda una constante que, aunque no es privativa de los franceses, tiene mucho predicamento en demasiadas latitudes. Ese camino tampoco era conveniente. De manera que era preciso darle muchas vueltas a la cabeza, pero no fundamentalmente en los necesarios gabinetes sino con los trabajadores (camachianamente hablando) de mono azul y bata blanca.


Naturalmente, el proyecto que va tomando cuerpo es el resultado de mucha semilla anterior, de no pocas experiencias vividas en los centros de trabajo. Ahora bien, la originalidad de lo que se va gestando radica (visto con los ojos de hoy) en que dicho proyecto es un encaje de bolillos entre la exigencia de los contenidos a negociar y las formas de organización del movimiento sindical. Es decir, las reivindicaciones y las formas organizativas no son dos variables independientes entre sí: no son dos inquilinos que viven en un común patio de vecinos sino la misma familia que habita en la misma casa. Y lo cierto es que tales o cuales reivindicaciones se ven acompañadas por formas unitarias que, incluso, van más allá de las confederaciones sindicales, es decir, lo que bien pronto empezó a conocerse como los consigli di fabbrica. Tamañas discontinuidades empezaron a poner nerviosos a más de uno, más de dos se encolerizaron, y más de tres hablaron de extremismo: todos ellos, según las categorías que estableció Josep Pla, de “amigos, conocidos y saludados” de Bruno Trentin. O sea, una buena parte de los órganos dirigentes del sindicalismo y un cacho no menos influyente de las direcciones de los partidos políticos de la izquierda. Los dos más notables, Agostino Novella y Giorgio Amendola, el primero había sido el máximo dirigente del sindicato hasta 1962, sucediendo a Di Vittorio; el segundo, el león napolitano del marxismo historicista y pieza clave del partido comunista.


¿Nuevos planteamientos reivindicativos? “Bien”, parecían decir los amigos, conocidos y saludados. ¿Reivindicaciones cualitativas? “Vale, vale”, condescendían con algún enfurruñamiento. Pero, ¿qué es eso de la anarquía de los consejos de fábrica? Ni hablar. El problema estaba, lógicamente, en que parece ser muy complicado eso de ponerle puertas al campo, especialmente si la gente del campo no las quiere. Y, paso a paso, el proyecto tomó espesor, configurándose una cultura unitaria que, desde abajo, influyó lo suyo en las estructuras dirigentes. Los renovadores vencieron elegantemente y, por así decirlo, las medallas se repartieron entre los amigos, conocidos y saludados amén de los que siempre creyeron en la renovación.


No es este el lugar más apropiado para explicar (sería verdaderamente pretencioso por mi parte) la naturaleza de aquel proyecto, ni tampoco de los grandes acontecimientos de aquel otoño caliente. El lector tiene sobradas fuentes de consulta para ello y, especialmente, lo que nuestro autor escribe en este libro y en la bibliografía de nuestro hombre que al final se expondrá. Tan sólo diré, con relación a ello, que tales movimientos fueron de gran importancia para las avanzadillas sindicales de nuestro país (todavía en pleno franquismo) y de lo que, posteriormente, fue Solidarnösc en su lucha contra el totalitarismo neostalinista polaco. En nuestro caso --especialmente en el conjunto del sindicalismo catalán-- la influencia y fuente de inspiración pudo tener algunas consecuencias positivas, concretamente en la mayor sensibilidad hacia el imprescindible gran tema de la unidad de acción. Lo cierto es que hasta las relaciones personales entres los dirigentes sindicales catalanes siempre fueron mejores que en otros lugares españoles: una relación que, pasado el tiempo, mantenemos Luis Fuertes, Paco Giménez y un servidor.


Bruno fue una persona muy respetada en el mundillo sindical de nuestros contornos. Hasta tal punto fue así que, a finales de 1976, se celebró en Madrid un encuentro, organizado por Euroforum, sobre las futuras relaciones laborales en España. Allí hablaron dirigentes empresariales, juristas del Derecho laboral y sindicalistas españoles de CC.OO., Ugt y Uso; el único forastero (consensuado por todos los de la familia sindical) fue nuestro autor. Un servidor que, asume la responsabilidad de la presente antología trentiniana, pensó que también podía publicarse su intervención. No importa que estemos hablando de una conferencia de hace treinta años: su actualidad, si se lee con atención, es bien visible, y me atrevería a decir que sigue siendo útil para las prácticas contractuales de nuestros tiempos. Y tres cuartos de lo mismo podría añadir recomendando otros textos de Trentin que se publicaron, con anterioridad a 1976, en la legendaria editorial catalana Nova Terra. Comoquiera que la vida tiene tantas vueltas, es un detalle simpático que en Nova Terra trabajara, sin percibir remuneración alguna como lo hicieron tantos jóvenes sindicalistas cristianos, el joven Rafael Hinojosa; hoy, Rafael Hinojosa, con ciertos años más, está ya jubilado, y siendo Presidente del Consell de Treball Econòmic i Social de Catalunya se editó en catalán una importante colección de trabajos de nuestro amigo italiano.

Pasada la etapa federativa, Bruno Trentin retorna al máximo órgano de dirección de la CGIL en 1977: está, pues, un poco más allá de la mitad del camino de la vida, como dejó dicho Dante. Lleva consigo un enorme bagaje de experiencias ampliamente contrastadas, y digamos que está en la madurez. Este es, sin embargo, un momento muy delicado para el sindicalismo italiano y, mucho más, para la CGIL. Los comunistas han alcanzado un importante éxito electoral un par de años antes, la situación económica italiana atraviesa una encrucijada dificultosa y los terrorismos de diversos grupos armados (en particular, las Brigadas Rojas) golpean violentamente a diestro y siniestro. Los dirigentes sindicales tienen, por ejemplo, grandes dificultades para hacerse escuchar en foros como los universitarios. Luciano Lama es agredido violentamente en las puertas de la Universidad de Roma y es salvado in extremis por el servicio de orden que ha organizado el sindicato, algunos de aquellos energúmenos están hoy en partidos del arco parlamentario, tan poco recomendables como lo eran los grupúsculos de la porra de antaño. Así pues, fuerte marejada política y grave situación económica que fuerzan al sindicalismo a un comportamiento que ya nada tiene que ver con el de los primeros años de esa década. Es il grande inverno que ha sucedido al otoño caliente. Luciano Lama propone lo que posteriormente se llamó la estrategia del Eur, el lugar donde se celebró un importante encuentro de dirigentes sindicales.


La estrategia de la CGIL --ya digo, conocida como el giro del Eur-- se basó grosso modo en que el sindicato asumía algunos problemas de gran relevancia, como por ejemplo, hacerse cargo de toda una serie de vínculos que venían impuestos por la dura situación económica con la intención de que se creara empleo mediante el despegue económico. Pero, si no voy errado, las limitaciones y debilidades de aquel giro fueron, entre otras, el oscurecimiento del papel y de los objetivos concretos (por ejemplo, las reivindicaciones) del sindicato. Y, por otra parte, aventuro la hipótesis --ciertamente, con la comodidad y el desparpajo de ver las cosas a toro pasado-- de la desconexión entre la estrategia global y la situación en el centro de trabajo. En resumidas cuentas, se proponía un proyecto general capaz de compatibilizar las macro magnitudes económicas sin referencia alguna con los “micro” problemas (los que afectan directamente a las personas de a pie). Visto desde ahora: estaba cantado que el recorrido fuera desde la indiferencia a la no asunción de lo que el sindicato había planteado. Justamente lo contrario del diseño y de las intenciones del Piano del lavoro. Porque el plan divittoriano, con todas sus imprecisiones y generalidades, sí fue capaz (ciertamente, en otro contexto diferente) de provocar un amplio movimiento de masas en exigencia de empleo industrial, reparto de la tierra y modernización de las estructuras del Sur. No digo que consiguiera sus objetivos, afirmo que se puso en marcha una exigencia colectiva por todo ello. O sea, Di Vittorio fue capaz de darle tangibilidad al proyecto, mientras que Luciano Lama, que tantas similitudes tuvo con su maestro, no pudo ofrecer que la palabra se hiciera carne. También en este caso, es mejor que el lector interesado en estos grandes acontecimientos acuda a la abundante literatura trentiniana y saque sus propias conclusiones
[2].


En 1988 nuestro hombre es elegido secretario general de la CGIL, sucediendo a Antonio Pizzinato. No me explayaré en esta parte biográfica porque el lector catalán tiene sobrado material para consultar. Pero sí merece la pena resaltar algo de extraordinaria importancia para la vida de la CGIL: en un momento determinado del mandato de Bruno, ya secretario general, propone la disolución de la llamada componente comunista en el seno del sindicato. Como es sabido, en esta organización existían desde los tiempos fundacionales tres corrientes políticas: los comunistas, los socialistas y una tercera que estaba formada por dirigentes sin partido o de organizaciones menores. La verdad sea dicha: más allá de alguna que otra escaramuza interna, nunca hubo peligro de que aquello se rompiera. La exquisitez y bien hacer de todos los dirigentes de la CGIL y el sentido de la unidad construyeron un acervo de común pertenencia a la casa. También en esto el maestro Di Vittorio dejó clara su enseñanza. Y el mismo Trentin fue una persona querida y respetada por todas las componentes de la CGIL. Parece que estoy viendo a Bruno recibiendo de manos de Ottaviano del Turco, socialista, un magnífico regalo como prenda de amistad de todos sus compañeros de partido durante el congreso del sindicato en Rímini: una pipa (más bien, una cachimba) que había sido propiedad del presidente Sandro Pertini. La señora Pertini se la dio a Ottaviano para que se la entregara al primer espada de la CGIL. Desde luego se trataba de una herencia entrañable; y, dicho sea de paso, nadie fumó en pipa con tanta clase como el presidente Pertini.


Lo cierto es que hacía ya muchos años que las diversas componentes políticas, aunque existían formalmente, pintaban poca cosa. Eran algo así como vestigios de las antiguas tradiciones, dado que las decisiones se tomaban sólo y sólamente en la casa sindical. Hasta tal punto era así que, al igual que antaño se enfrentaron Di Vittorio y Togliatti, Lama y Berlinguer, también Trentin tuvo sus contrastes ásperos con Achille Occhetto. En definitiva, la CGIL era un sujeto social plenamente soberano. Pero comoquiera que seguían existiendo las componentes, nuestro hombre propone (y consigue) la desaparición de la corriente comunista en el interior del sindicato, dejando en evidencia a los responsables de las otras componentes. La operación trentiniana fue más allá del puro formalismo de enterrar lo que había muerto muchos años atrás. Fue una inequívoca señal que indicaba un mensaje al futuro: al sindicato le legitiman los trabajadores con sus comportamientos, y no alguien que está fuera de la casa. El razonamiento venía a ser, si yo lo interpreto adecuadamente, éste: quienes se afilian a la casa sindical lo hacen en virtud de un nexo social y no a través de un vínculo político partidario; el pluralismo ya no es de naturaleza ideológica sino social y cultural. Ni que decir tiene que este planteamiento se venía proponiendo desde hacía algunas décadas, pero la existencia de las componentes lo oscurecía formalmente. Así pues, dicho y hecho: nadie lloró en dicho entierro y la casa se quitó un (veterano) muerto de encima.


En 1994 Bruno Trentin deja la más alta responsabilidad en la CGIL y da paso a Sergio Cofferati. Nuestro hombre, posteriormente, aceptará el encargo de formar parte de la lista de sus amigos, conocidos y saludados para las elecciones europeas.



Segundo


Yo diría que el lector tiene ya un aproximado conocimiento de algunas vicisitudes de la vida de Bruno Trentin. Creo, por tanto, que convendría darle ahora el acompañamiento --por supuesto, con trazos de brocha gorda-- de los elementos teóricos que nuestro autor ha propuesto a lo largo de una fecunda elaboración, expuesta en artículos periodísticos, revistas especializadas, libros y actos de la más variada significación, incluyendo su actividad académica. Esta antología intenta ser representativa del discurso trentiniano. Nuestro hombre se lo merece y también los lectores.


En todo caso, me parece necesario hacer un brevísimo bosquejo de la personalidad intelectual de Bruno Trentin. La primera característica es, sin lugar a dudas, su fortísima independencia intelectual. Hasta tal punto es así que nunca fue considerado por los conocidos y saludados de la (itinerante) familia política en la que está afiliado desde hace cincuenta y cinco años como uno de los suyos o plenamente de los suyos. Salvando todas las distancias que se quiera, recuerda en parte la independencia de pensamiento de Karl Polanyi que nunca se casó ni con los romanos ni con los cartagineses. No se trata, en ambos casos, de una cómoda estética equidistante; es, tal vez, el rechazo de todo tipo de maniqueísmo. Esta forma de ser de ambos resulta más complicada en el caso de nuestro autor porque ha sido siempre un hombre (en plural) de organización. Mientras que Polanyi iba totalmente por libre. La segunda consideración es que, en el caso de nuestro autor, esa independencia de criterios ha sido extremadamente útil al movimiento organizado de los trabajadores. La razón, a mi parecer, es bien sencilla: la línea conductora “reflexiono sobre lo que veo”, “propongo”, “decido con los demás” y posteriormente “verifico los resultados” es (dicho gramscianamente) la praxis de Trentin. De manera que el itinerario de la reflexión-propuesta-decisión-verificación es quien construye la línea de conducta de Bruno Trentin. Y digo que es útil porque todo el recorrido no viene prejuiciado por ningún tipo de consciente apriorismo. No sabría decirlo con precisión, pero intuyo que esa actitud es la que lleva a nuestro autor a insistir con mucha cabezonería en la necesidad de los vínculos y compatibilidades de todo el cuaderno reivindicativo que el sindicalismo pone encima de la mesa a la hora de negociar con su contraparte. Este es un elemento que descuidamos los sindicalistas de mi generación, y es posible que lo hayamos dejado en nuestro abstracto testamento a las nuevas generaciones.


Cuando yo no tenía otra cosa que hacer me ponía a considerar en qué “escuela” de pensamiento podía estar encuadrado Trentin. Confieso que sigo sin saberlo. De manera que, posiblemente, mi pasatiempo sea una forma simpática de pasar el rato. En todo caso, a un marxista ortodoxo le sorprenderá sus amables referencias a figuras como, por ejemplo, Rosa Luxemburgo o Karl Korsch, de los que también toma sus distancias. Por otra parte, los amigos incondicionales de Gramsci puede que encuentren piedra de escándalo que Trentin se distancie del autor de los “Cuadernos de la Cárcel” en torno al americanismo y el taylorismo. Y es que Bruno ofrece las suficientes pistas para pensar que es ante todo un libertario. Lo que ocurre es que esta palabra tiene, en Catalunya y España, unas connotaciones (lo suficientemente conocidas entre nosotros) que podría despistar, si lo mantenemos así, a más de uno. Naturalmente, entiendo por libertario lo definido en su sentido primigenio: la libertad ante todo. Léase, para mayor abundamiento, su ensayo La libertad como apuesta del conflicto social. Así pues, y yendo por lo derecho: Trentin no es encuadrable, al menos en las convenciones académicas al uso. Pero sí diré que es una “esponja”, capaz de absorber las mejoras prácticas y experiencias de todo lo que se ha movido desde la izquierda y el progreso: Marx y los woblies, en los lejanos antaños; los padres fundadores del sindicalismo italiano y Antonio Gramsci; Di Vittorio y Foa; las corrientes de la izquierda minoritaria que “no ha vencido” y los movimientos de trabajadores de ayer y hoy. Atención: cuando hablo del Trentin-esponja no se me pasa por la cabeza que huela a sincretismo ni a mezcla irregular de contenidos. No, la cosa es formalmente más sencilla: la savia capacidad de incorporar aquellas zonas de razón práctica de todo lo que cuenta con un punto de vista fundamentado de cara a la humanización del trabajo, la autonomía de la persona y el universo de los derechos.


Debo aclarar a un hipotético despistado que Trentin es, ante todo y sobre todo, un sindicalista. Es decir, una persona que elabora unas demandas concretas; que se sienta a negociar con la contraparte; que firma unos determinados acuerdos; que organiza y convoca el conflicto social cuando entiende que se han cerrado las puertas a cal y canto, pero que, simultáneamente, es el hombre de las mediaciones. Lo que excluye, por supuesto, la introversión intelectual. Por ejemplo, en algunos de los trabajos que publicamos en este libro, nuestro autor explica que se reúne con los chicos y las chicas para conocer de primera mano los problemas de los pizzeros, los pinchadiscos de las discotecas, los chavales que trabajan en los mcdonalds, los que diseñan los planes informáticos, los estudiantes de los institutos… Es decir, toda la variedad juvenil del Arca de Noé, que están encantados de la vida de encontrarse con uno que les habla sin concesiones ni paternalismos; con alguien que no les explica las batallitas del abuelo Cebolleta de los viejos tiempos. De ese mantillo saca Bruno Trentin sus reflexiones y propuestas. O sea, tres cuartos de lo mismo de cuando, siendo el máximo dirigente de los metalúrgicos, preparaba el convenio colectivo en reuniones y asambleas de trabajadores. De donde podemos presumir que las plataformas contractuales, desde el inicio hasta el final, no eran el resultado de un encuentro entre notables, pongamos por ejemplo entre Pedro y Pablo. La materia a negociar quería ser el resultado de la discusión informada y de un debate que proponía las prioridades y los vínculos entre unas y otras materias. Lo que viene a explicar, en mi opinión, que una cosa es un sindicato de los trabajadores y otra cosa es un sindicato para los trabajadores. O, dicho de un modo menos directo: no es lo mismo un sujeto legitimado por las personas que quien se auto legitima así mismo.


Por último, en estos aspectos, importa añadir que Trentin ha sido siempre un sindicalista que ha hablado con enorme claridad y sin concesiones a la galería, papanatas incluidos. Junto a Luciano Lama salió a la escena, ya en los primeros momentos, atacando con dureza lo que se llamo el terrorismo rojo: el de las Brigadas Rojas y otros grupos. Uno y otro afirmaron que no eran compagni che sbagliano (compañeros equivocados) sino terroristas puros y duros: enemigos declarados de la democracia y las libertades. Lo dijeron mucho antes que tales asesinos mataran a Guido Rossi en Génova o le hicieran la vida imposible a mi amigo Claudio Sabattini, destrozándole la cara y las manos en varias ocasiones.


En otro orden de cosas, nuestro hombre no dio cuartelillo a las expresiones corporativas de algunos sectores asalariados. De ahí su insistencia en el sindicato general, esto es, el sujeto que asume las más variadas demandas y deseos, incluso personales, de los trabajadores. Una expresión clara, como quien da a entender (esta es mi particular interpretación) que, en cierta medida, los descuidos del sindicato podrían estar en la base del nacimiento y extensión de determinados corporativismos y particularismos. Y, por otra parte, atiza sonoros coscorrones a toda una serie de investigadores sociales que, como Rifkin, hicieron su agosto anunciando que había muerto el trabajo asalariado; por no hablar de la literatura apocalíptica à la Forrestier, que tuvo un cierto predicamento en determinados grupos.

Hasta aquí los trazos de brocha gorda sobre la personalidad intelectual de nuestro autor. De modo que ya va siendo hora de entrar en las ideas fuerza que Trentin ha ido condensando a lo largo de toda su vida militante. Creo que esta antología ofrece elementos más que suficientes para que el sosegado lector sepa a qué atenerse. De todas formas, para mi paladar, la obra más acabada es La città del lavoro (Feltrinelli, 1997). Me permito un guiño para quienes siguen en la cofradía de poner etiquetas y desparpajadamente consideran a Trentin como un reformista, en su chocarrera acepción antigua, esto es, como sinónimo de social traidor o cercano al colaboracionismo. Ese viejo león de la izquierda que es Pietro Ingrao, tras leer este libro, afirmó que debería estar en la cabecera de toda la izquierda: la social y la política. Y, como es sabido, el maestro Ingrao ni tuvo ayer ni tiene hogaño pelos en la lengua. Más todavía, el viejo león lo dijo cuando sus relaciones políticas con Trentin ya no se caracterizaban por los acuerdos de otros tiempos. Ahora bien, mientras esperamos que alguna editorial, o alguien con posibles, edite La città del lavoro (atendiendo las sugerencias indirectas del profesor Antonio Baylos, que siempre lo tiene presente en su aparato de citas), sí estamos en condiciones de recordar que, con esta antología, el lector tendrá una idea cabal del corpus teórico de Bruno Trentin. Mientras tanto, es posible que Antonio Baylos y un servidor nos convirtamos en una orden mendicante buscando desesperadamente quien pueda editar el libro del maestro. Estando, pues, a la espera de tamaña epifanía, los rasgos más fuertes del pensamiento de Trentin son los que vienen a continuación.


1.-- El movimiento obrero tradicional (sindicatos y partidos) ha sido cooptado culturalmente por el sistema de organización del trabajo del fordismo-taylorismo, a lo largo de todo el siglo pasado. Es decir, ha sido un sujeto, en los terrenos políticos y sociales, subalterno de un sistema que, desarrollándose en el centro de trabajo, atravesaba la vida social y cultural urbana. Ahora bien, si bien la potente y vertiginosa innovación tecnológica ha enviado al otro mundo el fordismo (que está definitivamente en crisis), el taylorismo sigue vivo y coleando, lógicamente con otro pelaje y colorido. De manera que, por decirlo en palabras llanas, la más famosa “pareja de hecho” del siglo XX (el taylorismo y el fordismo) se ha roto. Sin embargo, los rasgos fundamentales del taylorismo --la rígida división técnica de las tareas y de las funciones, construidas con una extremada parcelación y la no menos rígida división jerárquica del trabajo con el secuestro de saberes y autonomía que hace, abrupta o sutilmente el vértice del management-- están ya en crisis tras los últimos coletazos de la producción en masa y estandarizada. Así pues, los nuevos imperativos (la cualidad del producto y la cualidad del trabajo) exigen un nuevo modo de trabajar, esto es “un trabajo dotado de capacidad polivalente, capaz de expresarse libremente y enriquecer el concreto “saber hacer”, si es que se quiere adaptar a los cambios y a la necesidad de saber “resolver los problemas”. Todo ello, afirma Trentin, se confronta con el dogma taylorista, todavía mayoritario en el management.


Pero, tras la desaparición gradual del fordismo y las potentes inercias del taylorismo se abren algunas interrogantes. Por ejemplo, si se comparte dicha tesis, es lógico que nos preguntemos: ¿las prácticas contractuales, en sus diversos escenarios, entre los agentes sociales y los operadores económicos, responden a esa consideración? ¿es aventurado afirmar que los contenidos negociales son todavía, por lo general y salvadas algunas excepciones, de naturaleza fordista? Más madera: si el taylorismo sigue vivo y coleando, aunque no con los tonos hoscos de ayer ¿podemos entender que es un sistema que se da por sentado por los siglos de los siglos? En caso contrario, ¿es posible --y de qué manera-- superar definitivamente el taylorismo? Y, hablando sin pelos en la lengua: ¿es posible tirar ya a la papelera el historicismo del siglo XX, que ha impregnado la gran mayoría del movimiento de los trabajadores, que consideraba dicho sistema de organización del trabajo como santo, santo, santo?


Desde luego, no se trata de planteamientos academicistas sino de saber en qué etapa se encuentran los cambios tecnológicos, los sistemas organizacionales, las transformaciones en la condición asalariada y, por consiguiente, qué contenidos deben tener, estando así las cosas, los procesos contractuales. En otras palabras, si todo ha cambiado, las demandas no pueden tener (si es que esto es así) una naturaleza fordista. Desde luego, pasar a un nuevo paradigma contractual es un reto inaplazable para todos los que intervienen en los lados diversos de la mesa de negociaciones. Todo un reto, ciertamente. Pero que también afecta al mismísimo corazón del Derecho laboral que, según el maestro Umberto Romagnoli está, por razones diferentes, “en el congelador”: una reflexión que desafía a los operadores jurídicos y particularmente al iuslaboralismo.


Ocurre, no obstante, que no es concebible una renovación del iuslaboralismo si la negociación colectiva (no se olvide que es “fuente de Derecho”) no alimenta a aquel de manera conveniente. De modo que si se desea descongelar el iuslaboralismo, no hay más cera que la de la profunda reforma de los contenidos de la negociación colectiva. Sobre ello no tardaremos en hablar.


2.-- Afirma nuestro autor: tal como están nuestros tiempos es urgente proponer que el contrato de trabajo tenga otro carácter. Aclaremos la terminología, Trentin no está hablando de crear otro tipo de contrato, sino darle al contrato de trabajo otra naturaleza. El razonamiento es de largo respiro: las grandes transformaciones que están en curso, cada vez más vastas y vertiginosas, requieren que el viejo instituto del contrato de trabajo ofrezca, como mínimo, las mismas garantías que tuvo el de antaño, todavía vigente. Porque no es simétrico que si todo ha mudado, el contrato de trabajo siga exactamente igual que en los tiempos del ya fenecido fordismo. Dejaré las cosas aquí, porque pienso que el lector debería acudir para una mejor precisión a la lección magistral que nuestro autor pronunció en la Universidad de Venecia (Ca’ Foscari) con motivo de su nombramiento como Doctor Honoris Causa.


Tengo para mí que esta propuesta (el nuevo carácter del contrato de trabajo) podría ser la madre del cordero cuando se habla de reformas estructurales, dos palabras que se están convirtiendo ya en palabrejas de tan sobadas como están y tan ausentes de contenido real.


3.-- Sin lugar a dudas, la negociación colectiva es la actividad fundamental del sindicalismo confederal. Nuestro autor (de manera insistente) propone que el aspecto central de dicho instituto sea la formación a lo largo de la vida laboral de cada persona. De un lado, se trata de hacer frente a los gigantescos procesos de innovación tecnológica; de otra parte, pone especial énfasis en que se aborden los grandes temas de la flexibilidad, que ya no es un acontecimiento puntual sino “fisiológico”. Trentin argumenta tesoneramente que hay que negociar la flexibilidad para que ésta no se convierta en una patología sino en una fuente que ofrezca oportunidades de autonomía y promoción. De ahí la importancia que concede a la formación no sólo como puntal ineludible de la negociación colectiva sino de todas las políticas de welfare state.


Las reflexiones trentinianas sobre la flexibilidad son especialmente tan necesarias como oportunas, toda vez que mayoritariamente el sindicalismo europeo todavía no acaba de coger ese toro por los cuernos. De ahí que tal debilidad sea aprovechada por las (diversas) contrapartes de una manera unilateral. Así las cosas, un servidor piensa que no es aventurado decir que allí donde se produce un mayor descuido en relación a este asunto (la flexibilidad) el sindicalismo confederal pierde poder de negociación y está en peores condiciones para abordar la formación “a lo largo de todo el arco de la vida laboral”.


4.-- Vale la pena prestar la mayor atención en todo el razonamiento de nuestro hombre a la gran cuestión de los tiempos de trabajo. También en este tema Trentin polemiza sin ningún tipo de concesiones a la galería, sobre todo contra quienes han convertido la semana de 35 horas en pura mitomanía.


Ni que decir tiene que Bruno Trentin es partidario de la reducción de lo que, en la jerga más común, se llama la jornada laboral. Sin embargo, la concepción del autor es más amplia y supone una discontinuidad conceptual: se trata del tiempo de trabajo. Que no es exactamente lo mismo que la tradicional formulación de la jornada laboral. Una aportación (que viene haciendo desde hace ya muchos años) que está estrechamente vinculada al conjunto de las variables de los sistemas de organización del trabajo y a los tiempos de vida o existenciales, esto es, de no-trabajo. Como se ha dicho, nuestro autor es partidario de la reducción de los tiempos de trabajo, pero insiste que es más fundamental el control del tiempo por parte de los trabajadores.


La cosa, en efecto, es de la mayor importancia, máxime en estas épocas de llamativos y poderosos ataques a la reducción de los tiempos de trabajo en cuantiosas empresas alemanas y francesas. Unas amenazas que han cogido al sindicalismo de improviso y que, de momento, se están saldando con notables derrotas del movimiento de los trabajadores. No sólo porque no se avanza sino porque, incluso, se están dando importantes retrocesos; la amenaza es clara: o se aumenta el tiempo de trabajo o deslocalizamos la empresa (o parte de la misma) a otras latitudes. Importante, además, porque nunca como ahora ha habido tanta saturación de trabajo por hora realizada merced a la versatilidad y eficiencia de las nuevas tecnologías. Como alguien acostumbra a decir, el tiempo en el centro de trabajo ya no tiene las porosidades de antaño.


Hablando en plata: el movimiento sindical, a mi juicio, tiene un enorme retraso (otra herencia inconveniente que dejamos los sindicalistas de mi generación) con relación a este tema. De un lado, la literatura contractual sigue formulando unos tiempos de trabajo como si todavía se estuviera en pleno paradigma fordista; de otra parte, sigue invariable en lo esencial frente a la emergencia de las nuevas subjetividades (especialmente, las mujeres y los jóvenes) que tienen una concepción diferente de los tiempos de trabajo. Uno de los más prestigiosos sindicalistas europeos (el español Isidor Boix) llamó la atención hace ciertos años al respecto con motivo de la negociación del convenio colectivo de la empresa Michelin, de Vitoria. Nunca se cansa de explicar que, en los debates previos de aquella negociación, era bien visible que hablaban sobre este tema de manera diversa los trabajadores veteranos y los jóvenes veinteañeros.


Pero también el sindicalismo tiene una asignatura pendiente en este asunto. Trentin, por ejemplo, refiere que siempre hubo un vínculo (más o menos aproximado) entre la exigencia de reducir la jornada laboral y algo: algo que iba cambiando con el paso de los años. En el caso de nuestro país, la cosa es también muy clara: primero estuvo relacionada frente a las larguísimas jornadas laborales; más tarde, los viejos anarcosindicalistas barceloneses de la segunda década del siglo pasado libraron la conocida movilización de los Tres Ochos (ocho horas de trabajo, ocho de tiempo libre y ocho de descanso) que, con sus limitaciones, parecía indicar una primera aproximación entre tiempos de trabajo y tiempos de vida; para, mucho más adelante, buscar intuitivamente lo que se nos antojaba una ecuación virtuosa, el vínculo entre trabajar menos horas para que trabajen más personas, que los cambios tecnológicos pusieron en radical entredicho.


El caso es que --ésta es una suposición personal-- hoy nos encontramos sin saber qué vínculo se propone entre la reducción del tiempo de trabajo y algo: se trata de una limitación que pesa como una losa de mármol sobre las exigencias sindicales. Mientras tanto, las demandas sindicales siguen, por lo general, o ralentizadas o sin proponer las compatibilidades entre tiempo de trabajo y conjunto de las variables de los sistemas de organización del trabajo, o una conducta que sea capaz de aprehender de qué manera quieren vivir los tiempos las diversas tipologías del trabajo asalariado.


5.-- Con los datos que tengo en la mano, puedo decir que Bruno Trentin es el sindicalista que más ha escrito sobre el Estado de bienestar. Y algo más, en todos y cada uno de sus trabajos siempre habrá una referencia pormenorizada a los problemas de (en su sintaxis) el welfare state. Es decir, toda la construcción trentiniana (aunque verse sobre temas monotemáticos, por ejemplo, los contenidos de la negociación colectiva) tiene como telón de fondo el welfare state. De ahí que, también, la obsesionante propuesta de la formación “a lo largo de toda la vida laboral” sea una estrofa recurrente. La razón no es otra que la redefinición de un moderno sistema de protecciones a la luz de lo que es la constante de nuestro autor: estamos en un nuevo paradigma, el gigantesco proceso de mutaciones de las innovaciones tecnológicas que han enviado al otro mundo el fordismo y puesto en crisis el taylorismo.


Y comoquiera que la famosa “pareja de hecho” ya no es lo que era, su notario (el welfare state) está sumamente envejecido y ya no ofrece las tutelas de antaño. El lector hará bien en acudir directamente a la literatura de nuestro autor. Pero sí quiero traer a colación otra “anomalía” de nuestro hombre. Por lo general, los sindicalistas europeos han sido (y todavía mantienen esas composturas) un tanto jacobinos, dicho sea en su versión centralista y centralizante. Es algo así como un código genético que sigue impregnando una buena dosis de las prácticas del Gotha sindical de todas las habitaciones de la casa sindical europea. Trentin se escapa de esa tradición, así en los aspectos de la negociación colectiva como en los planteamientos del Estado de bienestar. Lo que para los sujetos sociales y las organizaciones empresariales catalanas es un soporte en toda la regla.


Nuestro autor nos habla principalmente de un welfare descentralizado, donde las “regiones europeas” y las administraciones locales tengan una parte importante de competencias con sus respectivas dotaciones financieras para llevarlas a la práctica. Hasta donde yo conozco, sólo el sindicalismo confederal catalán ha hecho propuestas similares; y, en el terreno político, quien más se ha aproximado a ello ha sido Raimon Obiols, especialmente en un libro (poco citado por sus parciales) como es Los futuros imperfectos (1987).


Y, como no hay dos sin tres, vale la pena resaltar que el “anómalo” Trentin no se anda con miramientos a la hora de proponer lo que nadie del mundillo sindical europeo ha planteado hasta la presente y que tiene todos los componentes de una sonora provocación, lo que nuestro autor llama favorecer el envejecimiento activo con carácter voluntario, por supuesto. Para los polemistas que sacan las cosas de su contexto debe repetirse que se trata, en efecto, con carácter voluntario. La polémica tesis que se plantea es: en determinados sectores se puede seguir trabajando más allá de la edad, considerada legalmente de jubilación. Y dejemos las cosas así con el ánimo de que el lector acuda a la fuente más autorizada que es el autor.


6.-- El sindicalismo debe organizar nuevas formas de representación, subraya “parenéticamente” nuestro autor. De un lado, las grandes convulsiones tecnológicas y de los sistemas de organización del trabajo y, de otra parte, las nuevas expresiones emergentes del trabajo fuerzan al sujeto social a una autorreforma organizativa que tenga la mayor simetría con el “trabajo que cambia”. Esto es, si la morfología del centro de trabajo es ahora irreconocible para quien no se haya dado una vuelta por ahí en unos cuantos años, es necesario y urgente acomodar las expresiones del movimiento organizado de los trabajadores a tanto ajetreo; si vivimos en un universo caracterizado por la aparición de múltiples desagregaciones laborales y de tan diversas tipologías asalariadas nuevas, no es posible que se siga manteniendo una forma-sindicato, más o menos igual a la que tenía cuando las nieves de antaño.


Trentin sabe no poco de estas cuestiones. Quien estuvo en primera línea (ya lo hemos indicado más arriba) en la auto reforma organizativa del sindicalismo italiano, a principios de los setenta, con la experiencia de los consigli di fabbrica, dispone de la suficiente autoridad para insistir en el tema. Fue aquella una experiencia (no sólo organizativa, evidentemente) que empezó en la organización sindical de los metalúrgicos. En mi opinión cubrió, como mínimo, los siguientes objetivos: 1) acomodó la organización a los cambios en la fábrica, 2) dio una gran amplitud y densidad a la representatividad de la representación en el centro de trabajo, 3) creó una fuente añadida de independencia y autonomía al sindicalismo, 4) democratizó las formas de la representación y 5) fortaleció los vínculos unitarios del movimiento y del propio sindicalismo.


Pues bien, la pregunta es: ¿tras tanto cambio de los últimos tiempos, hay que seguir insistiendo en el mantenimiento de la actual forma-sindicato? El maestro Trentin insiste en la necesidad de la auto reforma. Y lo hace con tanto coraje como en su día lo hiciera nuestro Joan Peiró a pesar de las caras de pomes agres de no pocos de sus compañeros de la legendaria CNT en su famoso Congreso de Sants. En efecto, Peiró tuvo que sudar la gota gorda para que sus compañeros admitieran este razonamiento: ¿qué sentido tiene mantener los sindicatos de oficio cuando la organización del trabajo ha cambiado?, y ¿qué utilidad nos puede deparar si hasta los empresarios se organizan en federaciones de toda la industria de sector? Y sin embargo, lo que al maestro vidriero le parecía de cajón, se retorcía en discusiones inacabables que, en el fondo, manifestaban perezas intelectuales o viejos intereses “de cuerpo”. Finalmente, Peiró acabó saliéndose con la suya.



7.-- La autorregulación de la huelga sale con toda su fuerza en los dos apasionados coloquios con los estudiantes que publicamos en este libro. Al lector poco avisado hay que aclararle que esta autorregulación no significa abandonar el derecho al ejercicio de la huelga; se trata de ver la manera de cómo realizarla en determinadas circunstancias. Esta es una tesis y, sobre todo, una generalizada praxis del sindicalismo confederal italiano que tiene su aplicación especialmente en los servicios públicos de la comunidad. En la elaboración italiana de los diversos modelos autorreguladores del conflicto social han participado conjuntamente sindicalistas y iuslaboralistas mediante una colaboración que no tiene paralelismos con otros países europeos. Eminentes juristas como Umberto Romagnoli y Gino Ghezzi, entre otros, han trabajado codo con codo con lo más granado de las direcciones sindicales, dejando una dogmática jurídica y una serie de propuestas que son, en nuestro caso, suficientemente conocidas por los estudios que han hecho los profesores Rodríguez-Piñero y Baylos Grau, y en el caso catalán por Miquel Falguera y Eduardo Rojo, entre los más perseverantes.


¿De qué se está hablando? Chispa más o menos, de lo siguiente: quien convoca el conflicto, lo gestiona. Ahora bien, no es lo mismo el ejercicio de la huelga en una empresa, digamos, metalúrgica que en una que ofrezca servicios públicos. Esta es la razón: en el primer caso, existen dos sectores en confrontación, los asalariados y la contraparte; en el segundo escenario están los asalariados, la empresa de servicios públicos y los usuarios. En ningún caso se debe renunciar al ejercicio (constitucional) de la huelga. Pero los códigos de conducta de cómo convocar la huelga y de qué manera llevarla a cabo deben ser diferentes. Primero, por el carácter público de la empresa; segundo, porque no se puede dejar tirados en la cuneta a los usuarios; tercero, porque si no se tiene en cuenta ese universo de los usuarios o, peor aún, si se les convierte en una especie de rehenes, se produce una enorme bolsa de hostilidad contra las demandas del movimiento de los trabajadores y contra el mismo sindicato. Por ejemplo, ¿es de sentido común realizar la huelga de transportes cuando centenares de miles de trabajadores se disponen a irse de unas (bien merecidas) vacaciones haciéndoles algo más que la pascua? o ¿es solidario encadenar indiscriminadamente una huelga en la Sanidad? Bruno Trentin responde enérgicamente que la comunidad debe tomar cartas en el asunto cuando se producen esas situaciones, aunque no va más allá de dicha advertencia.


También en el caso de la autorregulación de la huelga, el sindicalismo catalán ha sido el más avanzando en nuestro país. No obstante, tengo la impresión que éste es un guadiana que se mete en tierra y reaparece de vez en cuando sin acabar de perfilar una conducta práctica. Y, en este caso, más vale decir las cosas por su nombre: si no existe una autorregulación de la huelga en Catalunya, las responsabilidades no están en el sindicalismo.


Lo cierto es que quienes se pasan más de media vida exigiendo que el sindicalismo se modernice, se tambalean cuando éste propone algo profundamente renovador. Digamos que la exigencia de modernización es más bien “de boquilla”, de cara a la galería. En el fondo se prefiere un sindicato desfasado porque, de esa manera, se reduce su representatividad y su poder de negociación. Porque, fracasados los intentos (aunque nunca de manera definitiva) de domesticar al sujeto social, es más conveniente que se quede con unos conocimientos, limitados a la regla de tres compuesta. Ir más allá de tan venerable algoritmo produce escalofríos. Voy a lo siguiente: se remolonea ante la propuesta de autorregulación de la huelga porque ello daría un gran protagonismo al sujeto social, una capacidad de establecer amplias alianzas y, sobre todo, una superior legitimidad de las demandas sindicales en su relación con las formas de movilización. Por eso, pienso que es imprescindible que el guadiana vuelva a salir a la superficie, también con el ánimo de poner en un brete a quienes remolonean más de lo conveniente, al tiempo que plantean la vacuidad de unas reformas estructurales que recuerdan el dicho portugués: muita parra e pouca uva.


8.-- El tema de los saberes y conocimientos atraviesa toda la literatura trentiniana. Su ambiente familiar (su padre, Silvio, catedrático; su hermana, Franca, profesora) tuvo que influir enormemente en el carácter de Bruno y en la importancia que siempre ha dado a la cultura. Digamos que este es un aspecto que conecta con las mejores tradiciones del sindicalismo catalán con su potente tejido de bibliotecas y ateneos, por ejemplo.


Es de notar que donde nuestro autor pone el acento con mayor energía es en la necesidad de romper la tendencia a la separación que puede provocar los nuevos aparatos tecnológicos, de ahí su insistencia en romper la brecha digital. Y no seguimos insistiendo en este aspecto, toda vez que hemos hablado largo y tendido de su recurrente discurso sobre la formación a lo largo de todo el arco de la vida laboral. No obstante, es preciso llamar la atención que Trentin coloca el acceso a los saberes y conocimientos en lugar destacado del elenco de nuevos derechos de ciudadanía, dentro y fuera de los centros de trabajo. De manera que no sería inadecuado, en mi opinión, que el sindicalismo estableciera las bases para conseguir lo que podríamos denominar el Estatuto de los saberes con el objetivo siguiente: más saberes y más conocimientos para todos.






* Publicado en el libro “Antología de Bruno Trentin”. Fundación Sindical de Estudios, Madrid 2007


[1] Adolfo Pepe: Il Patto di Roma e il sindacalismo confederale (Seminario sobre el Pacto de Roma, del 8 de junio de 2004) Publicado por la Fondazione di Vittorio.
[2] Bruno Trentin, Il coraggio dell’utopia (Rizzoli, 1994)

14 October 2006

HOMENAJE A UMBERTO ROMAGNOLI


HOMENAJE A UMBERTO ROMAGNOLI
José Luís López Bulla*

PrimeroUna vez más la incisiva (y siempre lúcida) pluma de Umberto Romagnoli plantea desafíos de gran envergadura. El maestro pone encima de la mesa una serie de cuestiones –espinosas, se diría-- con el desparpajo y pasión que le da su veterana juventud. Como no podía ser de otra manera, Romagnoli, en su conferencia madrileña El renacimiento de una palabra --donde la expresión “nacer de nuevo” tiene innegables connotaciones que recuerdan el Lorenzo Valla del Elegantiae de 1440-- arranca provocadoramente: “No me parece que hasta ahora se haya subrayado adecuadamente cómo la palabra sindicato ha comenzado a dar señales de malestar justo cuando ha obtenido el permiso para circular libremente en el lenguaje común...”. Y, un poco más adelante, sostiene que “la polisemia que le ha agredido (al sindicato y a la huelga) no está originado por el esnobismo intelectual o por la neurosis de unos pocos. El propio sindicato no sabe ya cuál es su identidad”. Son palabras que --aunque dichas por uno de los nuestros, inequívocamente de los nuestros, o precisamente por ello-- provocarán sin duda más de una urticaria a la gente de piel sensible. Sin duda, el maestro provoca. Pero, comoquiera que domina poderosamente el lenguaje, interpreto que debemos reencontrarnos con la etimología: pro-vocar es volver a llamar, volver a llamar la atención.
Por otra parte, nuestro hombre no sólo inquieta a los sindicalistas; también provoca a los operadores jurídicos acerca de la naturaleza, pasada y presente, de ese artefacto que es el Derecho laboral. Naturalmente Romagnoli, ni que decir tiene, sabe de qué pie calza el sujeto. Y he aquí algo de lo que le dice: “Más estrábico que miope, el derecho del trabajo no ha comprendido a tiempo que estaba convirtiéndose nada más que en el derecho de los ocupados y por tanto en un instrumento de privilegiados en defensa de sus empleos, mientras que –cuando al trabajo perdido se suma una cantidad ingente de trabajo no encontrado– estado de necesidad y marginalidad social son connotaciones que cualifican fundamentalmente a los sin-trabajo que, en la sociedad de los “dos tercios”, constituyen justamente el tercio excluido”. Me interesa decir que este mundo dual es posiblemente la gran obsesión de Romagnoli; sobre ella viene avisando al sindicalismo y al derecho laboral, incluso antes que Lindbeck y Snower –estos dos con objetivos diversos a las del jurista italiano-- enviaran sus potentes mensajes sobre la relación entre insider y outsider.
En resumidas cuentas, el maestro interpela sin protocolo de ninguna clase a la famosa pareja de hecho del siglo XX: el sindicalismo y el Derecho laboral. Realmente, el tronco central de las fuertes observaciones de Romagnoli a los dos miembros de la pareja tiene un sentido unitario: os estáis preocupando sólo de una parte del conjunto asalariado. Reincido: son palabras de uno de los nuestros. Que, siguiendo la literalidad del texto romagnoliano, van en la dirección contraria de las enemistades y adversarios de la pareja. Las enemistades tolerarían como un fastidio al sindicalismo y al Derecho laboral; los adversarios preferirían que la pareja desapareciera de la faz de la tierra.Segundo

Confieso que me turbé la primera vez que leí el ensayo de Romagnoli; más todavía dejé escrito, de manera poco prudente, que veía desencantado al maestro
[1]. Y, para mis adentros, pensé en la última estrofa del magnífico soneto de nuestro Garcilaso: Si no, sospecharé que me pusiste / en tantos bienes porque deseastes / verme en memorias tristes, devolviéndole una pelota que nuestro amigo italiano lanzó a un iuslaboralista español. Mea culpa, y retiro lo dicho. Ahora bien, la verdad es que sigo pensando de una manera diversa a cómo el maestro Romagnoli plantea la cuestión, aunque no ciertamente de modo incompatible. Quiero decir que veo las cosas desde otro punto de vista porque entiendo que se corre el riesgo de magnificar la adhesión de masas que tuvo el sindicalismo o la relación sentimental de los trabajadores con éste en tiempos antiguos en detrimento de cómo están las cosas ahora. En aquellos tiempos antiguos, el sindicalismo tuvo no pocos problemas. Y porque, así mismo, entiendo que en aquellos tiempos de antañazo también el sindicalismo tenía atrasos en relación a los cambios que se iban operando. Es decir, sobre lo que estamos hablando hay pocas cosas nuevas bajo la capa del Sol. De modo que el juicio mesurado que debe hacerse sobre la actual “identidad” del sindicato no debería ser en clave de ‘confrontación’ con su manera de ser de los viejos (y malos) tiempos.


Me explico: no debería orientarse a considerar que en los viejos tiempos el sindicalismo era un sujeto puro y que, en la actualidad, ya no es lo que era. Porque sencillamente es radicalmente falso. Perdón: ni antes era tanto ni ahora es tan calvo. Ni antes eran tanto para empequeñecer lo actual, ni ahora es tan poca cosa para engrandecer su pasado. Ciertamente, el maestro Romagnoli no parece que compare una y otra situación, pero podría ser parcialmente responsable de un tipo lectura a la que (involuntariamente) parecería que da pie: las viejas y nobles glorias de ayer frente a la poquedad de hoy sería una lectura tan interesada como irreal. Pero, más allá del subjetivismo de un servidor, la argumentación de fondo romagnoliana tiene todo el sentido. El sindicalismo confederal necesita lo que metafóricamente podemos denominar un re-nacimiento.
Naturalmente, tres cuartos de lo mismo se puede decir del Derecho laboral. Pues bien, mi rumbo diverso con relación al importante ensayo del maestro Romagnoli se orienta en esta dirección: de un lado, el sindicalismo confederal todavía no se ha ubicado en el nuevo paradigma de la innovación-reestructuración tendencialmente globalizada; de otro lado, tampoco el sindicalismo confederal es un sujeto incluyente de lo que, con acierto, el maestro denomina pobreza laboriosa. No obstante, vale la pena hacer una constatación: las grandes movilizaciones que ha protagonizado el sindicalismo confederal español (por ejemplo, las huelgas generales) han tenido, todas ellas, un llamativo carácter incluyente porque el objeto de dichas presiones sindicales no eran los asalariados con trabajo fijo sino los jóvenes en busca de su primer empleo, los precarios, los jubilados. Lo que se dice para su debida constancia. Ahora bien, otro gallo le cantaría al Derecho laboral si el sujeto social estuviera ubicado en el actual paradigma porque los achaques de éste tienen mucho que ver con la conducta de aquel. O, si se prefiere, la ‘jurisdicción’ sindical repercute siempre en el iuslaboralismo.


De aquí infiero que es realmente negativo que los dos miembros de la pareja de hecho apenas si se hablan. En eso me recuerdan los dos viejos retratos de mis abuelos que presidían el comedor de mi casa santaferina: llevaban más de cuarenta años observándonos, colgados en la pared, y ni siquiera se dirigieron entre ellos una miradita en tanto tiempo. Más adelante retomaré el asunto de las relaciones entre la pareja de hecho. Tengo para mí que el sindicalismo confederal –no ubicado en el paradigma posfordista y, por lo tanto, asimétrico con la realidad de la empresa innovada-- sigue contagiado de la doblez que tenía en los tiempos de mi generación: la literatura sindical oficial (la apalabrada en los congresos) propone situarse, a veces enfáticamente, en los cambios de hoy mientras que la literatura real (la que se estipula en las negociaciones colectivas) permanece en las nieves de antaño. Es decir, por lo general se actúa igual que en mis tiempos: nosotros predicábamos en los congresos el nuevo testamento, pero en las cosas de la vida seguíamos la doxa véterotestamentaria.


Ciertamente, dejamos en herencia un estilo poco recomendable. Así que, al menos en este sentido, la cuestión es que, para re-nacer, es necesario matar definitivamente al padre. Porque, en caso contrario, llegará un momento en que los responsables serán los herederos. En el caso español las cosas se nos complican no poco porque todavía el peso de las prácticas sindicales en las negociaciones colectivas viene contagiado por las disposiciones administrativas de las extintas Ordenanzas Laborales, precisamente en los grandes temas de la organización del trabajo: miles de convenios colectivos fijan en sus cláusulas lo escriturado (pues las Ordenanzas no se negociaban) por los amanuenses del Ministerio de Trabajo de los tiempos de aquel generalísimo carnicero de infausta memoria. Se trata de un sapo del que debemos responsabilizarnos la gente de mi quinta. Otra razón, por tanto, para asesinar al padre. Ocurre, empero, que parece ser más cómodo (y, desde luego, más educado) seguir la mala vereda que quitarse de en medio a tan numerosa parentela. Pero, atención, si nadie se arriesga al parentelicidio la palabra sindicato puede convertirse en lo que Romagnoli cree que ya es su enfermedad: que ya no dice nada, che non parla più. Pienso, como ya lo he mencionado anteriormente, que es una formulación apresurada; o, por lo menos, tan apresurada como la que hizo, entre otros, el joven Gramsci en relación al sindicato (reformista, decía) de su tiempo.


De lo dicho propongo una conclusión provisional: re-nacer significaría encontrar el vínculo entre la literatura oficial (los congresos) y la sintaxis real (las negociaciones colectivas y las conductas de concertación); naturalmente, se entiende que dichas prácticas reales deben tener la más adecuada simetría, desde la alteridad del sujeto social, con el actual paradigma de cambios y transformaciones: unas y otras se alejan mucho más cada día que pasa porque los cambios se producen a diario y de manera abrupta. De modo que intervenir en lo de ahora mismo podría significar la asunción de la “nueva identidad del sindicato” que propone el maestro Romagnoli. Una nueva identidad que, sobre todo, se refiere especialmente a la aprehensión de las demandas del conjunto asalariado que debe hacer el sindicalismo mediante una lectura lúcida de los no menos importantes cambios que se dan en la persona que trabaja, quiere trabajar o ha dejado de hacerlo. Porque de esa lectura atenta se desprenden las formas de representación, general y particular, que debe re-estructurar el sindicalismo confederal. Entiendo, pues, que el sindicalismo confederal europeo (salvo algunas excepciones) tiene una identidad que sigue estando vinculada al viejo paradigma fordista, a pesar de que tan venerable sistema se está convirtiendo aceleradamente en pura herrumbre.


Ahora bien, no parece que esta sea una situación nueva: al viejo Rabaté le costó lo suyo admitir que los tiempos habían cambiado y nuestro abuelo di Vittorio tuvo que reconocer en 1956 que el planteamiento sindical estaba oxidado. Y no sigo porque tampoco es cosa de agobiar excesivamente a las nuevas generaciones sindicales con los desaciertos de antaño. Sin embargo, en todo caso, lo que importa es plantear la re-ubicación del sindicalismo en el actual eje de coordenadas. Porque, en caso contrario, el sindicalismo de hoy puede transmitir a las futuras generaciones las mismas gangas que recibió de ayer. Con mucha razón el maestro Romagnoli aconseja vivamente que es preciso que “el cambio de estación terminológico-conceptual no tendrá necesidad de arcaicos exorcismos ni de penosas abjuraciones”. El problema es que veo pocas ganas de cambiar una gran cantidad de arcaicos contenidos en las mesas de negociación y menos deseos todavía de abjurar del vetusto sistema fordista: la indirecta presencia de las viejas Ordenanzas Laborales, como ya se ha dicho, es una prueba de ello. Así las cosas, la pérdida de poder contractual del sindicalismo parece evidente, pues lo nuevo aparece con escasa capacidad de tutela sindical.


En ese sentido, es algo más que metáfora la expresión romagnoliana de que la palabra sindicato “habla poco”. En cambio, dicha palabra habla con claridad, contundencia y capacidad representativa en aquellas negociaciones (muy pocas, ciertamente) que indican que es un sujeto que expresa su alteridad constructiva dentro del actual paradigma posfordista. Y, a partir de ahí, su utilidad hacia las personas a las que representa y potencialmente puede representar. Por otra parte, el maestro Romagnoli lleva tiempo dando voces de alarma sobre la situación del Derecho laboral. Y, aceptando el reto, el editorialista del número 31 de la Revista del Derecho Social no es menos contundente que el jurista italiano: “... la nueva fase posfordista no sólo está erosionando continuamente las estructuras clásicas en que se ha movido el derecho del trabajo, sino también –lo que es más grave-- su propia base ideológica, que sería substituida por los procesos de individualización y privatización del Estado social”. Tan enérgica formulación me inquieta porque, también en esta ocasión, veo las cosas desde otro prisma. Si las prácticas negociales del sindicalismo confederal siguen siendo asimétricas con respecto a la nueva fase posfordista; si los contenidos concretos de lo que se pactan permanecen como si nada hubiera cambiado ¿qué fuentes de derecho, qué elementos nutricios puede tener el iuslaboralismo? Si uno de los miembros de la pareja de hecho, el sindicalismo, es tacaño en la economía doméstica ¿a santo de qué echarle las culpas a la mencionada nueva fase posfordista? Más todavía, así en abstracto ¿alguien piensa que el posfordismo vaya a solucionar las limitaciones del Derecho laboral? ¿No será más bien al contrario? Esto es, que el sindicalismo –siendo protagonista eficaz, desde su propia alteridad, a la hora de intervenir en tan espectaculares mudanzas— tutele adecuadamente al conjunto asalariado, también en acelerada mutación, y nutra al iuslaboralismo de manera fecundamente positiva.


Entiendo, así pues, que la desubicación del sujeto social acarrea, por añadidura, el desnortamiento de la mayoría de las esferas del iuslaboralismo. O, en palabras del maestro Romagnoli, que el Derecho laboral parece encontrarse en el frigorífico. Francamente, estando así las cosas, ¿iba a dejar de repercutir eso en el universo del Derecho laboral?Una de las claves de lo que afirmo es la atinada observación que Romagnoli hace de la histórica personalidad del Derecho laboral: un instrumento que da la palabra a los trabajadores, pero que también les quita un cacho. (Hace muchos años oí algo parecido a Albert Fina y Montserrat Avilés, dos legendarios abogados laboralistas barceloneses, y me quedé de piedra) Pero, hasta donde todos sabemos de buena tinta, el sindicalismo no es un sujeto que dé y simultáneamente quite un cacho de la palabra a los trabajadores. Aquí está, aunque parcialmente, una de las diferencias entre los dos miembros de la pareja de hecho. Es decir, las limitaciones de la redacción sindical repercuten en la literatura prescriptiva y normativa de los operadores jurídicos: igual ocurría hace cincuenta, treinta y diez años. Tampoco, a decir verdad, hay nada nuevo bajo la capa del Sol en lo que se refiere a estos asuntos.


Ahora bien, sin lugar a dudas, estamos ante una extraña pareja. No sólo no se les ve nunca de bracete sino que, al parecer, ni se miran como los viejos retratos de pared santaferinos de mis abuelos. Una relación más extraña que curiosa. Porque lo cierto es que los iuslaboralistas dedican una parte inestimable de su creación intelectual a escribir sobre unas cosas en las que el sindicalismo es un destacado protagonista o, más bien, co-protagonista junto a sus contrapartes empresariales. Digamos con franqueza que, desde la vertiente sindical, apenas si hay correspondencia hacia el otro retrato. Sorprendente, desde luego, porque otra de las anomalías del sindicalismo español es su fuerte dependencia de la ley. Hasta tal punto es así que la legislación es, por lo general, más recurrente en la escolástica sindical que su propio poder de negociación. Que es visible, por ejemplo, en el tratamiento que los sindicalistas españoles (también mi generación dejó ese cloro en la piscina) siguen dando a los problemas de la siniestralidad laboral casi en clave legislativa y no a través de la conquista de la codeterminación de las condiciones de trabajo. En ese sentido, todos los esfuerzos de quienes hemos planteado una cierta actitud de inconoclastia ante la ley en beneficio de la intervención negociada en las grandes cuestiones de la organización del trabajo no han tenido mucho éxito que digamos: en ese sentido, la identidad del sindicalismo español se caracteriza por una no irrelevante actitud de dependencia de la ley. Así pues, el sindicalismo español debería des-identificarse del cloro que mis coevos (no pocos de ellos siguen ejerciendo el mando en plaza) echamos en el agua de la piscina. Estas raíces ya no son útiles. En ese sentido, hay que entender la lección que George Steiner hace tiempo nos envió: las personas no tenemos raíces, tenemos piernas. Toda una lección para cultivadores del latifundio identitario que se encuentran en los más variados paisajes de las cosas de este mundo. Por ahí, me parece, que debemos entender la metáfora del joven maestro italiano acerca de renacer por segunda vez.
Tercero
El derecho del trabajo, mejor dicho sus operadores jurídicos más conscientes tienen de tanto en tanto una cierta turbación: desde Weimar hasta hace poco tiempo, ésta era una disciplina que tutelaba esencialmente lo colectivo; pero desde algunos años corren otros vientos para esta lírica. Es claro que se encuentra en una metamorfosis que un servidor consideraría lógica. Porque tan importantes mudanzas no podían dejar incólume el tradicional carácter ontológico del Derecho del Trabajo. Es decir, el artefacto iuslaboralista (hijo putativo del fordismo, si se me permite esta abrupta metáfora) no podía seguir siendo el mismo tras el cambio de metabolismo del viejo sistema de organización. Entre otras cosas porque las desagregaciones que provoca el nuevo paradigma en la fuerza de trabajo –que ya no tienen un carácter contingente-- distorsionan la tradicional personalidad iuslaboralista. Pero yo no veo en ello una conspiración contra el Derecho del Trabajo.


Se trata –siguiendo a cierto antepasado, natural de Tréveris-- de una consecuencia del carácter revolucionario de las fuerzas productivas. Más claro: la infraestructura posfordista no conspira contra el iuslaboralismo “de siempre”; es la estructura política (inamistosa contra el universo de los derechos) quien conspira y ataca, contando –eso sí-- con la superestructura ideológica que le da soporte. Es de cajón, por tanto, que si el sindicalismo confederal mantiene su desubicación con relación al paradigma posfordista (tal como lo define Bruno Trentin:
http://baticola.blogspot.com) o sobre el capitalismo molecular (en expresión de mi amigo Riccardo Terzi), las fuentes nutrientes del sindicalismo (legislador implícito) hacia el Derecho del Trabajo dejarán mucho que desear y, finalmente, éste no tendrá otro refugio que el frigorífico al que se refiere el maestro Romagnoli. Pero, aún así, el iuslaboralismo se saca de su chistera un conejo para paliar moderadamente algunos problemas. Hablo naturalmente del papel de la Magistratura o, si se prefiere, de no pocos magistrados que hacen la imaginaria que en aquellas ocasiones en que el sindicalismo no está debidamente al tanto. No son pocas las situaciones en las que la imaginaria de la Magistratura ha vigilado de modo conveniente.
Me limitaré, por pura comodidad, a dos momentos: uno de hace ya bastante tiempo; otro, bastante reciente. Tuvo que ser el Tribunal Constitucional español quien aclarara (definitivamente, espero) que el derecho de huelga se entiende recogido en nuestra Constitución en el artículo 28.2, y no como entendían pícaramente algunos juristas que, reconociendo el mandato del 28.2 lo ampliaban al 37.2. El sindicalismo estuvo silente en aquella polémica: el retrato de mi abuelo ni siquiera guiñó el ojo a la venerable figura de mi abuela. La picardía que querían construir algunos iba en esta dirección: la teoría alemana de la “igualdad de armas” (waffengleichheit) o “paridad en la lucha” (kamfparität) que, en este caso, pretendía igualar el reconocimiento de las medidas de conflicto a trabajadores y dadores de trabajo. El Tribunal Constitucional dijo inequívocamente: ¡ni hablar! Y, de esa manera, el retrato de mi abuelo no fue molestado con amenazas de cierres patronales (lock out). La segunda ocasión fue con motivo del áspero conflicto que Comfía tuvo con el BBVA con relación a los correos electrónicos. En este caso, la actuación del sindicalismo fue muy diferente. Comfía pelea de lo lindo y con sabiduría. Finalmente es el Tribunal Constitucional –y esto es lo que nos interesaba destacar-- da la razón en lo esencial a los sindicalistas bancarios.


En resumidas cuentas, el nuevo paradigma posfordista propone, mediante la versatilidad y la interconexión veloz de las nuevas tecnologías de la comunicación, que la gente se relacione. La contraparte se opone drásticamente y, finalmente, es el Alto Tribunal quien, impecablemente iuslaboralista, zanja el largo conflicto
[2]. Francamente, en ambos casos (la lectura optimo iure sobre la ley de huelga y la de los ciberderechos) el iuslaboralismo estuvo en zona caliente, muy lejos del frigorífico. En resumidas cuentas, aunque Weimar ya no es lo que era, de vez en cuando surgen novedades estimulantes que indican que todavía no es el momento de hablar de los últimos mohicanos. Correspondería, pues, al sindicalismo confederal asumir su re-nacimiento. Cuarto Bruno Trentin viene insistiendo desde hace tiempo en la necesidad de formular un nuevo carácter al contrato de trabajo[3]. Siguiendo la valleana metáfora del re-nacimiento, el sindicalista italiano estaría poniendo las bases de un nasciturus que, a mi juicio, debería suplir la actual (y ya algo vieja) naturaleza del contrato de trabajo. Pues bien, parece de cajón que correspondería a la pareja de hecho inseminar y parir dicha criatura. En este caso, es irrelevante quién es el padre y quién es la madre. De donde infiero que los dos viejos retratos santaferinos podrían empezar a mirarse, abriendo una relación duradera.En mi opinión la nueva figura que propone Trentin (es decir, un instituto de nueva planta) requiere un trabajo conjunto entre sindicalistas y operadores jurídicos, cada cual con su diferenciada personalidad: el derecho del trabajo con su carácter ambivalente: “emancipatorio y simultáneamente represivo”; y el sindicalismo con unas nuevas raíces (perdón, quiero decir piernas) consiguiendo cotidianamente cachos de emancipación en el trabajo. Todo un encuentro entre los dos reformismos más representativos: el sindicalismo y el iuslaboralismo. En esta carrera tan necesaria habría que gritar, variando el viejo lema, ¡zoquete el último! Una carrera imprescindible para que el sindicato tendencialmente diga muchas más cosas y con la idea de corregir lo que de una manera tan elegante como inquietante afirma el Magistrado Falguera i Baró en su reciente comunicación Internet, nuevas tecnologías. Sindicato, empresario y Derecho del Trabajo: “”Hace ya bastantes años que el antiguo trasatlántico iuslaboralista, surgido de la gran empresa fordista, presenta singulares vías de entrada de agua, sin que los tradicionales sistema de achique den abasto, pues el barco no está diseñado para surcar tan ignotas aguas, como son las del nuevo sistema de la flexibilidad y las nuevas tecnologías”. Bien dicho: el derecho del trabajo surgió de la gran empresa fordista. Lo que equivale a decir implícitamente, si interpreto adecuadamente la imagen marinera, que por lo general los pasajeros eran los asalariados de la granindustria ya que el resto de los mortales ni siquiera tenían a mano otro medio de locomoción. No tenían y no tienen el trasatlántico iuslaboralista ni el barco velero del sindicalismo confederal. De ahí que un ferozmente provocador, Pietro Ichino, haya exclamado recientemente en una polémica con Eugenio Scalfari que millones de trabajadores no ven por ninguna parte el convenio colectivo, el derecho del trabajo y el sindicato[4]. Que Ichino lo haya dicho pícaramente para llevar el agua a su molino no impugna que, en este aspecto, no haya desafinado. Pero es el caso que los datos posteriores desmintieron tan ásperas observaciones; pocos días después, cerca de un millón de metalúrgicos italianos acudieron a votar el preacuerdo de su convenio nacional en un referéndum organizado por sus federaciones sindicales. De donde infiero que es preciso ser un poco más moderado porque, al menos en esta ocasión, centenares de miles de personas vieron por los cuatro puntos cardinales de la geografía al sindicato y su convenio.
Por último, esta gigantesca participación nunca se dió en los añorados tiempos del sindicalismo de ayer. De ahí que tamaña experiencia pueda ser interpretada, en clave romagnoliana, como un re-nacimiento. Y sería de gran interés que, también en ese aspecto, tuviera su expresión en toda Europa.


* Libro Homenaje a Umberto Romagnoli. Fundación Sindical de Estudios, Madrid, Octubre 2006


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[1] José Luis López Bulla en La Europa social: una áspera caminata. Observatorio Sociolaboral de la Fundación sindical de Estudios: http://www.fundacionsindicaldeestudios.org/artavan-bin/QuorumEC/init[2] Me tomo la libertad de recomendar los trabajos de los Magistrados Falguera i Baró (Tribunal Superior de Justicia de Catalunya) y López Parada (Tribunal Superior de Justicia de Castilla – León) en http://www.larevistactescat.net/ y http://www.comfia.info/[3] Ver Bruno Trentin en Trabajo y conocimiento http://www.fundacionsindicaldeestudios.org/artavan-bin/QuorumEC/init o Treball i Coneixement en el libro “Canvis i transformacions” en la colección Llibres del Ctesc (número 6)[4] Pietro Ichino en Ora cambiamo i contratti en Corriere della Sera, 20.1.2006. Para mayor abundamiento, véase http://www.larevistactescat.net/